Artículos por revista

Tiempos Heroicos

Por Enrique Dickmann

En el número 67 de la Revista Socialista, de diciembre de 1935, Enrique Dickmann recordó la masacre de trabajadores que se manifestaban en la Plaza Lorea el 1º de mayo de 1909, de la que se cumple ahora un siglo. Reproducimos aquí ese texto, y en la página 17, una semblanza de su autor.

Fue un día sábado. Un luminoso sol otoñal bañaba la atmósfera tibia y suave bajo un vasto y puro cielo azul, impregnando el ambiente de dulce melancolía. Desde por la mañana la gran urbe tenía un singular aspecto de fiesta y de protesta: expresión sintética de la gran fecha del trabajo que simboliza una triple manifestación de fiesta, de afirmación y de protesta. Suspendido el trabajo en el puerto, en los talleres y en los andamios; casi paralizado el tráfico; cerrados o semiabiertos los negocios, la ciudad tenía aparentemente su habitual expresión dominical. Empero, algo raro y extraño la agitaba y conmovía. Numerosos grupos de obreros endomingados, con un clavel rojo en la solapa, circulaban por calles y avenidas. Sobre las paredes de las esquinas se veía de lejos, en grandes letras negras sobre fondo rojo, manifiestos anunciando los desfiles proletarios de la tarde. La fiesta del Trabajo se afirmaba el 1º de Mayo de 1909 con nuevo e inusitado vigor en Buenos Aires, vasta y compleja metrópoli cosmopolita en cuyas entrañas se gesta y se elabora un nuevo mundo ético y mental: adquiriendo aquel día un aspecto singular y extraordinario, anuncio seguro de graves acontecimientos para ser grabados con letras de sangre en los anales de su agitada y fecunda historia. La clase obrera, perseguida y acorralada, quería así afirmar, en aquel día y frente a aquel gobierno de oligarcas, su potencia indestructible y su vitalidad preñada de esperanzas. Pero el gobierno de Figueroa Alcorta, en su ciego odio al proletariado, tenía preparado, para aquel mismo día, un siniestro plan de sangrienta represión, cuyo rumor corría ya con anticipación y que fue ejecutado con saña inaudita.

 

Dos manifestaciones públicas debían realizarse en la tarde del 1º de Mayo: una organizada por el Partido Socialista en la Plaza Constitución para ir a la Plaza Colón, y la otra organizada por la Federación Obrera (anarquista), en la Plaza Lorea para ir a la Plaza Once. Yo salí de mi casa a las dos de la tarde, y antes de dirigirme a la manifestación socialista, resolví pasar por la Plaza Lorea, pues quise ver la importancia y el espíritu de la manifestación anarquista, que se anunciaba sería turbulenta. Así fui testigo ocular de la terrible tragedia ocurrida en el tristemente célebre 1º de Mayo de 1909.

 

Cuando llegué a la Plaza Lorea, un orador anarquista, trepado en la columna de un farol, dirigía la palabra a una multitud proletaria compuesta de unas dos mil quinientas personas, muchas de ellas mujeres y niños. No podría precisar lo que aquel hombre decía, pero su aspecto físico se clavó en mi pupila. Era un hombre del pueblo, enjuto, pálido y mal nutrido, de abundante cabellera y barba, pobremente vestido y que lucía en su cuello una amplia y flotante corbata roja. Su voz de trueno conmovía profundamente a la mísera y andrajosa muchedumbre que lo escuchaba y aplaudía. Era un espectáculo triste y doloroso, que simbolizaba a lo más pobre y miserable del proletariado de Buenos Aires y que por instinto e ignorancia milita en el anarquismo. A pocos pasos de aquella asamblea había apostada una formidable fuerza policial. Cien gendarmes de la guardia de seguridad, montados en sus cabalgaduras, armados de rifle, sable y revólver, tenían aspectos y expresión imperturbables y firmes, cual la máscara de la fatalidad. Otros tantos agentes de policía de a pie. Algo más lejos, el jefe de policía, coronel Falcón, en persona, y su estado mayor contemplaban aquella reunión singular. A los pocos minutos el orador descendió de la columna del farol y la manifestación se disponía a ponerse en marcha. En aquel mismo instante un funcionario policial acercóseme y me invitó a que me retirara. La invitación no dejó de sorprenderme y extrañarme. La columna del pueblo se puso en marcha por la Avenida de Mayo hacia el oeste, con una bandera roja y negra a la cabeza, sin música y sin cantos, solemne y muda como el destino. Detrás de ella se movió el formidable escuadrón de policía. Yo me dirigí por la misma avenida hacia el este para reunirme a la manifestación socialista. Apenas había andado un centenar de pasos cuando fui sorprendido por el ruido de una descarga cerrada y de un grito de horror y de espanto de la muchedumbre que huía en desbandada. Me detuve para ver lo que ocurría.

 

El espectáculo que se desarrolló ante mi vista era horrendo Cien gendarmes de a caballo descargaban a mansalva sus revólveres sobre una muchedumbre enloquecida por el pánico. El tiroteo duró varios minutos, quedando las paredes de las casas acribilladas a balazos. La Avenida de Mayo quedó despejada. Hombres, mujeres y niños huyeron por las calles laterales. Y frente al Congreso Nacional, entre las calles Solís y Entre Ríos, sobre el pavimento de la avenida, quedó, entre charcos de sangre humana, un tendal de ocho muertos y cuarenta heridos, algunos muy graves, que fallecieron a los pocos días. Entre los muertos había un anciano de setenta y dos años. No hubo un solo funcionario policial herido ni un caballo muerto. La policía del coronel Falcón salió “vencedora” en aquel “glorioso combate” y salvó a la “sociedad” del “peligro anarquista”; habiendo recogido sobre el “campo de batalla”, como único trofeo, un estandarte de un grupo anárquico que tenía la siguiente inscripción: “Muerte al orden capitalista y vivan los anarquistas y comunistas”

 

Los muertos y los heridos fueron recogidos rápidamente por las ambulancias de la Asistencia Pública, que, parece, estaban apostadas con anticipación en las calles adyacentes. Algunos bomberos armados de mangueras lavaron en seguida los charcos de sangre humana para borrar todo rastro del pavimento de la avenida. Los grupos de curiosos, que desde los alrededores concurrieron a ver lo que acontecía, fueron dispersados con violencia. Todo volvió a la calma. La paz pareció reinar en Buenos Aires. La policía estaba satisfecha de su hazaña sangrienta, no dándose cuenta de que el eco de los tiros disparados en la Plaza Lorea repercutió hondamente en el seno de la gran masa laboriosa y sufrida de la vasta metrópoli. La trágica noticia fue llevada, con la velocidad del rayo, en alas de la muerte hasta el último rincón del último barrio popular de la gran ciudad. La fiesta del Trabajo fue manchada con sangre proletaria por un crimen horrendo. Y aquella misma tarde aquel gobierno de oligarcas y criminales tuvo la digna respuesta del pueblo obrero en la solemne proclamación de la huelga general, aclamada en la Plaza Colón, frente a la casa de gobierno, por veinte mil pechos viriles, “como respuesta única al salvajismo gubernamental y para exigir la renuncia del jefe de los asesinos, coronel Falcón”.

 

II

 

Testigo ocular de aquella tragedia, horrorizado por el inaudito crimen cometido, con el corazón destrozado y con un nudo en la garganta, comprendí en seguida que había que salvar a la manifestación socialista; pues, en conocimiento de los sucesos de la Plaza Lorea, podría sufrir una grave perturbación. Con algunos otros ciudadanos, que encontré cerca del lugar del asesinato, me dirigí rápidamente al encuentro del desfile socialista. Alcanzamos su cabecera a la altura de las calles Estados Unidos y Buen Orden (hoy Bernardo de Irigoyen). A nuestra llegada los manifestantes ya tenían noticias de la masacre. Mensajeros anónimos, escapados de la Plaza Lorea, llegaron antes que yo, a las filas de la manifestación socialista, y agitando pañuelos empapados en sangre clamaron venganza. La enorme muchedumbre sufrió una sacudida violenta. Alguien lanzó la voz de que la manifestación debía disolverse allí mismo por temor a los acontecimientos. El comisario de policía, que con un pelotón de soldados del escuadrón de seguridad encabezaba el desfile, se nos acercó, manifestándonos que, después de lo sucedido, él no podía garantizar el orden. Algunos miembros del Comité Ejecutivo, presentes allí, casi aceptaron la indicación. Otros nos opusimos a ello. Había que conducir, sucediera lo que sucediese, la manifestación socialista hasta la Plaza Colón, y allí votar una orden del día que condenara el asesinato y exigiera el castigo de los culpables. Prevaleció este temperamento. Pero ¿cómo conseguirlo? La situación, evidentemente, era grave y la responsabilidad muy grande. La nerviosidad visible de la policía y la terrible y justa exaltación de la muchedumbre nada bueno auguraban. Un incidente banal cualquiera o un grito destemplado podrían provocar una catástrofe irreparable. Y de seguro que no faltaría alguien que lo intentara. ¿Qué hacer en tales circunstancias angustiosas? Una idea salvadora vino a dar solución a situación tan difícil. En vez de un cortejo de fiesta había que dar, al gran desfile, un carácter fúnebre. Al instante todas las banderas y estandartes , que sumaban muchas docenas, se enlutaron con grandes crespones negros. Las diez bandas de música, distribuidas a lo largo de las diez cuadras que ocupaba la manifestación, tocaron marchas fúnebres. Todo el mundo se descubrió. Y aquella enorme muchedumbre desfiló por Buen Orden y Avenida de Mayo hasta la Plaza Colón solemne y silenciosa, con las cabezas descubiertas, con las banderas enlutadas, al son de marchas fúnebres, imponiendo recogimiento y unción a la muralla humana que, en ambas veredas, formaba al desfile como un marco imponente. Quienes hayan presenciado y visto aquella singular y extraña procesión de veinte mil hombres mudos, graves, enérgicos y solemnes, jamás la olvidarán. Todos se dieron cuenta exacta de su importancia y significado. No en vano el Partido Socialista agrupa en sus filas a lo más inteligente, ordenado, decidido, vigoroso y disciplinado de la clase obrera; no en vano forma la vanguardia del proletariado argentino; y no en vano en vísperas del 1º de Mayo de 1909 su Comité Ejecutivo publicó la siguiente exhortación:

 

“Trabajadores: Mañana es nuestra fiesta. Que los patrones y la oligarquía gobernante, celosos de sus héroes y sus tradiciones, que nos hacen holgar muchos días al año, sepan que tenemos la conciencia de nuestra personalidad y la dignidad de nuestros sentimientos.”

 

“Aunque sea por instinto de clase, dejemos desiertos los talleres, las fábricas, las oficinas, para unirnos a la universal afirmación proletaria.”

 

La manifestación socialista pudo así llegar, casi milagrosamente, en orden y tranquilidad aparente, a la Plaza Colón. Veinte mil ciudadanos y obreros rodearon la tribuna socialista. Considerables fuerzas policiales, a caballo y a pie, circundaron la plaza. En las puertas, ventanas y azoteas de la Casa Rosada asomaron bomberos armados a máuser. Alguien dijo que en estos sitios se colocaron apresuradamente ametralladoras. Y la muchedumbre socialista, frente a la casa de gobierno y con el gran puerto a sus espaldas, esperaba a pie firme, serena y decidida la palabra de los oradores: su voz de orden. El sol se había puesto en el ocaso, y las sombras de la noche, tristes sombras de dolor y muerte, envolvían rápidamente a la gran ciudad sacudida y agobiada bajo los trágicos acontecimientos de aquel infausto 1º de Mayo.

 

III

 

Miembro del Comité Ejecutivo, y orador designado por el mismo, subí primero a la tribuna. Se imaginarán los lectores mi estado de ánimo en aquel momento. Testigo del asesinato policial, premeditado y alevoso, convencido de la necesidad de una protesta y acción enérgica contra los autores de tan horrendo crimen, comprendí la grave responsabilidad que asumía al aconsejar a la clase obrera la huelga general, y proclamarla en aquellas solemnes circunstancias. Empero, la duda y la vacilación no son lícitas en el momento de la acción. Y desde la tribuna socialista y en presencia de veinte mil trabajadores y frente mismo a la Casa Rosada, pronuncié las siguientes palabras:

 

“En las calles de la capital ha corrido sangre obrera. Un asesinato alevosamente premeditado, ha sido perpetrado por los esbirros del gobierno. Una muchedumbre tranquila y pacífica ha sido acribillada a balazos por los pretendidos guardianes del orden público, encabezados por el mismo jefe de policía, coronel Falcón. Testigo ocular de la horrible tragedia, he visto, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón oprimido por el dolor, la saña inaudita de los asesinos del pueblo. Sin que mediara causa alguna, salvo algún grito aislado, ciento cincuenta cosacos del escuadrón hicieron una descarga cerrada sobre la muchedumbre desprevenida e inerme, dejando un tendal de muertos y heridos. Este hecho salvaje reclama venganza. ¿Qué se propone el gobierno con estas represiones sangrientas? ¿Se propondrá ahogar en sangre las justas reivindicaciones de la clase obrera? ¿No saben, acaso, los gauchos de frac y levita que nos gobiernan, que la sangre es el abono más fecundo de todo gran ideal? ¿No saben que jamás idea alguna ha sido exterminada por la persecución y el asesinato?

 

“Figueroa Alcorta, en su pequeñez de gobernante sin ideas ni escrúpulos, ha de estar cansado del movimiento obrero y socialista, y ordenó a sus esbirros la represión violenta. Pero, si él está cansado del movimiento obrero y socialista, los obreros y socialistas están aun más cansados de este triste personaje.

 

“Los políticos criollos, autores impunes de todas las revueltas y motines de cuartel, no pueden enrostrar a la clase obrera la violencia en sus movimientos colectivos. El pueblo puede ser violento en sus manifestaciones; pero la policía, guardadora del orden público, no puede ni debe ser violenta. Y entre nosotros las cosas pasan al revés. Siempre es la policía la promotora principal de todos los desórdenes y asesinatos.

 

“El 1º de Mayo de este año, en vez de fiesta se ha convertido en fecha de luto y dolor para todos los hombres que aspiran a una vida mejor y a un porvenir más risueño. Muchos hogares obreros quedan en la orfandad y la miseria; y la clase obrera toda, una vez más, convencida de que las clases privilegiadas y parasitarias, representadas y defendidas por el actual gobierno, son implacables en la persecución y el asesinato.

 

“Trabajadores y ciudadanos: como respuesta única al salvajismo gubernamental, debemos declarar la huelga general y exigir la renuncia del jefe de los asesinos, coronel Falcón.

 

“¡Viva la huelga general!”

 

Veinte mil pechos viriles respondieron vigorosa y unánimemente: “¡Viva la huelga general!” El eco de aquel grito de protesta resonó en las altas paredes de la casa de gobierno y en los imponentes depósitos y diques del puerto, repercutiendo luego en todos los barrios de la ciudad, desde la suntuosa morada del potentado hasta la más humilde choza del sin pan y sin trabajo.

 

IV

 

La manifestación socialista se disolvió ya entrada la noche. En seguida el Comité Ejecutivo del Partido Socialista, convocado a sesión extraordinaria, se reunió en el local del diario La Vanguardia, Defensa 888. Estaban presentes: el secretario general del Comité Ejecutivo, Mario Bravo, y los miembros del mismo Nicolás Repetto, Basilio Vidal, Eduardo Porrini, Domingo de Armas, Enrique Dickmann y el director de La Vanguardia, Juan B. Justo. Después de breve deliberación se aprobó la siguiente invitación a la huelga general:

 

“Trabajadores: El Comité Ejecutivo del Partido Socialista, interpretando el sentimiento de la clase obrera por la masacre de hoy, afirmando la necesidad de que la clase obrera imponga una valla a la acción torpe y brutal del gobierno, y considerando que solo una actitud solidaria del proletariado puede obtener este resultado, el Comité Ejecutivo exhorta a la clase obrera a la huelga general a partir del lunes 3 del corriente, protestando contra la masacre proletaria, exigiendo la renuncia del jefe de policía, coronel Falcón, reclamando la instrucción de un sumario y el castigo de los culpables. El Comité Ejecutivo pone a disposición de la clase obrera en huelga general todos los medios de agitación y propaganda.”

 

“¡Abajo los asesinos del pueblo!” “¡Viva la huelga general!”

 

El proletariado de Buenos Aires respondió como un solo hombre a esta exhortación. El lunes 3 de mayo, el trabajo se paralizó completamente. Fue la huelga general más extensa e intensa y de mayor duración que se registra en los anales del movimiento obrero de la Argentina. Ella duró ocho días, paralizando totalmente la vida industrial y comercial de la gran ciudad, y pasando a la historia con el nombre de “La Huelga General de la Semana de Mayo”. Sus fines, eminentemente políticos, no fueron coronados por el éxito; el gobierno de Figueroa Alcorta, empecinado en el error, ofuscado en su brutalidad y enloquecido por el odio a la clase obrera, convirtió a Buenos Aires en una plaza sitiada, y para ello no le bastó su policía. Cinco mil conscriptos del ejército nacional de las tres armas, bajaron de Campo de Mayo y ocuparon militarmente la ciudad. El Estado de Sitio rigió sin ley que lo sancionara. Fue una semana de terror. A pesar de la imponente protesta de trescientos mil obreros durante ocho días, ningún sumario fue instruido, ningún culpable castigado, permaneciendo en su puesto de jefe de policía el coronel Falcón, desafiando así la ira concentrada de todo un pueblo perseguido, vejado y oprimido.

 

Fue un acto temerario del gobierno. Trágicos sucesos posteriores evidenciaron el lamentable y grosero error de tan jactanciosa actitud. Todos, privilegiados y explotados,  hubieran ganado si la justicia, aun burguesa, se hubiese aplicado a los culpables de aquel asesinato colectivo. Pero, también en aquella oportunidad, fue verdad que Júpiter ciega a los que quiere perder; y la violencia de arriba no tardó en engendrar la violencia de abajo, cumpliéndose la lógica y fatal ley de las compensaciones, formulada con profunda intuición por Emerson: “Si el gobierno es cruel, la vida del gobernante no está segura”.

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