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EL DEBATE JUSTO-FERRI y LA CUESTIÓN DE LAS ALIANZAS POLÍTICAS

En este artículo nos proponemos abordar una de las polémicas clave de la historia del movimiento socialista en la Argentina: la que en­frentó al líder y fundador del Partido, Juan B. Justo, con el célebre criminólogo y diputado socialista italiano Enrico Ferri. Creemos que volver sobre este debate es importante no sólo por el hecho de que en él Justo arti­culó con especial claridad su concepción del socialismo y su relación con la historia y las características estructurales de la sociedad argentina -en parti­cular la centralidad que en ella adquiría la “cuestión agraria”-, sino también porque en ella se hacen visibles algunos de los obstáculos que la propuesta del líder socialista colocó en un posible camino de alianzas políticas.
La polémica Justo-Ferri/I: ¿puede haber socialismo en la Argentina?
Desde el principio los dirigentes del Partido Socialista argentino, en particular Juan B. Justo, habían manifestado una fuerte desconfianza hacia las discusiones doctrinarias, la que se acentuó al intensificarse la disputa de los sectores sindi­calistas -cuya diferencia respecto a las posiciones del partido se juzgaba como dogmática-y reaparecería cada vez que desde las filas partidarias se solicitara una mayor definición de los fundamentos teóricos de la acción del Partido1.
1-La posición oficial afirmaba que los partidos eran fuertes por lo que hacían y practicaban y no por lo que decían; el partido debía preocuparse por no ser confundido “con una secta cualquiera” por lo que debía huir del sectarismo y, apoyándose en los acuerdos sobre cuestiones concretas, abandonar la búsqueda de “aquellos puntos sobre los cuales no están de acuerdo para dividirlos más de los que están y esterilizar su acción en inútiles e interminables discusiones”. (LV; 26-8-06) El artículo –lo mismo queelanteriorensayo de Justo elogiando el“realismo ingenuo”-dejabaver la confianzaen unsentido común, que permitía alcanzar acuerdos razonables, y el rechazo respecto de las disquisiciones teóri­cas que, se temía, exacerbarían las divisiones en las filas socialistas.
Sin embargo la intervención de Ferri, cuestionando la posibilidad de la exis­tencia de un Partido Socialista en una sociedad como la Argentina, obligaría a Justo a pasar al terreno doctrinario para refutar las objeciones y sintetizar su visión de la acción socialista.
Enrico Ferri, célebre criminólogo positivista italiano, importante líder del Partido Socialista Italiano y sostenedor de una reflexión que pretendía re­unir –como rezaba el título de uno de sus libros publicado en Roma en 1894- Socialismo y Ciencia Positiva, visitó la Argentina entre julio y oc­tubre de 1908. Los socialistas saludaron su visita; “La Vanguardia” reseñó cada una de las conferencias que sobre los más diversos temas el italiano fue dando en diversos puntos del país. Se esperaba un discurso laudatorio, por lo que fue muy grande la sorpresa en el teatro Victoria- en el que el 26 de octubre de 1908 tuvo lugar la conferencia- cuando Ferri expresó su posición.
Ferri comenzó su alocución anticipando que tal vez sus opiniones no gusta­rían a todos los socialistas argentinos, aunque, agregó, algunos las compar­tieran2. El Partido Socialista, declaró Ferri, era útil al país y el único que tenía un verdadero programa, sin embargo, continuó, no surgía de la realidad del país sino que era importado de Europa por los inmigrantes. Planteó, a con­tinuación, que la Argentina se encontraba en la “fase agropecuaria” y no en la industrialista en la que se hallaba la Inglaterra que había estudiado Marx, agregando que el proletariado era “un producto de la máquina a vapor y sólo con el proletariado nace el Partido Socialista, que es la fase evolutiva del pri­mitivo Partido Obrero” (en Justo 1947, 238). No existiendo industria, sostuvo Ferri con un fuerte determinismo, no podía existir proletariado, y sin éste no podía haber un Partido Socialista. El que aquí se tenía por tal, sostuvo ante la indignación de la mayor parte de los oyentes, era un “partido obrero” en su programa económico y un “partido radical” en su programa político, ya que los radicales no cumplían esa función. Lo que permitía definir a un partido como socialista, sostuvo, era la propuesta de la propiedad colectiva. Como no se había entrado en la fase industrial, no podía existir un partido socialista que debía estar compuesto de proletarios industriales o agrícolas. Justo le respondió describiendo una sociedad moderna, ligada al mercado
2-Entre estos se encontrarían sus corresponsales Ugarte y Palacios, pudiéndose ver la respuesta de Justo como una crítica también a ellos y a un grupo de miembros del partido que buscaban transformarlo en un partido de clara orientación liberal reformista.
universal, pero cuya política estaba en manos de partidos efímeros y sin programas, de los que sólo se diferenciaba “el partido de la clase más nu­merosa de la población”, el Partido Socialista. Sin embargo, se indignaba Justo, Ferri sostenía dogmáticamente que el único partido que existía era el único que “no tenía razón de ser”. Esto se derivaba de lo que Justo cali­ficó como la “ciencia de pacotilla” del italiano -quien en lugar de ampliar a partir de la experiencia su concepto del socialismo, dictaminaba aprio­rísticamente que, como no había proletariado industrial, no podía haber socialismo- a lo cual Justo contrapuso las consideraciones de Marx acerca de la “teoría moderna de la colonización”, explicando que el proletariado no era “producto de la máquina de vapor”, sino que ya se había desarrollado en Europa desde antes de dicha invención como resultado de la disolución de la sociedad feudal, del desalojo de los campesinos y de la usurpación de tierras comunales. La relación entre burgués y proletario no surgía del desarrollo técnico sino que era, en su inicio, obra del despojo violento y de leyes inicuas. Siendo el capital una relación social y no dinero o medios técnicos había surgido el problema de cómo expandirlo a “vastas tierras vírgenes despobladas....¿cómo crear en las colonias la clase de trabajadores asalariados necesaria para la explotación capitalista?” (ibid : 242). El pro­blema se había resuelto teórica y prácticamente con la implantación de la colonización capitalista sistemática a la que Justo describía siguiendo casi textualmente a “El Capital”:
“Consiste en impedir a los trabajadores el acceso inmediato a las tierras li­bres, declarándolas de propiedad del Estado, y asignándoles un precio bas­tante alto para que los trabajadores no puedan desde luego pagarlo. Nece­sita entonces el productor manual trabajar como asalariado, por lo menos el tiempo preciso para ahorrar el precio arbitrariamente fijado a la tierra, especie de rescate que paga para redimirse de su situación de proletario. Y con el dinero así obtenido, el Estado se encarga de buscarle reemplazante, fomentando la inmigración, el arribo de nuevos brazos serviles.” (ibid, 243). Justo explicaba que, en base a ésta “acaparación” monopólica de la tierra, había surgido: “una clase proletaria, que trabaja en la producción agrope­cuaria,....; en (las) vías férreas; en el movimiento de carga de los puertos,... en la construcción de las nacientes ciudades; en los frigoríficos, en las bo­degas, en los talleres, en las fábricas” (ibid, 243).
Un elemento a puntualizar es que Justo no está citando a Marx mismo sino tomando las referencias que éste hace a Wakefield, quien postula la nece­
sidad de un plan sistemático para algo que para el autor de “El Capital” es resuelto principalmente por la dinámica económica del propio capitalis­mo. Es cierto que Marx cita en extenso la teoría de la colonización firmada por Wakefield pero considera que, en los casos en que se la quiso aplicar ésta fracasó ignominiosamente. Agrega que el progreso del capitalismo en Europa, que motiva la gran emigración de Europa a Estados Unidos, que “empuja hombres allí, en el mercado de trabajo, más rápidamente de lo que puede barrerlos la ola emigratoria que los empuja hacia el Far West” (Marx, 1986: 966), junto a la sobrecarga de impuestos que deriva en la especula­ción de tierras, hicieron innecesaria la “receta de Wakefield”. Con respecto al caso australiano considera que “el desvergonzado despilfarro de tierras vírgenes coloniales regaladas por el gobierno inglés a aristócratas y capi­talistas” (ibid, 966-967) sumado a la fiebre del oro y la competencia de las mercaderías importadas serían los elementos que llevaron al surgimiento del proletariado y aún de un amplio ejército de reserva.
La diferencia de posiciones se hace más clara si tomamos en cuenta los puntualizaciones que hace Justo en su obra teórica más ambiciosa “Teoría y práctica de la Historia”, publicada en agosto de 1909. El capítulo que trata de la lucha de clases concluye retomando la cuestión de “la colonización sistemática” y lo hace en forma distinta a la de Marx; mientras éste coloca el centro de su explicación en la lógica económica, Justo da más peso a las políticas públicas hablando incluso de “la creación artificial de un proleta­riado por el doble procedimiento de dificultar el establecimiento de pro­ductores libres y favorecer el arribo de brazos serviles” (Justo, 216). Luego de plantear el contraste entre Estados Unidos y Sudamérica3, Justo aborda el caso australiano para sostener, a diferencia de lo planteado por Marx, la existencia de un proyecto estatal de colonización sistemática. Este, explica siguiendo casi textualmente la mirada de Wakefield, buscaba encarecer la tierra con el fin de impedir “a los trabajadores el acceso inmediato a las tierras libres” obligándolos a trabajar como asalariados hasta que reunieran recursos para comprar tierras; finalmente estos recursos eran empleados para traer nuevos inmigrantes. Pero, como ya se había hecho claro en el debate con Ferri, la referencia a Australia no era un rasgo de exotismo sino
3-El texto presenta, en forma algo estereotipada, a Estados Unidos como “un país de chacras”, en tanto Sud América es vista como “un continente de latifundios, donde los títulos de propiedad con­seguidos por los especuladores y favoritos del gobierno han valido siempre más que los derechos de los pobladores de la frontera” (Justo, 215).
que Justo creía que el modelo se había aplicado aún más vastamente en Sudamérica. Por un lado el Estado, al construir ferrocarriles o garantizar los préstamos tomados para su construcción, ha empleado sus recursos en la valorización del suelo que ya había sido “acaparado por la clase alta”. Por otro, explicaba, los gobiernos mantenían en Europa agencias de propagan­da para atraer inmigrantes a los que además les pagan los pasajes. Además los Estados financian estos y otros gastos, muchos de los cuales también se dirigen a sostener a los empresarios, con la “acuñación de moneda feble” y con una red de impuestos indirectos que suelen asentarse sobre los artícu­los de consumo, dejando casi intocadas “las ganancias del capital, la renta de la tierra, el enorme incremento de la renta del suelo” (217). El resultado de estos regímenes plutocráticos es “la formación de un proletariado ur­bano y rural, que políticamente equipara en cierto grado a estos pueblos nuevos con las viejas sociedades europeas donde se inició la época histórica capitalista” (217).
Resumiendo, podemos ver que el planteo de Justo es más “politicista”, da gran importancia a la acción de los gobiernos en un proceso que, en cam­bio, Marx analiza como resultado de la dinámica necesaria del despliegue del capitalismo. Lo que Justo toma del planteo marxista es la idea de que el modo capitalista de producción presupone el aniquilamiento de la propie­dad privada que se funda en el trabajo propio. Y, confrontando con Ferri, es esta imposibilidad, del acceso a la propiedad individual en las condiciones presentes derivada de la “acaparación de la tierra”. Por otro lado, la expli­cación más “política” del fenómeno, le permite postular soluciones refor­mistas al mismo: si la acción de un Estado controlado por los terratenientes ha sido fundamental para el acaparamiento de las tierras4, la acción de un Estado democratizado por la acción socialista hará posible el desarrollo de nuevas relaciones sociales en el campo. Así, esta centralidad de la política es
4-La adopción de la teoría de la colonización sistemática y el énfasis que ésta coloca en la restric­ción del acceso a la tierra como elemento decisivo en la constitución del proletariado es un elemen­to importante en la lectura de Justo de la historia argentina ya que le permite releer las luchas gau­chas como luchas populares que resistían la apropiación de la tierra por los sectores dominantes. En este punto las ideas de Justo, ya planteadas en la conferencia “La teoría científica de la historia y la política argentina”, dictada en 1898, serían continuadas en otro de sus textos doctrinarios más im­portantes, el artículo “El socialismo argentino” publicado en 1910. Como en la conferencia de 1898, recorría la historia argentina para proponer al socialismo como el continuador y profundizador de sus tendencias más progresivas, subrayando las continuidades y rupturas entre las luchas de clases de los gauchos del pasado y las de los trabajadores de su tiempo.
un presupuesto para la mirada socialista sobre la “cuestión agraria”5.
La polémica Justo-Ferri/II: la cuestión de las alianzas
Pero Justo no sólo discutió con Ferri acerca de la existencia o no del prole­tariado en Argentina sino que, lo que ha sido menos abordado por quienes analizaron la polémica, cuestiónó también otro de los elementos centrales de la argumentación del italiano; la “distinción trivial” entre partido obrero y partido socialista. Justo recordó que ésta era opuesta a lo planteado por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista quienes destacaban que los co­munistas no formaban un partido distinto de los demás partidos obreros y planteaban que las posiciones de éstos debían adaptarse a la situación de cada país. Justo apelaba a Marx para subrayar que no todos los países de­bían recorrer las mismas etapas, afirmando que así como en la Argentina no se había producido una extrema subdivisión de la tierra, también era “infinitamente improbable que en nuestra evolución política no haya lugar para el partido radical a la franco-italiana que nos receta el señor Ferri” (ibid, 247). Justo creía que lejos de lamentarse por la falta de un partido ra­dical a la europea o de intentar convertirse en tal el socialismo debía “llevar a su madurez de juicio a los radicales doctrinarios que haya en el país; hagá­mosles sentir y comprender que su puesto está en nuestras filas” (ibid, 249). Era el socialismo quien –dada la inexistencia de fuerzas políticas orgánicas hacia las tareas de transformación social agrarias- debía tomar a su cargo las tareas democratizadoras del inexistente reformismo pequeño burgués y campesino, dedicando su esfuerzo a la política agraria orientada enrolar a los trabajadores del campo para modificar la estructura agraria y acelerar la evolución técnico-económica del país. Las ambigüedades que suscitaba este doble papel del partido pronto se hi­cieron notorias, dando lugar a un largo e intenso debate que por meses
5-Desde tiempo atrás, Justo consideraba que, dadas las características de la sociedad argentina la “cuestión agraria” era de una importancia principal. Para analizar las relaciones sociales agrarias había pasado varios años en Junín, donde había formulado el “Programa Socialista del campo”, que fue adoptado por el Cuarto Congreso del Partido Socialista que sesionó en La Plata en junio de 1901. Las líneas centrales del programa, en particular la estrategia de alianza con los chacareros en contra de los terratenientes, marcaron la línea política posterior del partido en lo referente a la cuestión agraria. Esto se manifiesta en el apoyo del Partido y la participación de sus militantes en el Grito de Alcorta, agitación que Justo confiaba conduciría, junto a la agitación obrera de las ciuda­des, a transformar la vida política del país. Similares alineamientos encontramos en los proyectos presentado por Justo a la Cámara de Diputados solicitando la “valuación nacional del suelo” para el establecimiento de un impuesto progresivo a la renta del suelo.
concentró buena parte de las energías socialistas6. A lo largo del mismo Justo debería disipar “malos entendidos” haciendo más clara su interpreta­ción del socialismo y de la “doble tarea” que debía llevar adelante el Partido Socialista y, consecuentemente, de las relaciones con otras fuerzas políticas, lo que vulgarmente se denomina “la política de alianzas”.
6-El debate con Ferri -en el que no faltaron las esperables invectivas a la figura del italiano que en pocos días pasaba de héroe a traidor- inunda las páginas de La Vanguardia para pasar luego a las de la Revista Socialista Internacional, publicación teórica dirigida por Enrique del Valle Iberlucea que justamente salió a la calle a fines de 1908. Ya en enero de 1909 , Raymond Wilmart, viejo marxista belga que vivía desde hacía décadas en la Argentina y que se había alejado de las filas socialistas, había manifestado su acuerdo con Ferri afirmando que la indignación socialista no tenía sentido y que de lo que se trataba era una cuestión de palabras. A lo cual se responde que la cuestión era que el Partido Socialista, además de la función de suplencia del faltante partido demócrata a la europea, tenía “funciones propias, específicas, las funciones más genuinas de un partido obrero y socialista” (LV 17-1-09). Días después la discusión se continuaba con una crítica al radicalismo: éste no podría cumplir con la función inicial no sólo por no ser un verdadero partido radical, sino por ser una fuerza en decadencia (LV 19-1-09) En el mes de febrero de 1909 Justo debió responder a una carta que el doctor Leyboff, un mili­tante socialista entrerriano, había publicado en la Revista Socialista Internacional. Justo explica que Leyboff consideraba justas las posiciones de Ferri, pero que tenía intenciones opuestas a las del italiano: mientras Ferri pedía que los socialistas se llamaran como lo que él entendía que eran, como un partido radical, Leyboff daba razones “para que seamos, como él lo entiende, lo que nos llamamos”, o sea, un partido socialista. Justo consideraba que si cada opinión por sepa­rado era “desconsoladora”, unidas mostraban el acierto del Partido cuya acción estaba basada en una visión de la evolución orientada a la hipótesis de la sociedad colectivista. Justo explica que la denominación de hipótesis, que levantara polvareda, estaba tomada en el sentido de “las hipótesis de la ciencia, en el sentido de una previsión no confirmada aún por la experiencia que nos estimula a la acción inteligente en la medida de nuestra sinceridad, en cuanto nos conduce a verificar su verdad”. Así como la hipótesis condujo a Colón y Magallanes a realizar sus descubri­mientos, la hipótesis del colectivismo conduce a una inmensa labor cotidiana, que no implicaría “levantarnos mañana en armas para confiscar la propiedad privada”, sino todos los días “levantar a la clase trabajadora a un nivel superior de vida material e intelectual, en el cual adquiera las fuerzas necesarias para su emancipación” (LV 18-2-09). Estos comentarios dieron pie a que De Tomaso interpretara los dichos de Justo en sentido revisio­nista, criticando el dogmatismo de aquellos como Kautsky que vinculan el desarrollo del socia­lismo con definiciones téoricas y no con la práctica socialista cotidiana (LV 20-2-09). La respuesta de Justo es inmediata, explicando que no hace suya la fórmula de Bernstein -que sostiene “el movimiento es todo y nada lo que se llama habitualmente la finalidad del socialismo”-la clase trabajadora, explica Justo, “no necesita solo agitarse, sino agitarse en el buen sentido”, siendo la “Teoría de la Historia” la que permitiría “encaminar nuestra acción…para que no sea incordinada ni retrógrada” ya que “no vemos como un paso hacia el socialismo cada grito o manotón del proletariado” (LV 23-2-09). De Tomaso responde manifestando su respeto y afecto a Justo y expli­cando que al expresar su acuerdo con Bernstein sobre la centralidad del movimiento lo hace “en tanto movimiento bien orientado… (que) no puede consistir en una marcha a tonta y a locas.” (LV, 25-2-09)
Ojeada retrospectiva sobre la cuestión de las alianzas
Trazando una breve síntesis del camino recorrido por el socialismo en Ar­gentina, podemos observar un primer momento en el cual, en su constitu­ción, predomina lo que Gramsci ha denominado “espíritu de escisión”: el movimiento obrero adopta posiciones reduccionistas que lo escinden del resto de la sociedad y funda su identidad en esa diferencia. Este momento de escisión, propio de la etapa inicial de todo movimiento obrero, fue refor­zado en Argentina, por el hecho de que dicho movimiento estaba formado mayoritariamente por inmigrantes, cuyo mundo de relaciones a la vez los enfrentaba y los ligaba con los sectores dominantes de las ciudades. Si bien las perspectivas más cerradamente “obreristas”, que tuvieron su más clara expresión en los sectores sindicalistas, fueron derrotadas en 1906 –con el consiguiente abandono de las filas socialistas por parte de los sindicalistas-, la identidad socialista siguió estando parcialmente marcada por el cosmo­politismo y el corporativismo obrero. De todos modos, y bajo el influjo de Justo, el discurso socialista tendió progresivamente a reunir el reconoci­miento de los intereses corporativos de clase obrera con la asignación al socialismo de la misión democratizadora más amplia de enfrentar al sector terrateniente y a los sectores que controlaban el aparato estatal transfor­mando la estructura social y el sistema político argentino.
Para fundar esa “doble misión” Justo se esforzó por desarrollar un discurso que, evitando el reduccionismo corporativo, articulara al socialismo con las luchas populares. Así planteó una lectura de la historia nacional que vincu­la las luchas proletarias con las tradiciones de luchas gauchas y montoneras, en tanto éstas son caracterizadas como luchas contra la expropiación de la tierra7. También, reconociendo la centralidad de las relaciones sociales
7-La adopción de la teoría de la colonización sistemática y el énfasis que ésta coloca en la restric­ción del acceso a la tierra como elemento decisivo en la constitución del proletariado se liga a otro momento importante del discurso de Justo: la interpretación “económica” de la historia argentina que relee las luchas gauchas como luchas populares. Ya en la conferencia “La teoría científica de la historia y la política argentina”, dictada en El Ateneo en julio de 1898, Justo había presentado al socialismo no como una teoría importada sino como una fuerza que partiendo de la historia y las condiciones presentes del país se propone transformarlo. Justo considera que el predominio de la economía en la formación de la sociedad argentina se ma­nifestaba desde la colonia y, citando a Mitre, interpretaba la Revolución de Mayo como un intento de superar los límites al progreso impuestos por el monopolio español. La burguesía había cumpli­do con sus propósitos, que no se vinculaban con la libertad y la democracia sino con la obtención de la autonomía económica; pero, una vez alcanzada la independencia, los propietarios, que veían el creciente valor de los “productos del país”, habían comenzado “a mirar con alarma a la población
agrarias en la formación social argentina, intentó impulsar desde el socia­lismo la constitución de una alianza que ligará a los trabajadores urbanos con los obreros del campo, los chacareros y aún con ciertos empresarios rurales, alianza que se enfrentaría al bloque dominante formado por los grandes terratenientes y el capital rentístico.
Sin embargo, debe reconocerse que el Partido Socialista no logró llevar adelante con éxito las complejas tareas de mediación política que permitie­ran asociar los intereses de la minoritaria clase obrera con las apelaciones al pueblo, en tanto mayoría capaz de transformar la sociedad derrotando al bloque en el poder. Pero esto no se debió al desinterés de los socialistas por avanzar en una construcción que incorporara a otros sectores socia­les -hemos visto los esfuerzos al respecto en lo concerniente a la cuestión agraria- sino en su confianza en el movimiento tendencial ascendente que compartían economía, sociedad y política, que suponía que las “anomalías” del sistema político argentino serían eliminadas por el mismo desarrollo económico y social. Esta confianza se manifestó en lo que Portantiero de-nomina “concepción racionalista de la política”: una mirada que postulaba que toda identidad política debía ser traducción de una posición de clase, lo que permitió desatender, como inesenciales y efímeras, las formas político­ideológicas en que se habían dado las experiencias políticas de los sectores sociales a los que se proponía unificar. Lejos de avanzar en acercamientos a otras fuerzas el Partido Socialista, que con el alejamiento de los sindicalistas había adoptado más definidamente el perfil de un partido reformista que enfatizaba la acción parlamentaria,
del campo, acostumbrada a una vida libre y bárbara.” (ibid: 164) Justo consideraba que los gauchos que formaban las montoneras eran “simplemente la población de los campos acorralada y des­alojada por la producción capitalista, a la que era incapaz de adaptarse, que se alzaba contra los propietarios del suelo, cada vez más ávidos de tierra y de ganancias”. (ibid: 166) Si bien la resistencia gaucha se había impuesto inicialmente, sus mismos líderes, que eran estancieros crecientemente vinculados al proceso expansivo del capitalismo a escala mundial, serían quienes terminarían por disciplinar a las masas populares en que se habían apoyado. Estas no fueron capaces de establecer la pequeña propiedad, “el único medio de liberarse efectivamente de la servidumbre y el avasalla­miento a los señores....y de cimentar sólidamente la democracia en el país.” (ibid: 167). El resultado fue la consolidación de la clase de los grandes terratenientes, que constituía hasta sus días todavía el elemento dominante en el país y contra el cual el socialismo debía dar la principal batalla. La continuidad de las ideas de Justo se pone en evidencia en otro de sus textos doctrinarios más im­portantes, el artículo “El socialismo argentino” publicado en 1910. Como en la conferencia de 1898, recorría la historia argentina para proponer al socialismo como el continuador y profundizador de sus tendencias más progresivas, subrayando las continuidades y rupturas entre las luchas de clases de los gauchos del pasado y las de los trabajadores de su tiempo.
llevó adelante un permanente esfuerzo de diferenciación que lo distanció del resto de las fuerzas del escenario político argentino.
¿Una alianza reformista en el Centenario?
La tensión que en las filas socialistas generaba el participar en elecciones a las que sistemáticamente se acusaba de fraudulentas, y cuestionar a los partidos tradicionales desde un discurso “de orden”, se agudizó cuando, en oposición a la política de “reacción” de Figueroa Alcorta, algunos de esos partidos tradicionales, principalmente la Unión Cívica, planteaban la for­mación de una “concentración” popular que luchara por reformas demo­cráticas. La propuesta encontró cierto eco en las filas de los socialistas, cuyo parla­mentarismo y legalismo los alejaba de quien cerraba el Congreso y provo­caba alzamientos en varias provincias, y se forma lo que podría llamarse un sector “aliancista”, en el que las figuras más destacadas eran Alfredo Pala­cios y Antonio de Tomaso8.
8-Ante la propuesta de los cívicos, De Tomaso consideraba que, así como los socialistas europeos establecieron coaliciones electorales temporales, en Argentina se podría, gracias a la formación de una coalición opositora, establecer la representación de las minorías. De Tomaso concluía: “Sin apartarnos un ápice de nuestra conducta política intachable…no podemos alejarnos o alejar de nosotros a fuerzas opositoras populares que han resuelto ir a las urnas con el propósito de practicar el sufragio, porque no tienen un programa definido como el nuestro. El PS puede ser la fuerza más enérgica de la concentración, puesto que es un partido orgánico. Él puede aportar al movimiento más conciencia. ¡Qué la austeridad no sea anquilosante!” (LV, 6-11-09) En los días que siguen la discusión “sobre la táctica”, sumarse o no a la concentración opositora, llena las páginas socialistas. Las opiniones en una y otra dirección se suceden: en contra se manifies­tan, entre otros, Luis Gruner -llamando a continuar con la obra de siembra y espera de que surjan verdaderos partidos programáticos-, Emilio Mellen –convocando a seguir una política “puramente de clase”; a favor José Rouco Oliva - quien considera que la Unión Cívica es un partido popular y, aunque algo mal constituído, está guiado por “algunos buenos propósitos”-, Esteban Dagnino, José Baliño, José Muzzilli y Jeremías Fernández.  El atentado a Falcón y el posterior estado de sitio cambiaron el centro de atención; sin embargo el debate sobre la “concentración” opositora no se acalló, prueba de ello es que reapareció, algo asordinado, sesenta días más tarde, cuando La Vanguardia volvió a publicarse. Al día siguiente de esta reaparición Antonio De Tomaso – que era la figura más visible entre quienes impulsaban la alianza- subrayaba que el gobierno había empleado el estado de sitio para perseguir al Partido y destacaba un comunicado de la Unión Cívica protestando por las restricciones a los derechos del Partido Socialista (LV 15-1-10). Como era de esperar, no hubo “concentración opositora”, los radicales no se presentaron a eleccio­nes y socialistas y cívicos marcharon cada uno por su lado. Sin embargo, se produjo una extraña complementariedad: mientras los socialistas, luego de un arduo debate, modificaron la postura abstencionista que tradicionalmente habían mantenido frente a las elecciones de senadores –pos­tura fundada en el rechazo del PS a la existencia del Senado-; pero, por motivos de oportunidad, decidieron no concurrir a los comicios para elegir electores de senadores que tendrían lugar el 6
Sin embargo las posiciones de éstos serían derrotadas9 por aquellos que consideraban que el Partido Socialista podía ser no sólo el protagonista de las tareas de transformación socialista, sino también quien monopolizara las tareas de transformación democrática. Esta concepción de la doble tarea del Partido, esbozada desde sus orígenes por Juan B. Justo, había alcanzado su formulación acabada en la respuesta que Justo había dado al socialista italiano Enrico Ferri. Como señalamos, Justo argumentaba que la trans­formación democrática implicaba una alianza social, fundamentalmente entre proletarios y chacareros, pero esta alianza social no implicaba una concertación entre fuerzas políticas, sino que se daba en el seno del mismo Partido Socialista -que no obstante, y problemáticamente- conservaba su perfil de partido “obrero”. Como dijimos, el Partido Socialista, reforzado en su “doble tarea” por los argumentos planteados por Justo en el debate con Ferri, se encerraba frente a las voces que -dentro y fuera de las propias filas-
de marzo; la Unión Cívica, que concurrió a esos comicios donde fue derrotada, resolvió –alegando justamente el fraude sufrido en las elecciones de senadores- no presentar candidatos a las eleccio­nes de diputados que tendrían lugar el domingo 13 de marzo. Los socialistas ironizaron sobre el comunicado en el que los cívicos denunciaban el fraude y comunicaban su decisión de abstenerse (LV 10-3-10), sin embargo, un día más tarde consideraban como simpática la palabra de Carlos Melo, dirigente de la Unión Cívica que se habría manifestado partidario de la plataforma socialista. Más aún, al día siguiente, La Vanguardia publicó un reportaje al mismo Melo, en donde criticaba la deci­sión de abstenerse, ponderaba la necesidad de una coalición entre cívicos y socialistas y convocaba a aquellos a votar a los candidatos del Partido Socialista. (LV 12-3-10).  La abstención cívica dejaba a los socialistas solos frente a la lista prohijada por Figueroa, la Unión Nacional, que, a pesar de los “presagios de triunfo” que creían observar los socialistas (13-3-10), se impuso con comodidad: más de 24000 votos contra algo menos de 8000 del socialista más votado. Este era, nuevamente, Alfredo Palacios quien alcanzó 7945 votos, el segundo fue Mario Bravo con 7606 y sólo en tercer lugar encontramos a Juan B. Justo, que obtuvo 7221 votos. Esa distancia entre el apoyo electoral y el liderazgo político, que se manifestaría con más amplitud en posteriores elecciones, tendría importantes consecuencias para la vida del Partido. Algunas de las tensiones, -silenciadas por el nuevo estado de sitio declarado a mediados de mayo, anticipándo­se a la “huelga del Centenario”- comenzarían a manifestarse al reaparecer La Vanguardia en agosto de 1910. El director interino -reemplazante de Justo, que desde junio estaba en Europa represen­tando al Partido en congresos internacionales- era Alfredo Palacios, quien comenzaría a publicar artículos que subrayaban la vinculación entre socialismo y liberalismo, –como los publicados sobre el Centenario de Alberdi (17 y 19-8-10), el homenaje a Rivadavia (23-8-10) o, sobre todo, el artículo publicado el 20 de septiembre destacando el triunfo del Estado laico italiano sobre la Iglesia (LV 20­9-10)- así como una serie de intervenciones de Bernstein subrayando la vinculación entre marxismo y blanquismo (LV, 18-9-10).
9-El 23 de septiembre La Vanguardia informaba que en la sesión del 21 el Comité Ejecutivo había aceptado la renuncia de Palacios como director interino y nombrado en su reemplazo a Enrique Dickman, explicando que ésta se había originado en “discrepancias de criterio, divergencias de modo de ver y apreciar los hombres y las cosas de la actualidad política y económica del país”. Se agregaba también que en tanto durara el Estado de Sitio se dedicaría preferente atención al estado del país denunciando los errores y despilfarros de la clase dirigente (LV, 23-9-10).
postulaban la posibilidad de una alianza opositora, en pos de la democra­tización del Estado, o al menos de la purificación de los procesos políticos, que acercara a socialistas con radicales y cívicos.
 El Partido Socialista permanecería en ese encierro después de 1910, cuan­do la reforma electoral impulsada por Sáenz-Peña permite el ascenso al po­der del radicalismo, la fuerza popular de la que los socialistas tanto habían desconfiado. Los promotores de ese intento de apertura abandonarían años después, en rupturas clamorosas, las filas partidarias: Palacios en 1915, De Tomaso en 1927.

Alfredo Palacios

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Revista Umbrales de América del Sur, CEPES: http://www.cepes.org.ar/umbrales-de-america-del-sur.html


Revista La Jornada Quincenal: http://www.prensajorgerivas.blogspot.com/


Blog de Jorge Rivas: http://www.prensajorgerivas.blogspot.com/


Blog de Oscar Gonzalez: http://saludyrs.blogspot.com/


Blog del socialismo bonaerense: http://www.igualdad-ps.blogspot.com/

 

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