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Cambiar el régimen de acumulación

El autor propone un nuevo modelo de integración para los países latinoamericanos basado en una nueva arquitectura financiera regional, que incluye la concreción de proyectos como el Banco del Sur, la integración en materia energética, producción de alimentos y medicamentos y la creación de una base material, científica y crítica, que recoja no solamente lo mejor de la ciencia y la tecnología occidental sino también los saberes ancestrales de nuestros pueblos. América Latina debe reaccionar, afirma el autor, y debe reconstruir un pensamiento crítico que empiece por formular un análisis concreto de la realidad que se articule con una visión de futuro que rompa con los dogmas. La exposición fue realizada en la Jornada de Reflexión “El desafío de la construcción política., El debate de la izquierda”, en la Biblioteca Nacional el 10 de junio de 2010. Agradecemos la transcripción a la Fundación Jean Jaures y al CEPES.

 

EL AUTOR

 

Ex ministro de Política Económica de la República de Ecuador en los primero años del gobierno del presidente Rafael Correa. Durante su gestión, se impulsó la reforma a la Ley de Hidrocarburos, que permitió aumentar la participación del Estado en la renta petrolera de las compañías internacionales. En diciembre de 2008 renunció a su cargo para candidatearse como asambleísta. Actualmente es presidente de la Comisión Técnica Presidencial para el diseño de la Nueva Arquitectura Financiera Regional-Banco del Sur. Realizó estudios de postgrado en economía en la Universidad de Texas (University of Texas at Austin), es máster en Desarrollo y Políticas Públicas por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y economista por la Pontificia Universidad Católica de Ecuador (PUCE).

 

 

Muchísimas gracias por esta oportunidad de compartir con tan distinguidos colegas, compañeros de algunas luchas y algunas reflexiones, en una circunstancia en la que las fuerzas progresistas tienen un papel y una responsabilidad histórica tremenda.

 

Esta no es una crisis financiera, es una crisis civilizatoria. Una crisis que nace de la madurez y el estancamiento del capital en el centro del sistema, que viene arrastrándose desde los años ´60 y que exacerba e incorpora, retroalimentándolos, procesos de crisis en diversas dimensiones, como la ambiental, la demográfica, la democrática, entre otras.

 

Dada la lógica interna del funcionamiento del capitalismo, este estancamiento macro solamente puede ser resuelto sostenidamente desde una perspectiva de costo-eficiencia micro sobre la base de más inversión para introducir mejores tecnologías y mayor capacidad productiva, pero en un ambiente en el que ya existe sobreproducción, resulta paralizantemente complicado desde el punto de vista de la rentabilidad.

 

Frente a este impasse crucial en el funcionamiento estructural del sistema, se buscan expedientes alternativos. Por un lado, la deslocalización, la construcción de nuevas geografías, de nuevas y sucesivas semiperiferias donde trasladar el poder industrial con costos laborales más baratos, a la vez que el proceso de la acumulación del capital productivo deja en los centros la economía de servicios -la eufóricamente llamada economía de la información- lo que repercute en condiciones más baratas en el mismo proceso de sobreproducción con una generación proporcional de consumo de masas cada vez menor. Por otro lado, como compensación al costo hundido tan importante de ese capital fijo que ni siquiera tiene tiempo suficiente para amortizarse sin que nuevas oleadas tecnológica lo amenacen con obsolescencia moral, se busca el despegue de la lógica dúctil, ágil y volátil de la acumulación y de la ganancia en una esfera autorreferencial de innovaciones financieras que termina convirtiéndose, con el tiempo, en una hipertrofia parasitaria. Globalización y financiarización, vectores básicos de la promesa neoliberal.

 

El sistema financiero que era en un principio instrumento y vehículo de un proceso de acumulación productiva cada vez más exigente en término de los umbrales de inversión requeridos y en el marco del caótico mar de la incertidumbre de las decisiones atomizadas en el mercado, luego se convierte en su contrario y pasa a contraponerse de una manera asfixiante a la ampliación del proceso productivo, sin dejar, no obstante de reclamar una porción creciente de la riqueza. El doble proceso de escape a la compresión de las ganancias perfila no solo la transnacionalización de las finanzas, sino también la financiarización de las transnacionales.

 

Es esto lo que explota ahora, en el marco de desbalances macro globales, masivas insolvencias estructurales y disputas a muerte por la hegemonía. No es solo una crisis financiera que deviene en recesión o depresión. La incapacidad de una acumulación “normal” forza al capital a recurrir a episodios permanentes de burbujas. Una “burbujización” de la ganancia en un espectro cada vez más exigente, con tasas de ganancia más altas, genera una segmentación y una jerarquización de la ganancia desde distintas lógicas en los distintos estratos del capital, siempre con una presión hacia el corto plazo y la movilidad frente a la incertidumbre, con la consiguiente distorsión de los mercados y la reproducción.

 

Se pone en el orden del día la economía de la desposesión. Los episodios de rapiña, la reedición permanente de una acumulación originante, con toda la violencia que esto implica tiene un paralelo en el negocio siempre rentable, siempre fácil, siempre seguro, de las guerras. Como decía hace un momento Carlos Ominami: cuidado América Latina, no vayamos a caer en la trampa! Soltando unos pocos billetes se pueden conseguir guerras crónicas, cuando de lo que se trata no es de la resolución de un conflicto militar o político sino de que la guerra en sí misma es consumidora de stocks de mercancías que tienen dificultades de tener salida y ocasión sin límite de contratos jugosos y corrupción.

 

Creo que es en esa perspectiva que tiene que ubicarse lo que estamos viviendo, esto es una crisis sistémica de profundas implicaciones que puede tener una especie de dualidad, una bifurcación histórica: o bien puede salirse de ella con una perspectiva mucho más humanista, mucho más democrática en un mundo multipolar, que tenga esta perspectiva de replantear la relación del hombre con el ambiente, de replantear la relación de género, de replantear una serie de promesas y de tareas todavía inconclusas desde el pensamiento progresista; o bien podemos entrar en un proceso de regresión civilizatoria, de degradación social de incalculables consecuencias.

 

No quisiera parecer catastrofista pero me parece que si nos ponemos a ver lo que ha pasado en los últimos dos años vamos a darnos cuenta que detrás de esa retórica dulzona que aparece en los medios de comunicación en los discursos de los líderes mundiales, lo que tenemos es, en dieciocho meses, un agravamiento de la situación de la mayoría de la población en el mundo.

 

Desde la explosión financiera de la crisis, tenemos un aumento de la cantidad de personas que están sufriendo hambruna, hay distintos cálculos que van desde 65 millones hasta 200 millones por parte de la FAO de nuevas personas que cuya seguridad alimentaria está vulnerada, con lo cual hemos rebasado los mil millones de personas que padecen de escaseces vitales en el marco de una capacidad fabulosa de desarrollo de las fuerzas productivas, de aplicaciones científicas y tecnológicas que están ahí, esperando la oportunidad de ser desplegadas en la producción.

 

Al mismo tiempo, la revista “Forbes” acaba de sacar la lista de los billonarios, que no solamente ha aumentado en número en más de un 30 % sino que el monto de activos que capturan esos billonarios crece de manera gigantesca precisamente en el año y medio de la crisis. Si  revisan esas cifras, resulta que buena parte de los protagonistas de esta temporada de jauja son precisamente los mismos círculos que desde la inoperancia y la corrupción causaron la crisis. Ahí vemos no sé cuántos nombres famosos de los gerentes de los bancos de inversión y de hedge funds, que son los que han llevado a la humanidad entera a esta situación de grave, de delicada vulnerabilidad.

 

De nuevo, son los sectores más vulnerables los que acabamos pagando los platos rotos. Este es un problema muy complejo que requiere una respuesta desde las fuerzas progresistas en defensa de los valores civilizatorios construidos en los últimos siglos e incluso han sido un aporte de la propia modernización capitalista y que ahora dejan de ser funcionales para la reproducción de ese capital.

 

Es decir, estamos en un proceso de concentración y acumulación del capital, de la riqueza y del poder, para el cual, temas como la democracia, los valores republicanos, el imperio de la ley, el desarrollo en general, dejan de ser la prioridad y es la lógica de la ganancia cortoplacista, especulativa, guerrerista que fundamenta el eje de sus agendas.

 

En esa perspectiva, creo que es crucial entender lo que ha pasado con mucha rapidez, con mucha ferocidad, debajo de la superficie en los últimos dieciocho meses, desde que la crisis reventó y no pudo seguir siendo postergada u ocultada. Lo que tenemos es un proceso muy violento de luchas entre fracciones del capital, de luchas por la hegemonía, recordando el mismo tipo de ciclo que en siglos pasados tuvieron el traspaso del eje, inclusive geográfico, del norte de Italia hacia los Países Bajos, desde los Países Bajos hacia Inglaterra y, después de dos guerras mundiales, de Inglaterra hacia el eje anglosajón, a esta renegociación entre la City de Londres y Wall Street, con un proceso a veces brutal de disputa contra las potencias emergentes que aparecían en su momento.

 

Como ilustración, recordemos que, en periodos recientes, con el declive del poderío británico, estuvieron en juego proyectos tipo plan Marshall (que finalmente terminó imponiéndose tras la Segunda Guerra Mundial, sobre todo por razones contrainsurgentes y geopolíticas) o una perspectiva de desmantelamiento productivo y de degradación social que se impulsaba insistentemente desde fines del siglo XIX por parte de ciertos círculos de poder ingleses y franceses contra el potencial industrial alemán.

 

El episodio de declinación de la potencia internacional dominante ahora se da en el marco de la confluencia de dinámicas de crisis de largas, profundas y diferentes lógicas, que rebasan lo económico e involucran lo ambiental, lo democrático, lo energético, etc. Lo que está en cuestión no es solo el modo de producción, sino el modo de vida.

 

Aun si la expresión de esta crisis de hegemonía aparece en el mundo financiero, debemos insistir en sus raíces estructurales en la lógica de la ganancia capitalista que articula a través de la globalización y la financiarización respuestas que inicialmente dan oxígeno al sistema, al cabo de cierto tiempo se convierte en un callejón sin salida fácil.

 

En este mundo globalizado el ritmo y la orientación de la acumulación viene regido por una jerarquización de la ganancia y una fragmentación extrema de las cadenas de valor a nivel planetario, en el que los mercados financiero actúan como regulador sistémico, como arbitraje de coherencia dinámica expost de un cúmulo de decisiones adoptadas en condiciones de información asimétrica e incompleta por una serie de actores atomizados y rivales. La innovación financiera busca inicialmente ofrecer respuestas cada vez más sofisticadas para una tarea imposible: “domesticar” una incertidumbre irreductible para articular esa coherencia esencialmente difícil. Los requerimiento de maximizar las rentabilidad en el más corto plazo multiplican títulos valores cada vez más alienados de la construcción real de riqueza, y sin embargo reclamando su porción de ésta. Sin estadísticas exhaustivas y en el marco de una opacidad confesa hasta por los profesionales especializados, hay estimaciones parciales que sugieren que solo en derivados financieros estarían circulando reclamos de valor por el equivalente a 20 años del PIB mundial!

 

Los balances de los principales bancos de inversión, de los hedge funds, los fondos mutuales, los bancos comerciales, estatales y multilaterales, de algunas instituciones estatales y fondos pensionales de todo el mundo incluyen directa o indirectamente estos activos llamados “tóxicos” (a través de títulos sintéticos y toda una gama de estructuraciones financieras). Las políticas de salvataje con inyecciones de liquidez, corrupción y/o complicidad de los estados y “contabilidad creativa” pueden tener un margen de eficacia, más allá de lo ético y lo legítimo, pero no tienen cabida con una situación de insolvencia estructural tan grande como la que se está viviendo, por masivos que sean los salvatajes y por largo sea el período (Japón, con condiciones muchísimo menos graves lleva ya dos décadas en ese intento). Un caso clásico del salto de la cantidad a la calidad.

 

Aunque el polo determinante del problema se halla en la producción, el polo dominante reside, sin duda en la capacidad de manipulación macroeconómica, monetaria y financiera. Las capacidades asimétricas de actuar frente a las fuerzas depresivas se evidencia no solo entre el centro, la semiperiferia y la periferia, sino que son claves en la disputa por la hegemonía desde en el corto plazo en el propio centro. La potencia internacional dominante (probablemente no un solo estado nación sino el circuito centrado en el eje Wall Street y la City) tiene un problema demasiado grave que sabe, al menos, que no podrá resolverlo en el corto plazo, y que, desde esa debilidad estructural, debe gobernar el actual ciclo de expansión capitalista bloqueada, garantizando que todos los poderes rivales estén en peores condiciones. El ataque especulativo sobre Europa a mediados de 2010 es justamente parte de este proceso.

 

Los economistas, prisioneros del pensamiento neoclásico dominante -a pesar de dar muestras claras de bancarrota doctrinaria, teórica, técnica y operativa- seguimos pensando que un ataque especulativo se fundamenta solo en principios técnicos que la ortodoxia recomienda en política económica y marco normativo. Pero si se presta atención lo que ha pasado en los últimos quince días, hay algo que se podría argumentar en ese sentido respecto a la situación de Grecia (aunque si se compara la situación de Grecia con la de Inglaterra, ésta es mucho peor pero sin sufrir este tipo de ataque). Pero es muy difícil acusar a Holanda de propiciar el ataque especulativo que sufrió, cuando es el ejemplo de la ortodoxia.

 

Esta pugna entre fracciones del gran capital por la hegemonía monetaria, financiera y política, por la disputa de mercados que se encogen en el marco de la sobreproducción de bienes y de capitales, con esta ronda de ataques especulativos, provoca una gran aceleración de la concentración y centralización del capital. Los ataques especulativos y la desestabilización económica incluyen traspasos masivos de riqueza (activos financieros y productivos, reservas internacionales, etc) con un fuerte componente geopolítico. Esta coyuntura se caracteriza por episodios de rapiña: círculos especuladores provocando un gran “garage sale universal” por partes con recursos públicos (el cheque en blanco de los salvatajes).

 

Además del problema de la hegemonía, también hay la intención del poder oligárquico de aprovechar la situación de apremio para romper la moral de los pueblos. Esto debe convocarnos en el continente. El mundo entero está poniendo los ojos en el ímpetu, la esperanza, el entusiasmo con que América Latina está afrontando los problemas. Puede ser que falten ideas pero no cabe duda que tenemos ñeque, y ese es un tema muy peligroso e incómodo para el poder y la cultura oligárquicos a nivel mundial.

 

Sin duda hemos hecho todos los esfuerzos por disciplinarnos, por hacer bien las cosas, por movernos con toda cautela para evitar que ahora los procesos se nos vayan de las manos. En algunos casos eso ha significado que posterguemos muchas de las promesas y que dejemos incumplidas muchas de las tareas que los sectores progresistas debimos haber cumplido en relación a esa deuda social gigantesca que tenemos con nuestros pueblos. Pero no nos confiemos en el hecho de que tenemos en reservas internacionales 500 millardos de dólares que, por muy buenas razones, más allá de la ortodoxia económica y ortodoxia financiera, están invertidos en el exterior. Precisamente es allá donde está el foco de infección, porque aquí supuestamente hay inseguridad, mientras allá ganan 1 ó 2 % en términos nominales y con el riesgo de que pasado mañana se caigan esas inversiones.

 

No nos engañemos con que ese sacrificio de no utilizar esos recursos en inversión productiva y generación de empleo, en generación de infraestructura de capacidades productivas, de inversión social, nuestras economías estén blindadas. Hace un año Rusia perdió 300 millardos de dólares en pocas semanas por un ataque especulativo de este tipo. A pesar de los esfuerzos significativos de los últimos años, nada nos garantiza que en un marco de desregulación de la cuenta de capitales, de los mercados financieros, de transnacionalización del sistema bancario, América Latina quede intacta. Y acordémonos de que un canal de contagio puede ser la “gripe española”. América Latina está en una condición de vulnerabilidad muy grave porque en el que el último período, cuando estábamos demasiado complacidos con estos términos de intercambios tan favorables, no hemos atendido aun transformaciones estructurales fundamentales y hemos dejado abierto todo el flanco que tiene que ver con la cadena de valor, con la dependencia tecnológica y nos hemos abandonado solo a la inercia de la ortodoxia neoliberal en el manejo de los aranceles en la integración de América Latina.

 

América Latina tiene un impulso importantísimo, que no es trivial, en el plano político institucional en términos de una convergencia, de ir construyendo otro tipo de posibilidades, de ir avanzando en el esquema de la Patria Grande que soñaban los Libertadores. Pero en el plano de lo material, en el sustrato económico que subyace a este proyecto, hemos desmantelado una cantidad de iniciativas tremendamente significativas de las décadas anteriores y hemos dejado el asunto básicamente en el tema comercial tradicional, que es absolutamente vulnerable. No solamente porque está perforado por una cantidad de compromisos extrarregionales a través de los tratados de libre comercio de cada uno de los países de América Latina,  sino porque tenemos una deuda histórica estructural que está en la matriz de la propia independencia, debido a un lugar en la división internacional del trabajo que nos arrincona, en última instancia, en un modelo primario extractivista, orientado básicamente  a las necesidades de conexión con el norte, y que ha mirado muy poco a los vecinos para ver cuáles son las necesidades de complementación productiva y consultiva de complementación, incluso de infraestructura física.

 

Estos arrastres estructurales históricos se han visto exacerbados de manera terrible en estos  últimos años, precisamente por la respuesta del gran capital a la crisis. La “burbujización” ha definido un proceso de desalineamiento de las tasas de cambio cruciales a nivel internacional y ha auspiciado un proceso brutal de distorsión en la formación de los precios internacionales de las principales commodities, incluyendo energía  y alimentos, que afectan, desde la exportación o la importación, la estabilidad macroeconómica y financiera de nuestros países y la viabilidad de los proyectos productivos. Todo esto en el marco ya de varias décadas de erosión de los mecanismos esenciales de re-equilibramiento del sector externo a través del tipo de cambio en la medida en la cuenta de capitales es la que tiene un papel cada vez más importante en el funcionamiento de los mercados de divisas. La metástasis de los problemas estructurales de insolvencia y de confianza empeoran estas posibilidades de operación eficaz de las políticas y la regulación domésticas.

 

El tipo de inserción internacional genera endógenamente una situación de fragilidad sobre la cual América Latina tiene que reaccionar rápidamente, porque los tiempos se acortan.

 

Esta crisis es una crisis de hegemonía que se está “resolviendo” como un proceso sistemático de concentración de poder y riqueza, sin duda sobre la base de procesos objetivos muy complejos, de larga duración, pero cuyo poder destructivo puede ser orientado por determinados sectores para reducir a la impotencia a individuos, colectividades, y naciones. La crisis se convierte en un proceso gigantesco, colosal, de expropiación de la autonomía de la voluntad de la gente, de la soberanía de las naciones.

 

A este proceso lo hemos percibido cada vez de manera más generalizada como una situación natural, inapelable, técnica, externa a la voluntad de la gente, como una situación sobre la cual no puede hacerse nada, en la que uno básicamente es títere de las  condiciones del mercado.

 

En los hechos, en lugar de cumplir la promesa de defender la iniciativa privada, este sistema termina privándonos de la iniciativa. Si eso ha sido verdad históricamente y se ha exacerbado durante la época neoliberal, con la crisis se vuelve una norma. Los individuos se cuestionan: “yo no he hecho nada, me he comportado de acuerdo a como me han dicho que tengo que comportarme y de la noche a la mañana no tengo empleo”, y en algunas partes -partes cada vez más importantes del Sur- “no solamente que no tengo empleo, sino que no tengo pan para llevar a mis hijos”.

 

Qué condiciones de libertad individual, qué condiciones de iniciativa, qué condiciones de arbitrio personal puede haber en este acorralamiento, en este arrinconamiento de los individuos a una situación de crisis, a una situación de impotencia, a una condición de miseria.

Lo que se está dando con este proceso de “latinoamericanización” de Europa es un intento de reducir también a esos pueblos a la impotencia, es asfixiar precisamente los mercados que el sistema necesitaría para poder relanzar el proceso productivo, es instalar de manera crónica un mecanismo endógeno de crisis fiscal en esos países porque se está reduciendo la base impositiva y se está aumentando la carga de la deuda. Justamente, la receta que nos aplicaron aquí en América Latina.

 

En paralelo, poco a poco y bajo el disfraz de la modernidad, de los tratados de libre comercio, de los tratados bilaterales de inversión, con esa carrera desesperada por atraer al capital extranjero bajo cualquier tipo de condiciones regalonas, lo que estamos es provocando también la “africanización” de América Latina. Basta mirar la destrucción no sólo del aparato productivo sino también de la institucionalidad que ya está viviendo México, que hasta hace poco tiempo disputaba con Brasil el liderazgo industrial de América Latina. Hoy es común oír en círculos del poder que México es un Estado fallido, y lo que es más triste, los propios mexicanos hablan de que su país es un Estado fallido. Así de rápido se dan las cosas.

 

América Latina debe reaccionar. Y es en esa perspectiva que yo creo que tenemos que empezar a actuar con muchísima responsabilidad en la reconstrucción del pensamiento crítico del que hablaron los tres compañeros hace un momento. Esa reconstrucción tiene que ver con un análisis concreto de la realidad concreta y una posibilidad de articular desde un pensamiento alternativo una visión de futuro que rompa con los dogmas, que rompa con el miedo a ser tachado como heterodoxo, como radical, como extremista. Desde una perspectiva del rigor técnico, del rigor académico, debemos presentar opciones concretas.

 

Creemos que como condición necesaria mínima, aunque no suficiente, para poder progresar en un proceso de transformación del modelo de desarrollo tenemos que avanzar en la nueva arquitectura financiera regional. Hay pasos importantísimos en ese sentido, pero tenemos tareas, que como bien se mencionaba hace un momento, están a la vuelta de la esquina pero falta el último impulso, que es responsabilidad de las fuerzas progresistas lograr que finalmente se concreten y se conviertan en plataformas para luchas ulteriores.

 

Tenemos por un lado el Banco del Sur, que es una promesa para la transformación de la banca de desarrollo que ya existe, planteando un nuevo conjunto de prioridades desde el concepto de soberanía continental, pensada ya no en el marco del Estado Nación sino en el de la Patria Grande de los Libertadores.

 

En el plano de la alimentación, es necesaria la movilización de la producción de los campesinos, de los pequeños, medianos y grandes productores, la constitución de reservas estratégicas de alimentos que permitan garantizar una canasta básica para toda la población como un derecho fundamental, como elemento cimentador de un nuevo pacto social. En salud, hay que garantizar la soberanía en el cuidado de la población con la producción programada de medicamentos genéricos aprovechando, por ejemplo, en el caso de Argentina ese sistema de certificación y de laboratorios de categoría mundial que permitiría abastecer a la población de todo el continente con medicamentos de gran calidad y asequibles para garantizar también la salud como un derecho humano fundamental y garantizar la cohesión social.

 

 En cuanto a la soberanía energética, la propuesta del Banco del Sur permitirá que, por ejemplo, un país que ha hecho esfuerzos tan importantes en la eficiencia económica como Chile, no tenga que importar gas de Indonesia y petróleo de Nigeria teniendo vecinos como Venezuela y Bolivia, y contando con el cobre suficiente para garantizar que ese potencial en petróleo, gas, energía eólica, energía hidroeléctrica y en energía geotérmica pueda ser extendido a través del cable hasta el recinto más alejado del continente cambiando las condiciones de producción y de vida de esa gente.

 

También es necesario crear las condiciones para el financiamiento de una red de ferrocarriles en América Latina que permita integrar con la transportación masiva a un continente que ha estado mirando siempre hacia el norte y que ha estado más bien pavimentando con lo que Galeano llamara “Las venas abiertas de América Latina”.

 

También se impulsa la posibilidad de financiar a esa economía popular diversa, invisibilizada e incluso criminalizada hasta ahora por muchas legislaciones. El soporte financiero de desarrollo debe adecuarse, entendiendo sus lógicas internas, respetando su derecho a la diferencia y a la identidad para definir otro tipo de posibilidades que desbloqueen esa energía social y productiva que hasta ahora ha estado reprimida desde el capitalismo de la exclusión, desde el filtro y la dictadura del capital financiero que impone altas tasas de ganancia y cortoplacismo.

 

Un banco que abra la posibilidad de generar una base material, una base científica crítica, que recoja no solamente lo mejor de la ciencia y la tecnología occidental sino también los saberes ancestrales de nuestros pueblos. Con éstos, siendo portadores de la biodiversidad y de esa diversidad cultural podemos generar un aporte no solamente en el plano de la técnica sino también en el plano de un horizonte de vida, como lo que ahora en las Constituciones de Ecuador y Bolivia se ha expresado como el Sumak Kawsay, el vivir en plenitud, un nuevo tipo de relación entre la gente, un nuevo tipo de relaciones humanas, un nuevo tipo de relación con la naturaleza.

 

Necesitamos que estos proyectos puedan ser financiados no solamente con dólares, sino con la movilización de recursos regionales. Porque si el mejor proyecto es financiado con dólares hay que pagarlo en dólares y con creces, para lo cual tenemos que generar un excedente de exportación que obviamente se basa en el abaratamiento del talento humano y de la naturaleza. El resultante desfalco sistémico de la fuerza de trabajo y de la naturaleza están atentando contra los vectores fundamentales de un desarrollo alternativo. Hay que romper con el mito y la desesperación por el ahorro externo.

 

Tenemos recursos aquí y no solamente en dólares. Hay que movilizar y fortalecer la función de la moneda nacional sobre la base de una nueva vinculación con el aparato productivo grande y pequeño, para movilizar esa energía social y esa energía productiva; y es necesario pensar en una moneda regional, no construida desde el anidamiento de las restricciones neoliberales como el caso del Euro, sino todo lo contrario, lo que estamos haciendo ahora con el Sucre.

 

Muchos pensadores y economistas progresistas caen en la trampa de que lo único que se puede hacer es lo que Europa ha hecho, lo que el Norte ha hecho. No! Nuestra propuesta es totalmente distinta. Desde un diseño diferente en el que la moneda regional se convierte en un medio de pago alternativo, adicional. Se trata de una “tarjeta de crédito” que se abren unos bancos centrales a otros para facilitar las transacciones. Como en el caso del bolsillo de uno, esas tarjetas de crédito pueden convivir tranquilamente con cualquier tipo de billetes. Asimismo esa “tarjeta de crédito” puede convivir con las monedas nacionales, pero también con monedas populares disciplinadas desde la lógica de la contabilidad y del registro digital que permiten los sistemas electrónicos de pago de los bancos centrales en la generación de mercados regionales.

 

Esta posibilidad no solamente que no va a restringir la capacidad de generar políticas económicas domésticas como lo hace en Europa, sino que, al contrario, aumenta los grados de libertad. Al ahorrar divisas estamos evitando presiones sobre el mercado de tipo de cambio, con lo cual tenemos más maniobrabilidad en la política del sector externo; ya no necesitaremos subir las tasas de interés para controlar el dólar, con lo cual estaremos aumentando los grados de libertad en el manejo de la política monetaria; y, como reducimos el servicio de la deuda, tendremos también más opciones en el manejo de la política fiscal.

 

Se trata, entonces, de un diseño totalmente distinto, que permitirá incorporar  nuevos actores, nuevos mercados, nuevos productos en la lógica de la integración, generando espacios diferentes para lógicas diferentes en el despliegue del potencial productivo de nuestros pueblos.

 

Finalmente, necesitamos no descuidar la línea fundamental de defensa macroeconómica que es el nuevo rol de la banca central, sin la visión estrecha del control único de la inflación que ha sido impuesto, sino que recupere la propia historia de los bancos centrales como  elementos fundamentales de garantía de la coherencia en las transacciones y de la defensa de un espacio de mercado, de la seguridad y de la estabilidad.

 

Para esto es fundamental encontrar otros mecanismos que permitan, por ejemplo, tener una matriz multilateral de créditos recíprocos (swaps) entre bancos centrales en América Latina; la conexión de los bancos centrales a través de los propios sistemas electrónicos de pagos para generar un mercado virtual de liquidez que evite el efecto de estigma al salir al mercado de deuda, y que permita reciclar la liquidez a nivel continental bajando los costos de transacción y aumentando la eficiencia; que permita transformar por ejemplo al Fondo Latinoamericano de Reservas en ese elemento de racionalización de los ahorros del continente de las que han hablado los compañeros que me precedieron, convirtiendo a un esquema fundamental de gestión común de reservas que cambie la lógica con el que funciona esta exportación, esta sangría permanente de capitales, incluso en el sector público, que permita liberar recursos para la inversión productiva y para el apalancamiento de estos otros recursos domésticos.

 

Creo que desde estos tres pilares fundamentales podemos empezar a cambiar el esquema de desarrollo, el régimen de acumulación del que estamos prisioneros. Creo que los sectores progresistas pueden hacer realidad concreta, en plazos relativamente cortos, una cantidad de procesos que van a empezar a cumplir esas promesas truncas de las luchas sociales de los siglos XIX y XX.

Alfredo Palacios

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