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Dardo Cuneo y un texto acerca de “nuestra “incapacidad para comprender - y elaborar- nuestra historia”

En el número 3 del periódico Acción Socialista, del 4 de junio de 1952, Dardo Cúneo publica una nota titulada “La contra, el gobierno y el socialismo”, donde escruta la realidad de ese momento de la vida política nacional desde una perspectiva diferente a la del socialismo y el resto de la izquierda tradicional. En el texto se analiza el fenómeno  de “nuestra incapacidad para comprender –y elaborar- nuestra historia”. Una lectura cuidadosa revela, más de medio siglo después, un escrito de sorprendente actualidad.

 

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Ha constituido siempre, entre nosotros, los argentinos, un factor disociador y confusionista –una forma de nuestras crisis- la facilidad con que hemos errado en nomenclaturas. No hemos sabido –y no sabemos aún- llamar a las cosas por el nombre que les corresponde, por el nombre que tienen. A Rosas lo seguimos llamando federal, cuando era tan perfectamente unitario como los unitarios de su tiempo y su federalismo apenas fue el disfraz demagógico que necesitó su voluntad totalitaria de poder y su interés de empresario de haciendas. Y el mejor concurso que a su tiranía prestaron sus propios enemigos –el mejor favor- fue precisamente suponerlo federal. Es decir, sus enemigos fueron tan torpes que se impresionaron por la imagen de Rosas que Rosas fingía. Al suponerlo federal no hacían otra cosa –lo diremos en palabras de vulgata política- que “hacerle el juego”.

 

Los errores de nomenclatura pusieron confusión en los procesos argentinos, en la apreciación de sus fases, en el enjuiciamiento de sus protagonistas, en el examen de las corrientes. Claro está, que esos procesos, por sí mismos, se presentaron, las más de las veces, con sus propias contradicciones, con sus turbulencias confusas, con su simultaneidad de planos, con su agudo divorcio entre el concepto y la realidad. Mientras el concepto iba por un lado, la realidad estaba por el otro. Esa fue nuestra incapacidad para comprender –y para elaborar- nuestra historia. La concepción positivista nos había hecho suponer a la historia un carril de funcionamiento normal, de procesos lógicos, de graduaciones regulares, de líneas definidas y claras.  Y la verdad es que la historia es, siempre, una gran contradicción. Verla de otra manera es reducirla, desconocerla, y al final mentirla y engañarse. Lo que corresponde a los pueblos es abrir –con su instintiva vocación de justicia- un camino entre las contradicciones de la historia y clarificar –en sus planos desordenados, desgarradores y dramáticos- sus verdaderos sentidos, el primero de los cuales es el sentido de la libertad sobre esa base  de igualdad y solidaridad que era para el argentino Echeverría condición indispensable.

 

 

 En esa aventura de abrirse camino, los pueblos se esforzarán  por llamar a las cosas por sus propios nombres. Será el primer paso hacia su total liberación, ejercicio primero para orientar la historia, para no ser devorado, por ejemplo, por la historia individual o colectiva, que nada tiene que ver con la historia aunque como ésta se escriba con h.

 

 

* * *

 

Escrutemos las nomenclaturas de nuestros días. He aquí un término: la contra. ¿A qué denomina? Una inmediata visión nos dice que lo que, en estos momentos, se llama la “contra” involucran a la banal suficiencia del porteño que siente desprecio por el “cabecita negra” y endosa a su éxodo hacia la capital la responsabilidad de los problemas presentes; a la dama que encuentra dificultades con el servicio doméstico; al estanciero que no halla al peón tan servil y dócil como quisiera hallarlo; al empresario industrial que acepta favorecerse con ganancias que aumentan, pero que riñe al obrero el aumento del jornal; al abogado de la compañía nacionalizada; al importador que se ha visto desplazado por el control del comercio exterior; al viejo oligarca que se siente incómodo por la excitación de las masas; a la Iglesia que especula con todas las dictaduras y cuyas posturas responden a la ambición de obtener siempre crecientes beneficios y mayor influencia; al propietario que ha visto decrecer las rentas de sus inmuebles, en el curso inflacionista.

            Todo eso involucra la “contra”.

            Evidentemente, nosotros no pertenecemos a ella.

            Nosotros somos socialistas.

 

* * *

 

            Ninguna de las razones de lo que se llama la “contra” tiene fuerza histórica para fundar una oposición. Son retazos de resentimientos. Con ellos es imposible desenredar las contradicciones y procurar a los procesos una justa orientación. Con ellos, no hay camino adelante, no hay solución, no hay futuro.

            El programa de los resentimientos es la inversión de los términos; jamás la recreación de las realidades. Deleguemos, imaginariamente, la dirección de nuestra oposición al régimen actual en el abogado de la compañía extranjera, en el estanciero, en el importador, en la Iglesia, en el propietario. Cada uno de ellos planteará su circunstancia, su exclusiva circunstancia. Cada uno procurará su solución, su propia solución. Cada uno empleará los medios, sus habituales medios: el importador ofrecerá una coima, la Iglesia esperará en las antesalas la hora de su nuevo éxito, el estanciero –que sabe que su clase no ha sido destruida- buscará el pacto sobre la base de conservación de sus privilegios de clase, el empresario industrial no procederá de otra manera, el abogado de la compañía extranjera buscará soldada en otra parte.

           

Pero, cuántos problemas de la comunidad argentina quedarán pendientes, sin solución, en el momento de que los resentimientos de esa “contra” sean saldados o satisfechos.

            La “contra” y sus limitados planteos están totalmente radicados en el círculo de régimen actual. Son, por lo tanto, reflejo de este régimen. Carentes de autonomía y de proyección, actúan no por iniciativa, sino por reacción; no se manifiestan en proposiciones hacia el futuro, sino en negaciones circunstanciales. De ahí, que permanecer junto a ellos es recluirse dentro del radio de formulación del peronismo. La “contra” es un anexo del peronismo.

            En alguna oportunidad, el Presidente de la República ha referido que todos los argentinos son peronistas: peronistas por sí y peronistas por no. La “contra” es peronista por no, pero peronista al fin. Evidentemente, más de un opositor empecinado resulta un personaje de la fábula peronista, por cuanto su curso y discurso comienza con Perón y termina con Perón.

            Nosotros no somos peronistas por sí ni peronistas por no.

            Nosotros somos socialistas.

 

* * *

 

            ¿Qué opinión tiene la “contra” acerca del necesario control popular en las empresas nacionalizadas? La “contra” resiste a las nacionalizaciones en nombre de los egoísmos de la cancelada economía liberal, y no desea transformarlas en una verdad completa como aspira el socialismo.

 

            ¿Es, acaso, el régimen cooperativo el que propone la “contra” para la comercialización de los frutos del país? La “contra” proyecta el regreso al llamado mercado libre, que era el gran negocio –no ha dejado de serlo enteramente- de las grandes compañías monopolizadoras, a la par que la neutralización de todo progreso para nuestro campo. El socialismo aspira a la transformación del régimen de propiedad y de los sistemas de trabajo de nuestra agricultura.

 

            ¿Desea la “contra” una cultura y una escuela totalmente liberadas de la penetración clerical? Ni el sector más avanzado del radicalismo ha afrontado con la necesaria claridad este problema. El socialismo aspira a la más amplia libertad cultural, a una escuela totalmente liberada.

 

            Tres ejemplos que nos distinguen de la “contra” y nos caracteriza frente al gobierno. Hay, desde luego, un centenar más. Ninguno de ellos es un problema secundario, como para que pueda ser olvidado. Son claves precisas para saber de qué se trata y para empezar a dar a las cosas el nombre que tienen, para empezar a hacer de la historia el juego limpio de la voluntad de un pueblo, que aspira a dar a su lucha por la libertad un sentido total que no desmienta esa lucha, que no le estafe -¡tantas veces lo fue!- la libertad.

 

            Pero, no solamente es incompleta y negativa por circunstancial y torpe, la convocatoria de los temas de la “contra”.

 

            Es ineficaz: más que sumar, disuelve.

 

            Y es inmoral: con ella no hay alianza política que no se transforme en complot con sus parciales intereses.

 

* * *

 

            Nuestra posición socialista no es contingencia de un día. Es anterior al actual régimen; enfrenta al actual régimen; y –lo que es más importante- aspira a sobrevivir al actual régimen.

 

            En la misma medida que estamos liberados de resentimientos, que amplios ideales fundan nuestra oposición y estamos asociados a las grandes causas de la comunidad argentina, nuestra posición se llama futuro.

 

            Aquellos problemas que el resentimiento de la “contra” no encara, que quedarán sin cancelar y que pertenecen a la serie de los grandes problemas argentinos, para cuya solución será indispensable el concurso de las clases trabajadoras –con la exigencia de que ellas sean conscientes de su función y de su interés-, son los que dan fuerza histórica a nuestra oposición.

 

            Nuestra crítica no renuncia al ejercicio de perspectiva, no se pierde en la intriga estéril; se remite a los grandes problemas de la comunidad; y entre el golpe de estado, pensado para un día, y la revolución, como método de labores y creaciones, pensada para muchos días, se decide a elegir –sin impaciencias y sin histeria- la certeza de la revolución y sus numerosas y difíciles jornadas. Subrayemos: el socialismo sólo puede ser pensado en términos de revolución; es decir en proceso de laboriosa transformación, de intensa renovación decisiva, cuyo objetivo es ampliar para el hombre el radio de su mundo y valorizar su vida, cuya meta inmediata es la integración de la Nación. Y, precisamente, porque el suyo es el método de la revolución –el más completo método de los tiempos modernos-,  sus realizaciones dependerán de la segura trama que va componiendo, de abajo hacia arriba, la dinámica de su movimiento. De abajo hacia arriba: dirección intransferible de esa dinámica.

 

            ¿Será necesario reincidir en la pública confesión de que vemos en las clases trabajadoras  –en su instinto hecho conciencia sin dejar de ser instinto-  el motor de las grandes jornadas que siguen esperando a la comunidad argentina, para construir la Nación, plena de libertad, de independencia, de soberanía? Sin clases del trabajo adiestradas en el comando de la producción y de la sociedad, no hay República moderna.

           

Esa libertad, esa independencia, esa soberanía han de ser nuestras; mas para saberlas plenamente en nosotros debemos, igualmente, saberlas realizadas en las comunidades fraternas, que con la nuestra viven, hoy, el desasosiego de un continente sometido o apremiado por las corrientes imperiales. Nuestras causas nacionales son, en verdad, causas continentales. Por eso, nos tenía el deseo de arquitecturar con la fuerza de nuestra esperanza la visión de un continente, con sus pueblos morenos, incorporándose para la batalla unida de la libertad. Pueblos de Perú y Bolivia, de Paraguay y Venezuela, de Chile y Ecuador, del Caribe y las Antillas, de las sierras y los litorales, formando columna ideal de sublevados. ¡Qué América latina tiene derechos a rescatarse y quiere ganar esos derechos en la lucha anti-imperial!

 

            De esta manera cobrará real estatura, asumirá su voz y podrá interferir el pleito sordo que conduce hacia la tercera guerra mundial, con la variante de una paz fecundada en la libertad, en la igualdad, en la democracia, en la República.

 

* * *

 

            Esta es nuestra posición socialista. Mas, no es solamente –sin dejar de serlo-  una posición exclusivamente partidaria. Sin duda hombres y mujeres que jamás se han acercado a una asamblea socialista la sienten y la saben suya. A ellos se dirigen, también, nuestras reflexiones que por ser socialistas y estar fundadas en el interés de la comunidad –en su futuro- aspiran a ser compartidas por todo lo que hay de vivo, desinteresado y fecundo en la vida nacional. A estos sectores que ven en nuestra posición la necesaria variante del presente argentino y la seguridad del porvenir, los incitamos a transformar esa exacta perspectiva en una intensa y persistente acción socialista. Acción socialista que tiene por constante esta esperanza: preparar –sin plazos impacientes, pero con certeza de futuro- la construcción de la patria socialista en nuestra desgarrada América Latina.-

Alfredo Palacios

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