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ARGENTINA Y EUROPA. VISIONES ESPAÑOLAS: ENSAYOS Y DOCUMENTOS(1910-2010)

I. Razones y objetivos de la investigación

En el ámbito de lo que se ha denominado el “Ciclo de los Bicentenarios” —comprendidos entre los años 2009 y 2022— la Unión Europea ha considerado oportuno favorecer el diálogo con los países iberoamericanos para promover el conocimiento y la memoria histórica de las tantas y fundamentales relaciones que se han desarrollado durante el siglo XX. Siglo crucial cuyas enseñanzas, a raíz de las dramáticas experiencias del nazifascismo y de la Segunda Guerra Mundial, convencieron a los europeos occidentales a comenzar un proceso de integración económica y política, como una de las bases para garantizar la paz y la democracia en el continente. Por múltiples razones la historia argentina contemporánea ha tenido estrechos vínculos con la europea, hasta el punto de que, en muchos casos, los acontecimientos europeos han sido causas determinantes en la configuración de la Argentina del siglo pasado. El objeto de esta investigación — patrocinada por la Unión Europea, en estrecha colaboración institucional con la Cancillería argentina— es reconstruir en sus textos y documentos la visión y la política que los europeos del siglo XX han tenido respecto a este país suramericano que cumplió su primer Centenario en 1910, y comenzando entonces el segundo siglo de su existencia republicana. Con los resultados de la primera parte de la investigación —dedicada a España— que se publican en este volumen se pretende, además, abrir pistas, hacer historia comparada y sugerir temas para seguir reconstruyendo y analizando el acervo documental referido a la Argentina en los archivos y bibliotecas de Europa, con miras al año 2016, en el cual se va a conmemorar el aniversario de los doscientos años de la proclamación de la independencia de las “Provincias-Unidas en Sud América”, como se lee en el acta labrada en San Miguel de Tucumán el 9 de julio de 1816. En la metodología y la organización de la pesquisa —junto con mis colaboradores y generosos protagonistas de esta empresa, Elda González Martínez y Ricardo González Leandri— hemos tomado en cuenta una experiencia precedente, realizada cuando dirigí con el patrocinio de la entonces Comunidad Económica Europea (bajo el impulso del embajador Luigi Boselli y del comisario Abel Matutes, responsable para las relaciones con América latina) una vastísima investigación para localizar y rescatar decenas de documentos inéditos que yacían en los archivos de Europa referidos a las distintas visiones e interpretaciones que se fueron dando en los países del viejo continente sobre la independencia de la Gran Colombia y la política hacia las potencias europeas del presidente Bolívar. Investigación cuyos resultados fueron publicados en más de tres mil páginas, en tres volúmenes, por la Presidencia de la República de Venezuela, con el título general de Bolívar y Europa, en las crónicas, el pensamiento político y la historiografía, siglos XIX y XX.1 En el caso de la presente investigación —y de manera análoga—tenemos pensado avanzar en el rescate y estudio de la documentación sobre la Argentina en los distintos contextos históricos europeos contemporáneos, y las múltiples interconexiones entre las diversas historias de algunos países, comenzando por España —que, sin embargo, deberá ser profundizada— y siguiendo con Holanda, Italia, Francia, Portugal o Inglaterra, hasta llegar a ocuparnos de la propia Unión Europea con el fin de dilucidar y divulgar el proceso de integración en su proyección en América, es decir respecto a la que podríamos llamar la “historia de Europa fuera de Europa”. Con ello podremos además y, con miras al futuro, analizar cómo se han ido configurando las relaciones de la Unión con la Argentina y la América ibérica en general para descifrar los desafíos, presentes y estratégicos, que se deben afrontar a los dos lados del Atlántico, en el concierto multilateral de las integraciones políticas regionales y la “alianza de civilizaciones”. Haber escogido a España para comenzar la investigación no ha sido casual, siendo como es uno de los ejes mayores de las relaciones de la Argentina con Europa y no sólo por ser el primero sino por los notables desarrollos que ha tenido especialmente en los últimos decenios, caracterizados por las recíprocas transiciones democráticas que han permitido y consolidado los procesos de integración en Europa y Suramérica. Además, porque teníamos una deuda respecto a la histórica documentación —fundamentalmente desconocida y por vez primera publicada en esta oportunidad— referida al año 1910 durante el cual España intentó relanzar las relaciones entre ambos países después de que había clausurado el período colonial de su historia americana como consecuencia de la derrota militar infligida por los Esta- dos Unidos en 1898 y del tratado de París por el que tuvo que abandonar Cuba y Puerto Rico. Con Elda González Martínez y Ricardo González Leandri, y demás cola- boradores, estamos convencidos de que nos queda mucho por hacer con miras al Bicentenario de 1816, para recuperar el acervo documental que alimente el conocimiento y el diálogo en torno a las interpretaciones que sobre la Argentina ha generado la cultura y política españolas de los últimos cien años. En la citada investigación que realicé, durante los años ochenta y noventa, sobre la independencia de la Gran Colombia, llegamos a relevar y recuperar el acervo documental que yacía en archivos y bibliotecas de quince países europeos, con lo cual pudimos alcanzar una visión general de las distintas interpretaciones, culturales y políticas desde las cuales los europeos percibieron a la América en los tiempos de Bolívar. El conocimiento de estos imprescindibles documentos, muchos de los cuales se encontraban inéditos, arroja luces interesantes sobre una realidad, la del primer Centenario, que resulta contener enormes paradojas y, al mismo tiempo, permite entender mejor no sólo las relaciones entre España y la Argentina sino además la colocación de ambos países respecto al resto de América y de Europa. En suma, ofrecen la oportunidad de lograr una narración de los acontecimientos y del trasfondo histórico que los condicionaba más apegada a la realidad, al desmontar la tan conocida hagiografía que los ha divulgado. En fin, cabe añadir que esta obra, concebida como empeño fundamental- mente científico, para conocer mejor el objeto histórico e historiográfico “Argentina”, así como se ha configurado en las visiones europeas del siglo xx, lo es también de divulgación de sus resultados para trascender el ámbito de los especialistas del tema grande e inagotable e incentivar los estudios y la preparación de “argentinistas” en Europa y “europeístas” en la Argentina. Si bien, y como es evidente, la realización de este proyecto es un logro de la sinergia entre las instituciones que la han auspiciado, promovido y ejecuta- do, considero pertinente hacer la debida referencia a las personas que han participado, con inteligente empeño, en la distintas etapas de esta obra de investigación y de estudio. Comenzando por el Embajador Gustavo Martín Prada —jefe de la Delegación de la Comisión Europea en la Argentina entre 2006 y 2010— quien, con su bien conocida pasión americana, desde un comienzo entendió y valoró la necesidad de intensificar y ampliar el diálogo sobre políticas cultura- les entre la Unión Europea y la Argentina en el ámbito del ciclo más general de los bicentenarios en curso en los países latinoamericanos y del Caribe. La centralidad de los temas culturales y de la formación en la experiencia del intercambio para lograr un mayor conocimiento de la realidad argentina por parte de los europeos y de la compleja y desafiante experiencia integradora de Europa, por parte de argentinos y suramericanos, es una de las razones de fondo que han sostenido los promotores del proyecto. Tal ha sido la convicción integradora que he compartido en diálogo fecundo, con mis colegas de aventura Elda González Martínez y Ricardo González Leandri, así como con todos los autores españoles y argentinos de los trabajos que ofrecemos a la atención de los lectores entre la Argentina y España, entre Europa y América. La Cancillería argentina, en la titularidad de los ministros Jorge Taiana primero y de Héctor Timerman ahora, ha sido la protagonista del acuerdo con la Unión Europea, implementado al comienzo por la Embajadora Gloria Bender y seguido en la actualidad por la Embajadora Magdalena Faillace, directora general de Asuntos Culturales y por la Embajadora Julia Levi, Directora General de Cooperación Internacional que ha ejecutado el proyecto, seguido con rigor y entusiasmo, junto a sus colaboradores Marina Pecar, Juan José Graciano y Jorge Migliore. El Embajador de España en la Argentina, Rafael Estrella, junto a Antonio Prats y a Miguel Durán de la Oficina Cultural y Luis Herrero de la Oficina de Prensa, que han facilitado para el debate la documentación de los últimos años referida a las políticas de Estado y de Gobierno sobre la Argentina y Sudamérica. No puede faltar en fin, aunque no por último, el agradecimiento a mis colaboradores, generosos y atentos en Buenos Aires, Horacio Garcete y Mariela Eiroa y, muy especialmente, a Rubén Villela, el prestigioso editor porteño. A todas estas personas hago pública mi complacencia y enhorabuena por habernos acompañado, en el logro de este primer resultado, que permite apreciar cómo la cultura y la política se reflejan mutuamente en el gran espejo de la historia común, síntesis en este comienzo de milenio de las múltiples identidades propias de suramericanos y europeos.
De la “pérdida del imperio” al diálogo con los hispanoamericanos durante el primer Centenario
España y la Argentina ingresan en el siglo XX desde posiciones relativamente marginales respecto de las grandes potencias del imperialismo colonial europeo y frente a las profundas mutaciones generadas por los procesos de industrialización que se habían extendido a la América anglosajona, vanguardia capitalista del continente, que estaba iniciando el ejercicio de su hegemonía. En las tres décadas finales del siglo anterior, los Estados Unidos habían multiplicado sus índices de producción de hierro, carbón y acero, ya mayor que la de Inglaterra y Francia juntas; tenía fuentes energéticas en su propio territorio y dos veces más kilómetros construidos de ferrocarril que toda Europa en su conjunto. Con la toma de las viejas posesiones españolas en el Caribe bajo la presidencia de William McKinley se iniciaba la era de las cañoneras con la intervención de la infantería de marina en México, Haití, Honduras y Nicaragua. El presidente Theodore Roosevelt segregaba a Panamá del territorio de Colombia para construir el canal interoceánico que se inauguró en 1914. En semejante panorama desolador, para la política americana de España, se añade, en vísperas del Centenario, el hecho de que venía de sufrir una nueva humillación militar en la “campaña de Melilla” en el Protectorado colonial que tenía al norte de Marruecos, adonde los guerrilleros bérberos atacaron la Compañía Española de Minas. Los primeros choques militares terminaron con el “desastre del Barranco del Lobo” del 27 de julio de 1909, con miles y miles de bajas españolas, que evidenció todas las carencias logísticas y técnicas de las acciones dirigidas por el general José Marina, comandante de la plaza. En los mismos días estalló en Barcelona la huelga general reprimida con enorme violencia. Ambos episodios marcaron la caí- da del gobierno de Antonio Maura. La participación española en el primer Centenario de la Argentina —después de tales acontecimientos— debe entenderse y colocarse en este esfuerzo por volver a América con una mentalidad nueva al querer superar las ideologías de la época del imperio y conscientes como estaba el rey y la clase dirigente de que las potencias europeas tenían absoluta preponderancia y dominio en las colonias asiáticas y africanas. En una delicadísima coyuntura —escriben llamando la atención los organizadores de los “Pabellones de España” para el Centenario en Buenos Aires— en la cual “la atención pública de España ha estado absorbida con las preocupaciones de los sucesos políticos y militares en ella ocurridos durante el año último [1909]” es, para nosotros, indispensable participar activamente “a dichos Certámenes” al lado de “Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Norteamérica”. Tanto más necesario es asistir en cuanto —observan con perspicacia y pre- ocupación los promotores españoles— “España no disfruta” de manera conveniente y como le debería corresponder de “los grandes y ricos merca- dos de esta República […] desde que a su tráfico internacional de seiscientos millones de pesos oro a España corresponden sólo nueve, mientras que Inglaterra lo hace por noventa y ocho, Alemania por cuarenta y seis, Francia por veintiséis e Italia por veinticuatro, no obstante que de las tres primeras naciones no cuenta aquí con un millón de sus hijos, como los cuenta España, que conservan acrecentando su amor a la Patria, y un país imperecederamente vinculado por su común origen, su idioma y sus costumbres” (énfasis en el original) [Doc. 6] [La correspondencia entre los representan- tes de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Buenos Aires y de Madrid para organizar las actividades previstas para el Centenario y de los Pabellones de España en Buenos Aires. (Comunicaciones del 2/XII/1909; 29/XII/1909; 17/I/1910; 24/I/1910; 31/I/1910 y 15/III/1910)]. Publicamos, por vez primera, los documentos que atestiguan la especial atención que el rey don Alfonso XIII le dedicó a la participación española a los “Festejos y Certámenes” que fue acompañada por una intensa campaña de promoción del Centenario en todos los ambientes de las élites culturales y políticas de la época, si bien haya que esperar hasta el año 1917 para la elevación de la representación española en Buenos Aires a la categoría de embajada que, por cierto, será también la primera de toda la América hispana [Docs. 1 al 4] [Doc. 1. Don Alfonso XIII al Presidente de la República Argen- tina. Carta nombrando a la Señora Infanta Doña Isabel Francisca “para que marche a Buenos Aires en representación del rey en la ceremonia del primer centenario”, 12 de abril de 1910], [Doc. 2. Don Alfonso XIII. Carta al Presidente de la República Argentina que entregará Infanta Doña Isabel Francisca, 12 de abril de 1910]; [Doc. 3. Don Alfonso XIII. Carta credencial de Don Juan Pérez Caballero y Ferrer Senador del Reino para asistir a las fiestas que se celebran en la República Argentina con motivo del Centenario de su independencia, 12 de abril de 1910]; [Doc. 4. Don Alfonso XIII. Minuta de la carta al Presidente de la República Argentina presentando a Don Juan Pérez Caballero y Ferrer acreditado para asistir a las fiestas que se celebran en la República Argentina con motivo del Centenario de su independencia, como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario, 12 de abril de 1910]. Desde el 9 de febrero de 1909 el presidente del Consejo de Ministros José Canalejas Méndez, jurista e intelectual de prestigio que logra unificar —al lado de su ministro de Estado, Manuel García Prieto— las corrientes del reformismo de la época de los partidos “demócrata”, “progresista” y “liberal” en el que resultó ser el último intento “regeneracionista” en el ámbito del sistema político de la Restauración, en cuyo seno, por otra parte, ese mismo año Pablo Iglesias logra ser el primer diputado socialista electo por Madrid a las Cortes en representación del Partido Socialista Obrero Español que había fundado en 1879. Por el informe reservado que el ministro plenipotenciario de la Legación de España en Buenos Aires, Pedro Careaga de la Quintana a Manuel García Prieto, podemos conocer los logros obtenidos por España respecto de los objetivos que se habían fijado tanto los políticos como los industriales y comerciantes peninsulares [Doc. 9] [Pedro Careaga de la Quintana, Conde de Cadagua Ministro Plenipotenciario de la Legación de España en Buenos Aires. Copia del Informe reservado al Ministro de Estado en Madrid, Bue- nos Aires 3 de junio de 1910]. A través de Careaga, también sabemos de los temores que muchos tenían en Buenos Aires por “los propósitos y planes que nada bueno prometían” urdidos por “los elementos anárquicos” así como por “los núcleos más avanzados del proletariado bonaerense”. De cuyas actividades de protesta y “subversivas” de unos y otros tenemos noticia además por el testimonio directo de Ramón Valle-Inclán [Doc. 8] y las pintorescas crónicas aparecidas en la revista Ideas y figuras de Alberto Ghiraldo que nos permite observar en la cotidianidad de los eventos cómo se vivieron en Buenos Aires esos días de celebraciones, polémicas y represión policial [Doc. 13] [Ideas y figuras. Revista semanal de crítica y arte. Crónica y comentarios de los anarquistas en la selección de textos aparecidos en la revista dirigida por Alberto Ghiraldo, Año II, Buenos Aires, 1 de octubre 1910]. El año anterior, caracterizado por conflictos sociales muy agudos, cuando una manifestación de trabajadores de Buenos Aires en ocasión de la fecha del Primero de Mayo terminó en una masacre a causa de la represión dirigida por el coronel Ramón Falcón, se desataron en la ciudad una serie de protestas y de choques violentos con la policía que se denominaron la “Semana Roja”, cuyo recuerdo muy cercano se proyectó hasta los días de mayo del año siguiente. A las celebraciones, que se realizaron bajo estado de sitio, no participaron las fuerzas políticas de oposición, la Unión Cívica Radical, el Partido Socialista y el futuro Partido Demócrata Progresista que años después presidió Lisandro de la Torre. Precisamente, a comienzos del siglo, además de la influencia inglesa y francesa, se abre camino la española (y más tarde la italiana), integrada por pensadores, políticos y escritores que participaban como protagonistas en la renovación de las revistas, en los partidos y movimientos como el radicalismo, el socialismo y el anarquismo.2 La descripción de la ciudad centenaria hecha por el escritor Eugenio Sellés y Ángel es uno de los primeros antecedentes literarios del parangón, que se volverá un tópico repetido hasta nuestros días, entre la París de finales del siglo XIX que había sido reformada por el barón Hussmann y la Buenos Aires de entonces que aparecía como “una París en construcción” [Doc. 10] [Eugenio Selles y Ángel, “Cartas de viaje”. La Ilustración Española y Americana, XXV, Madrid 8 de julio de 1910]. Como sabemos, otro español, Enrique Vera y González, escribió una de las mayores utopías literarias sobre la Argentina proyectada, curiosamente, hasta el año 2010, que se publicó en 1904 con el título: A través del porvenir. La Estrella del Sur (editada por La Sin Bombo, que era a la vez fábrica de cigarros e imprenta). Datos muy relevantes para conocer la compleja realidad de la época —no sólo de Buenos Aires, sino del conjunto de las provincias— son los que fueron relevados por la Misión española a la Argentina guiada por el ingeniero jefe de Caminos, Canales y Puentes, Eugenio Ribera, sobre Agricultura, Comercio e Industria a comienzos del siglo pasado, cuando ya puede observarse la tendencia a concederle una preferencia, casi monopólica, a la producción agropecuaria en detrimento de la vocación y capacidad de los muy pocos empresarios, huérfanos de protección del Estado al desarrollo industrial [Doc. 14] [J. Eugenio Ribera. Texto del Informe de la Misión argentina aparecido en los números 1821,1822 y 1823 de la Revista de Obras Públicas (Fundada y sostenida por el cuerpo nacional de ingenieros de caminos, canales y puertos), Madrid 18 de agosto de 1910, sobre Agricultura, Comercio e Industria de la Argentina de comienzo de siglo. Viaje a la Argentina. Obras Públicas. Agricultura. Industria. Comercio. Conclusiones. La inmigración á América. Importancia para España del turismo argentino. Procedimientos: España, entre Argentina y Europa]. El efecto negativo combinado de la aplicación mecánica de la teoría ortodoxa de las ventajas comparativas en el comercio internacional y el predominio en los mercados mundiales del imperialismo del librecambio, volvía imposible realizar lo que algunos dirigentes como Carlos Pellegrini auspiciaban para industrializar a la Argentina y que dejara de ser “la inmensa granja de Europa”. Industrialización negada hasta el punto de que el ministro de Economía (del nuevo presidente Roque Sáenz Peña) José María Rosa, en su discurso sobre el presupuesto nacional —del 4 de noviembre de 1910—, habla enfáticamente, haciendo recurso a una falacia nominal que oculta el enorme problema, “de nuestras dos grandes industrias”, cuando en realidad se refería a una economía evidentemente pre-industrial: fundada en la “ganadería y la agricultura”.3 El decidido impulso al diálogo con el fin de establecer nuevas relaciones culturales y científicas tuvo uno de sus momentos más significativos para el futuro en la fundación de la Biblioteca América en la Universidad de Santiago de Compostela, acontecimiento que destaca y analiza Pilar Caciago Vila, en su ensayo para este volumen. Las expectativas crecientes generadas por el Centenario y la positiva reinserción de la América hispana y de la Argentina en los intereses prioritarios de España, se manifiesta de manera original y constructiva en el diálogo con los argentinos de algunos de los mayores protagonistas de la cultura liberal y democrática de la época como es el caso de Miguel de Unamuno y de los primeros viajes a la Argentina de Rafael Altamira en 1909 y de José Ortega y Gasset en 1916, sobre los cuales se volverá más adelante.
Raíces históricas de la integración en Nuestra América. España y Argentina: los desafíos de la democracia, la libertad y la igualdad
Con el Bicentenario todavía en curso —puesto que el aniversario termina el 25 de mayo de 2011— es imposible conocer de manera completa los textos y documentos que permiten establecer un parangón entre las ideas y opiniones emitidas en 1910 con las actuales. La documentación española que le ofrecemos al lector sobre los años transcurridos entre aquel Centenario y éste, deberá ser integrada con los textos que aparecerán en los próximos meses y sólo en las décadas venideras alcanzaremos una visión de conjunto de lo que se ha hecho y dicho en torno al año 2010 que autorice un balance crítico exhaustivo de las analogías y asimetrías que se fueron estableciendo en las visiones y relaciones entre España y la Argentina. Porque, en efecto, consideramos que la consolidación de los resultados de las innovadoras transformaciones en curso en la política, la economía y la cultura, que son las más progresistas y democráticas que ha conocido la Argentina en su historia, serán verificables en toda su dimensión y profundidad sólo en el mediano y largo plazo. Sin embargo, no pueden ignorarse, aquí y ahora, algunas diferencias sustanciales con “el pasado” que se imponen por su contundente evidencia tanto desde el punto de vista histórico del observador español como de las relaciones que la Argentina ha tenido con España desde finales del siglo xx hasta nuestros días. En lo esencial, tanto en España como en la Argentina la política y la cultura de las últimas tres décadas han sido caracterizadas por las transformaciones sustanciales generadas por las transiciones democráticas y los procesos de integración regional e interatlántica. Sobre la transición, debe subrayarse el hecho de que hemos asistido a los procesos de constitucionalización de los derechos fundamentales que recuperan y amplían los derechos sociales reconocidos por la Constitución Republicana de 1931, y la Argentina de 1949, junto con los derechos individuales, reivindicados por la tradición liberal. Procesos que ahora se han consolidado y formalizado en la Constitución española de 1978 y la argentina de 1994, las cuales además incorporan los tratados internacionales que protegen los derechos humanos reconociéndoles el carácter de derechos inalienables y universales, cuestión sobre la cual volveré al final de esta introducción. Respecto de la integración (de “pueblos” y “naciones”) debe reconocerse que este Bicentenario ha marcado una notable diferencia respecto a las concepciones del nacionalismo imperialista y antidemocrático europeo de comienzos del siglo pasado que condicionó de varias maneras e inevitablemente, los nacionalismos” en la América ibérica. Al afrontar el debate para la Constitución de 1978, también en España, se tuvieron que entender históricamente y reformular los conceptos de nacionalidad”, “nación”, “comunidad de nacionalidades”, “escalonamiento de patrias”, “familia de pueblos”, “nación de naciones”, conceptos todos cuya revisión histórica, política e institucional ha permitido una comprensión nueva de los procesos de integración también en Suramérica y valorar, en toda su potencialidad estratégica, las convicciones que tuvieron los libertadores a comienzos del siglo XIX sobre sus propias “naciones” y “nacionalidades” respecto del Imperio español. Entendieron que si bien era necesario rechazar el sistema político existente no por ello debía ignorarse el hecho de que, a lo largo tres siglos, se hubieran constituido formas generales e integradas de instituciones, mestizajes étnicos y culturales, así como la difusión generalizada del español en un proceso lento y progresivo de “americanización”. Visión unitaria de Suramérica que tenía clara como una meta Simón Bolívar cuando escribió al Director de las Provincias Unidas del Río de la Plata, Juan Martín Pueyrredón, el 12 de junio de 1818, al indicar el imperativo estratégico de que “una sola debe ser la patria de todos los americanos, ya que en todo hemos tenido una perfecta unidad” (cursiva mía). Razón ésta de la precedente histórica “perfecta unidad” que “nos permite y obliga —pensaba Bolívar— a “entablar el pacto americano, que, forman- do de todas nuestras repúblicas un grupo político, presente la América al mundo con un aspecto de majestad y grandeza sin ejemplo en las naciones
antiguas”. La utopía del cosmopolitismo liberal de Bolívar concluía con este imperativo tan avanzado para la época, cuya vigencia es mucho mayor en este comienzo de siglo que cuando se celebró el primer Centenario: “La América así unida, si el cielo nos concede este deseado voto, podrá llamarse el reino de las naciones y la madre de las repúblicas”. Ya el precursor Francisco de Miranda, que tanta influencia tuvo sobre Bolívar, trató de identificar los grandes trazos comunes de la América española nombrándola, en la perspectiva de la independencia respecto al Imperio borbónico, como: “América nuestra”. Así escribe, por ejemplo, en la primera página de su diario de viaje a los Estados Unidos (después de participar en la batalla de Pensacola para liberar las colonias contra los ingleses) en junio de 1783, navegando en un barco que lo llevará desde La Habana hasta New Bern, Carolina del Norte: “A bordo va la mayor parte del ejército de operación, y frutos y especies por valor de sesenta millones de pesos. Estos productos habían estado retenidos en nuestra América desde la declaración de la guerra”.5 De nuevo, en 1806, ya encontrándose en Venezuela proclama: “Llegó el día, por fin, que recobrando nuestra América su soberana independencia, podrán sus hijos libremente manifestar al universo sus ánimos generosos”.6 Expresión ésta, de Miranda, que se volverá famosa y duradera en el uso que hará de ella José Martí en muchos de sus textos, como éste: “Les hablo de lo que le hablo siempre; de este gigante desconocido, de estas tierras que balbucean, de nuestra América fabulosa […] para ella trabajo”. Y en el artículo homónimo publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York (10 de enero de 1891): “¡Estos nacidos en América que se avergüenzan, porque llevan delantal indio de la madre que los crió […] ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos en más […]”. Esta idea, de que la América que había sido española debía ser nombrada con una denominación nueva que la distinguiera del pasado colonial y conservara, a su vez, las identidades histórico-culturales que se habían con- figurado en los espacios americanos hasta entonces, Miranda la expresó también recurriendo al nombre de “Colombia” que más tarde —una vez muerto el Precursor— se utilizó para designar a un nuevo Estado constituido a partir de la unión de tres componentes territoriales de la precedente organización borbónica: un Virreinato (Nueva Granada), una Capitanía general (Venezuela) y una Audiencia (Quito). En breve, fue con una visión declaradamente integradora que la expresión “Colombia” fue acuñada por Miranda para referirse alternativamente al hemisferio occidental constituido por la América española, o para bautizar la gran nación que pensaba crear en los antiguos territorios de la monarquía una vez emancipados. La capital de dicha nación deberá llamarse “Colombo” en honor a su admirado genovés. Toda la documentación referida a la independencia americana, y a su vida dedicada a ella, Miranda la recogió en su monumental archivo compuesto por 63 volúmenes y legajos que se conservan en la Academia Nacional de la Historia de Venezuela y la llamó, precisamente, Colombia. Hacia mediados del siglo XIX los colombianos (de la Colombia posbolivariana ya disgregada pero que todavía conservaba el actual territorio de Panamá), Tomás Cipriano de Mosquera y José María Samper, insistían en sus escritos en llamar “Colombia” a la América del Sur. En 1875 otro colombiano, Ezequiel Uricoechea, nombra “Colombia” a la América meridional. La existencia de las bases históricas que permitían la integración, la perfecta unidad de las diferentes identidades culturales y políticas de las “naciones” que constituían Hispanoamérica no sólo les parecía esencial a Miranda y a Bolívar sino también a algunos de los patriotas de la primera generación de la Independencia argentina. Como es el caso notable de Juan Ignacio Gorriti, el lúcido y penetrante diputado por Salta ante el “Congreso General Constituyente de las Provincias Unidas del Río de la Plata” de 1825 (en su intervención en el debate sobre la “Nación” argentina, iniciado en la sesión del 3 de mayo), al hacer referencia a otros ejemplos presentes en la política europea de una realidad institucional integrada por un cuerpo político dividido estadualmente y disperso, como era entonces el caso de los reinos, ducados y principados de Italia, no obstante, decía Gorriti “toda ella [y los italianos] se considera una nación, sin embargo está dividida en una multitud de estados diferentes”. Reflexión que culmina con una clara indicación: “Puede considerarse del mismo modo la América, a lo menos toda la del Sud, como una sola nación, sin embargo de que tiene estados diferentes, que aunque tengan un interés común tienen los suyos particulares, que son bien diferentes; más no bajo el sentido de una nación, que se rige por una misma ley, que tiene un mismo gobierno”. Tampoco olvidemos que el año anterior (1824), el tucumano Bernardo José de Monteagudo había escrito otro texto, ignorado y combatido por muchos años, titulado Ensayo sobre la necesidad de una Federación general entre los Estados hispanoamericanos y plan de su organización. Una “sola nación” de Repúblicas: una suma de peculiaridades históricamente configuradas en las distintas latitudes del continente que habían logrado amalgamarse en “una perfecta unidad” y que si bien durante la dominación imperial venía mantenida como base de acción para el funcionamiento del imperio, ahora, una vez emancipados los pueblos americanos respecto de España, podía y debía ser la base de esa necesaria integración jurídico-política a nivel regional: la gran “Nación de Repúblicas”. Todavía en el siglo XIX —antes de la perniciosa invasión de las ideologías de la “Latinidad” y la “Hispanidad”— la Sociedad de la Unión Americana de Santiago de Chile encarga a una comisión compuesta por José Victorino Lastarria, Álvaro Covarrubias, Domingo Santa María y Benjamín Vicuña Mackenna la recopilación de textos y documentos para promover la “Unión y Confederación de los pueblos Hispanoamericanos” y elabora las Bases para la Unión Americana que se publican en Santiago, por la Imprenta Chilena en 1862. Todas propuestas de gran relevancia que ni siquiera fueron recordadas en ocasión del primer Centenario, porque, en verdad, habían sido progresivamente soslayadas y hasta negadas por las historiografías y las ideologías políticas que combatieron los procesos de integración.Se refutaron sistemáticamente los procesos de “americanización” (por parte de la “hegemonía criolla” de los “mestizo-blancos” que dominaban las nacientes repúblicas), así como la existencia misma de los derechos de los pueblos originarios, de las primeras “naciones” y comunidades, de los afroamericanos y de los tantísimos mestizajes étnico-culturales que fueron determinando —en un proceso de largo alcance cuya continuidad se va a extender a las próximas centurias— las múltiples identidades, propias y compartidas, que constituyen la peculiaridad de Nuestra América. En efecto, en el presente y en el futuro de los procesos de integración en Suramérica tendrá siempre más valor la composición multicultural, étnica y jurídica que se ha ido configurando hasta hoy y finalmente reconocidos por la nueva experiencia de la integración —y ésta es una de las peculiaridades más trascendentes de este ciclo de los bicentenarios— viene a ser objeto de estudio y reflexión tanto desde la perspectiva española, como la de los protagonistas iberoamericanos. También en España en los últimos decenios y superado el panhispanismo franquista se ha ido entendiendo el enorme valor de la “integración continental”, en la “europeidad española”, que culminó con la entrada de la Península en la Comunidad Económica Europea, como lo habían vislumbrado a comienzos de siglo intelectuales como Joaquín Costa y José Ortega y Gasset que vinculaban la regeneración de España a la “europeización” del país.10 Recordemos que “durante la dictadura franquista Europa adquirió para los españoles —comenta Juan Pablo Fusi— un extraordinario poder simbólico como realización de la democracia y de la modernidad. Tras su adhesión a la Comunidad Europea, el 12 de junio de 1985, España se incorporó a Europa con sorprendente facilidad y trabajó en las instituciones europeas desde el primer momento con entusiasmo y eficacia”. Desde entonces y hasta la presidencia de turno de la Unión Europea por parte de España en el primer semestre del año en el que transcurre el Bicentenario de la Argentina, el sentimiento europeo de la mayoría de los españoles y el nivel de apoyo al proceso de integración han sido muy elevados, varios puntos siempre por encima de la media europea, así como lo son las relaciones históricamente privilegiadas que España desarrolla con la Argentina y con la Comunidad Iberoamericana. Hemos visto en los párrafos precedentes de esta introducción, cómo las complejas elaboraciones críticas durante los años de la lucha contra el franquismo y por la democracia no sólo habían permitido a España recolocarse en Europa, sino además, y por un efecto acumulativo, percibir de manera radicalmente diferente las identidades históricas del continente iberoamericano. Entendimiento que tiene su verificación cultural y política, especialmente en esta coyuntura de los ciclos de los bicentenarios que España se propone afrontar siguiendo tres grandes líneas de fondo. Ante todo, “las conmemoraciones deben ser una ocasión para la reflexión sobre el pasado común y una excelente ocasión para sentar las bases de una agenda de futuro capaz de interesar tanto a españoles como a latinoamericanos”. En segundo lugar “para poder reflexionar conjuntamente y articular iniciativas que den respuestas a los retos de la globalización y que hagan referencia a la conformación de los sistemas políticos iberoamericanos, de sus sociedades y las aspiraciones individuales y colectivas de gobernanza democrática, bienestar económico, [... ] reconocimiento de la pluralidad étnica y cultural, a lo que debe responder y respondió el proceso de construcción nacional que se inició con la independencia”. En tercer lugar, el “Ciclo de Bicentenarios” —que España considera que debe prolongarse hasta el 2016 para la Argentina y hasta el 2026 en términos continentales— presenta la oportunidad de dar un nuevo impulso al rol central de España en la mediación cultural e institucional entre la Unión Europea y América latina, “reforzando esa misma identidad, nuestra común ciudadanía iberoamericana, en lo político, en lo económico, en lo social, en lo lingüístico y en lo cultural y, consecuentemente también del proceso de las cumbres iberoamericanas” [Doc. 32] [Comisión de Asuntos Iberoamericanos. Comparecencia a petición del Gobierno del Secretario de Estado para Iberoamérica, Juan Pablo de Laiglesia y González de Peredo, presentando las líneas políticas generales de la Secretaría de Estado para Iberoamérica. Senado de las Cortes Generales, sesión celebrada el 5 de mayo de 2009]. Es interesante ponderar en este sentido las declaraciones del secretario de Estado para Iberoamérica del gobierno del presidente José Luis Rodríguez Zapatero, Juan Pablo de Laiglesia, al reconocer que “Iberoamérica ocupa un lugar fundamental en nuestra política exterior […] conscientes de que el objetivo prioritario de la cooperación española es el reconocimiento de las transformaciones que están teniendo lugar en la región, producto de la voluntad de los ciudadanos iberoamericanos democráticamente expresada”. Y en otro momento de su comparecencia en el Senado, el Secretario de Estado explicaba: “Nuestras relaciones con Iberoamérica no se limitan a las conmemoraciones de los Bicentenarios ni a nuestra próxima Presidencia de la Unión Europea por importantes e inmediatos en el tiempo que sean ambos. Estas relaciones son intensas, ricas y profundas y abarcan todos los ámbitos, lo que se debe a que España sea el único país que tiene una política global para la región que se articula tanto a nivel bilateral como regional o birregional”. Para constatar un hecho, contundente y de enorme relevancia desde la perspectiva de la Unión Europea: “América Latina y el Caribe junto con la Unión constituyen un área de más de mil millones de habitantes, que agrupa a un tercio de los miembros de las Naciones Unidas y a una cuarta parte del producto interno bruto mundial. La Unión Europea es el primer inversor y el primer proveedor de cooperación a Latinoamérica. Europa y América latina son, además, por sus valores y principios, por su estructura política, por su cultura las regiones del mundo que más tienen en común entre sí”. Para concluir, haciendo referencia a la historia reciente, después de la transición democrática cuando: “Tras la entrada de España y Portugal en la Comunidad Europea, y gracias a ello, Europa incorporó entre sus prioridades exteriores una dimensión latinoamericana que antes no existía. Uno de los frutos fue la creación, hace más de diez años de un diálogo amplio y privilegiado entre ambos continentes, que ha dado origen al proceso de las Cumbres entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe, cuya última edición, la quinta tuvo lugar el año pasado en Lima” [Doc. 32]. En lo bilateral, la postura española sobre la Argentina en vísperas del Bicentenario la encontramos ilustrada en el discurso del presidente de las Cortes
José Bono, en ocasión de la visita de Estado a ese país de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner [Doc. 31] [José Bono. Discurso del Presidente del Congreso de los Diputados la sesión extraordinaria en ocasión de la vi- sita de Estado de la Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner al Congreso de los Diputados el 10 de febrero de 2009], o en las políticas del gobierno español, sintetizadas en las conclusiones de la misión de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega a la Argentina durante el año 2009 [Doc. 33] [ María Teresa Fernández de la Vega, vicepresidenta del gobierno español, reportaje realizado en vísperas del Bicentenario por Eduardo Fleming al final de la visita a la Argentina, versión publicada en el Diario crítico hispano argentino, órgano de la Secretaría General Iberoamericana, Madrid, 9 de noviembre de 2009]. Decía al comienzo que una diferencia sustancial respecto al pasado, en la percepción española de la Argentina, ha sido determinada por la política institucional de los gobiernos que se han sucedido a partir del año 2003 y por la vigilante atención de la sociedad civil que tiene en las Madres y las Abuelas de la Plaza de Mayo sus expresiones más combativas y prestigiosas en el crucial tema de la defensa de los derechos humanos y la reivindicación de la memoria histórica, la verdad y la justicia. En septiembre de 2010 la Cancillería argentina presentó ante la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (con sede en Ginebra) su “informe voluntario” sobre el cumplimiento de las 21 recomendaciones formuladas por la comunidad internacional en mayo de 2008. Respecto a las acciones realizadas para esclarecer los crímenes de la dictadura de las juntas militares se destaca que hay 127 causas en trámite, con 656 procesa- dos, 464 detenidos y 126 condenados. Por ello que me parece oportuno incluir en esta antología un par de textos que consideran la defensa de los derechos humanos como un desafío común entre la cultura jurídica española y la argentina: se trata de dos testimonios referidos a la causa —excepcional y emblemática— que se propone investigar en la Argentina los genocidios del franquismo. Como sabemos en España, tras la ley de Amnistía (del 15 de octubre de 1977), el Estado renunciaba a abrir en el futuro cualquier investigación judicial o a exigir responsabilidades respecto a “los delitos cometidos por los funcionarios públicos contra el ejercicio de los derechos de las personas”. Por otra parte, en los años siguiente, tanto en la cultura jurídica democrática como en los organismos internacionales que persiguen las violaciones de los derechos humanos, se ha ido afirmando la práctica según la cual la jurisdicción para los crímenes de lesa humanidad es universal, subsidia- ria de la que corresponde al Estado donde se habrían cometido los delitos aberrantes. Como en la actualidad el camino de la jurisdicción española aparece cerrado, los descendientes de una víctima, patrocinados por el abogado Carlos Slepoy —que a su vez representa en Madrid a las víctimas de la dictadura argentina—, ha iniciado una querella ante la Justicia argentina por el caso de Severino Rivas, alcalde socialista de Castro Rei, en Lugo, fusi- lado sin juicio ni defensa en 1936 y desaparecido hasta 2005; quien fuera el primero de todos los que se sucedieron entre el 17 de julio de 1936, un día antes del alzamiento de Franco, y el 15 de junio de 1977, día de las primeras elecciones democráticas. 13 [Doc. 34] [Albert Ollés, Abel Gilbert. Argentina pone otra vez a España en el brete del juicio al franquismo. Un juez argentino insta al Ejecutivo español a informar si investiga el período 1936-1977”. Reportaje publicado en el El Periódico, Barcelona, 5 de septiembre de 2010]. A comienzos del año 2010, la jueza federal María Servini de Cubría rechazó el pedido, disponiendo archivar la causa, con el argumento de que nada impedía su juzgamiento en España. Dicho criterio fue revisado por la Cámara Criminal y Correccional Federal, revocándose la resolución de la jueza, en la evidencia de que la Justicia española no había sustanciado (hasta entonces) procesos por tales crímenes, decidiéndose la apertura del sumario, con la instrucción de realizar una consulta a las autoridades españolas para determinar si los delitos denunciados en Buenos Aires se encuentran sujetos a investigación, caso contrario quedaría habilitada la jurisdicción universal, según la cual se juzgaría en la Argentina el genocidio perpetrado durante las décadas del franquismo. La citada querella se propone resarcir la memoria y hacer justicia respecto a las miles de víctimas, cuyos familiares siguen ignorando las circunstancias en que desaparecieron o fueron fusilados así como donde se ocultan sus restos. El tiempo transcurrido impedirá que la mayoría de los responsables pueda comparecer ante los jueces, aunque se producirán variadas modificaciones, entre ellas las previstas por la de la Ley de Memoria Histórica de España, que podría permitir una condena específica del genocidio perpetrado por la dictadura y la posibilidad de una íntegra reparación a las víctimas. En consecuencia, el 26 de octubre la jueza Servini de Cubría libró un exhorto por vía diplomática al gobierno español para que informe si se está investigando “la existencia de un plan sistemático, generalizado y delibera- do de aterrorizar a los españoles partidarios de la forma representativa de gobierno, a través de su eliminación física, llevando a cabo en el período comprendido entre el 17 de julio de 1936 y el 15 de junio de 1977”. Además, la magistratura intenta saber si en el mismo período “se propició la desaparición ‘legalizada’ de menores de edad con pérdida de su identidad”. El objetivo es lograr que el reconocimiento universal y la sanción efectiva de los crímenes de lesa humanidad garantice en el presente y en el futuro, en la Argentina, en España y en cualquier país del mundo, que nadie pueda decir, “¡yo no sabía!”. Por ello, y como un ejemplo positivo de la justicia argentina en esta crucial materia que debe ser resaltado, el escritor español Manuel Rivas concluye su artículo, desde Buenos Aires para El País del 11 de septiembre al afirmar: “Gracias, Argentina” [Doc. 35] [Manuel Rivas. Justicia. Gracias, Argentina (el periodista y escritor enviado especial a Bue- nos Aires en su crónica para El País, 11 de septiembre de 2010)]. El año 2010 se iba a concluir con un afianzamiento ulterior de las relaciones entre España y la Argentina en sus diversas implicaciones político-institucionales y culturales, en el marco de la XX Cumbre Iberoamericana que tuvo lugar en la ciudad de Mar del Plata en diciembre. Acontecimiento de notable relevancia por los temas considerados, especialmente en materia de colaboración e integración cultural y educativa, como instrumentos fundamentales para avanzar hacia sociedades más igualitarias, prósperas y cohesionadas, así como para la defensa conjunta de la democracia constitucional como forma irrevocable de la vigencia del Estado constitucional de derecho. La delegación española vino encabezada por el rey Don Juan Carlos I, casualmente cien años después del viaje argentino de su tía abuela, la infanta Isabel, princesa de Asturias, que trajo entonces al país centenario los mensajes de salutación y afecto hacia la Argentina de su abuelo el rey Don Alfonso XIII, que finalmente publicamos en este volumen.Sus majestades, el rey de España y Doña Sofía, participaron en la Cumbre pocas semanas después del fallecimiento de Néstor Kirchner, ex presidente de la República y primer secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas, acontecimiento que sorprendió e impactó, no sólo al pueblo argentino, sino también a los de Brasil, Paraguay, Chile, Uruguay, Perú, Venezuela, Bolivia y Colombia, cuyos gobiernos proclamaron el duelo nacional en especial reconocimiento a la figura del estadista latinoamericano. En la sesión especial de la Cumbre, en homenaje a Kirchner, Don Juan Car- los manifestó “la sincera gratitud por sus numerosas muestras de amistad personal y hacia España, que pude comprobar en nuestros sucesivos en- cuentros a lo largo de los años”. El Rey reiteró a la presidenta Cristina Fernández “el más profundo afecto y solidaridad, a Usted y a toda su familia, así como nuestras más sentidas condolencias a la muy querida Nación Argentina”. Su Majestad reconoció que “el Dr. Kirchner ocupa ya un lugar destacado en la historia de Argentina y del conjunto de Iberoamérica” [Doc. 37] [Su Majestad Don Juan Carlos I, Rey de España. Palabras de condolencia a la Señora Presidenta Cristina Fernández de Kirchner: “Reiterando la solidaridad y toda nuestra pena por el reciente fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner”, así como “la sincera gratitud por sus numerosas muestras de amistad personal hacía España, que pude comprobar en nuestros sucesivos encuentros a lo largo de los años”. (Según la versión oficial de la Casa de Su Majestad el Rey, Palacio de la Zarzuela, Madrid, diciembre de 2010)]. Las grandes líneas de continuidad de las políticas de Estado de España hacia la Argentina y los países iberoamericanos han sido ratificadas por el rey de España, en las palabras pronunciadas durante la cena oficial del 3 de diciembre [Doc. 36] [Su Majestad Don Juan Carlos I, Rey de España. Palabras en la cena oficial con motivo de la XX Cumbre Iberoamericana de Jefes y Jefas de Estado y de Gobierno, Mar del Plata 3 de diciembre de 2010. (Según la versión oficial de la Casa de Su Majestad el Rey, Palacio de la Zarzuela, Madrid, diciembre 2010)]. Así como en el discurso en la sesión plenaria del día siguiente argumentando y defendiendo el valor estratégico que tienen para la comunidad iberoamericana la educación. El rey se refirió al “Proyecto Metas 2021: la educación que queremos para la generación del Bicentenario”, cuya acción debe convertirse “en una herramienta fundamental para mejorar la educación en Iberoamérica” y servirá para “poner en común indicadores y objetivos con el propósito de lograr a lo largo de la década que un mayor número de alumnos tenga acceso a una educación de calidad, equitativa e inclusiva” [Doc. 38] [Su Majestad Don Juan Carlos I, Rey de España. Discurso oficial en la sesión plenaria de la XX Cumbre Iberoamericana, Mar del Plata, 4 de diciembre de 2010(Según la versión oficial de la Casa de Su Majestad el Rey, Palacio de la Zarzuela, Madrid 2010)]. Punto culminante de las experiencias de las transiciones democráticas y de los procesos institucionales, que se proponen defender los derechos fundamentales y de las Constituciones que los fundan y protegen, ha sido la declaración especial, propuesta y suscrita por los representantes de los Estados y Gobiernos presentes en la Cumbre que se comprometen de manera recíproca y vinculante a sostener el estado de derecho y el ejercicio de la democracia constitucional. De la misma, razonada y unánime manera, los Jefes de Estado y de Gobier- no declararon: “Nuestro rechazo y condena a todo intento que pretenda trastocar o subvertir el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones en cualquier Estado miembro de la Conferencia Iberoamericana” [Doc. 39] [Jefes y Jefas de Estado y Gobierno reunidos en la XX Cumbre Iberoamericana. Declaración especial sobre “La defensa de la democracia y el orden constitucional en Iberoamérica” (según el texto difundido por la Secretaría General Iberoamericana, Madrid, diciembre 2010)]. La declaración sintetiza los desafíos y las metas que nos esperan en los años de esta larga nueva Centuria que culminará en el 3010. Metas que proyectan hacia el futuro el aprendizaje que nos han dejado las dramáticas, y hasta heroicas, luchas de nuestros pueblos –en Europa y en América, en España y en Argentina- para afirmar el valor inescindible que tienen la libertad y la igualdad para la progresiva realización de la democracia.

Alfredo Palacios

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