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Argentina: Los desafíos del oficialismo y el anacronismo de la oposición

El kirchnerismo representa políticamente en la Argentina actual  la línea de fuerza nacionalista-industrialista surgida con la “revolución desde arriba” iniciada en el 2003. Sin embargo, para ser flexible tácticamente y agrupar mayorías, necesita construir rápidamente un centro de convergencia político-social capaz de frenar a la derecha económica y demostrar el anacronismo histórico de la oposición política.

 

EL AUTOR

 

Sociólogo, director del Instituto del Mundo del Trabajo (IMT), miembro del consejo consultivo del Global Labour Institute y autor, entre numerosas obras, de la Historia del Movimiento Obrero Argentino (1878-2000). Integra el Consejo Editorial de Revista Socialista.

 

 

La pregunta acerca de los motivos que impiden una oposición unificada se plantea en diversos segmentos sociopolíticos de la sociedad argentina. Como es lógico, el interrogante suscita fuertes preocupaciones en el heterogéneo campo sociopolítico de los partidos y grandes organizaciones empresarias críticas del gobierno. También suscita entusiasmo en el campo sociopolítico kirchnerista, que confía en que la división de la oposición facilitaría el triunfo electoral del FPV-PJ y sus aliados en 2011.

 

Sin embargo, como diría Antonio Gramsci, las preocupaciones o el entusiasmo suelen ser respuestas generadas desde el “sentido común”, no desde el “buen sentido”. En efecto, el “buen sentido” nos remite a una explicación más profunda: la oposición todavía no puede unirse porque es la suma de fuerzas políticas que se derrumbaron producto de la crisis global (económica, social, política y cultural) generada en diciembre de 2001. En forma directa, esa crisis arrastró al descrédito y a la división de los partidos de la Alianza, y ahondó la descomposición del menemismo. Entre los damnificados también estuvo el PJ, reorganizado precariamente alrededor del duhaldismo y la Liga de Gobernadores.

 

La rapidez de Duhalde y el ex-presidente Alfonsín para reorganizar una especie de gobierno de emergencia compartido dio sustento al desvencijado PJ y permitió la instalación de un nuevo gobierno, preservando la democracia política. La sociedad argentina, si bien se movilizó, aspiraba a que la crisis se resolviera con nuevas elecciones, y sobre esta base se edificó una especie de gobierno “parlamentario”, base de apoyo del duhaldismo.

 

La convocatoria a elecciones presidenciales en abril de 2002 abrió el cauce para restablecer el funcionamiento de los tres poderes del Estado. Pero pronto se observó que todas las fuerzas comprometidas con el colapso del sistema vagaban en la escena política como sonámbulas, sin capacidad de generar una alternativa que respondiera al reclamo popular: salir del neoliberalismo y pasar a aplicar desde el Estado una política nacionalista industrialista y redistributiva capaz de colocar en el centro la producción y el trabajo.

 

La mayoría de las fuerzas políticas no-peronistas aparecían como “retazos del pasado”: radicales, frepasistas, menemistas y el propio duhaldismo, no atinaban a entender qué les había sucedido en diciembre de 2001. Es en este contexto de crisis de los partidos que emerge con ímpetu el peronismo kirchnerista: en enero de 2003, Kirchner sólo alcanzaba el 7% de intención de votos.

Las políticas económicas de Duhalde y Lavagna se fueron deslizando hacia el neodesarrollismo. Debe recordarse que este viraje dentro del duhaldismo aparece como afín a procesos similares anti-neoliberales en varios países de la región, entre ellos Brasil y Venezuela, para entonces.

 

Las elecciones presidenciales de segunda vuelta, de haberse presentado Menem, habrían culminado en un triunfo aplastante del kirchnerismo, no menor al 60% de los votos. El kirchnerismo se había apropiado del “buen sentido”, lo que le permitió expresar políticamente el deseo profundo de la sociedad de cambiar el modelo económico-social. Con el kirchnerismo comienza en 2003 una “revolución desde arriba”, es decir, un proceso de transformaciones con una fuerte impronta institucional “decisionista”.

 

El kirchnerismo no declamó el cambio: se puso a la cabeza de las demandas populares en materia de derechos humanos, restablecimiento de los acuerdos tripartitos entre sindicatos (CGT), organizaciones empresarias (UIA) y Estado, puso en marcha a las empresas recuperando rápidamente los niveles de empleo, se mejoraron las jubilaciones y pensiones, se extendió el régimen de subsidios al desempleo y mejoró sustancialmente el gasto para educación y salud. El empleo fue considerado una variable fundamental del nuevo modelo económico, lo que se reforzó por la mejora en los precios de explotación de los commodities.

 

La “revolución desde arriba” fue encontrando formas de implantación en la sociedad. Entre estas formas se destacan los logros a través del sistema político-electoral (triunfos electorales en 2003, 2005 y 2007) y a través de las movilizaciones de apoyo de los sindicatos (incluido un sector de la CTA) y los movimientos sociales. Como hemos dicho, en 2007 el peronismo-kirchnerismo ganó las elecciones presidenciales con el 45% de los votos, llevando a la presidencia a Cristina Fernández de Kirchner.

 

El papel de la llamada “oposición política” al kirchnerismo fue lamentable en esos años. No podía reaccionar frente a las sucesivas iniciativas progresistas de los gobiernos kirchneristas. Agravaba la situación de desconcierto de la oposición el hecho de que no operaban desde partidos políticos, sino a través de resistencias de caudillos aislados. Con ese método era muy difícil atenuar las rispideces internas en un campo opositor en el que confluían corrientes ideológicas derrotadas históricamente: conservador-peronistas, radical-sociales, progresistas liberales al estilo de Elisa Carrió.

La Iglesia Católica, desconcertada, sólo atinaba a declamar su poco creíble pesar por la pobreza, pero alentaba a resistir incipientes iniciativas en materia de aborto, matrimonio igualitario, etc., temas que se plantearían en la agenda desde 2008. Pero quien mostraba ya sus preocupaciones era la “derecha económica”, que no veía con buenos ojos (desde un sector de la Unión Industrial Argentina,  desde la Asociación de Bancos Argentinos, la Sociedad Rural y la Asociación de Empresas Argentinas) la institucionalización del rol de los sindicatos. Al mismo tiempo, alertaba sobre un supuesto peligro de “chavismo” en Argentina.

 

La derecha económica logró unirse, y se planteó crear una situación de “dualidad de poderes” y “guerra de posiciones” para frenar y desgastar al kirchnerismo. Comenzó en 2008 con la disputa por la Resolución 125, y le siguió la derrota electoral del gobierno en 2009. La resistencia al kirchnerismo fue asumida como una tarea de largo plazo por los principales medios de comunicación concentrados y los escuálidos partidos de la oposición.

 

La derecha económica, con el apoyo de los grandes medios de comunicación, salió a la superficie en 2008 y alertó a los partidos de la oposición que no tendrían destino dentro de la “guerra de posiciones” sino se plegaban a las operaciones mediáticas antikirchneristas y lograban constituir una oposición política “paralizante” desde el Congreso Nacional. Pero el gobierno mantuvo la iniciativa política y profundizó su rumbo con la estatización del sistema de jubilaciones, la nacionalización de Aerolíneas Argentinas, la sanción de la ley de ingreso universal por hijo, etc.

 

La derecha política tiende a las divisiones y está retrasada frente a la oposición convergente del gran capital concentrado. Pero especula con que nuevos cimbronazos políticos puedan llevarla al poder, en un contexto de inestabilidad institucional y desmoralización de la sociedad civil. Pero no puede escapar a la ley histórica que enseña que los “retazos” de la historia nunca pueden convertirse en una nueva hegemonía política democrática.

 

El kirchnerismo, por el contrario, sigue representando políticamente a la línea de fuerza nacionalista-industrialista surgida con la “revolución desde arriba”. Sin embargo, para ser flexible tácticamente, agrupando mayorías, necesita construir rápidamente un centro de convergencia político-social “oficialista” capaz de frenar a la derecha económica y demostrar una vez más el anacronismo histórico de la oposición política.

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