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Socialismo en Argentina: Revertir una historia, encontrar un destino

Por Torcuato Di Tella

SINTESIS

En este artículo su autor se pregunta acerca de lo que hizo mal el socialismo argentino y cuáles son las posibilidades de revertir un proceso que le quitó protagonismo.
La subestimación de la importancia del nacionalismo en el desarrollo de la Argentina; la incomprensión acerca de la necesidad de estimular el desarrollo industrial con medidas proteccionistas; la subestimación de la temática latinoamericana; el rechazo sistemático a posibles alianzas con sectores de la burguesía; el fracaso en integrar a potenciales aliados como el sindicalismo, sectores intelectuales o tecnocráticos; la excesiva creencia en el determinismo histórico, son algunos de los errores mencionados en el texto como decisivos para explicar la crítica y conflictiva situación del Partido Socialista a fines del siglo pasado. Una historia que había iniciado con una complicada relación con el anarquismo y después con el peronismo. Pero el socialismo argentino puede revertir estos últimos 50 años y decidirse a jugar en primera. Para ello debe prepararse para confluir en coaliciones explícitas de mayor amplitud, manteniendo las identidades partidarias propias, inspirados en el modelo del Frente Amplio uruguayo.

EL AUTOR

Hijo de un pionero de la industria nacional, Torcuato Di Tella, es ingeniero industrial, sociólogo y escritor. Se desempeñó como Secretario de Cultura durante la Presidencia de Nestor Kirchner y está propuesto como embajador ante Italia. Autodefinido como “socialdemócrata reformista” e “intelectual impertinente”, escribió su primer libro,  El sistema político argentino y la clase obrera, a los 34 años. Junto con su hermano Guido, fundó en los años 60 el legendario Instituto Di Tella y posteriormente la Universidad Torcuato Di Tella

El socialismo en la Argentina tiene una larga trayectoria con muchas fuentes, cuyo principal canal, a pesar de sus errores y alguna agachada, es el Partido Socialista (PS). Pero algo mal debe haber hecho este partido, y también la numerosa colectividad de organizaciones y grupos de intelectuales que lo han acompañado, a veces conflictivamente pero en el fondo con orientaciones parecidas, en más de un siglo de vida, para terminar tan mal a finales del que afortunadamente ha acabado hace poco. Cierto es que hay una luz, que paradójicamente se expresa con epicentro en Rosario, que hasta hace poco era considerada "capital del peronismo" y ahora parece convertirse en "capital del socialismo".

Los que considero errores están concentrados en varios temas de rigidez ideológica y de alianzas posibles no concretadas. Cierto que algunas eran prácticamente imposibles de efectivizar, y otras quizás indeseables, pero es bueno revisarlas. Lo que pretendo hacer en estas líneas es un panorama de esta problemática, planteando algunas hipótesis a elaborar, confirmar o desechar. Las puedo resumir de la siguiente manera:

1. Subestimación de la importancia del nacionalismo en el desarrollo de un país.

2. Falta de comprensión de la necesidad de estimular el desarrollo industrial mediante un cierto proteccionismo, que es como en todo el mundo se desarrolló el capitalismo.

3. Subestimación de la temática latinoamericana, propuesta por pensadores como Manuel Ugarte, que fueron desvalorizados por interesarse demasiado en fenómenos que llegaron a ser clasificados como "mestizos", entre ellos el aprismo y la Revolución Mexicana.

4. Rechazo sistemático a posibles alianzas con sectores de la burguesía, como el radicalismo, sobre todo en su etapa yrigoyenista.

5. Fracaso en integrar a corrientes potencialmente afines aunque disidentes, como el "sindicalismo  revolucionario", que entre nosotros se autodenominaba simplemente sindicalismo, de hecho pragmático, y no tan difícil de incorporar como aliado.

6. Fracaso en integrar a sectores intelectuales o tecnocráticos, que podían tener perspectivas y formas de actuar independientes, como los iniciales de los Payró, Ingenieros y varios otros (incluyendo al Lugones juvenil); y lo mismo con los que en los años veinte formaron el Socialismo Independiente.
7. Excesiva creencia en los determinismos históricos -fundamentalmente económicos- que deberían llevar a la Argentina a ser una nueva Australia o Canadá.

Hay  otras tareas en las que se fracasó, pero hay que admitir que hubiera sido muy difícil tener éxito. Serían las siguientes:

8. La relación con los anarquistas.

9. La relación con el peronismo.

Veamos ahora cada uno de estos temas en algún mayor detalle.

1. Subestimación de la importancia del nacionalismo: el tema de la inmigración

No sé si llamar al nacionalismo un mal necesario, o un bien peligroso, como algunos remedios. Pero es una argamasa que la experiencia histórica demuestra que ha sido necesaria, o digamos inevitable, en la trayectoria de los países exitosos. Todos conocemos sus excesos criminales y su uso por fuerzas de derecha en el Viejo Continente, y también en el Nuevo. Para la izquierda el tema siempre ha sido complicado y en principio no se identificaba con ese fenómeno, sustituyéndolo con un internacionalismo algo utópico. Al final tuvo que aceptarlo e incorporarlo a su manera de actuar. El momento más trágico, quizás, haya sido cuando los movimientos socialistas europeos tuvieron que solidarizase con las políticas de defensa/ofensa de sus propios gobiernos burgueses durante la Primera Guerra Mundial. Lenin y sus seguidores sostenían que, ellos sí, estaban contra el nacionalismo de su propio país. Pero esto era una ilusión y, al final, al llegar al gobierno implementaron un nuevo nacionalismo tan brutal o más que los anteriores.

Por otra parte el Partido Socialista no dio suficiente entidad a los movimientos de base étnica inmigratoria y ni qué hablar de los nativistas. El problema se expresaba especialmente con la comunidad italiana, muy organizada en agrupaciones de espíritu y composición en buena medida pequeño burguesa, mazziniana. Muchos de ellos, como los que publicaban el Amico del Popolo, fundado realmente en 1877 con el nombre de Il Libero Pensiero, se autodefinían como favorables a un "socialismo científico y moderado" (15/2/1880), y más tarde se clasificaban, en un editorial firmado por L. Costaguta, como pertenecientes al "partido republicano socialista". Años más tarde, es de suponer impactados aún por la Revolución del Parque, argumentarán que "la violencia vendrá, pero será una inundación formidable que derrumbará todo en su fuerza destructiva. Pero pasada la tormenta habrá que prepararse para la reconstrucción de la sociedad, pero ¿qué cosa de estable y permanente se podrá construir si sólo habríamos predicado la adoración ciega de la violencia?" (23/12/1893).

En 1894 los editorialistas creen vivir, en todo el mundo, en una hora revolucionaria, y que hay que dirigirse hacia "la república social" (21/1/1894).  El director, F. Monacelli, apoya una "convergencia republicano-socialista", pero "con formas", puesto que "donde la ciencia encuentra intactas las fuerzas morales es evolutiva, donde las encuentra corruptas es revolucionaria". Piensa, claro está, más en Italia que en la Argentina y se felicita del acceso de Filippo Turati a la Cámara, señalando que fue electo con votos republicanos y socialistas sumados (21/7/1896). Estos mazzinianos habrán sido "pequeño burgueses", pero ¿por qué no intentar aliarse con ellos también en la Argentina? Al fin y al cabo, esa clase social no estaba ausente de las varias corrientes socialistas, incluyendo las más radicales. Pero lejos de esa convergencia, en 1896 el Amico del Popolo tiene que entrar en polémica con "los socialistas científico-positivistas" que lo tratan de burgués por favorecer la propiedad privada (20/9/1896).

Aceptarlos como aliados, hubiera implicado para el Partido un acercamiento a los principales representantes de la pequeña burguesía de aquel entonces. No se hizo eso. Germán Ave Lallemant era particularmente duro al respecto, mezclando en una misma bolsa extranjeros y pequeña burguesía. En El Obrero (9/1/1892) polemiza con el Amico del Popolo, porque había que rechazar "la unión con la pequeña burguesía, que esconde sus tendencias explotadoras bajo el manto del libre pensamiento, el republicanismo, el anticatolicismo, etc". En el mismo número critica al Centro Político Extranjero, presidido por un tal Schelky, editor del Argentinisches Wochenblatt, que apoya al candidato presidencial radical Bernardo de Irigoyen, que promete facilitar el voto a los extranjeros.

La identidad argentina, entonces, en realidad era aceptada por el Partido, pero más en clave de solidaridad de clase por encima de las etnicidades que por una identificación con una nacionalidad que abarcara a otras clases sociales, desde ya la población popular más nativa y gran parte de las clases medias del interior que nunca fueron consideradas como posibles aliadas. Eso hubiera exigido, entre otras cosas, ser más comprensivos con las peculiaridades culturales del radicalismo.
En la Argentina, ¿qué hubiera significado "ser más nacionalista"? Hubiera exigido, como en otras partes del mundo, ser aún más reformista o moderado, menos ideologista que lo que fue. El Partido tenía una teoría ("Programa Mínimo") bastante reformista, pero yo diría que no lo suficiente, porque era un reformismo abstracto, sin darse cuenta de que eso implicaría a veces colaborar con fenómenos políticos burgueses. Es extraño que Juan B. Justo, tan conocedor del panorama europeo, no tuviera en cuenta el "colaboracionismo" muy marcado de los laboristas británicos con los liberales en algunas ocasiones, tanto a nivel electoral como de estrategias de elites, de las cuales los Webb, Sydney y Beatrice, fueron expertos.

En Francia la participación, con Alexandre Millerand, en el gobierno burgués democrático de Waldeck Rousseau a principios de siglo fue típica. Es cierto que de las cuatro o cinco fracciones del socialismo francés, la mayoría se opuso a esa "claudicación". Pero al menos un importante grupo lo aprobó. ¿Por qué nadie hizo lo propio en aquella época en la Argentina? Hubo un momento en que un sector de intelectuales socialistas se acercó a colaborar con el segundo roquismo, pero no tuvieron eco en el Partido, y tampoco quisieron formar un sector separado independiente. Pero Enrique del Valle Iberlucea, José Ingenieros, Manuel Ugarte y Leopoldo Lugones formaron parte de una comisión asesora, ligada al proyecto de Código del Trabajo y a la investigación de Juan Bialet Massé, a pesar de la rechifla con que muchos los recibieron al salir de la Casa Rosada.

Aquí hay que tomar en cuenta el tema de la extranjería de la gran mayoría del proletariado residente en el país. La fuerza socialista en gestación no estaba acompañada de un equivalente peso electoral, por la simple razón de que la gran mayoría de la población obrera no tenía el voto, por ser extranjera y no adoptar la ciudadanía, durante las décadas formativas de la Argentina moderna. Para tomar como muestra un botón, en un extremo del país, como es Río Gallegos, la concentración de trabajadores de la esquila y de los frigoríficos producía una conciencia de lucha, que tuvo una explosión trágica en los sucesos de 1921 y 1922.

Sobre esa realidad podría haberse basado un baluarte de un fuerte partido obrero, socialista o laborista. Algo de ese tipo ocurría en el vecino Chile, donde el socialismo (incluyendo su variante comunista) estaba muy difundido en todo el país, ya desde los años treinta. Incluso sus más fuertes bastiones electorales estaban en el sur magallánico y en el norte minero, que aventajaban en guarismos electorales a las grandes ciudades, como Santiago y Valparaíso. Pero en el sur argentino casi todos eran extranjeros. En los dos principales frigoríficos de carne ovina (uno en Río Gallegos y otro en San Julián) en 1914 estaban empleados 957 trabajadores de todas las categorías, que sumados a los de otras industrias de pequeña escala, daban un total de 1.111. Pero de ellos sólo 98 eran argentinos.  ¿Qué partido podría haberse construido sobre ese tipo de proletariado?

Del lado chileno ya en 1919 había habido una seria huelga en los frigoríficos de Puerto Natales (donde casi toda la población trabajaba en esa industria), con unos veinte muertos, que ingresó a la mitología política de izquierda como "la Comuna de Puerto Natales". En 1920 otra huelga en Punta Arenas, con participación de portuarios, marítimos, panaderos y mineros, fue reprimida con el allanamiento de la Federación Obrera Magallánica (FOM), anarquista, y un saldo de tres muertos. En 1935 Puerto Natales ya tenía un alcalde socialista.

Los extranjeros, por otra parte, no estaban demasiado ansiosos de incorporarse al sistema político (o aún a veces al asociacionista) local. Un ejemplo extremo es el de los obreros panaderos, cuyo sindicato en 1902 estaba dividido en cuatro entidades, una italiana, otra española, otra criolla y una más "del Bajo". Los italianos ("italianísimos" según sus detractores) ni siquiera aceptaban a sus propios hijos como afiliados.  Un caso que refleja la preocupación por la posible reacción negativa de los trabajadores ante apellidos "raros" la daba el dirigente comunista de los metalúrgicos, Marcos Maguidovich, quien en el periódico del gremio, El Obrero Metalúrgico, siempre firmaba Maguidovi, quizás con la esperanza de pasar por italiano. Los redactores de esa hoja se preocupaban de la actitud de muchos compañeros que argumentaban que no era posible organizarse porque "hay muchos polacos y alemanes en el gremio, son carneros, trabajan por menos, no son solidarios".

2. Falta de comprensión de la necesidad de estimular el desarrollo industrial mediante el proteccionismo.

El proteccionismo, bestia negra actual de los teóricos neoliberales, era en los finales del siglo XIX e inicios del XX, condenado también por muchos sectores populares, con el argumento de que sólo servía para hacer ricos a algunos empresarios. En la Argentina el chivo expiatorio contra el cual se desencadenaba la izquierda (incluidos por cierto los anarquistas y los sindicalistas revolucionarios, y luego los comunistas) eran los barones azucareros del Norte. Eran un blanco fácil, aunque si el Partido hubiera estado más sensibilizado hacia las necesidades de las regiones periféricas del país, su estrategia al respecto hubiera sido algo distinta.

Es útil aquí contrastar las actitudes hacia el proteccionismo difundidas en la Argentina y en un país en algo parecido, como Canadá, aunque como veremos luego bastante distinto por la manera en que se incorporaban a la sociedad los inmigrantes. Los flujos económicos podían ir en Canadá en dos direcciones: hacia el este (terminando en Londres) o hacia el sur. El intercambio con el sur, o sea con los ávidos y expansionistas colonos norteamericanos, era tentador pero algo peligroso. Tentador, por la facilidad del transporte hacia el sur; pero podía terminar en anexionismo. En realidad una de las fuerzas que en los Estados Unidos se oponía a una eventual anexión (apoyada por algunas minorías en Canadá) eran los propios estados del Sur, que no querían añadir nuevos integrantes antiesclavistas a la Unión. Los gobiernos canadienses, tanto conservadores como liberales, quizás más sensibilizados al peligro anexionista que los propios colonos, se preocuparon por fortalecer los lazos "horizontales", y para eso nada mejor que un ferrocarril transcontinental, justo un poco arriba de la frontera, lo que podría irritar a los economistas neoliberales pasados, presentes y futuros, pero que de hecho es lo que se hizo, a gran costo en subsidios y concesiones de tierras a ambos lados de la vía. Lo más horroroso del caso es que se instrumentó una política ferozmente proteccionista, imitando, en eso, a lo que se hacía en los Estados Unidos.

En los Estados Unidos el nivel promedio de tarifas había subido desde un 20% antes de la Guerra Civil, hasta un 47% a su terminación.  Para complicar las cosas, pronto vino la depresión mundial de los años setenta (1876-1879) que dio el impulso final a la nueva política, llamada significativamente National Policy. Sancionada en 1879, estableció una decidida protección para estimular a la naciente industria y, desde ya, al comercio del transporte ferroviario, sin el cual no habría país. Desde entonces y por prácticamente un siglo, ese tipo de política se mantuvo y tuvo un gran éxito en desarrollar a Canadá. Cierto es que en las ciudades se congregaba un proletariado —en parte nativo, en parte europeo pero ya no tan anglosajón— que vivía en condiciones de explotación, mientras se hacían grandes fortunas tras las barreras aduaneras. En los sectores obreros y de izquierda (en parte basada en los granjeros del Oeste) no había mucho amor hacia la protección aduanera, sobre todo entre los productores de trigo que realmente no la necesitaban. Algo ambivalentes estaban los grupos obreros organizados, para quienes el sistema garantizaba empleo mientras que el encarecimiento de ciertos productos industriales de consumo no los afectaba tanto. Más afectada se veía la clase media "consumidora", pero también recibía los beneficios del pleno empleo.

En cuanto a los grandes grupos comerciales, ideológicamente no aprobaban el proteccionismo y muchos se mantenían ligados a circuitos importadores, pero también entre ellos había diferencias de opinión pues muchos podían convertirse en empresarios industriales o ferroviarios, otra actividad de hecho protegida, estimulada con subsidios y necesitada de tener productos locales que transportar. Desde ya, los métodos por los cuales se conseguían favores gubernamentales no tenían nada que envidiar a los de la Inglaterra de los Tories y los Whigs, o de los Estados Unidos de los robber barons.

En la Argentina hubo sectores de la burguesía, representados entre otros por Carlos Pellegrini, que también quisieron establecer un proteccionismo industrial, sin éxito. En lo inmediato, la izquierda argentina, en casi todas sus versiones, era enemiga del proteccionismo al que consideraban un elemento de apoyo a productores ineficientes del Norte, que además eran de los más explotadores. Pero el hecho es que no se analizó con suficiente detención la experiencia de los dominios británicos que, sobre todo en el caso de Australia, constituían un ejemplo meritorio para Juan B. Justo. Pero éste no se dio cuenta de que el revés de la moneda de esa economía pujante era un fuerte proteccionismo. Una mejor comprensión del esquema mental marxista hubiera llevado a la conclusión de que antes del socialismo viene el capitalismo y entonces hay que ver qué condiciones se precisan para que en éste cuaje un desarrollo industrial que cree las precondiciones para la existencia de un movimiento obrero sólido. En este tema, la visión de corto plazo contra los indudables abusos proteccionistas impidió ver la necesidad que el capitalismo de estos países periféricos tenía de usar esos instrumentos, que además predominaban también en los más avanzados, como los Estados Unidos, y a los que Gran Bretaña tuvo que apelar masivamente con los pactos de Ottawa de 1932 que cerraban el Commonwealth a la competencia extranjera.

3. Subestimación de la temática latinoamericana

El tema anterior lleva a éste. En el Partido obviamente había sectores que no compartían esta subestimación, entre ellos Alfredo Palacios y sobre todo Manuel Ugarte. La expulsión de Palacios por haberse batido en duelo por alguna "afrenta al honor" es un caso trágico, por más ridículo que sea  batirse en duelo por cualquier causa. Igualmente trágico fue el maltrato a Federico Pinedo por haberse casado con todo boato y en una iglesia. ¿Pero hay que exigir de los miembros o aún dirigentes del Partido una trayectoria tan exenta de manchas? Eso es típico de una secta y no de un movimiento de representación política, clasista o no. Y el criterio, como en toda secta, no era parejo. Al fin y al cabo, Justo era propietario de una explotación agraria, donde empleaba personal y en base a su experiencia alguna vez escribió que era contraproducente imponer límites al peso de las bolsas que debían ser acarreadas por los estibadores rurales. En un momento de franqueza había reconocido que la había comprado "no sólo por motivos de investigación científica".

Y Repetto era propietario de una casa de departamentos alquilados lo que lo convertía en rentista, cosa no excesivamente grave pero que no cuadraba con la pureza ideológico-comportamental que en los papeles se predicaba. Y no hablemos de la prohibición de tomar alcohol en las reuniones partidarias. Ese puritanismo tenía sus motivos y hay que admitir que en la historia de los países protestantes esa mentalidad tuvo un efecto muy positivo en el desarrollo capitalista y en el del propio movimiento obrero, por ejemplo en Gran Bretaña a través del metodismo y otras religiones disidentes. Pero hay que tener cuidado en imitar ejemplos externos que pueden producir efectos negativos si no se los aclimata a la cultura local.

Es difícilmente negable que tanto el socialismo como otras expresiones de la izquierda estaban demasiado encandilados con el ejemplo europeo. Su puritanismo en lo personal y su purismo ideológico estaban anclados en los parámetros europeos, sin darse cuenta de que vivían en una parte distinta del mundo. Cierto es que la Argentina se parecía bastante a algunas partes de Europa, más que a otras regiones del continente americano. Esto no dependía sólo de la mentalidad europeísta de los ideólogos, sino del simple hecho de que la mayoría de la población urbana del país y la gran mayoría de la clase obrera eran nacidas en el exterior (30% contra apenas 5% en Chile y en Brasil). Su aparente internacionalismo era en realidad un nacionalismo equivocado, o sea el nacionalismo de sus países de origen. En realidad hubiera sido muy difícil actuar de otra manera, pero la dirigencia podría haber hecho un mayor esfuerzo por intentarlo.

No es que el Partido se desinteresara de las masas de las zonas más periféricas y carenciadas. En Tucumán hubo un importante episodio en 1904, cuando la central obrera que integraba a socialistas y sindicalistas mandó representantes para ayudar a la organización de los trabajadores de los ingenios. Uno de ellos, Gregorio Pinto, observaba como conclusión de su experiencia en ese medio que "esos millares de hombres sufren un atraso mental tristísimo, dadas las pésimas condiciones en que viven y trabajan; de ahí que su colosal ignorancia no les permite ver su propia fuerza y no tengan fe en su directa acción, dominándoles la aferrada creencia de que si no tienen 'un hombre que los dirija' no pueden hacer  nada". Concluía, además, que era difícil sustraerse a ejercer el rol de "monarca de un estado autocrático", pero admitía que "sin ídolo no hay lucha", lo que planteaba de manera sintética la disyuntiva entre la lenta progresión organizativa autónoma y el uso de los mecanismos caudillistas más típicos de la movilización popular. El socialismo chileno, quizás por su condición "criolla", estaba más dispuesto o capacitado para usar elementos culturales tradicionales, entre ellos el caudillismo.  Además, en Chile, debido a su relativa debilidad inmigratoria, había menos diferencias étnico-culturales entre dirigentes y bases populares que en la Argentina.

En la Argentina, por otra parte, aunque los dirigentes obreros hubieran querido ejercer el rol de "monarcas", posiblemente no hubieran podido hacerlo por su formación ideológica y su práctica cultural. Para hacerlo se necesitaría que ellos hubieran tenido un status más alto que el de sus eventuales seguidores, lo que sólo más tarde se dio con el peronismo. Es así que se puede llegar a la conclusión, algo paradójica, de que el socialismo tradicional no pudo involucrar a las masas más periféricas debido a la condición modesta de sus militantes obreros, y no sólo ni principalmente al hecho de que tuvieran una orientación internacionalista.

Su puritanismo, sí, podía establecer dificultades a la comunicación. No puedo refrenar al respecto la tentación de contar una anécdota de los gráficos René Stordeur y Sebastián Marotta, durante un viaje de organización a Corrientes y otras provincias del norte en los inicios de los años cuarenta. Tras esquivar un lunch en la Casa de Gobierno, a la tarde recibieron una propuesta del sindicalista local (un tal Monzón, obviamente "pragmático", enrolado en el autonomismo local), que era quien los había invitado, y fueron "zambullidos" en el hipódromo: Cuenta Stordeur: "me acuerdo la cara de Marotta, su asombro, su desazón. Vimos una carrera o dos y le digo a Monzón: 'Bueno, nos vamos, porque Ud ve, nosotros no jugamos'. 'Bueno, dice, pero de cualquier manera nos vamos a divertir, vamos, vamos'. Salimos y enseguida nos encontramos fuera de la ciudad. En una de esas, ante una consulta, dice: 'Doña María, mande seis'. Finalmente llegamos a un llamado cabaret que era en realidad un prostíbulo, no había nadie. Le confieso que fue un momento muy desagradable, pero lo superamos y volvimos al hotel. Después de cenar nos vino a buscar de nuevo este sujeto, que era insistente, y nos llevó a los prostíbulos que estaban funcionando con todas sus galas, pero Marotta se fastidió y yo también, y le dijimos 'Mire, estamos muy cansados, lo más grande que pueden hacer es llevarnos al hotel'".

4. Rechazo sistemático a posibles alianzas con sectores de la burguesía, como el radicalismo

Una colaboración con el radicalismo hubiera sido perfectamente factible. Es gravísimo que en el momento de la reunión del Colegio Electoral en 1916 alguien hubiera soñado con la posibilidad de ganarle a Yrigoyen sumando los representantes de la derecha, más los radicales disidentes de Santa Fe y los socialistas. Esto no cuajó, y es de felicitarse por ello, porque hubiera sido un desastre para el propio partido, dejando de lado sus efectos sobre el yrigoyenismo y sobre el país en general. Es cierto que el radicalismo tenía muchas manchas, pero ellas también afeaban a sus contrarios en la derecha, aunque se pudiera argumentar que uno de los componentes de esa derecha, la Democracia Progresista, estaba menos involucrada. Pero por algo ella estaba aliada con la otra derecha, fraudulenta y corrompida, de los Marcelino Ugarte y los Benito Villanueva.

En realidad, tanto Juan B. Justo como muchos otros teóricos socialistas pensaban que en la Argentina iba a continuar indefinidamente, o por lo menos por un largo período, el enorme crecimiento y transformación de la etapa que va desde los ochenta del siglo diecinueve hasta los veinte de la siguiente centuria. En ese caso el país se acercaría, en su estructura social y política, a una Australia o un Canadá. Entonces ellos diseñaban sus estrategias para ese país futuro, no para el real del momento. Y ni en Canadá ni en Australia había nada parecido a la UCR yrigoyenista, sino simplemente un conservadorismo y un liberalismo, ambos bastante establishment, y en la vereda de enfrente un laborismo que es el modelo al cual se apuntaba también en la Argentina. En todo caso, el radicalismo, en tiempos del presidente Alvear, se podía parecer en algo al liberalismo, sin llegar a serlo. Se trataba, en los dominios británicos, de una contraposición entre dos versiones del dominio capitalista, sin ese fenómeno caudillista típico de nuestra etapa evolutiva, que se pensaba pronto superar, y con la que por lo tanto no era necesario transar.

Una excepción a este esquema simplificador era en Canadá el regionalismo quebequense. Pero un populismo en una definición exigente del término estuvo prácticamente ausente de la política canadiense durante toda su historia. Primero de todo, en Canadá no hubo nada equivalente a las variantes latinoamericanas de rebeliones masivas preindustriales, como la de Túpac Amaru o de los insurgentes mexicanos, o de populismos tempranos como los de un Artigas o un Rosas. La Union Nationale del Quebec, en todo caso, estaría en el extremo más moderado y menos movilizacionista de ese conjunto, si es que se la puede incluir en él. Pero sin duda que al canalizar sentimientos ampliamente difundidos entre la población de origen francés, inclusive de los sectores más carenciados, dificultaba el surgimiento de un laborismo.

En esta excursión comparativa hay que agregar que en Canadá, como en las otras posesiones británicas de asentamiento, la población provenía en su gran mayoría del país que tenía el más alto grado de desarrollo tecnológico en todo el mundo, u otros de nivel parecido como Alemania o Escandinavia. Esto era claramente así a mediados del siglo XVIII, pero ya desde antes los inmigrantes traían la influencia actitudinal de la Reforma protestante, que tiene bastante que ver con la adaptación a una sociedad capitalista e industrial moderna. En nuestro caso, en cambio, ni los primeros colonizadores ni los que vinieron después traían ese bagaje mental, aunque ganas de trabajar no les faltaban, pero eso no es suficiente.

En lo referente a inmigración, se puede aquí recordar haciendo una excursión al continente australiano, que en esa región la proporción de la población nacida fuera del país era parecida a la de la Argentina, pero se trataba siempre de ciudadanos de la potencia colonial, de la cual Australia, Nueva Zelanda (y Canadá) eran como extensiones en el espacio. O sea no existía una pérdida de la nacionalidad. Apenas bajados del barco, los inmigrantes eran ciudadanos, sin necesidad de ningún trámite especial.

En la Argentina lo más parecido a un liberalismo fue el partido o los partidos organizados por Bartolomé Mitre (Liberal, Unión Cívica Nacional), o la derecha del radicalismo, encarnada en personajes como Bernardo de Irigoyen, y luego los antipersonalistas de cuño alvearista. Pero ambos grupos fueron débiles y fugaces. En cuanto a la Unión Cívica Radical, en sus principales cohortes yrigoyenistas, ella no fue un verdadero partido Liberal, por  faltarle suficientes lazos con una sólida burguesía. Fue más bien un populismo movilizacionista, aunque moderado, por comparación con el peronismo, pero que puso en aprietos a la clase dominante argentina. Su apelación populista, por otra parte, competía en buena medida con el socialismo, cosa que no ocurría en igual medida con las variantes de liberalismo anglosajón.

5. Fracaso en integrar a corrientes potencialmente afines aunque disidentes, como el "sindicalismo  revolucionario"

El sindicalismo revolucionario, que de revolucionario tenía muy poco y de pragmático bastante, era un fenómeno que también tenía sus cultores ideologistas, como Georges Sorel, pero que de hecho se parecía más que nada a un sindicalismo apolítico, como el que imperaba en los Estados Unidos (aunque su modelo era el francés).  Los sindicalistas —que así, a secas, se llamaban a sí mismos en la Argentina, dejando de lado el apelativo de revolucionarios— tenían una obsesión, que consistía en rechazar la acción política electoral, basada entre otras cosas en la sospecha de que los dirigentes y también los intelectuales en el fondo tras llegar al poder se transformarían fácilmente en explotadores de las masas trabajadoras. Muy desacertados no estuvieron al predecir que eso ocurriría en la Unión Soviética, pero en lo que se refería a la experiencia socialdemócrata, en la cual en la práctica estaban inmersos a través de su lucha gremial, ellos actuaron con el peor sectarismo y con poca prudencia (reciprocadas, por cierto, del otro lado).

El purismo ideologista de los teóricos del Partido les dificultaba ser condescendientes con estas "desviaciones" del sindicalismo soreliano, y no faltaron oportunidades para señalar la conversión de algunos de sus representantes en Italia al fascismo (y luego, al peronismo). Pero no faltaron ejemplos de socialistas de relieve que tuvieron la misma trayectoria, tanto en Italia como en la Argentina, incluyendo al famoso Enrico Ferri, que tanto se había interesado en el fenómeno rioplatense (aunque bastante equivocadamente, pero ése es otro tema). Las extrañas combinaciones que se pueden dar en situaciones de violencia son infinitas. En Italia, durante la dannunziana República de Fiume, aventura en la que participaron muchos filofascistas, se pensó seriamente en conseguir apoyo del mismísimo Enrico Malatesta, que en esos momentos estaba ensayando su propia revolución en Ancona. Con esto no quiero echar sombras sobre la reputación del dirigente anarquista, de quien no se consiguió respuesta (al menos que se sepa), pero el hecho de que a alguien se le haya ocurrido la idea es indicativo de que en esas ocasiones el "espíritu de combinaciones" de los zorros paretianos supera a las más sólidas trayectorias de los leones. Francesco Saverio Nitti, al frente del gobierno en ese entonces, pensaba que había "evidentes concomitancias".

Los sindicalistas, a pesar de su aversión a transitar los pasillos del poder gubernamental, no dejaron de entenderse con Yrigoyen hasta convertirse en uno de sus principales apoyos. Así, las peculiaridades de la lucha sindical pragmática que en el fondo se parecían mucho a las de Samuel Gompers en los Estados Unidos, se combinaban con los entendimientos con el yrigoyenismo. Todo muy comprensible, pero la política no es un seminario en la Universidad de Oxford. Juan B. Justo quizás podría decir que él estaba perfectamente consciente de eso, y seguramente que a nivel abstracto lo estaba. Pero desgraciadamente se orientaba a hacerlo con los parámetros del país en que creía que la Argentina se estaba convirtiendo, o sea una nueva Australia. Pero eso no ocurrió. No es mi intención culpar a Justo de no haber previsto el futuro tan aciago que tuvo la humanidad a partir de la crisis del treinta, pero de todos modos hay que señalar los errores, por cualquier causa, eventualmente justificada, que ellos se hayan cometido. Y aunque nadie puede prever el futuro, lo que sí puede hacerse ahora es analizar el pasado y hacer algunas expediciones contrafácticas en ese terreno para sacar las necesarias conclusiones.

6. Fracaso en integrar a sectores intelectuales o tecnocráticos, que podían tener perspectivas y formas de actuar independientes

Éste es un tema particularmente delicado y controversial y debo internarme en él con un poco del "temor y temblor" con el cual Kierkegaard recomendaba acercarse a Dios, y yo pretendo usar para encarar las críticas de los lectores más de izquierda que puedan tener estas páginas. Esto es porque estoy proponiendo nada menos que la conveniencia de haber mantenido en el Partido a los Pinedo y los De Tomaso, como antes a un Bialet Massé o un Lugones. Admito que esto último es un poco limítrofe, pero me mantengo en lo que dije sobre los que luego se convertirían en Socialistas Independientes. Es que las actitudes de la gente dependen mucho del contexto y de la oportunidad. Al fin y al cabo y viajando en sentido histórico inverso, no podemos olvidar que Raúl Prebisch empezó como parte del trust de cerebros de la Década Infame para terminar su vida proponiendo versiones avanzadas de socialismo.

Dicho de otra manera: mi crítica al Partido, en éste como en otros temas, es el de no haber sido suficientemente reformista, suficientemente laxo en el control sobre sus miembros y representantes. Un poco de disciplina se necesita en cualquier partido, pero hay una proporción exacta, que es distinta en cada país y en cada contexto. Desgraciadamente, el Partido no siempre acertó en la dosis necesaria.

Si se me permite una anécdota personal, debo decir que hace bastantes años, cuando retorné de Gran Bretaña, donde había sido miembro tanto del Partido Laborista como de la Sociedad Fabiana, propuse a autoridades del Partido la formación de una sociedad de ese tipo, que debía actuar, por supuesto, con independencia. La Dra. Alicia Moreau  me dijo, de la mejor manera posible, que eso hubiera sido perjudicial, pues estimularía el disenso y la lucha interna dentro del Partido, por más que esa otra organización intelectual/tecnocrática fuera independiente de él, o quizás justamente por eso. Pero las luchas internas no tuvieron nada que ver con una asociación de ese tipo, que desde ya no existió. Y si hoy se formara una, lo más posible es que contribuiría a la unidad de facciones y al estudio de posibles tácticas de acercamiento a otras formaciones ideológicas.

7. Excesiva creencia en los determinismos históricos

Esta, claro está, es compartida por otras formaciones de orientación socialista, tanto comunistas como socialdemócratas, y es la impronta básica dejada por Karl Marx. La fantasía de acoplarse a una locomotora histórica es irresistible, pero el problema es estudiar hacia dónde va esa locomotora. El evolucionismo spenceriano por supuesto también opera en esta dirección, principalmente para la burguesía. Hoy día ya ni los liberalismos ni los socialismos creen en eso, nueva actitud a la que se han visto forzados a fuerza de golpes. La creencia en fuerzas supraindividuales que nos iban a llevar a un mundo mejor hacía menos necesaria la laboriosa búsqueda de estrategias, aliados, desvíos y atajos que a veces hay que tomar para llegar a destino. Esa compleja trayectoria podía fácilmente ser condenada como oportunista. Lo necesario —dentro de esta perspectiva— era acertar en establecer la dirección en que avanzaría la locomotora. Y la doctrina, la pureza ideológica, la exacta interpretación de los textos canónicos, son lo que se creía que eran necesarias para acertar. ¿Pero y si los textos eran libros vacíos en cuanto a dar esas señales, o las daban equivocadas?

Pasemos ahora a las tareas en que se fracasó pero en las que realmente hubiera sido muy difícil tener éxito, a saber, las relaciones con el anarquismo y con el peronismo, para terminar de manera un poco más optimista con una mirada hacia alternativas futuras.

8. La relación con los anarquistas

Hubiera sido ideal poder establecer relación con los sectores moderados y "organizadores" de esa corriente, pero la verdad es que era muy difícil hacerlo, por el sectarismo y la violencia en que a menudo incurrían. No critico, entonces, al Partido Socialista por no haber establecido una relación de acción conjunta con ellos, aunque me habría gustado que hubieran podido hacerlo. No es que los anarquistas hayan sido totalmente incapaces de aliarse con otros sectores de diversa ideología. Pero para hacerlo era necesario entrar en la vía violenta. En México existía un curiosamente llamado Partido Liberal Mexicano, realmente una organización filo anarquista donde militaban los hermanos Flores Magón. Durante la insurrección de Francisco Madero los anarquistas, en exilio en los Estados Unidos, se dividieron entre quienes intentaron una fracasada revolución propia en la Baja California y quienes se plegaron al maderismo y más tarde formaron los Batallones Rojos que militaron bajo Venustiano Carranza y eventualmente se enfrentaron con los seguidores de Emiliano Zapata. El temor a una convergencia anarquista-radical estaba bastante difundido en la Argentina y no sería raro que esa aprehensión estuviera detrás del programa de Roque Sáenz Peña de abrir las compuertas del voto. Con esa medida se dejaría pasar a los Radicales por una puerta que los anarquistas no estaban dispuestos a franquear, aunque seguramente se hubieran plegado a una lucha armada que nunca se sabía cómo podía terminar. Viendo las cosas desde la otra orilla, tras el fracaso de la intentona radical de 1905 y de la milagrosa "escapada" de Roca de caer preso, Ernesto Tornquist felicitaba al ex presidente y alarmado exclamaba: "¡Qué habría sucedido si triunfan estos locos y los 5 ó 10.000 anarquistas se hubieran armado!; ¡La comuna!; y adiós Caja de Conversión, bancos, etc….". Exagerado, pero señal de los tiempos que corrían.

9. La relación con el peronismo

Por motivos distintos a los que aduje para el anarquismo, hubiera sido casi imposible establecer buenas relaciones con este movimiento en sus momentos iniciales y aún bastantes años después. Por lo tanto, no culpo al partido por no haberse entendido con ese fenómeno de masas, aunque algunos en el continente lograron colaborar con fenómenos populistas parecidos. La socialdemocracia en la Argentina venía bastante bien posicionada al iniciarse los años cuarenta. Como en cualquier país del mundo donde ella era fuerte, estaba escoltada en su periferia por grupos más extremistas, o más entusiastas, o más inexpertos, pero que en el fondo derivaban de un tronco común. En la Capital Federal a menudo obtenía votaciones mayoritarias y en el resto del país, a pesar de la dificultad de operar en medios muy rurales o de atraso social, había conseguido ciertos enclaves significativos. Hubo intendencias socialistas desde Neuquén a Resistencia, incluyendo el distrito industrial de Mendoza, Godoy Cruz y una mayoría partidaria en la misma capital andina y la clásica Mar del Plata, aparte de numerosísimos casos de concejales distribuidos a lo ancho y largo del país.

El sindicalismo, nucleado principalmente en la Confederación General del Trabajo, era de clara hegemonía socialista (ligada al partido o a escisiones como el Socialismo Obrero), a pesar de los núcleos anarco-sindicalistas que aún se mantenían y de la fuerza que estaba demostrando el comunismo en algunos gremios de crecimiento reciente. Las giras de organizadores sindicales al Interior habían sido frecuentes, desde comienzos de siglo, aunque tenían que enfrentar innumerables resistencias y tradicionalismos, no sólo de las elites locales sino de la misma masa trabajadora. No es que los teóricos socialistas, o sus activistas de base, se negaran a "cruzar la General Paz", mito que caló muy hondo por mucho tiempo entre quienes parecerían desconocer la problemática de la organización obrera autónoma. Pero, como vimos más arriba, aunque se cruzara esa imaginaria avenida (inexistente en aquellos tiempos), luego era muy difícil operar en un medio que exigía mayores dosis de verticalismo que las que podían implementar un conjunto de obreros autodidactas y profesionales pequeño burgueses quizás demasiado puritanos e ideologistas.

El hecho es que el peronismo consiguió enraizar en la población trabajadora del país una fórmula política bien distinta a la clásica socialista, aún cuando en alguna manera emparentada con ella. El caudillismo popular, con un jefe carismático, demostró ser más adaptado a la realidad del país, que se estaba transformando, haciéndose más nativo y nacionalista, en parte por la emergencia a la escena pública de amplios sectores antes sumergidos y por la reacción de muchos hijos de inmigrantes europeos ante el extranjerismo de sus mayores. Puede discutirse hasta qué punto los cuadros dirigentes sindicales adhirieron al nuevo movimiento, tema en el que hay una conocida y polémica literatura que no es del caso ahora repetir. Pero lo que está fuera de duda es que el peronismo incorporó a una mayoría de la clase obrera, vieja o nueva, capitalina o del Interior, migrante interna o asentada en los barrios.  ¿Cómo interpretar, entonces, estos hechos?
 Desde los varios partidos de izquierda y de la oposición se pensó que se estaba ante un fenómeno parecido al que en Europa volcó grandes masas hacia el fascismo o el nazismo. La propaganda antiperonista afirmaba esto y sin duda la intelectualidad de izquierda, moderada o no, democrática o no, también lo pensaba. Sin embargo, el movimiento peronista era distinto a esos patrones europeos, y hubiera sido más fácil entenderlo apelando al caudillismo latinoamericano, que al bonapartismo europeo o a su supuesta reviviscencia fascista. Es cierto que en el seno del nuevo movimiento militaba un buen número de simpatizantes de los modelos totalitarios de derecha europeos, sobre todo al nivel de dirigencias no obreras. Pero incluso en la masa inmigratoria no muy politizada, la simpatía hacia los regímenes que gobernaban en sus países de origen era bastante grande, de manera que cuando la oposición acusaba a Perón de ser fascista, eso no necesariamente predisponía a gran parte del electorado —o de sus padres y tíos venidos de ultramar— en contra del Coronel del Pueblo y General de la Nación.

De todos modos, al concebir al peronismo como un fascismo, la izquierda se incapacitaba para luchar adecuadamente contra él. Entre otras cosas, pensaba que se trataba de un proceso en buena parte derivado del monopolio de los medios de comunicación y de algunos años de prosperidad repartida. Si se conseguía voltear a Perón, “muerto el perro, moriría la rabia”, y la gente comenzaría a despertar de su alucinación por un demagogo hábil y sin competencia en el acceso a un público amplio. También, ante un caso de fascismo en el poder, se justificaba la alianza con la derecha y el recurso a los militares para instrumentar un golpe libertador.

Estas actitudes, derivadas de una mala interpretación sociológica sobre la naturaleza del nuevo movimiento de masas, hicieron cada vez más amplia la brecha entre los equipos dirigentes e intelectuales de la izquierda clásica y el peronismo. Al reafirmarse, ya a fines de los años cincuenta, la solidez del apoyo popular a Perón y la naturaleza poco democrática de los militares o la nada sólida legitimidad de sus continuadores civiles, comenzó un replanteo intelectual acerca de "qué es el peronismo". Este replanteo se realizó en ambientes que en la mayor parte de los países del mundo son socialdemócratas o cercanos a esa posición, o ligados sobre todo en etapas juveniles, a expresiones más de izquierda. En la Argentina toda esa constelación de gente estaba particularmente desorientada en cuanto a sus preferencias político-partidarias y aún ideológicas, ante el drama, que parecía ser típicamente argentino, del desencuentro entre clase obrera e intelligentsia. Ni en Chile ni en Uruguay existía ese desencuentro e incluso en Brasil los vínculos entre esos dos sectores eran mayores.

10. La búsqueda de nuevas posiciones en la izquierda

Todo esto hizo buscar salidas nuevas, supuestamente originales, una de las cuales era la adhesión pura y simple al peronismo. Ésa fue adoptada al comienzo por minoritarios grupos de orientación trotskista o socialista de izquierda, que adoptaron la vía del nacionalismo revolucionario inspirado también en lo que parecía ser la pauta en países del Tercer Mundo al que se consideraba desafiantemente que la Argentina pertenecía. Es así que una escisión socialista, titulada Partido Socialista de la Revolución Nacional, se separó del viejo partido en 1953, incluyendo al veterano aunque un poco viejo y desilusionado Enrique Dickmann. Otros adoptaron cada vez más ideas de un nacionalismo criollo, al que se le buscaban raíces nada menos que en el rosismo, hasta hacía poco cultivado sólo por la derecha más extrema. La creencia en la "democracia burguesa", por otra parte, se debilitaba cada vez más y se veía refrendada por lecturas de Marx no siempre adecuadas ni ambientadas en su contexto histórico y desde ya por una nueva fascinación por el leninismo y por el modelo fidelista que demostraba que todo eso no era una mera imaginación utópica.

La búsqueda de nuevos modelos se dio también en ambientes más moderados y de mayor formación profesional, como los de la Cepal en Chile —que reunía a una brillante intelectualidad a escala continental, desde un Raúl Prebisch a un Fernando Henrique Cardoso — o de las carreras de ciencias sociales en las universidades nacionales, con personajes como Gino Germani y José Luis Romero.

José Luis Romero, afiliado al Partido Socialista, mantuvo su antiperonismo, aunque crítico, y acompañó a la escisión denominada Socialismo Argentino, para diferenciarse del "Democrático" de confesión radicalmente antiperonista. En su libro sobre Ideas políticas en la Argentina había caracterizado al peronismo como un fascismo, lo que es un poco extraño dado que en el mismo volumen había ubicado al rosismo como un caso de "democracia inorgánica", cuando que tan democrático no era, o en todo caso lo era en un sentido parecido al del peronismo debido al apoyo popular del que al parecer gozó. Bien podría haber usado ese concepto para aplicárselo al peronismo, pero no lo hizo.

En ambientes latinoamericanos también cundían nuevas ideas, que incluían el apoyo de los Socialistas Populares chilenos a la candidatura presidencial del ex dictador Carlos Ibáñez en 1952 o la participación del dirigente del pequeño Partido Socialista colombiano Antonio García en el gobierno autoritario pero reformista del Gral Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957). En Brasil la intelectualidad se acercaba cada vez más a los sectores de izquierda varguista, encabezados por João Goulart, quien casi lleva al país a una revolución social en 1964, no necesariamente por intención pero sí como resultado no anticipado de su accionar. Y desde ya el ejemplo de Fidel Castro, quien llegó al poder de manera poco convencional para los parámetros de la época, hacía pensar que cualquier nueva combinación podía tener éxito. Por ejemplo, formar guerrillas bajo la advocación del peronismo, interpretado como más de izquierda, basándose en la evolución de su líder hacia posiciones de socialismo nacional.

Como se señaló antes, el exilio durante la "década de plomo" de los avanzados años setenta e inicios de los ochenta y la reconsideración no sólo de los fracasos sino de los errores cometidos, vio proliferar los reanálisis, y en algunos casos los mea culpas. También esto fue ayudado por el reverdecer de la socialdemocracia en Europa, superada su posición excesivamente ligada a la Guerra Fría, y su extensión a diversos países de América Latina, con el aprismo en Perú, Acción Democrática en Venezuela, Liberación Nacional en Costa Rica, y en años posteriores aún el Sandinismo nicargüense y el Trabalhismo brasileño.

De golpe, también en la familia socialdemócrata había caudillos por embarazoso que esto fuera para algunos clásicos pensadores de esa corriente. Figuras como las de Haya de la Torre, Betancourt, Figueres y aún los Ortega en Nicaragua, Brizola en Brasil y el hijo de Cárdenas en México pasaban a formar parte del panteón de la Internacional Socialista. No es que todos ellos o sus correligionarios estuvieran libres de manchas: pero justamente en eso radicaba su aporte. ¿Podría la más reciente estrategia de marketing de la Tercera Vía incorporar, aunque fuera retroactivamente, a los Roosevelt, los Frei (padre e hijo) o los Perón? El inexorable sucederse del devenir histórico es el que dará una respuesta.
La tendencia a la polarización derecha-izquierda debería también verificarse en la Argentina, aunque no necesariamente basada en un claro bipartidismo (como en los Estados Unidos, Gran Bretaña o España), pero sí en una bipolarización de coaliciones de derecha e izquierda (como en Chile, Italia y Francia). Eso todavía no está ocurriendo, y para que suceda es necesario que el peronismo se divida de manera más definitiva y que el radicalismo pierda a sus componentes más conservadores, que los hay.
En fin de cuentas, la socialdemocracia argentina, reconstituida en sus cuadros intelectuales y en algunos de su dirigencia política después de cincuenta años en el desierto, debe prepararse para volver a jugar en primera división. Para esto debe incorporar buena parte del electorado y de la actual dirigencia justicialista. No se trata de enrolarlos en el Partido, sino simplemente de dejar que las evidencias internacionales los convenzan de cuál es el lugar que, dándose cuenta o no, ellos realmente ocupan en el espacio ideológico y de que la Argentina está en el mundo.

Eso se puede hacer de diversas maneras. Una, la más fácil de contemplar desde un punto de vista ético y de pureza partidaria, es seguir con la propagación de las propias ideas y esperar a que los electores peronistas vayan adoptando estas mismas convicciones, como en alguna medida ha ocurrido en el Brasil con el PT de Lula. Pero hay que tener en cuenta que en ese país el proceso de sustitución fue más fácil, pues el varguismo nunca caló tan hondo en la clase obrera como el peronismo en la Argentina, por la diferencia en estructuras sociales de ambos países. En  Brasil el varguismo popular ocurrió en una isla urbana en un mar rural, lo que facilitó el cambio de camiseta cuando el país cambió. En la Argentina es más difícil que ello ocurra y en todo caso sería un proceso demasiado largo. Tan largo que quizás el caminante se muera antes de llegar a la meta, como en los Estados Unidos.

Una versión cercana a este modelo "principista" es el de ir incorporando, no como afiliados pero sí como aliados, a algunos dirigentes y grupos medios, desde los Sabbatella y los Pino Solanas hasta los restos del Frepaso y los disidentes del ARI encabezados por Macaluse. Esto está claramente en el orden del día aunque los personalismos seguirán oponiendo resistencia por algún tiempo. Pero si la convergencia uruguaya en el Frente Amplio fue posible, ¿por qué no pensar que algo así puede ocurrir en la Argentina? Se trataría de la formación de un importante sector de centro izquierda no peronista, dispuesto, eso sí, a una política pragmática de alianzas.

La tercera vía, que es a mi juicio la más fructífera y que no es incompatible con la anterior sino su continuación, consiste en prepararse para participar en coaliciones explícitas de mayor amplitud, con sectores fuertes del peronismo, como el encabezado por los Kirchner, manteniendo cada uno una identidad partidaria propia, como la Concertación chilena. Al haber perdido el gobierno nacional la mayoría en el Congreso, en 2009, se hace más fácil, quizás imperioso, establecer esta alianza.
En Brasil, en el fondo, algo parecido ha ocurrido. Las bases de la socialdemocracia en ese país se han construido sobre la alianza entre el Partido dos Trabalhadores de Lula y la izquierda varguista, dirigida por el “caudillo” Leonel Brizola, quien, bueno es recordarlo, sistemáticamente apoyó a Lula en las segundas vueltas de sus varias campañas presidenciales (salvo la última, por haber perdido Brizola ya casi todo su caudal electoral). Quizás con esto Brasil también ingrese algún día a la "normalidad", o la "seriedad" si se prefiere ese término, donde Chile y Uruguay ya están hace rato. Y no es imposible que en un futuro no demasiado lejano la Argentina también presente, junto al Brasil, su ficha de entrada a ese afortunado club.

Alfredo Palacios

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