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DARDO CÚNEO: RETRATO DEL SOCIALISTA CACHORRO

La existencia de Dardo Cúneo fue, como la de todo hombre, plural; pero, en su caso, un poco más. El escritor, el funcionario público, el sociólogo, el periodista, el diplomático, el amigo, el amantísimo padre de familia y quien sabe cuántos otros. Nosotros queremos saludar aquí al socialista. Porque Cúneo fue uno de los dirigentes más promisorios del socialismo argentino en un momento crucial de su existencia. Ingresa al PS durante el colegio secundario, a principios de los años ’30. Poco después, entra a mi­litar en su ala izquierda, acaudillada por Benito Marianetti, colaborando con el periódico del grupo, Izquierda. Testigo directo de la radicalización de la lucha de clases en los años del fascismo europeo, en la España repu­blicana, no es, sin embargo, de aquellos que se van cuando los derrotados disidentes deciden organizar un nuevo partido, el Socialista Obrero. Por el contrario, en 1938 Cúneo pasa a ocupar el cargo de secretario general de las Juventudes Socialistas. Unos años más tarde integra la redacción de La Vanguardia. Es por la pluma que señala a propios y extraños: publica en 1943 un libro de referencia sobre Justo que será reeditado más tarde con el título Juan B. Justo y las luchas sociales en la Argentina. También edita con cuidado el tomo VI de las Obras del maestro, que trata nada menos que
de “La realización del socialismo”, en 1947. Esos años cuarenta habían sido también los del redescubrimiento de la América Latina cobriza, aindiada. Florecía allí sin duda la semilla de Mario Bravo, el dirigente socialista que Cúneo más admiraba. La irrupción del peronismo lo encuentra activísimo en todos los planos y de manera especial en la cultura y el periodismo. En particular, es el animador de una de las publicaciones más dinámicas de la galaxia socialista de enton­ces, los Cuadernos de Mañana. Cuando en 1949, con 35 años, pasa a integrar el Comité Ejecutivo Nacional, todos los observadores están de acuerdo en ver en él a uno de los dirigentes con mayor futuro dentro del PS. Entre otras pruebas, es electo por los afiliados como candidato a diputado por la Capital Federal, para las elecciones de 1951, por la 11a circunscripción. Son años de crisis para el socialismo argentino, puntualizados por la in­comprensión del peronismo, que no es menos grande que las persecuciones a las que sus militantes son sometidos por el gobierno. Cúneo, como tanto otros, va a dar con sus huesos a la vieja Penitenciaria de la avenida Las Heras, detenido a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, durante los coletazos de la gran huelga ferroviaria. Y en esas circunstancias dramáticas se producirá su ruptura con el socialismo. Su hijo cae gravemente enfermo a fines del ‘51. Cúneo, desesperado, busca el medio de salir en libertad. El Partido no avanza en sus gestiones porque reduce el contacto con el gobier­no al mínimo. Borlenghi, el odiado ministro del Interior, alertado por anti­guos camaradas, le propone una inmediata libertad, en principio sólo por tres días. Pasado el plazo, no se lo obliga a volver a la celda... con una sola condición: agradecer personalmente el gesto. El amor filial es sin duda más fuerte que la línea política, y en enero de 1952 Cúneo atraviesa los pasillos de la Casa Rosada para entrevistarse con el general Perón. El CEN lo separa inmediatamente de su seno, pidiendo su expulsión. Cúneo publica una lar­ga carta donde denuncia no sólo la inacción del PS ante su caso, sino toda
la política que se venía llevando a cabo desde la Unión Democrática. Para él, se estaba luchando contra el peronismo sin determinar sus causas gene­radoras, es decir, ciegamente. Si había que combatir la demagogia, “no se reparó en que pactar con la vieja infamia para combatir a la nueva, es morir junto a una y otra infamia”. El antiguo militante del ala izquierda va más lejos ahora y ataca también lo que llama, nunca avaro de imágenes fuertes, el “palo enjabonado de la legalidad justista”. Y sitúa en los años treinta las raíces de ese “proceso indiferenciador que hoy neutraliza la función histó­rica del partido”. Cincuenta años después de su expulsión, era patente en el tono de su voz que el traumatismo que le había producido su salida seguía aún vivo. Cú­neo funda entonces Acción Socialista, que es a la vez un periódico y un grupo político animado por una visión del socialismo menos liberal, más latinoamericana, más claramente apegada a un programa de socialización de los medios de producción. Y también una posición más abierta hacia el peronismo, que Cúneo condensa en una frase, una más de su elegantísima prosa: “La multitud argentina trae en su resentimiento una versión prima-ria, pero en un todo verídica, de los grandes problemas argentinos”. Había que transformar ese anhelo de justicia económica en conciencia de clase, en instrumento de su propia emancipación y de liberación de la nación. Como escribía en ese texto de diciembre de 1952, “la multitud argentina está en la calle. Con ella, nuestra esperanza”. No por casualidad resuenan como un programa las palabras del testamento político de Mario Bravo, que el pe­riódico daba a conocer públicamente en su primer número: “La sociedad no vendrá hacia nosotros porque nos ignora; pero nosotros iremos a la sociedad porque la conocemos”. Sin embargo, ya antes del golpe militar de septiembre de 1955, Cúneo se aleja del grupo que había fundado e inicia poco después otro camino que lo llevará, como a muchos hombres de izquierda de su generación (como
su amigo Marcos Merchensky) hacia el frondizismo. Con todo, su andar es alimentado por la admiración por cierta forma de intransigencia radical que se encarnaba en su querido Moisés Lebensohn. Lo demás nos interesa menos aquí: pasa a integrar la redacción de la revista Qué, el laboratorio del desarrollismo, y será Secretario de Prensa en los inicios de la presidencia de Arturo Frondizi. Ni los años, ni los desatinos del personaje, que se agravan en su interminable senectud, habían esmerilado el respeto que Cúneo sen­tía por él –en una de las paredes de su estudio colgaba una enorme foto con quien era entonces presidente de la República–. Inicia en 1959 una corta e intensa carrera diplomática como representante ante la OEA, que lo lleva a participar en la tristemente célebre Conferencia de Punta del Este donde se decide la exclusión de la Cuba castrista, a la que Cúneo se opone. Enancado ya en el “movimiento nacional”, ese albur de nuestras clases medias, será más tarde asesor del ministro Gelbard, cuando la primavera camporista, tan celebrada hoy, ya se había acabado. El alfonsinismo será una última es­tación de su vida pública, ya en los ochenta, cuando Cúneo ocupa el cargo de director de la vieja Biblioteca Nacional. Un día de agosto del 2003, por instancia e insistencia del Negro Portantiero, lo entrevisté. Nos instalamos en su estudio de Las Cañitas, decorado con una elegancia años ’60 digna de un clip de Turf. Me quedan de esas largas horas varias páginas de notas y algunos libros, en uno de los cuales, Extre­mos y plurales, me escribió una dedicatoria increíble, casi nietzscheana. A punto de cumplir 90 años, su paso, su memoria, comenzaban a hacerse va­cilantes, pero se animaba de manera insospechada cuando recitaba poesías, las de César Vallejo en particular. Y, sobre todo, cuando hablaba del Partido Socialista. Hasta se puso de pie, tan alto como era, cuando pronunció el nombre de Léon Blum. Sus recuerdos e impresiones desfilaban sin discon­tinuar sobre Repetto, Bravo, Sánchez Viamonte, Ghioldi, Julito González, y yo anotaba como podía. “¡Qué partido, carajo, qué partido!” era el remate
repetido de sus frases a lo largo de la tarde. Como en la parábola de Diderot que recuerda Borges, Cúneo se había quedado allí, sin saberlo, aún después de haberse ido. Y hay algo en su ac­tuación política que se asemeja al destino del socialismo argentino. Lleno de cualidades, pleno de virtudes, deja algo de irrealizado, de frustrado. Un “desencuentro” quizás, para utilizar una palabra que afeccionaba. Para Dar-do, el ciclo vital se ha acabado. Para nosotros, socialistas, todavía es tiempo de reencontrar el camino.

Alfredo Palacios

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