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CAPITALISMO, SOCIALISMO, MERCADO: NOTAS DE LECTURA SOBRE TEXTOS DE ERIC HOBSBAWM

La Primera Guerra Mundial, al mismo tiempo que es un fenómeno autodestructivo del capitalismo, da lugar a un proceso de reconsti­tución del sistema, en tanto logra derrotar a fuerzas sociales y po­líticas que, movilizadas por la carnicería, irrumpen en la escena política ejerciendo una crítica radical al sistema capitalista, principalmente en paí­ses europeos periféricos (como Rusia, Italia, Hungría, etc.) o provocando a través de movilizaciones sociales y políticas el derrumbe de dos grandes imperios dominantes en Europa (Alemania y Austria-Hungría).
Todos los países europeos beligerantes salieron exhaustos de la guerra. Todos experimentaron graves crisis sociales y políticas. Pero sólo en los países cons­titutivos del Imperio Zarista, especialmente en Rusia, se genera una “situa­ción global revolucionaria”, según la tesis leninista. Quizás se podría aplicar esta categoría a Hungría e Italia, pero acotándola a las grandes ciudades, dado que en ambos la agitación revolucionaria no se extiende al campesinado.
La agitación revolucionaria incluyó una diversidad de “causas moviliza­doras” que fueron el pacifismo, el antimilitarismo, los derechos de las mu­jeres, la creciente acción sindical por reivindicaciones laborales y la exi­gencia de democracia política, entre otras. Pero el mito movilizador más “duro” que se extiende a Europa (y a países coloniales, semi-coloniales y dependientes) fue el socialismo. Es en Rusia donde el objetivo del socialis­mo logra alcanzar, en octubre de 1917, la categoría de poder constituyente. La revolución socialista triunfa bajo la dirección del Partido Socialdemó­crata, liderado por Vladimir Lenin.
Salvo en EE.UU., donde el capitalismo se fortaleció, el resultado de la Gran Guerra fue una conmoción de tal escala que se correspondía con moviliza­ciones anticapitalistas generalizadas. Esto ocurrió entre 1917 y 1923. Pero el capitalismo no se derrumbó como creía Lenin. Logró reorganizarse. La Rusia Soviética quedó aislada. ¿Por qué logró reorganizarse el capitalismo, si bien en un contexto de crisis económica, política y social que se prolon­gará prácticamente hasta los años ’50, debiéndose pasar por la otra gran guerra, la II Guerra Mundial (1939-1945)?
Hobsbawm no es preciso en este tema. Se atiene a las ideas ya clásicas de que el comunismo no logró constituirse como partido dominante, o que el liberalismo político era lo suficientemente fuerte como para frenar cual­quier proceso de sovietización. Son ideas parcialmente correctas, pero in­suficientes. Creo que se debería explorar en un terreno que permita enten­der todo el período que se inicia en 1914 y finaliza en 1991. En este terreno se podrían entender algunos fenómenos que se producen en momentos focalizados, y que alertan sobre el hecho de que el capitalismo sobrevive y realiza diferentes momentos de autorrevolución que garantizan su supervi­vencia hasta la actualidad.
Dentro de esta perspectiva, se debería revalorar por ejemplo la importancia de la Nueva Política Económica (NEP) en Rusia en 1921-1923, que con distintas formas volverá a intentar reaparecer en la misma URSS, en Po­lonia, en Hungría durante los años en los que pareció que el comunismo estaba en condiciones para disputar la hegemonía de los EE.UU., entre fi­nes de los años ’50 y principios de los ’60, en plena “guerra fría”. El terreno escogido nos remite a una cuestión central del marxismo, la cuestión del agotamiento de la capacidad del capitalismo para garantizar el proceso de acumulación del capital.
Escogido el terreno, surge la pregunta: ¿estaba concluido este proceso al momento de la I Guerra Mundial, o por el contrario la guerra se produce en un momento que se torna inaceptable para el capital la supervivencia de formaciones económico-sociales para permitir el nacimiento de una nueva fase de expansión del capitalismo a escala mundial? Me inclino a pensar que lo que sucedía en 1914 era que la supervivencia de grandes áreas del mundo no incorporadas al mercado mundial no permitía la continuidad del proceso de acumulación del capital a escala mundial. Salvo EE.UU., cuyo capitalismo no necesitaba colonias, los principales países capitalistas
sí necesitaban resolver situaciones especiales, entre ellas producir cambios capitalistas en la Rusia Zarista y redefinir las áreas de influencia en lo que luego será denominado “Tercer Mundo”. Sin resolver esos cuellos de botella era imposible para el capitalismo seguir cumpliendo con su tarea histórica de generar mercados.
Los mercados son instituciones preexistentes al capital, y al mismo tiempo son instituciones que lo sobrevivirán. La versión generalizada de que los mercados son entidades puramente económicas es falsa. En realidad, los mercados organizan las relaciones sociales entre los hombres. Es cierto que las relaciones sociales se sostienen en las relaciones económicas. Estas se producen y reproducen dentro de las actividades productivas que ejercitan los hombres, organizados en clases sociales, comunidades étnicas o pluri­étnicas; en los mercados organizados por el Estado-nación o a escala glo­bal. Pero lo que deber subrayarse es que los mercados dan significado a la iniciativa de los hombres. Permiten construir la subjetividad.
Así esbozado el tema, se comienza a entender que el problema planteado en 1914 era que se había declarado una guerra entre estados-nación (en el sen­tido genérico). Cada uno de ellos pretendía dar formato a los mercados. La clase social dominante pretendía que los mercados fuesen aptos para con­dicionar a las subjetividades. Esa condición exigía resolver la correlación de fuerzas entre clases sociales, objetivo sólo realizable por estados-nación sustentados en sistemas de producción avanzados. Por eso, ya la I Guerra Mundial es pensada con métodos productivos; la guerra se ejerce con re­cursos violentos, pero los hombres que participan han sido socializados en su mayoría por los sistemas económicos. Como había escrito Marx, eran una fuerza revolucionaria permanente.
La sociedad capitalista estaba guiada por el individualismo extremo. Las sociedades se habían organizado para producir “infiernos”. Sólo las religio­nes pretendían monopolizar la vida después de la muerte, ofreciendo la po­sibilidad de liberación del infierno y la promesa de entrar al cielo. Era una promesa falsa, pero poderosa, en tanto incluía la opción de que cumpliendo con los mandatos religiosos los hombres podrían habitar en la “ciudad de Dios”. La utopía religiosa era fuertemente atractiva para salir del “infierno real” en que vivían los hombres, pero el desarrollo del acontecimiento bé­lico puso en claro para muchos individuos que salir de la guerra implicaba terminar con la carnicería.
El capitalismo fue colocado en la picota. Millones de hombre decidieron que la opción de morir en las trincheras no era compatible con la esen­cia del hombre, que se realizaba en libertad y no dentro de los ejércitos. Pero construir una sociedad socialista debía incluir la organización de la sociedad que garantizara que las relaciones entre los hombres permitie­ran armonizar la pulsión racional entre hombres que podían competir sin ser enchalecados por la violencia y el terror. El pacifismo generalizado que sucede al término del conflicto era la respuesta a esa recuperación de una humanidad posible luego de haber experimentado la crueldad intrínseca al capitalismo.
Dado que la tesis de Marx de que el socialismo triunfaría primero en varios países capitalistas desarrollados (Alemania, Francia, Inglaterra, e incluso EE.UU.) era errónea, la historia se encargó de enmendarla, creando las con­diciones en una zona euroasiática en la que el capitalismo no era el modo de producción dominante: el Imperio Ruso. En él convivían tres pueblos: eslavos, tártaros y mongoles. Era un extenso país campesino gobernado por una casta aristocrática pluriétnica que poseía la tierra y ejercía su función de clase dominante sobre los campesinos. El régimen político descansaba en una monarquía feudal. La burguesía industrial rusa era débil y concen­trada en sectores de la industria pesada y textil. El Imperio Ruso era, al decir de Lenin, una “cárcel de pueblos”.
A principios de siglo, en 1905, se había producido en Rusia levantamientos de la clase obrera (San Petersburgo, Moscú) contra el zar. Pocos años des­pués fueron seguidos por levantamientos campesinos contra la aristocracia feudal, exigiendo la división de tierras. En ninguno de estos levantamien­tos había participado la burguesía rusa, demostrándose así que carecía de voluntad revolucionaria para liderar un proceso eminentemente democrá­tico-burgués. La ausencia de la burguesía fue sustituida por la clase obre­ra que, objetivamente, aparece como la clase revolucionaria dentro de un esquema de revolución democrático-burguesa.
Los bolcheviques, aleccionados por los sucesos revolucionarios, aceptan la tesis de Lenin de que sólo un partido socialista puede liderar esa revolución democrática y, una vez coronada, pasar a la revolución democrática. El ala socialista moderada (los mencheviques) persiste en la tesis de que debe ser la burguesía liberal la clase que lidere la revolución democrático-burguesa. Entre febrero y octubre de 1917, en un contexto de descomposición del
poder político y militar del zarismo, los bolcheviques eliminarán uno por uno a sus contendientes liberal-burgueses y liberal-socialistas, logrando el control de los soviets de obreros, campesinos y soldados. Triunfa la revolu­ción socialista en Rusia.
Ahora bien, dado el curso jacobino que adopta el proceso revolucionario, el tema de la relación entre socialismo y mercado no fue importante. El tema pierde significación porque los bolcheviques, liderados por Lenin y con mayoría de la clase obrera como sustento, están convencidos de que la revolución socialista se extenderá de Rusia a Alemania. Surge un marxis­mo teñido del utopismo socialista, en el que el mercado (como institución del capitalismo) es una categoría económica “burguesa”. El socialismo ruso, aliado al socialismo alemán, podrá edificar un sistema socioeconómico en donde la planificación sustituya las relaciones mercantiles. Según Lenin, los países irían sumándose al polo socialista.
El tema de los mercados era un tema no resuelto en la historia del bolche­vismo. En efecto, la cuestión estaba planteada en Rusia cuando a fines del siglo XIX la postula el llamado marxismo “legal”, sosteniendo que el pro­blema de Rusia era la insuficiencia de los mercados, al mismo tiempo que registran un desarrollo incesante de los mercados, pero constreñidos por el sistema económico-social feudal. Lenin reconoce este dato en su libro El desarrollo del capitalismo en Rusia, que es su principal obra de investiga­ción socioeconómica. Escrita a fines del XIX, durante su reclusión en Sibe­ria, en ella se describe el proceso de descomposición del feudalismo por el avance de la “industria de los kústares” que se van formando en el campo ruso por la separación entre actividades agrícolas y profesiones artesanales. Se estaba desarrollando lentamente una base capitalista en formas embrio­narias dentro del feudalismo ruso.
Pero la conclusión de Lenin —políticamente correcta, pero económica­mente errónea— era que el capitalismo no podía convertirse en el modo de producción dominante. La época de las revoluciones había pasado. A Rusia sólo podía sucederle que una revolución burguesa acelerase en segmen­tos limitados a la formación de un sistema capitalista. Dado que este tipo de capitalismo concentrado y no-integrado en el proceso de producción de materias primas (agrícolas, mineras, etc.) era cuasi-marginal dentro de la economía rusa, generado en gran medida por grandes empresas ex­tranjeras, el capitalismo podría desarrollarse en una Rusia tensionada por
la descomposición de la economía campesina autosuficiente pero nunca constituirse como modo de producción dominante, como ocurriera en In­glaterra, Francia, Alemania u Holanda.
¿Cómo se explica que una conclusión sea políticamente correcta y al mis­mo tiempo económicamente errónea? Se explica porque estamos hablan­do de dos dimensiones distintas ensambladas dentro de una formación económico-social inestable que preanuncia su final histórico. Rusia nunca realizaría una revolución burguesa clásica, pero podía ser el escenario de una gigantesca revolución popular que derrumbaría al zarismo. Tal aconte­cimiento sucedió en 1917, en un país convulsionado por su derrota frente a Alemania y el Imperio Austro-Húngaro. La revolución sería diseñada por Lenin en su obra El Estado y la Revolución, que agrupa dos libros dife­rentes: su primer parte es un modelo bien fundamentado de táctica para conquistar el poder, y la segunda consiste en una serie de propuestas más cercanas al socialismo utópico, y por lo tanto inviables.
El desafío de resolver positivamente la contradicción entre socialismo y mercado se planteaba imperiosamente en Rusia en 1921, cuando, una vez finaliza la guerra civil y al mismo tiempo fracasada la anhelada revolución en Alemania (lo que se hará visible en 1923), el flamante Partido Comunis­ta de Rusia se encuentra frente a la disyuntiva de mejorar las condiciones de trabajo en el campo o caer. Los levantamientos campesinos en Ucrania contra las requisas forzadas de alimentos, que se venían practicando duran­te el “comunismo de guerra” (1918-1921), obligaron a Lenin y los dirigentes comunistas rusos a pensar que era necesario introducir algún sistema de economía de mercado en el campo, donde predominaban campesinos usu­fructuarios de las tierras nacionalizadas.
Nace así la NEP, que es objeto de análisis detallado en otros capítulos de este libro. Sólo interesa plantear aquí la hipótesis de que la NEP pensa­da por Lenin desde la práctica podría haberse constituido en un gran modelo de economía socialista de mercado no sólo atractivo para la re­cién formada URSS (1922), sino también para las alas de izquierda de los partidos socialdemócratas y socialistas europeos. En tanto creación práctica de Lenin, éste, de haber vivido, quizás hubiese llegado a las mis­mas conclusiones teóricas a las que llegaron los comunistas chinos casi 60 años después.
Los partidos socialdemócratas y socialistas europeos, que sostenían que los experimentos marxistas-leninistas eran modelos de capitalismo de Estado, adoptaron sin embargo ideas de esas experiencias para legitimar progra­mas de “economía mixta”. La economía mixta se asienta en la economía de mercado, pero se propone ensamblar dos tipos de propiedad: la privada y la estatal (pública). Se trataba de armonizar dos sistemas económicos diferen­tes. Tal es la tesis socialdemócrata sobre la economía mixta. Esta tesis, que se alejaba del marxismo (que es centralmente una teoría de las relaciones entre el capital y el trabajo), se ajustaba sin embargo a la necesidad de regu­lar y democratizar a las economías de mercado, principalmente a aquellas que existen en los países capitalistas avanzados.
Las ideas keynesianas se aplicaron en los países desarrollados, en principio en EE.UU. durante los años ’30 y luego de la II Guerra Mundial en Europa occidental, y también en países del Tercer Mundo, con capitalismos “inter­medios”. En síntesis, Keynes sostenía que el Estado y el mercado eran insti­tuciones complementarias. El Estado debía ser la principal institución que coordine al capitalismo; el mercado era una institución basada en la com­petencia, que bajo la regulación del Estado podía coordinar la economía1.
Hasta los años ’80 —cuando irrumpe el neoliberalismo— en los países capi­talistas no se oponían Estado y mercado. Se consideraba que determinadas actividades se podían coordinar mejor si el Estado limitaba su presencia en el mercado. Pero se aceptaba que la sociedad, a través de sus formas de organización política, debía intervenir para compatibilizar un círculo vir­tuoso entre acumulación del capital y distribución equitativa del ingreso2.
Las sociedades modernas, en su mayoría capitalistas, se organizan en esta­dos-nación soberanos. En el marco del capitalismo global han desapareci­do los imperios clásicos y todo el planeta está cubierto por estados-nación que constituyen un gran sistema político mundial. Los EE.UU. dominan a escala mundial, pero no son un imperio clásico; sí un nuevo tipo de impe­rio mundial, por su capacidad de dominar al sistema económico y político mundial. La globalización ha transformado al mundo en un gran mercado, cada vez más integrado. El socialismo marxista-leninista, en su versión es-
1-Luis Carlos Bresser-Pereyra,“El asalto al Estado y al mercado”, Nueva Sociedad 221, Buenos Aires, 2009. 2-Paul Mattic, Marx y Keynes. Los límites de la economía mixta, México, Era, 1969.
talinista, ha sido destruido. Sólo China, que se ha embarcado en la aventura de construir una “economía socialista de mercado”, integrada a la economía global, compite como sistema al capitalismo.
Desde el momento en el que queda claro que la tesis de Marx sobre even­tuales revoluciones socialistas en los países industrializados no se cumpli­ría, el comunismo se fue transformando en una utopía. El fracaso de la NEP fue el primer suceso que indicaba ese camino del comunismo hacia la utopía, aunque la versión marxista-leninista se constituyó al mismo tiem­po como estrategia exitosa en algunos países, ubicados en la periferia del sistema capitalista, en primer lugar en China, pero también en otros países tercermundistas. A fines del siglo XX, con la caída del sistema estatal del socialismo real, quedó claro que el socialismo era inviable si no se integra a los mercados.
La libertad económica y la creatividad técnica y empresarial constituyen realidades que el socialismo debe representar. Sólo a través del mercado y por lo tanto de la competencia de precios es posible lograr una asignación eficiente de los recursos humanos y materiales. En las fases iniciales del desarrollo económico la intervención del Estado es indispensable para la acumulación primitiva, necesaria para viabilizar la revolución industrial, proceso que será más veloz si no se confronta con fuertes bolsones de re­sistencia campesina y si el Estado está decididamente comprometido con modelos sustentables y democráticos de desarrollo.
El capitalismo no es sólo un modo de producción, es un sistema econó­mico, social y político. Se desarrolla a través de ciclos, que incluyen fases de crisis (Kondratiev). El sistema capitalista ha producido varias “autorre­voluciones”, que han seguido a las diferentes crisis desde 1870 hasta la ac­tualidad. Estas crisis han sido crecientemente mundiales. La anterior crisis (1929) ya fue definidamente una crisis mundial; la actual crisis financiera (2008), generada por la subsunción del capital productivo al capital finan­ciero, todavía no ha finalizado.
Después de la II Guerra Mundial comenzó una larga fase de desarrollo del capitalismo, que produjo grandes cambios. Esta larga etapa, que se desa­rrolla en los llamados años de oro (1945-1978), incluye como fenómeno la “guerra fría” (1948-1989) entre el capitalismo y el comunismo, de la que el
capitalismo emerge como vencedor3. Durante esta etapa —que puede ser calificada por Hobsbawm como “el gran salto adelante”— el capitalismo produjo una reestructuración y reforma sustancial que sienta las bases de la globalización y la internacionalización de la economía. Esa reestructura­ción produjo una economía mixta, que fue promovida por el Estado. Fue posible por la planificación estatal. La “edad de oro” democratizó al mercado. Multiplicó la capacidad produc­tiva de la economía mundial. La organización del trabajo sufre cambios de fondo con el pasaje del fordismo al toyotismo. Esta etapa se inició en los países desarrollados, liderados por los EE.UU. El núcleo duro de esta etapa incluye varias revoluciones tecnológicas. Iniciada en los países desarrolla­dos, se extiende a países del Tercer Mundo que recurren a la planificación para acelerar el desarrollo industrial.
Durante esos “años de oro”, apoyados políticamente en una alianza entre el capitalismo y la socialdemocracia, los cambios en la economía se mani­fiestan en la composición de género de la clase obrera, produciéndose un ingreso masivo de la mujer al trabajo. El feminismo continúa expresando manifestaciones político-culturales de clase media, pero surge un poderoso movimiento de género destinado a promover la igualdad no sólo en el tra­bajo sino en la vida familiar: se constituye la “familia de dos salarios”.
Durante los años de oro se produce una “revolución cultural” que, como hemos dicho, abarca cambios en las empresas, en las trayectorias laborales y en los deseos e ideologías de los jóvenes, que se expresan en rebeliones universitarias, como el Mayo francés, y en segmentos radicalizados de los jóvenes trabajadores asalariados, como en los años ’70 en Italia.
Pero todos estos cambios convergen en una institución fundante de la so­ciedad: la familia y el hogar. Se erosiona el patriarcado y se desarrolla la familia nuclear. Aumentan geográficamente los divorcios en las familias católicas, así como las familias monoparentales.
El breve comentario sobre el período 1948-1989 tiene por objetivo ejem­plificar sobre las capacidades del capitalismo de realizar autorrevoluciones. En estos años se cumplió un objetivo de alcance mundial: frenar al comu­
3-Hobsbawm, op. cit., p. 271.
nismo y crear las condiciones para su caída. A principios de los años ’60, parecía que el comunismo terminaría por vencer al capitalismo. Era una ilusión; la URSS era sólo una potencia militar, pero su base económica era atrasada. Los pueblos que la componían, después de 50 años de soportar al viejo sistema económico-social que había igualado “hacia abajo”, estaban adormecidos. Pero como se demostrará en 1991, esos pueblos aspiraban a constituirse como economías de mercado, conservando logros sociales alcanzados durante los años de socialismo estalinista.
La historia ejerció una cruel venganza sobre los partidos comunistas en todo el mundo. Sufrieron procesos de disgregación y la mayoría desapare­ció, entre ellos el poderoso PCUS. Hobsbawm nos relata brillantemente en su libro esa historia, que comienza en la I Guerra Mundial y se desarrolla como una lucha sin cuartel entre el capitalismo y el socialismo. Pero no aporta suficientes argumentos para descubrir lo que fue esencial: la derrota ideológica y moral del comunismo fue el producto de su intento sin destino de creer que se podía crear un sistema que marginaba y limitaba el papel de los mercados.
Fueron los mercados como instituciones sociopolíticas los que terminaron por permitir que el capitalismo venciera al socialismo. La derrota de éste fue la peor de las derrotas, porque fue una derrota no sólo técnica (diferen­ciales de productividad) sino esencialmente una derrota cultural, que es lo más grave que le puede suceder a cualquier movimiento político. En el caso del socialismo, la derrota de un sistema que supuestamente, como afirmara Nikita Jruschov en los años ’60, terminaría por enterrar al capitalismo. La realidad fue lo contrario.

Alfredo Palacios

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