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Alfredo Palacios, el precursor del nuevo derecho

El autor recuerda cómo, con paciencia de artesano, Alfredo Palacios  construyó el Nuevo Derecho de los Trabajadores sobre tres líneas fundamentales: 1) Jurídica: impugnando los dogmas liberales originados en el Derecho Romano y consagrados en el Código de Napoleón, “Código del Propietario”, que se adoptó como modelo de nuestro Código Civil; 2) Política: impulsando las leyes obreras con el doble propósito de atenuar las condiciones laborales bajo el capitalismo y preparar, mediante una evolución revolucionaria, el advenimiento de una sociedad socialista, y 3) Nacional: valorando y protegiendo a los trabajadores nacionales –indios y mestizos- “extranjeros en su propia tierra”, económicamente superexplotados y culturalmente discriminados y humillados, incluso por vastos sectores de la propia izquierda.

 

EL AUTOR

 

Dirigente del Partido Socialista Argentino (PSA) en los años 60, fue diputado nacional entre 1963 y 1966 y candidato a presidente de la Nación en los comicios del 11 de marzo de 1973 por el Partido Socialista de los Trabajadores (PST). Fue director del periódico Los de Abajo y autor de numerosos proyectos legislativos, entre otros el de Salario Mínimo Vital y Móvil y el de Reforma Agraria, ambos presentados conjuntamente con Alfredo Palacios y otros integrantes de la bancada socialista de entonces. Integra el Consejo Editorial de Revista Socialista.

 

 

Mucho antes de incorporarse a la Cámara de Diputados, antes aún de su ingreso al Partido Socialista, como estudiante, Alfredo L. Palacios realizó un trabajo de investigación para la cátedra de Sociología del doctor Antonio Dellepiane. El tema era libre, y como una definición anticipada de lo que sería el objetivo de todas sus luchas, eligió Condición de la clase obrera en Buenos Aires. Las conclusiones de ese trabajo estudiantil serían poco después la base de su tesis sobre La Miseria en la República Argentina que presentaría para graduarse de abogado. 

 

Ese trabajo, como se sabe, no fue aprobado. El Consejo Académico lo rechazó por unanimidad. Se trataba de un tema “prohibido”, “subversivo”, inaceptable para una sociedad conservadora que pretendía mantener disimulados, ocultos, invisibles,  los padecimientos de la clase que sometía sin condiciones. Palacios comentaría después que “la causa determinante del rechazo no fue una prescripción reglamentaria sino el hecho de que en mi trabajo inaugural se expusieran principios socialistas”.

 

Poco después, en 1902, recién incorporado al Partido Socialista, redactaría la parte jurídica del documento sobre la situación de los trabajadores en la Argentina que el Partido llevó al Congreso de la Segunda Internacional realizado en Amsterdam. Ese sería el primer acto político de una lucha que iba a mantener infatigablemente –sin treguas ni cambios de rumbo- hasta el último día de su vida. Una lucha que inicia en el Parlamento en 1904 con la Ley de Descanso Dominical y culmina sesenta años después en 1964, con la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil, que también sería sancionada.  Esa asombrosa continuidad de su obra y su conducta por más de medio siglo, la explicaba Palacios diciendo que siempre se había orientado por el ideal socialista, como los navegantes de la antigüedad se orientaban por la estrella polar para atravesar todas las tempestades.

 

En el siglo XIX los partidos socialistas junto con los sindicatos obreros habían iniciado en Europa las luchas por una legislación que protegiera a los trabajadores frente a los abusos de un capitalismo, que en pleno desarrollo industrial, aplicaba nuevas máquinas, ritmos y métodos en su carrera por un lucro sin límites. En 1889 se instituyó el Primero de Mayo como Día Internacional de los Trabajadores, verdadero ensayo de huelga general revolucionaria, que perseguía dos finalidades: una reivindicación inmediata, la jornada laboral de 8 horas,  y un objetivo político final, la instauración de una sociedad socialista. Hasta ese momento, sin leyes especiales que lo regularan, sin límites éticos ni consideraciones morales, sólo movidos por un “impulso irrefrenable de ganancias”, en los contratos de trabajo se imponía la voluntad unilateral de los patrones. Los intelectuales más sinceros de la burguesía, libres de todo cinismo, confesaban el verdadero pensamiento de su clase: “los más fuertes, decían, tienen el derecho natural de hacer trabajar a los más débiles en su provecho”. Otros –con la hipocresía que Jean Jaurés les atribuía- justificaban la explotación de los trabajadores bajo dogmas jurídicos y confesionales.

 

 Lo cierto es que en plena orgía liberal, con un Estado ausente, abandonadas las partes a la “libre” negociación entre “iguales”, se producían excesos que repugnan a la sensibilidad humana. Palacios recordaba -citando las denuncias de Karl Kautsky en su célebre tratado La defensa de los Trabajadores,  que empresarios expoliadores de niños habían llegado al extremo de apoderarse de menores de hasta 5 años en el Asilo de Expósitos de Londres, con la complicidad del Estado y de la Iglesia, sometiéndolos a jornadas de 12 a 16 horas diarias.  Esas pobres criaturas, entregadas como pequeños esclavos por los mismos que tenían la misión de protegerlos, eran enviados a las fábricas textiles del norte de Inglaterra, donde perecían miserablemente garantizando, eso sí,  la máxima plusvalía a las industrias nacientes del capitalismo.

 

 Esos abusos inconcebibles no eran sólo el producto de la avaricia individual de algunos empresarios, sino que exhibían descarnadamente el verdadero ethos del capitalismo, que en nombre de la libertad convierte los hombres en cosas, el trabajo en mercancía y el salariado en una forma moderada de la esclavitud.

 

Esos abusos de un capitalismo sin limites se iban a reproducir en todo el mundo, y Palacios denunciaría años más tarde situaciones similares en la industria gráfica  o en las explotaciones agrícolas intensivas del Norte argentino -plantaciones de azúcar, de yerba, de algodón- donde los peones iban al surco de madrugada, con su mujer y sus hijos de hasta 6 años, para alcanzar el peso mínimo exigido en el “contrato” para la cosecha de cada día; peso que, además, sería escamoteado por la adulteración de las balanzas de la empresa y por un salario pagado en vales, estafado a su vez  en la proveeduría obligada del patrón.

 

Sin descanso semanal ni vacaciones pagas, sin jornada máxima legal, sin indemnización por despido o accidentes de trabajo, los empleadores explotaban sin límites a hombres, mujeres y niños. Ese era el clima social generado por el capitalismo en todo el mundo cuando Palacios ingresó al Parlamento como primer diputado socialista de América. Los trabajadores, de cuyos intereses se proclamó representante, lo acompañaron ruidosamente hasta las galerías del viejo Congreso. En aquel reducto de la oligarquía, anunció que había llegado para promover leyes tuitivas de los trabajadores como la parte más débil en el contrato de trabajo, y que lucharía contra todas las formas de la explotación y todos “los abusos y mezquindades de los capitalistas”.

 

Postulado por el Partido Socialista, apoyado por los nacientes sindicatos obreros –insobornables y combativos-, representando al barrio proletario de La Boca, Palacios llega al Parlamento no sólo para  mejorar las condiciones de trabajo sino para derrotar  el sistema económico dominante, que es la causa primera de la explotación y la miseria.  Así lo había definido ya en su memorable tesis cuando afirmaba que “la miseria no abandonará por completo las viviendas de los proletarios por obra de la beneficencia. La causa del hambre  está en el sistema económico que nos rige”. “Es un sistema funesto que origina el parasitismo, una sociedad leonina donde uno de los socios produce con su trabajo y el otro consume lo producido”. Y burlándose del papel que cumplía la  caridad, ironizaba con el vasco Miguel de Unamuno diciendo que los ricos primero inventan a los pobres y después  organizan sociedades de beneficencia para auxiliarlos.

 

Aquella tesis rechazada sobre La Miseria, sería su verdadero plan maestro, su  hoja de ruta  que seguiría contra viento y marea a lo largo de sesenta años. Esa obra monumental que fue el Nuevo Derecho de los Trabajadores la inició en 1904 con la Ley de Descanso Dominical y la culminaría, como hemos dicho, en 1964, sesenta años después, con la sanción de la Ley  -lamentablemente derogada y olvidada- de Salario Mínimo, Vital y Móvil, reglamentaria del artículo 14 bis de la Constitución, que él mismo  había promovido  como constituyente en 1957.

 

Palacios inició su obra en un Parlamento dominado por la oligarquía vacuna (“cuando pido la palabra, decía, se levantan 50 para acallar la mía”) y  la completaba en 1964, en un país recolonizado por el imperialismo que imponía, con golpes y proscripciones, las condiciones ideales para apoderarse de las riquezas del  país y  de la mano de obra abundante y barata. Eran los tiempos del “desarrollismo”, modelo  que los capitales triunfantes impusieron durante el período que llamaron de los “treinta años gloriosos” de la posguerra. Eran los tiempos de la cínicamente llamada Alianza para el Progreso, que efectivamente lo fue, pero para el progreso de los monopolios.

La legislación laboral iniciada por Palacios no representó una serie desordenada y caprichosa de leyes y proyectos, ni mucho menos una serie de acciones oportunistas destinadas a obtener favores electorales. Fue la aplicación de un plan sistemático de conquistas que los trabajadores venían exigiendo, en luchas heroicas, desde los comienzos de la Revolución Industrial y marcaría el inicio de una revolución jurídica que Palacios llamó el Nuevo Derecho de los Trabajadores y  que se proponía derrotar la ficción liberal de la igualdad de las partes contratantes, para reconocer la verdadera situación del trabajador como parte más débil en el contrato de trabajo.

 

 El Estado, mediante leyes laborales, tenía la obligación moral de intervenir para restablecer la equidad en la negociación del contrato laboral. El consentimiento expresado entre dos partes notoriamente desiguales estaba viciado de nulidad por la violencia que eso significaba. Aplicando el principio de la autonomía de la voluntad se aplasta al más débil en un régimen económico que impone la sujeción del obrero, dueño solamente de su fuerza de trabajo, frente al capitalista, que detenta los medios de producción. “Porque no existe igualdad entre obreros y patrones, no existe tampoco libertad posible. El contrato individual no es libre y en esas condiciones el obrero compromete su persona.”

 

El inicio de las discusiones sobre el contrato de trabajo tuvo inmediata repercusión en toda América Latina. En Chile por ejemplo, diputados conservadores, como el diputado Anaya,  se alarmaron  por la “influencia perniciosa” que la acción del diputado socialista argentino ejercía sobre algunos diputados demócratas chilenos. Sostenían que los socialistas no libraban una lucha por la equidad y la justicia sino que, inspirados en la doctrina marxista de la lucha de clases, querían darle  todos los beneficios, las máximas ventajas a una de las partes, el obrero, lo cual era fuente de contratos leoninos en perjuicio del empleador. El senador Urreola, por su parte, aseguraba que las reformas no tenían sentido porque “la legislación actual garantiza plenamente los  derecho de los trabajadores” y que de acuerdo a la doctrina cristiana, la verdadera fuente de toda justicia es la caridad. Por eso, decían los legisladores conservadores chilenos, “nosotros hacemos profesión de fe de los principios cristianos, que son los máximos ordenadores del comportamiento social”.

 

Esos argumentos se repetirían invariablemente como surgidos de una matriz jurídica y confesional del oscurantismo. Y Palacios respondería una y otra vez con réplicas demoledoras. Frente a los argumentos jurídicos sostenía que la libertad sólo se puede ejercer entre dos personas iguales, de otro modo se facilita el sometimiento del más débil; la libertad que deja al débil y al fuerte en las mismas condiciones es “una libertad liberticida”. Y frente a los dogmas religiosos, proclamaba que “la teología es una disciplina regresiva que envenena la inteligencia y paraliza el pensamiento.

 

Con dedicación y paciencia de artesano construyó Palacios el Nuevo Derecho de los Trabajadores sobre tres líneas fundamentales: 1) Jurídica: impugnando los dogmas liberales originados en el Derecho Romano  y consagrados en el Código de Napoleón, “Código del Propietario” que se adoptó como modelo de nuestro Código Civil; 2) Política: impulsando las leyes obreras con el doble propósito de atenuar las condiciones laborales bajo el capitalismo y preparar, mediante una evolución revolucionaria, el advenimiento de una sociedad socialista, y 3) Nacional: valorando y protegiendo a los trabajadores nacionales –indios y mestizos- “extranjeros en su propia tierra”, económicamente superexplotados y culturalmente discriminados y humillados, incluso por vastos sectores de la propia izquierda.

 

La línea jurídica

 

Hasta los inicios de la legislación laboral, las relaciones entre el obrero y el patrón estaban regidas por el Código Civil, sin más limitaciones que la voluntad del empleador. Eran las normas del Contrato de Locación de Servicios –en este caso alquiler de fuerza de trabajo- basado en la ficción legal de la igualdad de las partes contratantes.  La doctrina jurídica partía de la suposición   de que patrones y trabajadores eran dos partes iguales discutiendo con plena autonomía de su voluntad las condiciones del contrato de trabajo, a cuyas cláusulas debían someterse como a la Ley misma. 

 

Sin embargo, esa proclamada  igualdad entre las partes podía cumplirse en otros contratos del Derecho Civil, pero tratándose de contratos de trabajo no era más que una ficción interesada: una de las partes imponía sus condiciones en busca de mayores beneficios, y la otra parte no tenía otra alternativa que aceptarla o volver a su condición de desocupado. El empleador en cambio, podía  escoger entre una legión de postulantes, que apremiados por la necesidad de sobrevivir formaban filas en las puertas de la empresa conformando un verdadero ejército de reserva del capital, según la feliz definición de Marx. Inhibida la voluntad del más débil,  el contrato se reducía a un mero contrato de adhesión para  el trabajador.

“Esa libertad abstracta -decía Palacios- garantizaba la propiedad absoluta”. Precisamente, una de las condiciones de existencia del capitalismo fue la disponibilidad de multitud de hombres despojados de toda otra forma de subsistencia, lo suficientemente numerosos y lo suficientemente sometidos para imponerles  las condiciones del contrato. Palacios decía que los patrones, librados a su sola voluntad, exigían el máximo esfuerzo del obrero como el Shylock de Shakespeare exigía la libra de carne.

 

El otro gran obstáculo jurídico que debía superarse era el de la teoría de la culpa que regía en materia de accidentes de trabajo. El  criterio vigente era el de la Culpa Aquiliana –la Lex Aquilia del derecho romano- originada hacia el año 286  antes de Cristo por iniciativa  del  tribuno Aquilius y que consistía en imponer al obrero accidentado la obligación de probar judicialmente la culpa del empleador. Pero la experiencia había demostrado que los obreros  pocas veces estaban en condiciones de iniciar el juicio, corriendo el riesgo además de que en caso favorable fuera revocado en la apelación, como casi siempre ocurría. Otros esgrimían razonamientos más anacrónicos y reaccionarios todavía para eximir de toda responsabilidad a los patrones. Sostenían que los accidentes ocurrían por designio de la Providencia y por lo tanto no había que buscar responsables en la Tierra.

 

El desarrollo del maquinismo, la aceleración de los ritmos, la fatiga agravada por jornadas excesivas y ambientes insalubres hicieron crecer la accidentabilidad laboral. Se fueron aceptando criterios adecuados a la nueva realidad de la industria, hasta que Palacios logró imponer la Teoría del Riesgo Profesional invirtiendo la carga de la prueba. Ya no seria el obrero el que debía probar la culpa del empleador sino el empleador quien tenía que probar que el accidente se produjo por negligencia o intencionalidad del trabajador.

 

Esta nueva doctrina –que permitió la sanción de la Ley de Accidentes de Trabajo- se basaba en que el patrón era el dueño del producto terminado,   el que obtenía los mayores beneficios de la industria y en consecuencia a quien le correspondía reparar los daños sufridos por el trabajador en ocasión o como consecuencia del trabajo.

 

A favor de esta doctrina se afirmaba además que si el dueño de la empresa estaba obligado a indemnizar por daños causados a terceros, con más razón debía reparar los daños sufridos por los trabajadores con motivo de su actividad en la empresa. Más adelante se ampliaría este criterio a los accidentes in itinere  considerando que el trayecto entre la empresa y su domicilio no lo realizaba el trabajador por deporte o por paseo sino para cumplir sus obligaciones laborales en beneficio del empleador.

 

Las leyes obreras empezaron a sancionarse, poniendo límites a la voluntad discrecional de los empleadores y los triunfos parlamentarios se sucedían, consolidados por la incorporación de nuevos legisladores socialistas y por la creciente organización de los sindicatos obreros.  Pero el debate teórico sobre el liberalismo económico estaba lejos de haberse agotado y Palacios  volvería a enfrentar a los nuevos defensores de las libertades absolutas.

 

El debate iniciado  en el Parlamento, debió extenderse a  la Universidad, desde la cátedra de legislación laboral que él mismo había fundado en la Facultad de Derecho y los enfrentaría también desde la Academia de Ciencias Económicas donde pronunció, con motivo de la visita del teórico liberal Ludwig Von Mises, una conferencia que sería, en 1959- la primera réplica académica y política al neoliberalismo triunfante en los 80.

 

En la Universidad, sostuvo un memorable debate con el doctor Estanislao Zeballos, decano de Derecho, que levantó su prestigiosa palabra académica para impugnar, con la anacrónica ortodoxia del Derecho Romano, las atribuciones del Estado para intervenir en los acuerdos privados. “La libertad de contratar es inalienable, sostenía el Dr. Zeballos. Nadie puede impedir a un patrón  contratar con un obrero dispuesto por su espontánea voluntad a trabajar más de 8 horas y también los domingos, si así le conviene. El establecimiento de la jornada  y las demás condiciones del contrato de trabajo, depende pues del obrero y del patrón, quienes deben discutir y convenir libremente las condiciones del trabajo”. Palacios le respondió desde su cátedra de legislación del trabajo en una serie de cinco conferencias sobre la libertad de contratar.

 

Con rigor jurídico y pasión de luchador, calificó al decano como “defensor rezagado de las viejas doctrinas”. Con esa teoría, un obrero podía trabajar  14,15 o 16 horas, “si así le convenía”. Y en nombre de la libertad se podía llegar a sostener que por la libre voluntad del contratante estaba permitida la enajenación de la propia libertad. Señaló que los argumentos del decano eran los mismos que un siglo antes había sostenido en el Parlamento inglés el diputado Sheffield, cuando negaba al Congreso el derecho de legislar sobre materia laboral, aduciendo que el Estado no debía interponerse entre el patrón y el obrero impidiendo el libre consentimiento.

Pero no sólo fueron el Parlamento y la Universidad los recintos donde Palacios libró sus últimas luchas contra el liberalismo económico. También la Academia de Ciencias Económicas –de la que era Miembro de Número- fue escenario de una memorable respuesta a uno de los principales teóricos de esa suerte de resurrección liberal que a partir de los 80 volvería a dominar el mundo con el nombre de neoliberalismo.

 

Frente a la segura perspectiva del agotamiento del boom de la posguerra, el capitalismo se preparaba para moderar los efectos de la fase recesiva del ciclo, cuyo inicio se pronosticaba para quince años más tarde. Los ideólogos de la burguesía no improvisan. Preparaban la opinión pública mundial con la suficiente antelación para instalar el convencimiento de que se debía volver a las formas más ortodoxas del liberalismo económico. Nada de regulaciones, nada de interferencias legales y, sobre todo, nada de leyes obreras, ni sindicatos, ni convenciones colectivas. El costo laboral argentino –según ellos- ahuyentaba los capitales extranjeros, asfixiando todo intento de desarrollo económico. Había que retornar al pleno ejercicio de las libertades económicas y  sintetizaban sus pretensiones bajo aquella famosa consigna implantada en todo el mundo: “todo el mercado posible, sólo el Estado indispensable”. 

 

Para ellos todas las intervenciones del Estado son perturbadoras, todos los problemas se resuelven mágicamente con “la mano invisible del mercado”.Querían privatizarlo todo, convertir a todos los hombres en clientes. Los enfermos, clientes de clínicas privadas; los estudiantes, clientes de colegios y universidades privadas; los jubilados, clientes de las AFJP; los ciudadanos, clientes de partidos hegemónicos y hasta los presos, clientes también  en proyectos de cárceles privadas. Libremente atrapados en las redes del liberalismo, se aspiraba a someter a los hombres a una doble explotación: como trabajadores y como consumidores.

 

Participando de esa ofensiva planetaria, en 1959 desembarcó en Buenos Aires uno de los principales teóricos del liberalismo económico, el austríaco  Von Mises, que junto con von Hayek, Rotbard y mas tarde Milton Friedman realizarían una campaña en universidades y foros académicos de todo el mundo para restaurar la vigencia de dogmas que se creían superados. Y al formalizar la polémica con von Mises, en aquella célebre conferencia de la Academia, Palacios estaba produciendo, inadvertidamente, un hecho histórico relevante: la primera réplica formal al naciente neoliberalismo que dominaría el mundo globalizado.

En aquella conferencia –lamentablemente olvidada-  Palacios los descalificó diciendo que eran economistas bien alimentados, “representantes de viejas doctrinas y grandes consorcios”. Aparecen como espectros –dijo- trayendo doctrinas hace tiempo desechadas. Y agregó que hoy podrían repetirse los argumentos con que Bacon criticaba a las universidades de su tiempo como refugios de dogmas retardatarios, mientras  nosotros “nos sentíamos impulsados por el espíritu renovador, trabajando sobre los problemas sociales y rechazando como nocivas las sugestiones procedentes de las viejas culturas”.

 

 Agregó que “la competencia no regulada de los intereses privados es contraria al verdadero orden de la sociedad” y que “el juego de los intereses abandonados a sí mismos es una especie de mecanismo fatal que necesita ser corregido por la legislación”. Señaló que  “la libertad de las sociedades capitalistas es sólo un esfuerzo por elevar al máximo el bienestar material de los propietarios” y que “la libertad para ellos significa la ausencia de restricciones para alcanzar el máximo rendimiento”. “Cuanto menor sea la intervención del poder político en los asuntos económicos –abundó- mayor será el beneficio de unos pocos”. Dijo que al introducir esas viejas doctrinas le hacían daño a la  Universidad, porque al tratarla como una factoría de datos eruditos la convertían en un patético simulacro de conocimientos

 

Palacios tenía conciencia de que la destrucción de las leyes obreras era uno de los principales objetivos de esta resurrección liberal. De ahí la urgencia de la réplica y la severidad de sus argumentos. Indignado por tener que repetir desde el principio un debate que había iniciado medio siglo antes, Palacios remataba su respuesta a los argumentos de von Mises con esta frase lapidaria: “los que tal cosa piensan son dignos de misericordia por su estupidez”.

 

Paralelamente al combate contra esta ofensiva ideológica del liberalismo,  Palacios volvería a enfrentarlos en el Parlamento denunciando el inicio de los nuevos planes económicos del imperialismo. Eran los primeros pasos, durante el gobierno de Arturo Frondizi, de la llamada “revolución conservadora” de Ronald Reagan y Margaret Thatcher que a partir de los 80 entronizó el neoliberalismo en todo el mundo. Ocupando su banca de senador, en 1961, Palacios los enfrentó denunciando desde los planes de sabotaje a YPF y la entrega del petróleo a capitales privados, hasta  el inicio del desmantelamiento de los ferrocarriles con el llamado Plan Acevedo, La vigencia de las empresas públicas no se mide por su rentabilidad –sentenció- sino por los servicios que prestan al pueblo y a la Nación. Era el inicio de una nueva etapa de la dominación imperialista y Palacios, con más de 80 años, seguía en la lucha con el ímpetu y las convicciones de su primera juventud.

 

 

La línea política

 

Las motivaciones con que Palacios, apoyado por el Partido Socialista y los sindicatos obreros, inició a principios de siglo la lucha por la sanción de las leyes laborales  tenían dos objetivos políticos bien definidos. Uno inmediato, para limitar el poder patronal en los contratos de trabajo para mejorar las condiciones laborales y aliviar los padecimientos de los trabajadores;  y otro estratégico, para orientar todos los programas y todas las acciones a la instauración del socialismo. No alcanzaba con plantearse el objetivo final, aislado de las luchas inmediatas. “Sería absurdo -decía Palacios- extasiarse en la contemplación de una futura sociedad socialista sin realizar hoy las tareas inmediatas que reclaman los trabajadores, luchando desde ahora por conquistarla”.

La burguesía, en cambio, cuando apoya mejoras laborales lo hace con objetivos distintos y antagónicos. Lo hace buscando herramientas para neutralizar los conflictos, evitando toda forma de violencia  y de cuestionamientos al sistema. Para ellos el objetivo consiste en diluir las tensiones sociales en la mediación de las instituciones, en alcanzar el desideratum de la paz social para ejercer sin violencia la explotación de los trabajadores. En una de las tantas ocasiones en que los industriales se resistían tozudamente a una mejora salarial, alguien les pidió que tuvieran sensatez, advirtiendo que “los obreros son como lobos hambrientos: o les damos algo de comer o nos comen a nosotros”.

 

Por esa razón, a pesar de combatir en una cámara oligárquica, en la más absoluta soledad, Palacios pudo lograr los votos de diputados conservadores –tenían miedo a ser comidos por los lobos- que aunque limitadas por toda clase de excepciones apoyaran la sanción de las primeras leyes obreras. La resistencia más dura se concentró siempre en dos sectores: los peones rurales y el servicio doméstico. De hecho, la primera ley obrera que instauraba el descanso dominical tuvo las excepciones de esos y otros sectores gremiales y limitaciones también de zonas geográficas.

 

Pero no sólo utilizaban argumentos jurídicos y económicos, se oponían también por razones “humanitarias”. En el colmo del cinismo resistían las leyes laborales porque las consideraban perjudiciales a los trabajadores. Para los conservadores las leyes obreras eran “destruccionistas”. Con el descanso dominical, por ejemplo, se alentaba el alcoholismo; con la limitación de la jornada laboral de los niños  se estimulaba la vagancia; con la prohibición del trabajo de menores junto a sus padres en el surco, se atacaba la unidad de la familia; con la ley de accidentes de trabajo se estimulaban los accidentes intencionales y hasta la mutilaciones deliberadas para cobrar la indemnización. Con cuánta razón Jean Jaurés había dicho que en toda la historia de la humanidad jamás existió una sociedad tan audazmente hipócrita como la sociedad capitalista.

 

La línea nacional

 

Desde los primeros años de su militancia, Palacios percibió claramente las diferencias existentes entre los obreros inmigrantes de ultramar y las masas rurales del interior. Tobas, diaguitas y guaraníes sometidos en minas y plantaciones, paisanos que pasaron de gauchisoldados en la sangrienta conquista del “desierto” a peones de estancia de la oligarquía triunfante. Indios y mestizos pasaron a ser asalariados miserables en los establecimientos agrícolo-ganaderos de la pampa húmeda y en los cultivos intensivos del Norte, colonizado por empresas extranjeras y locales, La Forestal y Ledesma, la canalización del Bermejo y los ferrocarriles ingleses.

 

En su libro La Justicia Social, reseñando las primeras asambleas obreras del Club Socialista Alemán Worwarts, Palacios observaba que los oradores hablaban en francés, italiano, alemán  y español. Procedían de países industriales de Europa, eran casi todos extranjeros, “ajenos al movimiento político y con una visión restringida de la realidad, olvidaban a los obreros del campo”. Pero ya surgiría un partido socialista nacional  -pronosticaba- “destinado a argentinizar las masas”.

 

 Recién fundado el Partido Socialista,  fue por una iniciativa de Palacios que en actos y manifestaciones la bandera argentina se ubicó junto a las banderas rojas del proletariado. Y él mismo adoptaría orgullosamente el poncho, más que como abrigo, como un símbolo entrañable de su nacionalidad. Visitó los obreros indios en sus chozas y lugares de trabajo, y visitó a los peones mestizos en sus ranchos de adobe de las estancias en la provincia de Buenos Aires. Y a todos ellos los reencontraría al final de su vida, en los ranchos de las villas miseria, esos conglomerados dantescos, que se levantaron como inmensos establos donde la burguesía alojó a sus bestias de carga.

En La Miseria ya había dedicado un capítulo Al Proletario de la Campaña observando el sometimiento impuesto al gaucho por los estancieros. “Los peones de estancia -acusa- gozan de un sueldo que varía entre 15 y 25 pesos por mes. Trabajan desde que despunta el alba hasta que el sol se ha marchado. Su desayuno antes de salir al trabajo es el mate. Comen en una pieza que se llama la cocina de los peones, donde también duermen, tendidos en los recados. Si a esto se agrega un tratamiento brutal de parte de los patrones -que se han habituado a ver en ellos una especie distinta de la humana (utilizan la frase una yunta de hombres)- no será difícil darse cuenta de la situación harto triste de los paisanos”.

 

De los obreros nativos del Norte se ocupa detalladamente en sus libros El Dolor Argentino y Pueblos Desamparados, en los que resume los resultados de extensos y prolijos viajes de estudio por las provincias más pobres del país, en un proceso que había iniciado en el Chaco en 1913.

 

 “En esos obrajes, decía, la inmensa mayoría de los trabajadores estaba integrada por indios y correntinos que eran acreedores a nuestra protección y a nuestro respeto. Manejaban en los obrajes el hacha, el machete en los ingenios, la azada en los algodonales, indios tobas, matacos, vilelas y mocovíes, indios obreros que habían cambiado su régimen de vida y cooperaban en el desarrollo del país. Trabajan también en la construcción de ferrocarriles, en la canalización del río Bermejo, construyendo terraplenes y haciendo desmontes, a menudo entre el barro de las cañadas y bajo un sol abrasador, rigores que no hubiesen soportado los más sufridos obreros europeos”. “Comparando su acción en el trabajo, con el de las cuadrillas de peones europeos creía firmemente en su positiva superioridad”.

 

Para valorar en toda su magnitud estas posiciones ideológicas y políticas de Palacios, debemos confrontarlas con el pensamiento de los próceres liberales  que tuvieron una influencia decisiva en la formación de la cultura nacional. Ellos habían implantado consignas incalificables como “el mejor indio es el difunto” o “no ahorre sangre de gauchos”. Y sobre los negros, se afirmaba que eran “una oprobiosa escoria de la especie humana. La esclavitud, como función protectiva, debió haberse mantenido en beneficio de estos desgraciados, con la misma generosidad con que se asila en colonias a los alienados y se protege a los animales. Es necesario ser piadosos con esas piltrafas de carne humana, conviene tratarlas bien, por lo menos como a esas tortugas seculares del Jardín Zoológico de Londres”. (La Nación, 1905).

Pero más grave y lamentable todavía es el olvido y hasta el desprecio que amplios sectores del Partido Socialista y de la izquierda en general tuvieron por los trabajadores nativos, cabecitas negras,  lúmpenes y marginales que no cuadraban en los esquemas dogmáticos del proletariado industrial europeo. Cuando la industrialización sustitutiva de importaciones recurrió a la mano de obra nativa generando migraciones internas masivas, la burguesía los recibió en Buenos Aires como aluvión zoológico y otros los caricaturizaban con sus cabezas como mates vacíos. 

 

Palacios tenía otra visión de la realidad argentina y americana, que en 1915 le costaría la expulsión del Partido Socialista en el Congreso celebrado en el Salón Verdi de la Boca. Y sería un delegado casi anónimo, casualmente de una provincia del norte, quien,  sin proponérselo, descubrió el verdadero motivo de la sanción que pretendían camuflar bajo el pretexto de un duelo: “Hace tiempo que debimos expulsarlo –dijo- por su criollismo nacionalista”.

 

Conclusión

 

Palacios ya no necesita cronistas ni historiadores  -que los ha tenido eruditos y brillantes como Víctor García Costa-, ni mucho  menos  precisa contrabandistas de su pensamiento y de su obra. En este momento de dudas y confusiones infinitas requiere intérpretes leales, discípulos lúcidos y consecuentes que ayuden a definir el papel del socialismo en esta hora crucial de la Humanidad.

 

El sistema capitalista ha sobrevivido a su tiempo histórico. Luce agotado pero insepulto. Y el socialismo debe asumir su responsabilidad como la única doctrina alternativa. Ya no es sólo la liberación de la clase trabajadora lo que esta en juego, es la supervivencia misma de la Humanidad. Hay un riesgo cierto de extinción de toda forma de vida sobre el planeta. Aquella “pasión irrefrenable por la ganancia” ha llevado al capitalismo a un desarrollo depredador y suicida que cuestiona no sólo el bienestar de una clase social sino la existencia misma de la criatura humana. Ha quedado expuesto a la luz de día, el rostro bárbaro del capitalismo.

 

Desde el descanso dominical hasta las 8 horas; desde el trabajo semiesclavo en talleres clandestinos hasta  el drama de la vivienda obrera, insalubre y precaria, que bajo el disfraz de “emergencia” se incrementa en los suburbios de las grandes ciudades. Precariedad laboral, éxodos masivos, trabajo en negro, desocupación estructural, exclusión, aumento de la edad jubilatoria. La legislación laboral pierde vigencia bajo el eufemismo de la flexibilización o de esa perversión ya crónica que es el trabajo en negro. Como a principios del siglo XX las leyes obreras vuelven a ser prioridad en nuestras luchas y como en el siglo XIX millones de trabajadores en toda Europa paran y manifiestan a estas horas, defendiendo derechos que habían conquistado sus abuelos.   

 

Palacios vivió sus últimos años obsesionado por el futuro del socialismo. El desarrollo vertiginoso de la tecnología, los nuevos recursos de que dispone la burguesía para producir, consumir y comunicar, también para alienar y reprimir, con la complicidad en todo el mundo de aquellos que se llaman socialistas y piensan y actúan como neoliberales. Esa compleja realidad  exige una actualización del socialismo sin perder la estrella polar que nos orienta. Por eso Palacios exaltaba las rebeldías y la audacia intelectual de la juventud. Una juventud cuya  verdadera medida no es el calendario sino “la capacidad de reacción frente a la injusticia”.

 

 Recordaba  la correspondencia de José Enrique Rodó con Anatole France sobre la relación entre discípulos y maestros. Los maestros como los dioses, se van –decía- y debemos admirarlos no como el hipnotizado, que tiene la personalidad inhibida, sino como el alumno reflexivo y atento, para quien la palabra magistral, lejos de ser yugo que oprime, es impulso y sugestión para pensar por cuenta propia.

 

Y evocaba con frecuencia, en la Academia y en las plazas, el último brindis de Gorgias. Había escuchado en silencio varios, entre rutinarios y obsecuentes, hasta que uno de sus discípulos propuso: “Por aquel, que sin perder el rumbo, sea capaz de poner su planta sobre la última huella del Maestro”. “Por ese”, dijo Gorgias, y levantó su copa por última vez.

 

El 10 de agosto de 1964 celebramos el último cumpleaños de Palacios. Presentíamos que el final era inminente. Y ese día brindamos, no por el triunfo biológico de cumplir  87 años, sino por la hazaña moral de cumplirlos fiel a los ideales de su juventud.

 

Alfredo Palacios

La Vanguardia anuncia su relanzamiento en el mercado editorial con el libro + CD: Alfredo Palacios, el socialismo criollo, de Juan Carlos Coral en la colección Las huellas del futuro. 180$ (pesos argentinos, envío dentro de la Argentina incluído)

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