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Generación y política en Julio V. González

Por Carlos Miguel Herrera

 

Abogado egresado de la UBA, doctor en Filosofía Política por la Université de París, investigador del Institute Universitaire de France, autor de numerosos libros sobre los socialismos argentino, alemán y francés, Carlos Herrera discurre acerca del pensamiento y la acción de Julio V. González, uno de los protagonistas del intenso debate que en el socialismo argentino siguió al ascenso del peronismo.

 

“Solo cosechan simpatía los que

siembran su propio entusiasmo”

José Ingenieros

 

En una habitación con las persianas bajas para protegerse del calor de noviembre se está muriendo Julio V. González. Es 1955, el peronismo ha caído, y a él ya no le queda tiempo para retomar la brega. Justo en un momento que González considera, y no se equivoca, clave para el porvenir del socialismo.

 

González pasará a la historia argentina como el principal ideólogo de la Reforma universitaria1. Pero, más que un momento o que una ideología2, González encarnó un itinerario, con punto de partida en los hechos del '18, aunque buscando trascenderlos incansablemente, hasta terminar por romper de alguna manera con esa matriz. Si ya del estudiante reformista se podía pasar tan rápidamente al “americano de la Nueva Generación que declaraba su divorcio con el pasado” era porque el “caos genésico” de la Reforma universitaria estaba signado, según González, por dos series de eventos históricos; en Europa, la guerra mundial, con lo que implicaba como hundimiento de un mundo, y la Revolución Rusa, con lo que significaba como nacimiento de otro3. En Argentina, el advenimiento del sufragio popular, que liquidaba el sistema político del régimen, aunque aquí, en cambio, no se avizoraba la perspectiva de otro orden. Aparecía, sólo, “la vasta promesa de la Nueva Generación”.

 

Generación e historia

 

Para González, la reforma universitaria “acusa el aparecer de una nueva Generación que llega desvinculada de la anterior, que trae sensibilidad distinta e ideales propios y una misión diversa por cumplir”4. Es de José Ortega y Gasset, aquél de El Tema de nuestro tiempo algunas de cuyas páginas publicaba el diario La Nación en 1923, que González retomaba el concepto y su lógica, apuntalándolo después con los trabajos de pensadores hoy olvidados, como Mentré y Dromel e incluso Lorenz. Para el ensayista español, “las variaciones de la sensibilidad vital que son decisivas en la historia, se presentan bajo la forma de generación”. Este concepto, compromiso dinámico entre masa e individuo, es “el más importante de la Historia”, actuando como “el gozne” sobre el que se ejecutan sus movimientos. Si cada generación cuenta con su “repertorio orgánico de íntimas propensiones”, tiene por eso el imperativo de realizar una histórica misión; aunque a veces las generaciones faltan a su vocación, y dejan su misión incumplida5.

 

Aun inscribiéndose en ellas, González iba incluso más allá de las conceptualizaciones orteguianas, para buscar darle una base “sociológica”, como él mismo la denominaba. “Una generación histórica es el elenco de hombres que realiza un repertorio de ideas propias en el lapso de treinta años”, aunque a mitad de camino se puede situar ya el momento de la ensambladura de la nueva. Sobre todo, siempre en la perspectiva del cálculo sociológico-matemático, cuenta con quince años para el planteamiento, y los otros quince para su realización efectiva. El “período histórico” aparece así como su noción correlativa, ya que representa la obra realizada de una generación.

 

Ortega y Gasset había distinguido también dos tipos de épocas, las cumulativas y las eliminatorias; sólo en este último caso, cuando las generaciones de combate niegan “crudamente las viejas ideas y los valores establecidos”, se está en presencia de una nueva generación histórica. La negación constituye el acto, aún cuando no se haya producido un nuevo sistema de valores. Si la conceptualización en términos generacionales provienen de Ortega, la tonalidad, e incluso el sentido dado, González se lo debe a la ética funcional de José Ingenieros, al que le reconocía el título de “maestro de la Nueva Generación”, grado que compartía con Alfredo Palacios. La proximidad con Ingenieros, con quien colaboraba en la Revista de Filosofía, podía extenderse incluso a su componente elitista, que hacía pensar al autor de Las fuerzas morales que “el progreso no resulta del querer de las masas, casi siempre conformistas, sino del esfuerzo de grupos ilustrados que las orientan”. Pero la enseñanza de Ingenieros inspirador en los años veinte de la “Unión Latinoamericana”, una de las primeras organizaciones parapolíticas del reformismo en la que participa activamente González, era muy concreta: “dichosos los pueblos de la América Latina”, escribía, “si los jóvenes de la Nueva Generación descubren en si mismos las fuerzas morales necesarias para la Magna obra: desenvolver la justicia social en la nacionalidad continental”6.

 

Los cambios generacionales marcaban lo que González llamaba “el ciclo evolutivo de la vida de los pueblos”. Y, en ese sentido, buscaba desplegar su marcha en la historia nacional. En definitiva, “la Nueva Generación es el rezumo del pretérito argentino trasegado en un siglo por tres generaciones precedentes”. Previamente, en efecto, ha distinguido tres ciclos que se suceden en la evolución argentina, compeltando así el fundamento “sociológico” a la teoría de las generaciones. Durante el siglo XIX González señala un ciclo “gestativo”, período que abarca desde 1810 a 1853, al que sigue un ciclo “organizativo” u “orgánico”, que se desarrolla desde la promulgación de la Constitución a los años veinte. Si en el primero circulan libremente elementos o fuerzas primordiales, en el segundo estos se plasman, por un principio estático, formando armazones, instituciones, que generan una armonía. Un tercer ciclo “reconstructivo” comienza entonces, surgido por el choque entre una nueva conciencia colectiva y las instituciones establecidas. Si este nuevo ciclo guarda el carácter dinámico del primero, las reacciones vitales se encauzan en “un sistema fundamentalmente filosófico, que llevará a una reconstrucción básica y definitiva”. En este tercer ciclo se inscribe la obra de la Nueva Generación.

 

De algún modo, piensa González, “la historia justifica anticipadamente la generación argentina de 1918”.  Pero se debía reanudar la marcha, ya que la Generación del '80 había cortado el hilo conductor de la historia. Lo que significaba también señalar un nuevo rumbo.

 

Una filiación  argentina

 

Restablecer la historia, significa pues romper el vínculo con la Generación del '80. Juego de metáforas donde el enfrentamiento de la vieja generación con la nueva toma la forma simbólica del relato del encuentro, en el fondo de una caverna, entre “el Anciano” y “Sagitario”, el hombre de la Nueva Generación que llega a ejecutar el designio de la historia7. El arquero no niega la obra cultural que esa generación ha podido realizar, pero impugna, en cambio, su obra política, y la falta de sufragio libre ha terminado por traicionar a las realizaciones educativas. Pero es en nombre de la injusticia social que sufre el pueblo argentino que el sagitario reclama un nuevo régimen: “donde hay clases privilegiadas, donde las fuentes de producción no están en manos del productor sino monopolizadas por el mínimo grupo de beneficiarios, no puede hablarse de democracia”8.

 

Pero metáfora también de una historia personal, la que lo opone a su padre, muerto cuatro años antes de que el hijo escribiese este texto, y al que Julio V. González hace referencia con una serie de alusiones transparentes, tanto a su vida política como a sus libros (desde Mis Montañas al Juicio del Siglo)9. Su padre había estructurado el juicio del siglo en dos ciclos, el de la revolución, primero, el de la constitución, después. Aunque Joaquín V. González no dejaba de marcar el peso de los enfrentamientos en la primera parte de su historia, la lectura final de este siglo se ordenaba, quizás por la fuerza del segundo ciclo y pese a sus vicios de organización y educación política que podía reconocer, en un todo relativamente armónico, expresión de una ley histórica de conciliación y optimismo. “En ese sentido _escribía el estadista riojano_ la política de la República Argentina, es solo una sucesión ininterrumpida de homenajes, cesiones y estímulos en favor del eterno principio de la solidaridad y del mutuo respeto y sostén de las naciones, y una continua labor de afianzamiento de los vínculos tradicionales de la raza, de la situación y destino que la historia y la naturaleza ha creado en torno suyo”10. Con la irrupción de una tercera generación, “Julio V.” rechaza que el segundo ciclo, aquel de la Generación del '80, cierre un siglo de historia. De allí, de algún modo, cierto eco dramático en las palabras con las que “Sagitario” rechaza agriamente el recibimiento paternal del anciano diciéndole: “yo no soy tu hijo”, y que se amplifica más aún cuando, ya a modo de despedida, le espeta: “te ha llegado la hora de retirarte, contemplar y callar”.

González se propone “darle arraigo y filiación histórica” a la Nueva Generación, en particular, en lo que hace a una ideología. Y esta ideología aparece “fecundando la idea socialista” que estaba en germen en el ideario del Dogma Socialista de la Generación del '37, un ideal que con su definición de la democracia como el régimen de la libertad fundado en la igualdad de clases o su proyecto de elevar a la clase proletaria al nivel de las otras clases, había superado a sus propios protagonistas, empezando por el propio Echeverría. En ese oscilar de las generaciones argentinas, la Generación del '18 aparece como la “reencarnación” de la Generación del '37, que fuera negada, siempre en el esquema gonzaliano, por la Generación del '80. Y  la trilogía del Dogma socialista, que aquella tampoco puede entender, es su programa: “Mayo es la emancipación del hombre; Democracia es la justicia social; Progreso, el devenir constante de la sociedad”. En los hombres de la “Asociación de Mayo” encuentra también la consciencia de ser una generación Nueva, que se desvincula de todas las tendencias que venían actuando desde entonces, para retomar las tradiciones progresistas de 1810. Un movimiento que se terminaba materializando en un cuerpo de doctrina.

 

La lucha de generaciones no era sólo política o histórica; parecía más bien la expresión de una ley natural, “la ley fatal de la vida que impone la substitución y la renovación constante de los valores”. En efecto, para González, “la evolución de las sociedades se afirma sólidamente en la aparición de generaciones que reaccionan las unas sobre las otras, pero que van trazando una parábola de continuidad y armonía supremas”11. Ciertamente, en la simbólica discusión con su padre se encuentran índices de un primigenio marxismo, en particular en la correspondencia que establecía entre orden político y orden social “el orden social es la estructura y el político la superestructura de la comunidad”. También achacaba a la Generación del '80 su individualismo, al que oponía la solidaridad social de la Nueva Generación. Si, el marco de su filosofía vitalista tan característica del período de entreguerras, González hablaba de “consagrar la cultura a la vida”, se refería, sobre todo, a una tarea intelectual: “sistematizar y poner orden sobre los nuevos valores culturales”. No podía ser de otro modo, dado que, según González, el movimiento de reconstrucción generacional se localizó en la Universidad. Se trataba de un “movimiento emancipador de la inteligencia americana”, que debe cumplir con un “doble imperativo”, como lo escribía en el artículo de presentación de Sagitario, la revista platense que fundara con su amigo Carlos Sánchez Viamonte en 1926, “la revisión completa y radical de los valores” de la generación precedente, y la formación de nuevas ideas que nutrirán la conciencia social de la nueva época. Por ello no duda en definir a los reformistas como “revolucionarios de la idea”.

 

La concepción idealista a la que por entonces adhiere González aparece en su afirmación sobre los hechos, que “no traducen sino un pensamiento proyectado sobre la realidad circundante”12. Ya su admirado Ortega señalaba que era en el pensamiento que aparecían los signos de tiempos nuevos “de lo que hoy se empieza a pensar depende lo que mañana se vivirá en las plazuelas”. En ese sentido, González considera que “la universidad debe poner a la masa obrera en condiciones de comprender su fundamental problema”. La extensión universitaria era la institución a través de la cual la universidad se vinculaba al proletariado. Pero de una manera particular: poniéndolo “en condiciones de obtener su emancipación intelectual”. Se trataba, ni más ni menos, de “formar la conciencia del pueblo trabajador, a fin de que pueda actuar debidamente”. Para González, la Reforma Universitaria no se podía separar de la reforma social.

 

Tras un proyecto político para la generación del '18

 

Muy pronto la extensión universitaria, la actividad más vinculada al carácter y a la función social de la universidad tal como la imaginaba González, mostrará sus límites. Se debía buscar una nueva forma que pudiera recibir “el contenido ideológico de la Nueva Generación”. Y “dentro de una Universidad no se puede hacer el país”.

 

Aquel hombre nuevo debía ahora entregarse a “un ideal reconstructivo tocado de un fuerte sentido socialista”. Hacia 1926, González consideraba que “ocho años de gimnasia revolucionaria en la lucha de la Nueva Generación” era un lapso de tiempo suficiente para lo que llamaba “el adiestramiento del hombre nuevo”13. Esta “educación” le permitía ahora entrar en la lucha dentro del escenario nacional. De la república universitaria, se pasaba a la república a secas.

 

En realidad, esa formación iba en una dirección precisa, no solo política, sino también cultural: un ideario de “marcada tendencia socialista”. Pero el contenido ideológico no surge de un ideal abstracto, sino de la propia lucha: era la “propia gravitación de los hechos” la que trasformó a la Reforma en un “movimiento social y socialista”. Pero la Nueva Generación, señalaba críticamente González, solo se había detenido en la esfera cultural, entregada “a un ideal reconstructivo”. Por cierto, no era sólo un acto voluntario sino, una vez más, el resultado de una historia, la del desencuentro con la masa, que se había producido contemporáneamente al movimiento. La Nueva Generación había coincidido con el radicalismo yrigoyenista en el enfrentamiento con la clase dirigente que usurpaba el poder de la República. Pero la masa, justamente, actuaba de manera instintiva, sin discernimiento, e Yrigoyen era su “producto genuino”. El radicalismo podía ser únicamente el sepulturero de la Generación del '80, pero fuera de ello era “grosero sensualismo del poder”. A la oligarquía había sucedido la oclocracia, aunque solo como paso, según entiende González, de transición hacia la democracia.

 

La evolución, empero, podía ir también en otra dirección que la deseada, como lo mostraban los vientos fascistas que soplaban ya en Europa. La Nueva Generación, en tanto hija de la acción, debía volcarse a la Política, mot d'ordre que González no dudaba en poner en mayúsculas, para subrayar su puesta en primer plano. Política en el sentido más concreto, aunque no dejase de considerar que los partidos políticos existentes por entonces eran “malos y peor orientados”. El juicio se aplicaba al menos a las dos fuerzas que se habían turnado en el ejercicio del poder, la conservadora y la radical, que, representaban, en el fondo, la misma cosa: “una política personalista y facciosa, de hombres y no de ideas, de propósitos circunstanciales y no de orientación doctrinaria, ha primado en nuestro país desde el '80  hasta la fecha”14. Sin embargo, puesto que se trataba de sanear las propias instituciones democráticas, no quedaba otro remedio que pasar por los partidos políticos y las instituciones parlamentarias. Son en definitiva los políticos quienes “hacen, manejan y transforman las instituciones”. Y González cerraba su llamado con una de esos giros tan característicos de la retórica de la época: “que la Nueva Generación abandone su desprecio olímpico por la política y se mezcle en la brega, aunque manche con lodo la inmaculada pureza de su túnica”. Se trata, en otras palabras, de dejar de ser “una generación nihilista, iconoclasta, liquidadora”15.

 

En 1931, González hará estado de su desilusión tras “tres intentos” en realidad, parecen ser solo dos, al menos en sentido estricto por transformar políticamente el legado reformista. El primero hacía referencia a su paso personal por la Juventud del Partido Demócrata Progresista, que le había parecido, a principios de los años veinte, el único que respondía a “un concepto orgánico, definido y científico”. Su adhesión al partido de Lisandro de la Torre se expresó, ante todo, en la redacción de un programa doctrinario para la juventud, que recogía explícitamente el ideario de la Nueva Generación. En sus páginas, González reclamaba la igualdad en el terreno económico para alcanzar una democracia integral, aunque sin dejar de establecer la diferencia de sensibilidad social con la clase obrera. También proponía la lucha contra el proteccionismo y los impuestos al consumo, (salvo los que impliquen estímulo a la industrialización), promoviendo al mismo tiempo el fin de los latifundios. Y como corolario, una propuesta de reforma constitucional.

 

Pero era sin duda la segunda tentativa la que encerraba las mayores frustraciones: su propuesta, en septiembre de 1927, de constituir un Partido Nacional Reformista, dando así un contenido más concreto al llamado realizado un año antes desde las páginas de Sagitario. Para González, hace ya diez años que los estudiantes reformistas están haciendo política; se trataba ahora, simplemente, de proclamar la existencia de su propio Partido. “Si de la Reforma universitaria hacéis el gran partido Nacional, habréis hecho a la vez de la universidad la matriz de la nueva conciencia política de la nación”16. Ya no se trata solo de frenar los peligros de la abstracción sino también los gérmenes de división dentro del movimiento reformista. El virtual Partido no solo tenía un programa, sino también sus dirigentes, de Sánchez Viamonte a Aníbal Ponce, pasando por Saúl Taborda, Gregorio Berman o Gabriel Del Mazo, sin olvidar la figura de Alfredo Palacios. Se trata, para González, de realizar la nueva política, asentada sobre la base de los valores culturales, pero su proyecto incluye también la propuesta, bien concreta, de desplegar sus cuadros en los comicios nacionales de 1928 que, como se sabe, terminarán plebiscitando a Yrigoyen. La propuesta de González, en cambio, no hallará mayor eco.

 

De Sagitario a la clase obrera

 

En sus cálculos generacionales, González pensaba que hacia 1933 la ideología de la reforma debería de haber empezado a realizarse. Pera ya le es claro para entonces que la revolución del '30 era más que un paréntesis en la marcha de la democracia argentina, que, antes bien, se trataba de una restauración oligárquica. Es así que, finalmente, a principios de 1932, González entra al Partido Socialista, en un momento en que lo hace también un grupo importante de dirigentes reformistas y estudiantiles, e incluso el anciano maestro Alejandro Korn.

 

Es probable que este ingreso se inscriba en esa búsqueda de una estructura donde desarrollar en la masa esa “sensibilidad política, una tendencia ideológica, un modo de ser propios” de la Nueva Generación. Por ello, en un principio, tampoco hay en esa nueva militancia partidaria una auténtica ruptura con su bagaje político y cultural. Así aparece de algún modo en sus trabajos en esos años, cuando afirma “así como la libertad define a la democracia, porque es su principio inconcuso, el sufragio o derecho electoral define a la libertad, porque es el único medio legal de hacerla efectiva”17. La lucha es por la legalidad, ante todo la del comicio. Y los medios de la conquista del poder son la educación, democrática y socialista. Para González, de hecho, “organizar políticamente al proletariado para la conquista del poder”, implicaba imponerle previamente la formación de una conciencia cívica, que le permitirá “asumir algún día la dirección de la nueva sociedad”.

 

Aunque en un primer momento su adhesión es la de un intelectual, que intregra la Comisión de cultura y se ocupa de la creación de una Universidad popular socialista, hacia 1938 su elección se transforma en existencial: González abandona la seguridad de su cargo de Secretario de Juzgado Federal que ocupaba desde hacia tres lustros para lanzarse de lleno a la lucha política, en el sentido más banal de la palabra. González aportará a aquel partido al que le negara en un lejano 1923 su carácter “nacional”, por no haber “bebido en las fuentes de la sociedad argentina”, su nacionalismo18, y que se expresará en particular con respecto al problema de la explotación de los recursos naturales. Y no es incomprendido en un Partido Socialista cuyo programa, adoptado en su Congreso de 1938, defiende ahora una política de nacionalizaciones de los servicios públicos (transportes, industria eléctrica, teléfonos) y del petróleo. Cuando accede a una banca de diputado nacional, en marzo de 1940, González desarrollará lo esencial de su actividad parlamentaria en torno a la cuestión nacional: realizará vigorosas interpelaciones a los ministros responsables, y presentará un sólido proyecto de nacionalización del petróleo, aunque tampoco descuida los viejos temas universitarios, proponiendo un proyecto de ley19.

 

Y más que en la lectura de Spengler, es en los barrios porteños o en las vías polvorientas de la campaña tucumana donde pide el voto para el socialismo, en los ataques de los diputados conservadores que González se va desprendiendo definitivamente de aquel “espacio astral de las valoraciones”. Ni siquiera el juicio burlón de su camarada Américo Ghioldi sobre el reformismo que “no ha ejercido definida influencia creadora ni entre los mismos universitarios”, le hace mella20.

 

En 1948, el año en que se cumplía el término de su aritmética generacional, debería resultarle claro al maduro dirigente reformista que su generación no tenía obra, que quizás ni siquiera una parte de aquellos ideales se había realizado. Pero González no expresa desilusión ante un porvenir malogrado, como lo escribiera en 1931, sino una nueva visión más compleja de la realidad argentina y de la clase obrera. Al cabo de treinta años, la sociedad argentina no era la misma. Si le quedaba por entonces algún resto de vitalismo, tal vez era para reconocer tras el “candombe” que denunciaba Ghioldi en el 17 de octubre de 1945 aquel síntoma por el cual Ortega y Gasset avizoraba tiempos nuevos: “la gente joven parece dispuesta a dar a la vida un aspecto imperturbable de día feriado”. Pero la incomprensión no vendrá ahora de sus camaradas universitarios, sino de su propio partido.

 

Justamente en aquel año de 1948, González comienza a alertar sobre el olvido, por parte del PS, del “fin revolucionario de su acción política y social”. Y la gravedad del hecho no reside solo porque “ello lo lleva a tomar el medio por el fin y a sufrir una completa desnaturalización de sus fines”, sino también “porque al mantenerse dentro de un plano de simples reformas en beneficio del asalariado, lejos de avanzar hacia la abolición del régimen capitalista, se estaría por el contrario contribuyendo a sostenerlo con palabras y retoques”21.

 

El peronismo actuaba como revelador de este nuevo estado de cosas, porque su política redistributiva mostraba que, dentro del capitalismo, “bien poca cosa quedaría por conceder al obrero en punto a ventajas de vida y de trabajo”, aunque, en este caso, González juzgue que el precio que debía pagar la clase obrera argentina por esos beneficios sociales era “enorme” en términos de libertades civiles y derechos sindicales. De todos modos, mientras no se socializaran los medios de producción, los obreros “estarán mejor o peor, pero siempre condenados a recibir las sobras en la distribución y goce de los bienes”.

 

González no tiene simpatía alguna por el peronismo, que caracteriza, como el resto del PS, como una dictadura, y sostiene que “tras la máscara del redentor de los oprimidos, se oculta el más formidable defensor de los opresores que haya tenido el país en toda su historia”. Son “las transformaciones operadas en la estructura económico-social”, las que han hecho que el programa socialista de mejoras inmediatas en las condiciones de vida y trabajo de la clase trabajadora no representen un valor en sí mismo; cualquier partido o caudillo puede hacerlo propio.

 

Es por ello que, si González constata el apoyo de los trabajadores al peronismo, ya no hay reproches a la atonía política de la masa, a su falta de educación cívica, a su hedonismo, a su inclinación por la mistificación y la superchería, como en tiempos de Yrigoyen. Al contrario, para él la clase obrera argentina “acusa el mayor sentido de homogeneidad, de organización y de conciencia de sus comunes intereses”. Tampoco el sistema electoral es la causa y origen del empantanamiento de la República. Se ha entrado en una época nueva, no por el recambio de generaciones, sino por las transformaciones sociales. Aquel Sagitario que gritaba: “Yo soy la insurrección, el creador impulso del pueblo argentino”, parece ahora haber cedido su carcax y las flechas a la clase obrera22.

 

Y sólo el programa de socialización de los medios de producción puede separar al PS de las “ambigüedades del justicialismo” en materia de justicia social. Y así lo reclamará González en el Congreso del Partido Socialista, en noviembre de 1950, denunciando públicamente el “punto muerto” en que había entrado el Partido desde la década del '30, es decir, mucho antes de la instauración del régimen peronista. Su “empeño excesivo” en corregir los vicios de los partidos existentes lo había terminado alejando de su programa de realización socialista y, con ello, de la masa proletaria23.

 

González será derrotado por la mayoría, encabezada por Ghioldi, quien, en un vigoroso discurso, reafirma la línea de oposición frontal al Gobierno del general Perón24. Pero si González fracasa en su intento, no lo hace ya como miembro de una generación, sino como dirigente de un partido, socialista. Y caído el peronismo, la juventud socialista hará de González el ejemplo del camino que se reclamaba al PS. Después de todo, como lo escribía Ortega y Gasset, “hay quien conserva hasta la senectud un poder de plasticidad inexhausto, una como juventud perdurable, que le permite reformarse dos y aun tres veces en la vida”. “Precursores”, era el título que les daba Ortega.

 

NOTAS:

1)        Julio Víctor González había nacido en la Capital Federal el 29 de noviembre de 1899, pero su ascendencia era riojana, tanto por su madre, Amalia Luna Olmos, como por su padre, Joaquín V. González.

2)        Su actividad como "agitador reformista" es sin duda la faceta más conocida de Julio V. González: presidente de la Federación Universitaria Argentina (1919-1920), después de haber sido secretario del Primer Congreso Nacional de Estudiantes en 1918, será Consejero estudiantil de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de Buenos Aires en dos períodos (1923-1925 y 1929-1930), llegando incluso a aceptar el cargo de decano ... revolucionario cuando los estudiantes tomaran la Facultad en diciembre de 1929. De manera más oficial, secundará a Alfredo Palacios en su decanato en la Facultad de Derecho de Universidad de La Plata, en 1922, y será candidato a la Presidencia de ese Ateneo en 1945.

3)        Para González, la Revolución Rusa "tiene un sentido universal y místico y no termina con la realización de los postulados marxistas, porque ahonda y se arraiga en la propia naturaleza humana". Ese fondo místico, su contenido filosófico, llevan a González a definir el bolchevismo como "une elevación del espíritu humano hacia la paz y el amor, una idea creadora, una filosofía y una moral nuevas" y permiten ver en Lenin un "valor humano y positivo", es decir un "idealista, el sentido de la realidad en camino de la suprema perfección, que contrapone al "falso mesianismo de Wilson, que no se nutre de la realidad del hombre". Julio V. González, "Lenin", Revista de filosofía, julio 1924, p. 85, p. 88, p. 91. Ver un comentario a este texto de González en N. Kohan, De Ingenieros al Che. Ensayos sobre el marxismo argentino y latinoamericano, Buenos Aires, Biblos, 2000, pp. 49-55. En verdad, la clave misticista tenía un fundamento metodológico más general, que le servía a González para leer también la obra de su propio padre.

4)        Julio V. González, "Significación social de la Reforma Universitaria" (1923), en La Universidad, Teoría y acción de la Reforma, Buenos Aires, Claridad, p. 109. Ver también "A manera de prólogo", en Reflexiones de un argentino de la nueva generación, Buenos Aires, 1931, p. 36-37. La lectura de la Reforma en términos generacionales no aparece en González más que a principios de los años veinte. En esos términos se expresa la proclama de impugnación al decano de la Facultad de Derecho de la UBA, el futuro presidente Ramón Castillo, que redacta y lee González en 1925.

5)        J. Ortega y Gasset, El Tema de nuestro tiempo (1923), Madrid, Alianza, 1987, p. 78-82.

6)        J. Ingenieros, Las fuerzas morales, Buenos Aires, Rosso, 1926, p. 141, p. 20 [subrayado mío, CMH]. Sobre la Unión Latinoaméricana, v. C. M. Herrera, " Socialismo jurídico y reformismo político en Carlos Sánchez Viamonte ", Revista de Estudios Políticos (Madrid) n° 113, 2001.

 7)       La metáfora aristotélica del arquero que busca en la cultura nueva el blanco de sus flechas, la vida ascendente, era utilizada por Ortega en El Espectador, cuyo eco se encuentra en sus primeras conferencias en Buenos Aires, de 1916. (Cf. "Introducción a los problemas actuales de la filosofía", in J. Ortega y Gasset, Meditación de nuestro tiempo, Madrid, FCE, 1996, p. 48). Quizás no sea imposible que un precoz Julio V. González haya asistido a esas conferencias, pero escucharán en todo caso a Ortega algunos de los referentes de la Reforma, como Alejandro Korn o Ricardo Rojas. Joaquín V. González, compartirá la tribuna con el pensador español.

8)        Julio V. González, "Diálogo de las generaciones", Sagitario, n° 8, julio-agosto 1927, p. 157. Julio V. no dejaba de valorar la obra de "don Joaquín" -que condensa en la creación de la Universidad de La Plata-, que representa lo mejor del proyecto de la Generación del ´80, es decir la acción en el plano educativo. Y testimoniará de las frustraciones del antiguo ministro de Roca ante la evolución política del país, e incluso sus lágrimas cuando viera peligrar su universidad. El hijo hará el elogio de su padre hablando del "soplo milagroso de eterna juventud espiritual". Cf. El místico de Samay Huasi (1933), en Obras completas de Joaquín V. González, T. XXV, Buenos Aires, 1937, p. 134.

 9)       "Julio V." sentía por su padre una gran admiración, llegando incluso a celebrar, luego de su muerte (ocurrida a fines de diciembre de 1923), tanto su singular panteísmo naturalista como el misticismo final. Incluso en las descripciones del paisaje riojano que el hijo realiza en Tierra fragosa se pueden hallar un eco de algunas de las célebres páginas de Mis Montañas. Y González se considera dos veces hijo de su padre: en el plano biológico y en el plano educativo. Desde sus estudios secundarios a su doctorado en jurisprudencia, Julio V. González recibirá su formación intelectual en los institutos educativos platenses creados por don Joaquín. Su coraje cívico, su austeridad, y una gran exigencia consigo mismo, que llegaba a veces hasta la exageración según sus contemporáneos, serán las maneras como Julio V. acogerá el legado paterno, aquella "herencia de amor y sacrificio" de la que hablaba. Por su parte, según un testimonio recogido por Ramón Columba, Joaquín V. González habría dicho de su hijo, poco antes de morir: "este muchacho honrará mi nombre" (El Congreso que yo he visto (1934-1943), Buenos Aires, 1951).

10)      Joaquín V. González, El juicio del siglo (1910), Buenos Aires, Ceal, 1979, p. 163. En un prólogo para la reedición de esta obra, de 1945, González, reivindica enteramente la obra de su padre, por su visión de la cuestión social pero también para todo argentino "que quiera saber lo que ha sido su patria y lo que debe ser".

11)      Julio V. González , "Función de las generaciones en la historia", en Reflexiones de un argentino de la nueva generación, op. cit., p. 129. Este análisis en términos de generaciones (y su posterior llamado a la acción), era apoyado por la dirigencia reformista, en particular por C. Sánchez Viamonte en una serie de escritos. Pero también generaba duras oposiciones. Un estudiante de derecho, Hector Raurich, que había participado en la fundación del llamado Partido Unión Reformista Centro Izquierda, criticaría esta visión de las cosas en 1926. Miembro por entonces del partido comunista (y de su fracción "chispista"), Raurich empleaba un análisis marxista para atacarlo: los antagonismos en los modos de sentir eran de clase o grupos, lo que distinguía a la vanguardia estudiantil, era "una posición ideológica política vinculada estrechamente al desarrollo económico y social". H. Raurich, "La doctrina de las generaciones (crítica)", Revista jurídica y de ciencias sociales, julio-octubre 1926, pp. 157 (citado por A. Ciria y H. Sanguinetti, La reforma universitaria, t. 2, Buenos Aires, Ceal, 1983, p. 354). Ciria y Sanguinetti, que recuerdan también la oposición de Arturo Orgaz a la temática gonzaliana, no informan en cambio de la pertenencia de Raurich al Centro Izquierda. Sobre este futuro dirigente trotskista, que luego ingresara al Partido Socialista, ver J. J. Sebreli, "El pensamiento perdido: Hector Raurich. Las desventuras de la izquierda argentina", en Escritos sobre escritos, ciudades bajo ciudades, Buenos Aires, Sudamericana, 1997, p. 398. Raurich abandona el PS a mediados de los años 1950, con un pequeño grupo.

12)      Julio V. González, "Pensamiento en acción", en Reflexiones, op. cit., p. 223.

13)      Julio V. González, "Política", Sagitario, 7, octubre-noviembre 1926, p. 5.

14)      Julio V. González, "Declaración de principios y puntos de partida de la Juventud Demócrata Progresista" (1923), retomado luego en Reflexiones ..., op. cit., p. 206. El juicio lo acerca a la denostada "política criolla" de Juan B. Justo, quien le envía al joven González su libro Socialismo con una dedicatoria donde le asegura su "alentadora simpatía". Por entonces, sin embargo, su nacionalismo pareciera ser obstáculo para ingresar al PS, y sólo más tarde, justamente cuando decide su ingreso al Partido, sostendrá que "la aspiración que más se identifica con el ideal patriótico es la de la justicia social".

15)      Julio V. González, "Política", cit., p. 8; "A manera de prólogo", cit., p. 7.

16)      Julio V. González, "El Partido Nacional Reformista" (1927), en Reflexiones ..., op. cit., p. 247.

17)      Julio V. González, Democracia, sufragio y socialismo, Buenos Aires, La Vanguardia, 1935, p. 4.

18)      Para González, la Rusia bolchevique prueba que es sobre el principio de nacionalidad que se realizara la reforma social (Ver Julio V. González, Proposiciones para una empresa nacional de la juventud argentina, Buenos Aires, FUBA, 1943, p. 10).

19)      La educación será siempre una de sus preocupaciones centrales, incluso como militante socialista. Desde los inicios de su carrera profesional será profesor de historia de la Escuela Superior de Comercio "Carlos Pellegrini". Poco después, lo encontramos como profesor de "Historia de las instituciones políticas argentinas" de la Facultad de Ciencias Jurídicas de La Plata, y profesor suplente de "Historia constitucional"  en la misma casa de estudios. Abandonará las tres cátedras, definitivamente, en 1946. Acababa de ser designado profesor titular interino en la facultad platense poco tiempo antes de morir.

20)      Ghioldi consideraba que "la extensión del movimiento fue mayor que su profundidad (…) Una excesiva valoración de aquel movimiento hizo creer a algunos de sus más limpios gestores, que había sonado la hora de la 'Nueva Generación', nacida en 1918". Y agregaba irónico "había que apurarse porque en 1933 se cumplían los 15 años que la ley sociológica concede para que los integrantes de una generación se pongan en marcha por camino propio y con ritmo singular. En 1948 vence el plazo, improrrogable plazo para la permuta absoluta de la generación del '18 por la siguiente, que es la ineluctable sepulturera por irrevocable decisión de la ley de las generaciones (...)". A. Ghioldi, Partido de los trabajadores y escuela de orientación intelectual, Buenos Aires, La Vanguardia, 1937, p. 18. De los viejos dirigentes socialistas, aparte Palacios, González parece encontrar su mayor afinidad con Mario Bravo,.

21)      Con más detalle, ver C. M. Herrera, "El Partido Socialista ante el peronismo, 1950. La polémica González-Ghioldi", Taller. Revista de historia, cultura y política, 2004/21, pp. 116-139.

22)      Por cierto, el tema de las generaciones se encuentra en González aun en 1945, pero de manera más marginal, referido casi exclusivamente a la universidad. Ver en particular, Proposiciones ..., cit.

23)      Cf. C. M. Herrera, "El Partido Socialista ante el peronismo, 1950 ...", cit.

24)      Para una reconstrucción de esta posición, ver C. M. Herrera, "¿La hipótesis de Ghioldi ? El socialismo y la caracterización del peronismo, 1943-1956", en H. Camarero, C. M. Herrera (eds.), El Partido Socialista en Argentina : sociedad, política e ideas a través de un siglo, Buenos Aires, Prometeo, 2005. González, que integraba el Comité Ejecutivo Nacional del PS desde los años '40, se ve obligado a abandonarlo tras las tensiones que había generado su intervención en el Congreso partidario de 1950, aunque se reintegra dos años más tarde.

Alfredo Palacios

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