Artículos por revista

Los orígenes del desmadre en el capitalismo mundial

Por Alejandro Rofman

Alejandro Rofman es economista y dirigente socialista, Profesor Honorario de la UBA y Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Entre Ríos. Su examen del hundimiento de la economía mundial lo lleva a postular la urgente construcción social de un nuevo régimen de acumulación que asegure la paz y el bienestar general.

Vientos de fronda soplan en el mundo capitalista contemporáneo. Una muestra de ello es la información de que en Brasil se perdieron más de 800.000 puestos de trabajo desde noviembre, algo así como dos puntos porcentuales de la fuerza de trabajo formal. La búsqueda de estrategias para intentar superar este derrumbe fenomenal (ya se estima que este año caerá el P.B.I. mundial por debajo del 0 % por primera vez en seis décadas), obliga a que el diagnóstico sobre lo que sucedió y sigue aconteciendo sea preciso. El incremento de los desocupados, de los que padecerán hambre en forma creciente, de los que emigran en pos de una opción diferente, de los que pierden sus viviendas y sus ahorros, etc., en el mundo obliga a escrutar la realidad con sentido crítico antes de enunciar caminos de urgente superación de la crisis.

 

Nuestra postulación, al respecto, consiste en asignar el peso de la responsabilidad en el desmadre económico financiero en pleno desarrollo a la exacerbación, sin límites ni barreras de contención, del principio básico de funcionamiento del régimen capitalista, a saber: lograr la máxima tasa de ganancia en el menor plazo posible sin medir los costos de ningún tipo en el cumplimiento de tal objetivo.

 

Este principio liminar se fue progresivamente focalizando en la entronización del capital financiero como principal motor del proceso de acumulación del capital, subordinando a las otras fracciones del capital al arbitrio de su función de generador de altas ganancias especulativas y no respaldadas por la creación de bienes materiales. De todas formas, ello no implica que quienes privilegiaron la valorización financiera del capital como motor de generación de abultadas tasas de ganancia lo hayan hecho a costa de las otras fracciones del capital. Como bien dice Alain Badiou: “Se ha hablado estas últimas semanas de la “economía real” (la producción de bienes). Se le opuso la economía irreal (la especulación) de la que derivaba todo el mal en razón de que sus agentes se habían vuelto “irresponsables”, “irracionales” y “predadores”. Esta distinción es evidentemente absurda. El capitalismo financiero es desde hace cinco siglos una pieza mayor del capitalismo en general. En cuanto a los dueños y animadores del sistema son, por definición, “responsables” sólo de las ganancias, su “racionalidad” se mide respecto de las ganancias, y predadores no sólo lo son sino que tienen el deber de serlo” (Clarín, 24-11-2008, página 9). Y esta concluyente expresión es  el complemento de aquella celebrada frase del ilustre economista John Maynard Keynes, quien al referirse al régimen de acumulación capitalista dijo: “El capitalismo es la creencia de que los hombres más despiadados con la motivaciones más codiciosas trabajarán para el beneficio de todos” (Rof Burguess, “Requiem para la ciudad abierta”, Revista Ñ,18-10-2008, página 11).

 

Las consideraciones precedentes apuntan a resaltar nuestra convicción de que la actual conmoción mundial, con sus graves secuelas sociales, no es un hecho fortuito o pasajero sino que obedece a una inusual crisis estructural propia del funcionamiento del sistema capitalista , que tiene la particular virtud de acrecentar las desigualdades en la sociedad  contemporánea y de incrementar los problemas de desempleo y pobreza. Esta se ha desatado por procesos muchos más complejos donde se combinan situaciones excepcionales, como la desenfrenada especulación financiera con características propias del desarrollo capitalista contemporáneo , donde cada vez más es difícil  distinguir con precisión una especialización neta de los capitales que están operando a nivel global.

 

Nos explicamos. El fenómeno del derrumbe de la economía real no puede desligarse de los tremendos golpes que ha recibido el sistema financiero en su conjunto en la medida que ambos obedecen a una misma matriz de desarrollo, se realimentan entre sí y, en una importante proporción, coexisten bajo el paraguas de una misma empresa o grupo económico. Es, entonces, ilusorio desagregar el destino de una esfera del capital del de la otra dado que, en última instancia, son dos caras de una misma moneda.  Los inversores de capital lo hacen en forma indistinta tanto en su rol financiero como de productores de bienes y servicios para consumo aunque se encuentran firmas especializadas en una y otra actividad. La emergencia de una economía sobredimensionada en cuanto al afán consumista, característica resaltante en la dinámica de acumulación y de utilización de los recursos disponibles en USA, obliga al crédito a ser una parte esencial del aparato de producción y de consumo. Sin el aporte del sistema bancario, los consumidores norteamericanos no podrían adquirir el flujo de bienes provenientes de la desorbitada corriente importadora desde el Sudeste Asiático y de los ingresos al mercado nativo de bienes de producción nacional. La burbuja financiera se fue construyendo para posibilitar el consumo. Al estar tan íntimamente asociado un proceso al otro - sin préstamos no se puede consumir dado que aquel es el basamento donde éste se asienta- poco ya importa de quien es la propiedad de  las firmas constitutivas de una y otra faceta del desarrollo capitalista. “Por lo tanto nada más “real” en la bodega de la producción capitalista que su piso mercantilista (el comercio exterior, nota nuestra) o el compartimento especulativo (el exceso de financiamiento a los consumidores más allá de su capacidad de repago, nota nuestra)” (Alan Badiou, op. cit.).

 

En la economía norteamericana el  nivel de la tasa de ahorro había recientemente llegado a cero pero dado el fuerte endeudamiento privado. El dato anterior debía interpretarse no como un límite a la capacidad para consumir sino como un estadio intermedio: se adquirían bienes y servicios con recursos prestados más allá del ingreso disponible que se gastaba totalmente en consumir.

 

Este es un aspecto parcial de la crisis pero fundamental para entender el por qué del gran desbarrancamiento del sistema bancario de EEUU, que ha llevado a su gobierno a a adquirirlos .No fueron sólo créditos hipotecarios subprime los que deterioraron, con sus préstamos tóxicos la cartera de créditos de los bancos de de Estados Unidos sino la incapacidad de los deudores en hacer frente a los compromisos financieros derivados de un consumo desenfrenado, totalmente construido en base a deudas bancarias. Cuando el recurso disponible de los deudores se reduce, por razones que ya veremos, y se torna imposible de amortizar el Banco deja de renovar tales endeudamientos. Se corta así, el combustible sobre el que se hacía arder, a gran volumen, el fuego del gasto privado.

 

¿Por qué aludimos a la “incapacidad de los deudores” en términos generales y no solamente como resultado de la presencia de préstamos hipotecarios de muy baja calidad y condenados, tarde a temprano, a entrar en cesación de pagos?

 

Una respuesta adecuada surge de analizar un doble fenómeno que deseamos puntualizar y que actuó realimentándose mutuamente para constituir un factor central del actual desmadre. Por un lado operó el  rápido incremento del endeudamiento, que exigía suficiente capacidad de repago de los deudores ante cualquier circunstancia desfavorable. Por el otro, esa circunstancia se fue dando sistemáticamente en las últimas décadas en la principal potencia económica mundial a través la “deflación salarial”, es decir”… la caída de la proporción de los salarios en el reparto de la riqueza, inducida por la presión que ejerce el librecambio, tanto a través de los productos importados como de la posibilidad de deslocalizar   la producción” (Jacques Salir, “Totems y tabúes”, Le Monde Diplomatique, marzo 2009, página 4). Los datos estadísticos que el articulista acompaña en el texto  para ilustrar las aseveraciones citadas son irrefutable. Caída de la remuneración del trabajo en el P:B:I:,descenso del ingreso real  del hogar mediano, aumento desmedido de los gastos en educación y salud, incremento de la proporción de habitantes sin cobertura social ,etc. obligó a los consumidores estadounidenses a aumentar su nivel de endeudamiento para obtener los bienes y servicios necesarios para sostener la vida familiar .Se produjo así un fenómeno inédito de insolvencia financiera de los hogares pues el endeudamiento, que en 1998 representaba el 63 % del PBI en Estados Unidos diez años después ya sobrepasaba el 100%. Tal insolvencia se manifestaba de modo inexorable y constituía, remedando a Garcia Márquez, la “crónica de una muerte anunciada”.

 

Acompañando este análisis general, un reconocido y brillante analista de la realidad económica ha introducido recientemente una interesante visión del proceso del descalabro sin fin que nos acosa y que se ha instalado con singular fuerza y permanencia en el corazón del sistema capitalista internacional. En este sentido,  afirma:”El fin de las rutinas y el ingreso en un tiempo de desorden general nos están señalando que el mundo no se encuentra ante una enfermedad pasajera, una “crisis cíclica” más al interior del gran ciclo sino ante una crisis de enorme amplitud porque el viejo organismo, el sistema social, está muy viejo (Beinstein, Jorge, Buenos Aires Económico, 2 de marzo de 2009, página  28). Y a renglón seguido explica los  factores desencadenantes de  tal senilidad, a saber:

 

1. La decadencia de Estados Unidos luego de la decisión, en los 70, del presidente Nixon de abandonar el patrón oro decretando la inconvertibilidad del dólar fue seguido de la instalación de un régimen social de acumulación como el que arriba se describe, en creciente  espiral, donde la producción se subordinaba cada vez más a la posibilidad de incorporar instrumentos financieros aptos para mantenerla viva. Es lo que Beinstein acertadamente llama “hegemonía parasitaria”.Es el proceso de salida de grandes capitales industriales fuera del territorio norteamericano y de los países industrialmente desarrollados de Europa para “deslocalizarse” e instalarse en países donde el costo salarial fuese mucho más reducido .Para mantener esas inversiones rentables, ayudadas por el menor costo laboral, hace falta capacidad de consumo en la población de los países centrales. Allí juega el régimen  de acumulación que anteriormente describimos.

 

2. Lo que citamos al cierre del apartado anterior es lo que se da en denominar  la hipertrofia financiera global conjuntamente con la desaceleración de la economía global, en donde la crisis energética juega un rol singular. Pero en este aspecto se plantea una carrera con un neto ganador, que crece más velozmente: los recursos financieros necesarios para mantener vivo el consumo y el debilitamiento de la producción de origen interno, reemplazada crecientemente por los excedentes de exportación de China y países cercanos.

 

3. Como un renacer de la discusión de los 70 sobre los “límites al crecimiento económico” el modelo tecnológico impulsa un ininterrumpido proceso de autodestrucción. En el famoso manifiesto del Club de Roma, a principios de los 70, se vaticinaba que la acumulación de rezagos y deshechos que era consecuencia de la expansión sin cesar de la sociedad de consumo iba a provocar un desastre colegio solamente evitable si se moderaba sensiblemente el nivel de expansión del consumo, con  niveles de crecimiento recomendables cercanos a cero. La respuesta de América Latina, expresada a través del Modelo Mundial Latinoamericano, postulaba que no se le podía exigir a los habitantes de los países subdesarrollados que cesaran de consumir dado que  poseían un nivel de vida que, mayoritariamente, era totalmente intolerable.

 

4. Dos fenómenos signados por la incapacidad de alcanzar una salida al proceso de decadencia del capitalismo en marcha se  agregan a los arriba consignados. El primero tiene que ver con la imposibilidad  política de buscar una salida al deterioro  productivo y a la caída de la tasa tendencial de ganancia vía una solución belicista. La experiencia de Irak está finalizando sin haber logrado impone una supuesta  virtud regenerativa del capitalismo “senil” y los cambios políticos recientemente operados a nivel cupular en Estados Unidos alejan aún más esta opción como la “salvadora”. Irán, que aparece como el enemigo en ciernes, no puede constituir un potencial contendor de la magnitud necesaria para que una aventura belicista lo convierta en motor de un proceso de inversión militar compensador del debilitamiento de la lógica de funcionamiento del sistema productivo estadounidense. Las recientes afirmaciones de la Jefatura de la Inteligencia Militar de EEUU acerca de la inviabilidad de que Irán disponga en el corto y mediano plazo de artefactos nucleares le quita legitimidad a cualquier aventura bélica y el mundo, luego de lo de Irak, no acompañaría una medida unilateral, cuando el multilateralismo se está, otra vez, imponiendo. El otro aspecto remarcable es la creciente segmentación social y la violencia en las grandes ciudades, tanto de los países centrales como los de la periferia, aunque más aguda en estos últimos. El narcotráfico acelera este proceso de descomposición y las fórmulas disponibles por quienes representan el Poder represivo cada vez lucen más ineficientes e incapaces de enfrentar esta realidad degradante, tanto social como ambiental.

¿Hay salida convencional, como en las otras crisis focalizadas del capitalismo, que  permitió una y otra vez, renacer el Ave Fénix de entre las cenizas? Muchos analistas ya empiezan a contestar que no, precisamente porque el origen de la presente crisis difiere sensiblemente de las causas que signaron las previas, como ya hemos puntualizado. Beinstein, en otro aporte, pretende avanzar en la dirección apuntada. Y postula que dado un eventual escenario de implosión capitalista  fruto de los procesos previamente analizados, de muy problemática  resolución en el actual contexto de desarrollo del Capitalismo Globalizado, corresponde abrir un espacio para la reflexión en torno a un eventual horizonte poscapitalista. Y cierra su aporte afirmando que en ese espacio “se mezclan viejas y nuevas ideas, ilusiones fracasadas y densos aprendizajes democráticos del siglo XX, frenos conservadores legitimando ensayos neocapitalistas y visiones renovadas del mundo empujando grandes innovaciones sociales” ( Buenos Aires Económico, 13-3-2009, página 28). Y otro estudioso de la actual problemática comenta: “No es la primera vez que se sigue el ciclo de endeudamiento masivo-explosión de burbujas-quiebras generalizadas; sólo que esta vez se suma a la atrofia terminal del modo de producción y distribución imperante (Carlos Cleri, “Una breve mirada a la Argentina”, BAE, Buenos Aires, 18 de marzo de 2009, páginas 1- 28).

 

Para que una discusión en estos términos adquiera legitimidad, será preciso referirla a una espacio o sociedad determinada a fin de los acontecimientos pasados y presentes y los por venir puedan ser correctamente evaluados en términos de las hipótesis básicas hasta acá expuestas. Sin embargo, entendemos que a esta altura queda claro que cualquier remiendo, reajuste o circunstancial salvataje solamente habrá de provocar la prevalencia de una agonía poco promisoria, en tanto los graves problemas de fragmentación social, desempleo, pobreza e indigencia seguirán en pie. A lo sumo se habrá recompuesto, parcialmente, el escenario pero sin solucionar ninguna cuestión de fondo provocada por un sistema capitalista en grave crisis de acumulación.

 

Resulta claro a esta altura, que es urgente y necesario, articular una nueva alternativa, en el seno de las mismas sociedades afectadas, que permita la construcción social de otro régimen de acumulación basado en la propiedad cooperativa, sin fines de lucro, en la solidaridad entre los pueblos, en la prevalencia de un sistema productivo orientado a satisfacer, prioritariamente, las necesidades básicas de la población y en un mundo sin armas bélicas mortíferas, con alianzas perdurables entre los pueblos para asegurar la paz y el bienestar general.

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