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EL PARTIDO SOCIALISTA DE LA REVOLUCIÓN NACIONAL, ENTRE LA REALIDAD y EL MITO

La historia del efímero Partido Socialista «Revolución Nacional» –lla­mado luego «de la Revolución Nacional»– fue creciendo bajo el halo de un mito, alimentado por diversas fuentes de la izquierda argentina.
Así, para Alberto Belloni, que fuera militante de esa corriente, se lo podría calificar como el intento más importante para romper con la política del viejo partido justista. Según su relato, el PS-RN «se propuso profundizar la revolución nacional y popular iniciada en 1945», borroneando las razones exteriores para explicar su fracaso, del que hace responsable a la «burocracia peronista y a los entristas disfrazados de peronistas fanáticos» [1960]. Poco después, otro antiguo miembro, Enrique Rivera, juzgaba que el PS-RN había representado «el resurgimiento de las tendencias nacionales de la clase obre­ra y de la izquierda». En ese sentido «era un partido socialista que compren­día ante todo y que colocaba como primera prioridad, la cuestión nacional y la lucha contra el imperialismo, indisoluble, en los países semicoloniales y especialmente durante la posguerra, de la Justicia Social», aunque no dejaba de puntualizar su «modesta envergadura numérica» [1971]. Si este tipo de análisis provenía de militantes que se inscribían por entonces en el espacio de la llamada «izquierda nacional», incluso la corriente trotskista que había encarado la experiencia de manera más instrumental rescataba, a través del juicio de Ernesto González, la figura de Enrique Dickmann como «reformis­
1-Este trabajo constituye una primera versión de una investigación en curso. Agradezco a Gabriel Macaggi, por su colaboración en la revisión de periódicos. El trabajo está dedicado a Carlos Oscar Herrera, mi padre, que creyó también que una síntesis entre peronismo y socialismo era posible, y me lo contó como pudo.
ta puro pero honesto», y decía de él que no había pedido «nada al peronismo ni a nadie». Según su testimonio, Dickmann defendía que hubiera dentro del PS-RN al menos un partido obrero [1995].
En verdad, buena parte de estos relatos se refiere al momento más venturo­so de su existencia, que tuvo que ver menos con el surgimiento del Partido que con el intenso y corto período de agitación masivo durante los prime­ros meses del golpe militar que derrocó al general Perón en septiembre de 1955. Y de manera más general, la historia del PS-RN se alimentó de los afluentes historiográficos de la «Izquierda nacional», lo que ensanchó su costado mitológico, como precursor de la nueva corriente política2. Es­tos relatos militantes llevaron a varias confusiones, algunas reproducidas en trabajos de mayor calado académico. El componente más fuerte de la leyenda fueron los supuestos 100.000 votos que, según lo asegurarían va­rios autores, el PS-RN habría alcanzado en las únicas elecciones en las que participó, el 25 de abril de 1954 . No menos mítica era la interpretación que se daba a la unión en un mismo espacio político, aunque más no sea por escasos dos años, de algunas de las figuras significativas de la izquierda argentina en las tres décadas sucesivas, como Esteban Rey, Jorge Abelardo Ramos o aún Nahuel Moreno.
Muchos de estos errores han sido corregidos. Pero el inconveniente ma­yor, que subsiste en las reconstrucciones existentes, consiste en poner en un mismo plano diferentes momentos de su desarrollo, perspectiva que se agrava aún más por el hecho que el PS-RN distó mucho de ser un proyecto homogéneo. El núcleo de la operación consiste en retrotraer su activa y cor­tísima vida, entre octubre de 1955 y enero de 1956, expresada en particular por la difusión masiva del periódico Lucha obrera, con las vicisitudes que lo precedieron entre 1953 y el derrocamiento del general Perón. De hecho, en su último estadio, la presencia de Enrique Dickmann y su hijo Emilio, que tuvieron un papel protagónico en el lanzamiento del Partido, había des­aparecido completamente, aunque se mantenían activos en su seno otros miembros del núcleo originario, como Carlos María Bravo o José Oriente Cavalieri, que ocupan los principales cargos de dirección. En este período tardío, se da también la unión –por cierto, provisoria– de algunas de las
2-Ver, por ejemplo, Spilimbergo [1969]. Más tarde, las principales corrientes trotskistas dieron cuenta de la experiencia [Coggiola 1985; González 1996; De Lucía-Mereles 2006]. Sólo reciente­mente se analizó el PS-RN como parte de la historia del socialismo argentino [Herrera 2006].
fuerzas trotskistas que se habían integrado al PS-RN, como el grupo de Esteban Rey y la corriente orientada por Aurelio Narvaja. En las páginas que siguen buscamos abarcar, de manera sintética, la crono­logía completa del PS-RN, desde sus orígenes, alentados en las cercanías del Ministerio del Interior peronista, hasta su última aparición pública, bajo el gobierno de Arturo U. Illia. Dicha reconstrucción implica una cuidadosa distinción de momentos.
1• El nacimiento, cuyos orígenes remontan a la agudización de la crisis del
PS, y que se cierra de algún modo con el fracaso electoral de abril de 19543.
2• El intento posterior de dotarlo de una identidad, donde encontramos
dos grandes componentes: el sector más dinámico de los antiguos militan­tes socialistas y un conjunto de corrientes trotskistas, diferenciadas entre sí, que realizan variadas formas de entrismo.
3• El pico de su acción militante, que ve la convergencia de lo esencial de
esos dos elementos en el periódico Lucha obrera hasta su clausura, y la ile­galización del PS-RN en marzo de 1956.
4• Un último momento, residual en términos organizativos, pero que sienta
las bases, en cierta medida, para el mito del PS-RN.
Antes de adentrarnos en estas cuatro fases internas sucesivas, conviene re­cordar el contexto que lleva al surgimiento del PS-RN, ya que su génesis estaba estrechamente ligada a lo que podemos llamar la larga crisis del Par­tido Socialista, abierta tras el triunfo del general Perón en las elecciones presidenciales de febrero de 1946.
Un Partido en la tormenta
Como se sabe, el peronismo había resultado una fuerza de atracción impor­tante para una segunda fila de dirigentes socialistas, en particular aquellos que estaban más estrechamente ligados al sindicalismo, fuerte en el ramo de servicios. De estos ámbitos surgen dos de las principales figuras del nue­vo gobierno: Juan Atilio Bramuglia, antiguo asesor jurídico de la Unión
3-La cifra errónea se encuentra originalmente en el libro de E. Rivera [1971] y pasará de allí a otros trabajos.
Ferroviaria, que tras un frustrado intento de acceder a la candidatura a go­bernador de la Provincia de Buenos Aires ocupará la cartera de Relaciones Exteriores, y Ángel Gabriel Borlenghi, el líder del Sindicato de Empleados de Comercio, que será por casi 10 años ministro del Interior. A estos dos nombres, se debía sumar el más oscuro de José María Freire, antiguo sindi­calista del vidrio, que ocupará la Secretaría de Trabajo y Previsión, elevada más tarde al rango de Ministerio de Trabajo, entre 1946 y 1953. La impor­tancia de estas defecciones, que tocaban en verdad más a la imagen pública del Partido que a su vida interna, se veía amplificada por otro hecho más trascendente: el PS había conocido un grave revés electoral en los comicios, que lo dejaba, por primera vez desde la sanción de la ley Sáenz Peña, sin re­presentantes parlamentarios. La situación alimentará la expresión pública de los descontentos, que se verá facilitada también por el gran nombre de nuevos afiliados que habían precedido el fracaso de 1946, y que no coin­cidían siempre con las tradiciones partidarias modeladas por el justismo.
Sin embargo, los agrupamientos de los opositores internos son heterogé­neos. Por un lado, hallamos diversas formas de entrismo de trotskistas y comunistas, que se habían tornado habituales desde mediados de los años ‘30 en un partido de organización relativamente abierta como era el PS. De los intentos de las corrientes trotskistas post 1945, destaca sobre todo el que llevara adelante Esteban Rey en el Noroeste, con base en la Federación de Jujuy, que culmina con su expulsión en noviembre de 1947. También se hallan otras tentativas menos orgánicas en la Capital Federal en torno a Enrique Broquen. Desde el Partido Comunista, hubo un intento de reflotar una efímera agrupación que había sido creada en ese mismo año de 1947, el Ala Izquierda del Partido Socialista (AIPS), denunciada por el Comité Ejecutivo del PS en 1949 y que lleva a la exclusión de aquellos militantes, sobre todo juveniles, que no habían integrado ya las filas del comunismo. A estos intentos tradicionales, se sumaban ahora tentativas novedosas alen­tadas prontamente desde el novel oficialismo peronista, pero que hacían pie en viejas disidencias de izquierda. Alfredo López, hasta hacía muy poco columnista sindical de La Vanguardia y Carlos María Bravo, hijo de Ma­rio Bravo y antiguo militante del Partido Socialista Obrero, organizan así una corriente interna llamada Unidad Socialista, nombre de la publicación que editaban. Siempre en el ámbito capitalino, José Oriente Cavalieri, mi­litante de la 8° circunscripción, encabeza la oposición interna a la política abstencionista decretada en 1948 junto con Andrés López Accotto, uno de los principales líderes de las juventudes, o Ernesto Weisz. Estas disidencias
cuestionan el rechazo cada vez más frontal del peronismo, sin tomar en cuenta la simpatía que los trabajadores expresaban por su política social y económica. El tipo de oposición practicada se juzga incluso contraria a las tradiciones partidarias, como lo era la abstención a una elección (en este caso, las constituyentes y parlamentarias de diciembre). La ausencia de re­presentación parlamentaria era cifrada entre las causas que hacían perder al Partido cierto realismo. Finalmente, el cuestionamiento se extiende a las instancias superiores del PS, donde la clase obrera no tenía real cabida, y se cuestiona el origen burgués de sus principales dirigentes. En una car­ta dirigida al periódico partidario, Cavalieri funda su discrepancia con el CEN en «haber subestimado, en detrimento de la razón de ser del Partido, la función de la clase trabajadora en el proceso histórico», llevando al PS, en contradicción con las enseñanzas de Justo, a convertirse en «un parti­do con vagas aspiraciones de justicia y libertad». Cavalieri rechaza que «la oposición deba hacerse tan negativa y cerrada como para cegarnos al punto de negar todo el proceso que estamos viviendo y que a nosotros nos corres­ponde interpretar y encauzar por camino cierto»4.
Desde el oficialismo partidario, por cierto, se desestimaba este tipo de crí­tica, que es vista rápidamente como una mera tentativa por parte del pero­nismo de intervenir en el PS, por intermedio de antiguos afiliados, como el ya nombrado López o, sobre todo, el antiguo concejal socialista Juan Una­muno5. Lo que no carecía completamente de asidero, al menos en un plano material: desde el Ministerio del Interior se financian algunos de los órga­nos de prensa de la disidencia y el mismísimo presidente Perón no duda en recibir en audiencia, en octubre de 1948, a algunos de estos opositores, lo que justifica para el CEN su expulsión poco después.
Si, como podemos ver, estos intentos son heterogéneos, y son impulsados en buena medida desde el exterior, todos tienen en común el denunciar
4-Según su propio relato, Cavalieri había ingresado al PS en 1926, y se aleja en 1937 para integrar el PS Obrero. Pero dos años más tarde reingresa al viejo Partido. Hacia 1947, se integra a la AIPS. Después de asistir a la entrevista con Perón, es expulsado en diciembre de 1948. Pero sin duda su influencia persiste en el centro de Boedo, ya que la sección es disuelta a fines de 1949.
5-En el mismo momento en que se decide la abstención en las elecciones de 1948, el Consejo Na­cional del PS, «advertido de que fuerzas extrañas están en la tarea de introducir la confusión en el movimiento socialista para servir propósitos del gobierno» decide facultar al Comité Ejecutivo para que «proceda a tomar las medidas apropiadas, con la mayor diligencia», contra afiliados o agrupa­ciones, instaurando una suerte de estado de excepción interno.
que la situación de impotencia del PS está relacionada con su divorcio de la clase obrera. Le sigue a este primer diagnóstico nuevas propuestas a favor de la adopción de un programa máximo o, al menos, el abandono de su línea liberal-reformista.
Es en esa dirección que termina por desplegarse un componente de disi­dencia interno más sólido, que desemboca en el intento más importante por modificar la estrategia partidaria, llevado a cabo durante el XXXVII Congreso nacional, de noviembre de 1950, por intermedio de Julio V. Gon­zález [Herrera, 2003]. El planteo de González retomaba las discusiones pre­cedentes pero ponía el eje en «la incapacidad del Partido para penetrar en la masa trabajadora». Y en un artículo aparecido en 1948 databa los pro­blemas en la década del ’30. En efecto, el problema era mucho más antiguo que la captación de las masas por parte del régimen peronista; se originaba en la propia política del PS, que sin haber dejado nunca la defensa jurídica de los trabajadores en el Parlamento, se concentró en exceso en el terreno propio de los partidos de la burguesía, dándose como tarea la de corregir sus vicios, y moralizar sus instituciones. En definitiva, para González, el peronismo era un síntoma de la crisis partidaria, pero de ningún modo su causa. Empero, la acción gubernamental en favor de los trabajadores, así como la política de nacionalizaciones económicas, dejaba desactualizado el viejo programa mínimo y González promovía la adopción de uno nuevo, «máximo», que centrara su propuesta en la socialización de los medios de producción. Sólo así el PS podía recuperar la audiencia y el apoyo de los trabajadores.
La derrota de las posiciones de Julio V. González durante las deliberacio­nes, tras la fuerte réplica de Américo Ghioldi, como principal promotor de la línea de la lucha antitotalitaria, y la esperanza que despierta poco des­pués la importante huelga ferroviaria, no lograron acallar las disidencias por mucho tiempo [Herrera 2005]. El Ministerio del Interior, siempre en manos del ex socialista Borlenghi, se mostraba atento a la vida partidaria, e incluso había comenzado a financiar en 1951 un periódico, Argentina de Hoy, que, dirigido por Juan Unamuno, argumentaba desde sus páginas que «un auténtico Partido Socialista debería estar con los trabajadores, al lado del pueblo, contra sus enemigos tradicionales. Dentro de la realidad nacional, con Perón en la medida que el peronismo se empeña en librarse de la servidumbre imperialista». Este reagrupamiento de antiguos militan­tes socialistas, al que se asocian en un primer momento algunos ex co­
munistas, toma el nombre de Instituto de Estudios Sociales y Económicos. Sus miembros juzgaban que el viejo PS se había transformado, «luego de una gradual penetración de valores puramente intelectuales o burgueses», en un grupo híbrido, ni siquiera partido burgués, ni pequeño-burgués «y mucho menos» un partido de masas. No sólo eso: el PS había perdido toda posibilidad de transformarse en «una fuerza de gobierno», a pesar de las ca­pacidades que encerraba en sus filas. No quedaba más que promover, como lo hacía un antiguo militante del PS, Alfredo Muzzopappa, un «nuevo rum-bo para el socialismo». Y se advertía desde sus páginas que «ni las ideas ni el movimiento son patrimonio de los dirigentes enquistados al frente de la agrupación» [Herrera 2009].
Las nuevas disidencias que aparecen tras la reelección del general Perón en noviembre de 1951 son alentadas también por las circunstancias personales de sus protagonistas. Comienzan con la ruptura de Dardo Cúneo, miem­bro por entonces del CEN, cuya causa inmediata es una vivencia familiar dramática que ocurre mientras se encuentra detenido en la Penitenciaría Nacional, y que lo lleva, tras una serie de gestiones personales que le per­miten obtener su libertad, a entrevistarse con el general Perón en enero de 1952, violando la política de total aislamiento que el PS promovía de cara al gobierno. En su descargo, Cúneo denuncia la línea política del Partido desde los años ‘40, que no parecía hasta entonces haber rechazado, y en particular la conducción de Ghioldi, que había sido uno de los dirigentes civiles implicado en la intentona golpista del general Menéndez en sep­tiembre de l951. El joven dirigente organizará un pequeño grupo en torno a una publicación, Acción Socialista, que atrae a otros militantes expulsados previamente, como Ernesto Janín, un cuadro importante del ala izquierda6
o E. Weisz y un joven universitario que tiempo después será una figura protagónica del socialismo, Guillermo Estévez Boero. Desde las páginas del periódico se critica la posición extremista del CEN, reivindicando la lucha por el socialismo para alcanzar la libertad, sin dejar de denunciar la ausencia de libertades públicas. Pero el punto culminante de la crisis del PS, por la trayectoria partidaria de su principal protagonista, será el «caso Dickmann», que termina llevando a la concreción de una fuerza socialista alternativa en torno de su persona.
6-Janín, junto a Bartolomé Fiorini, Luis Ramicone, antiguos militantes del PSO, habían sido separa­dos del PS por haber hecho una presentación ante el Ministerio del Interior en 1953, como también Eduardo Rocca y José Rosin, que se incorporan a Acción Socialista.
Enrique Dickmannn y el nacimiento del PS-RN
La expulsión de uno de los últimos dirigentes que había formado parte de la conducción junto a Juan B. Justo dará origen a la disidencia más impor­tante en el plano organizativo. Varios elementos coadyuvan a ello; antes que nada, la legitimidad histórico-partidaria del que gozaba indudablemente Dickmann. Una legitimidad que permitía, en segundo lugar, reunificar en una nueva fuerza a un grupo de antiguos militantes del ala izquierda que venía oponiéndose sin éxito a la mayoría partidaria desde mediados de los años ‘30, para reivindicar la identidad socialista, incluso legalmente. No es todo: el propio gobierno lo utilizará como un ariete para dividir el PS –e incluso, como globo de ensayo para ser utilizado contra otros partidos de la oposición–, pero también para evitar que la ausencia de las fuerzas tradicionales de la política argentina en los actos eleccionarios termine des­legitimando el triunfo de los candidatos peronistas.
La crisis se desencadena por tras una publicitada entrevista que el viejo di­rigente socialista tiene, acompañado por su hijo Emilio, quien había servi­do de intermediario, con el presidente Perón el 1° de febrero de 1952 y que rompía, de manera aún más espectacular que en el caso Cúneo, con la línea de aislamiento del PS [Béjar 1979]. Aunque Dickmann obtiene como resul­tado de su visita la liberación de algunos militantes socialistas detenidos a disposición del PEN, y la promesa de reapertura de los talleres gráficos de La Vanguardia –e incluso la restitución de la denominación «Juan B. Justo» a la avenida porteña que llevaba su nombre–, el CEN decide inmediata­mente la separación de su seno y solicita su expulsión a través del voto general de los afiliados. Lo mismo ocurrirá con su hijo, que es señalado como el verdadero instigador de la conducta de su anciano padre, ante las dificultades en que se encontraba con su empresa constructora, especiali­zada en obras públicas, SADOPIC 7.
Como lo hemos señalado en otro lugar, Dickmann se venía diferenciado sutilmente de las posiciones del PS ante el peronismo. En un texto para defenderse ante el procedimiento de expulsión, el viejo dirigente escribía «sostuve que la clase obrera del país, aún inmadura políticamente, pero
7-En todo caso, Emilio Dickmann pasa a colaborar rápidamente con el gobierno y en febrero de 1953, por ejemplo, encabeza una delegación «socialista», que viaja a Chile para preparar ante diver­sos interlocutores trasandinos el próximo viaje del presidente Perón.
vejada, humillada y perseguida por los gobiernos del fraude y la violencia, se entregó en su primario instinto de rebeldía, al primer gobernante que le prometía elevar su nivel de vida y dignificar sus condiciones de clase» [1952]. En efecto, durante el Congreso de 1946, había sostenido la necesi­dad de rever la doctrina justista de la prescindencia politica en los sindi­catos. Dos años más tarde, se cuenta entre los dirigentes que se oponen a decretar la abstención en las elecciones de 1948. Sin embargo, estas diver­gencias no parecían haber alterado sus posiciones en el Partido: no apoya las críticas de aquellos militantes que se rebelan contra la decisión (y que termina, como vimos, con la expulsión de algunos de ellos), como tampoco sostendrá en 1950 las propuestas de Julio V. González (la misma actitud distante había guardado Cúneo). De hecho, Dickmann seguía integrando las instancias dirigentes del PS (mientras que González había debido re­nunciar al CEN poco después de su sonada intervención). No se trataba, pues, de un corte radical, y en 1948 Dickmann no dudaba en calificar al peronismo de «dictadura totalitaria».
En su primera reacción ante los agrios requerimientos del secretario gene­ral interino del PS, Dickmann admitía que la entrevista «fue un acto mío y exclusivamente personal», y aunque se negaba a dar un informe hasta que no se reuniese un Congreso nacional, consideraba «haber prestado un alto servicio al Partido Socialista y al país, rompiendo el círculo vicioso en que los acontecimientos políticos y sociales lo han colocado». En una carta que le dirige en ese momento a Alfredo Palacios, expresa su convicción de que el PS está en un callejón sin salida. Más tarde, en defensa de su actitud, el viejo dirigente ponía en el centro su «horror de la guerra civil». «¿Quién puede reprocharme pues –se preguntaba– haber hablado con el Presidente de la necesidad de una convivencia democrática entre ciudadanos, partidos y gobierno, para afianzar la unidad nacional?». Y el experimentado dirigen­te guardaba el optimismo de cara a la vida interna del PS: «Con la concien­cia del deber cumplido y de haber trabajado por la emancipación económi­ca y espiritual de la clase obrera y por la felicidad y grandeza de la Nación argentina, espero sereno y tranquilo el fallo de mis conciudadanos. Seguro estoy que el Partido Socialista, el pueblo argentino y la historia, tarde o temprano, me darán la razón y me harán justicia». Dickmann terminaba exhortando al CEN a convocar a un Congreso (ordinario o extraordinario) para «debatir libre y ampliamente» ideas y pensamientos. Pero el debate in­terno culmina el 31 de mayo de 1952, cuando el voto de los afiliados ratifica por 4.150 sufragios contra 667 su expulsión, bajo la acusación de buscar
entregar y dividir al PS. El carácter secreto dado a los preparativos de la entrevista constituía la mejor prueba de ello 8.
Con todo, el proceso no se cerraría aquí. Dickmann parece confiar aún en un cambio de actitud: escribe a los delegados del XXXIX Congreso Nacio­nal (30° Ordinario) del PS, que se reúne en abril de 1953 en Mar del Plata, para pedir que se le «permita exponer de viva voz» las causas de sus discre­pancias y anuncia su presencia en la ciudad balnearia durante las delibe­raciones. Por cierto, no será nunca invitado a intervenir. Sólo después del fracaso de estas últimas gestiones para rever su caso, Dickmann se mues­tra dispuesto a aceptar las propuestas que le lanzaban, desde el momento mismo de su separación del CEN, un conjunto de antiguos militantes so­cialistas cercanos al gobierno, en particular desde las páginas de Argenti­na de Hoy, que ya en su número de febrero de 1952 titulaba en tipografía catástrofe «Dickmann desenmascara a la Casa del Pueblo». En ese mismo momento Unamuno escribía «Nos preguntamos con angustia esperanzada ¿No habrá llegado el momento histórico de promover un vasto movimiento socialista, sin limitaciones ni estancos de los variados matices del ideal ?» 9. En enero de 1953, las calles del centro de Buenos Aires se habían visto em­papeladas por un afiche que reproducía una carta de José Oriente Cavalieri que denunciaba la «dictadura» de Nicolás Repetto en el PS.
Pero sólo después de la frustrada gestión marplatense, un grupo se consti­tuye con el nombre de «Movimiento Socialista». Las autoridades del nuevo agrupamiento son encabezadas por Saúl N. Bagú, que aparece como su pri­mer secretario general, y José Oriente Cavalieri, como secretario de organi­zación. Emilio Dickmann figura como tesorero. Los representantes legales de la nueva fuerza son Carlos María Bravo y Samuel Groisman. Forman parte también de la nueva empresa Bartolomé Colevatti, Santiago Flamini, Dionisio Losada, Julio Cesaroni, Juan Unamuno, Toribio Rodríguez, Pe­
8-Se debe señalar, según un testimonio posterior de Emilio Dickmann, que su padre no había pre­visto, entre las consecuencias desfavorables que le podía acarrear aceptar una entrevista con el General Perón, la expulsión del Partido, habida cuenta de su trayectoria.
9-No sólo se publica integralmente la carta que el viejo Dickmann dirige a sus camaradas del CEN para protestar contra su expulsión, sino que se lo invita a organizar un gran acto en el Luna Park, proposición que no será recogida en un primer momento. Argentina de Hoy, n° 11, 29/2/1952. Los siguientes números del periódico giran en torno a la agitación contra «los jerarcas del socialismo», de quienes se denunciaba la falta de «vibración popular» o la manera poco «obrera» en que se ga­naban la vida sus principales dirigentes.
dro Juliá Luquet, Alfredo Muzzopappa, Horacio Cutrulis, Hugo Capracella, Jorge Adolfo Jaroslavsky, Pedro Iglesias, Mario D. Bravo y Alfredo López. Como se puede observar, este primer núcleo de dirigentes proviene en­teramente del viejo PS, del que fueron expulsados en los años ‘30 y ‘40, e incluso a principios de los ‘50. En su primer documento, adoptado tras una primera asamblea en julio de 1953, se hace un llamado al viejo Dickmann para encabezar la fuerza, y se anuncia además la reaparición de La Van­guardia y la reapertura de los locales del PS.
En efecto, se juzga que el viejo partido estaba en «estado de subversión orgánica», como consecuencia «del abandono de los métodos ideales y pro­cedimientos tradicionales de la agrupación», pero también de la expulsión de afiliados sin reconocerles un derecho de defensa, denunciándose incluso el abandono de los afiliados detenidos. Aunque se lo evoca brevemente, es el «criterio obstruccionista» que parece ser la causa principal de la medida. Pero son las consecuencias legales que son resaltadas: ausencia de domici­lio público y, sobre todo, carecer «de autoridades nacionales en virtud de que el partido ha violado la ley pertinente al abstenerse de concurrir a los comicios nacionales». El documento anuncia la próxima organización de elecciones internas para designar autoridades y regularizar la vida interna del Partido. A ese respecto, se revocan todas las medidas tomadas desde 1944 por el CEN contra los afiliados socialistas «por cuestiones que se de­rivan de interpretaciones de hechos y situaciones políticas», dando el esta­tuto de afiliados, con la antigüedad y los derechos inherentes, a todos los militantes que pertenecieron a la agrupación y que expresamente declaren su propósito de reincorporarse a aquella.
El grupo tiene su lanzamiento oficial con un acto público en el salón Augus­teo el 8 de agosto de 1953, bajo el lema «la unidad nacional y la convivencia democrática», y en el que hablarán Bartolomé Colevatti, Santiago Flamini, Saúl Bagú, cerrándolo Enrique Dickmann. En su alocución, el veterano di­rigente socialista no duda en denunciar como «nazi-fascistas perfectos» a los miembros del CEN que lo habían expulsado. Pero busca también situar las coordenadas del nuevo partido, que pasaban, ante todo, por reconocer el valor positivo de la obra peronista, al menos en dos aspectos. El primero se refería a las posiciones que los trabajadores habían obtenido en la última década: Dickmann veía a la clase obrera dotada de «una personalidad, una importancia, una injerencia política» nuevas, nunca antes alcanzada en la historia argentina. Dickmann reivindicaba también la política de naciona­
lizaciones de teléfonos y ferrocarriles como expresión de una revolución nacional necesaria, previa a la socialización que él promovía. También juz­gaba a la Constitución de 1949 «infinitamente superior a la de 1853», en particular por su capítulo VI sobre la función social de la economía y el capital. Apoyaba, además, la prédica americanista del gobierno, y en parti­cular sus planes de integración, como el tratado que se acababa de firmar con Chile.
En la medida en que estos aspectos correspondían a antiguos anhelos so­cialistas, y aunado al «deseo de llevar concordia a los espíritus y trabajar por el progreso del país», Dickmann justificaba la creación de un nuevo parti­do. En lo que hacía al «viejo» PS, al que había pertenecido por casi medio siglo, Dickmann criticaba su trayectoria desde la Unión Democrática y la política de oposición a ultranza, que contradecía la tradicional línea socia­lista, aún ante gobiernos militares o fraudulentos y proponía reemplazarlo por «un Partido Socialista de obreros del músculo y del cerebro, amplio, generoso, de amplia y libre discusión», para así «tener el derecho de exigir al gobierno las mismas cosas que ahora no cumple en su seno». Y termi­naba reivindicando «una Argentina grande y próspera, por la lucha de un mundo de justicia, de libertad, de trabajo y de belleza».
Poco después, los diarios informan que el general Perón recibía el 17 de noviembre a los miembros de lo que aún se llama «Movimiento Socialis­ta». Pero los intentos de asumir la identidad del Partido Socialista sufrirán una serie de vicisitudes judiciales: tras la decisión judicial que otorgaba la personería legal al grupo de Dickmann, en septiembre, un fallo de segunda instancia, de febrero de 1954, termina reconociendo, con el fin de facilitar la participación electoral, la representación partidaria a ambos sectores, que deben agregar a la apelación Partido Socialista un aditamento distinti­vo [Luna, 1986]. El viejo tronco pasará a llamarse «Casa del Pueblo», nom­bre que era, habida cuenta del incendio sufrido el año anterior, un símbolo que condensaba toda su oposición al peronismo, mientras que los nuevos militantes agregan la denominación, no menos programática, de «Revolu­ción Nacional».
Siempre en materia de símbolos, el sector de Dickmann había dado un paso importante en septiembre de 1953, cuando comienza a editar un pe­riódico mensual que se llama La Vanguardia. El esfuerzo de sus artículos se concentra, ante todo, por distinguirse del sector socialista mayoritario,
afirmándose que la disidencia no es meramente legal, sino «conceptual y de principios». En cambio, la lectura de sus páginas muestra que los már­genes del PS-RN para marcar distancias con el gobierno son más tenues. No duda, empero, en dirigir un respetuoso petitorio al presidente de la Re­pública para pedir un aumento de salarios ante la inflación. También de­nunciará la actitud patronal de la CGE en materia de paritarias. El acento es puesto en la defensa de la obra económica del peronismo, que ha creado una economía de Estado, «socialmente progresista». El imperialismo, tal como intervenía en la Guatemala de Jacobo Arbenz, es denunciado como el principal enemigo. Y aunque alienta una política de reforma agraria o la defensa de las nacionalizaciones, no se opondrá tampoco, pese a una de­claración muy general de principios, a la evolución de la política oficial en materia de petróleo.
La organización legal se aceleraba sobre todo de cara a las elecciones de abril de 1954. La expectativa parece incluso aumentar cuando el sector ofi­cial decide, en marzo, abstenerse ante la ausencia de garantías y libertades públicas, siguiendo la posibilidad abierta por la resolución del XL Con­greso Nacional (12° Extraordinario) del PS, reunido en La Plata a fines de febrero. La decisión genera renovadas oposiciones internas, de las que los diarios informan abundantemente 10, y conduce a la fracción disidente a ocupar los locales partidarios cerrados, como así también las ruinas de la Casa del Pueblo, cuya dirección pasa a ser la sede oficial del PS-RN11. Los aprestos eleccionarios no sólo tenían consecuencias de cara al enfrenta­miento entre socialistas: un conjunto de sectores trotskistas comienzan a ver en un PS, cuyo secretario general es ahora Emilio Dickmann, la ocasión de actuar en un marco de legalidad, e incluso contar con medios materiales para desarrollar su trabajo.
El nuevo socialismo integra sus listas con los nombres que ya conocemos. A pesar del oportuno ofrecimiento que se le hiciera, Enrique Dickmann de­clina la candidatura a encabezarlas, aunque preside las deliberaciones para decidirlas. Su hijo, en cambio, es candidato, junto a Carlos María Bravo a la senaduría nacional por la Capital Federal. Unamuno, así como Cava­lieri, Juliá, Groisman, Mario de Noia, Félix Galván, Oscar Sánchez, José F.
10-Denunciando la abstención, dejan en ese momento el PS Héctor Raurich, uno de los precursores del trotskismo argentino, y el pequeño grupo de parientes y discípulos que gravitaba en torno a él.
11-El primer local central del PS-RN se encontraba en Loria 1194.
Zarraga, Manuel Campo, Juan Vescovo, José Oscar Rego, Miguel Navas, Irma Maturro y Susana Tasca son candidatos a diputados en las distintas circunscripciones del distrito porteño. En la provincia de Buenos Aires las candidaturas nacionales a cargos legislativos son encabezadas por Cole­vatti, para el Senado y Muzzopappa, Cesaroni, Losada, Flamini, Iglesias, Hugo Vicente Peña, entre otros, en las distintas secciones de la elección a diputados. En las listas encontramos, junto a los viejos militantes del PS, a militantes de una de las corrientes trotskistas, el POR que animaba Nahuel Moreno, y que había empezado a hacer entrismo en el PS-RN a fines de 1953 (por ejemplo, Horacio Lagar por la 4° sección). También se presentan candidatos en Córdoba, Jujuy, San Juan, San Luis, Santiago del Estero y Tu­cumán, pero aquí también son los sectores trotskistas, en torno a Esteban Rey en este caso, que aglutinan a los militantes más activos de la fuerza en la región. Por ejemplo en Jujuy, uno de los núcleos más importantes, es can­didato a senador Hugo Brizuela, a diputado nacional Martín Fernández, y Esteban Rey encabeza las candidaturas a diputado provincial. Para el cargo de vicepresidente de la Nación, el PS-RN decide apoyar la candidatura ofi­cialista del contralmirante Alberto Teisaire.
Sus militantes se lanzan activamente a la campaña, con una serie de ac­tos callejeros en la ciudad de Buenos Aires, que según fuentes del Minis­terio del Interior alcanzan la cifra de 64, y 102 en el interior. Por su parte, los candidatos senatoriales porteños invitan a sus homólogos de la UCR a debatir un conjunto de cuestiones. Poco antes del comicios, el PS-RN denuncia un plan urdido según sus dichos por el PS y los radicales para hacer desaparecer sus boletas del cuarto oscuro el día del comicio. El acto de cierre tiene lugar en la Plaza Constitución el miércoles 21 de abril, con Enrique Dickmann como orador principal. Toman la palabra previamente Daniel Pereyra, candidato a intendente por Lanús (por entonces 4 de Junio) y hombre del morenismo, así como Maturro, Colevatti, Rego, Tasca, Cava­lieri, Vescobo, Juliá, Unamuno y Emilio Dickmann.
El PS-RN obtiene algo más 22.000 votos en todo el país. En la Capital Fe­deral arañan los 8.000 votos a diputados (en las circunscripciones más vo­tadas no superan los 800) y un poco menos para senadores, mientras que en la Provincia de Buenos Aires reúne algo menos de 11.000 sufragios. En el resto del país, la mejor elección se produjo en Tucumán, con alrededor de 1.300 votos, logrando escasos 779 sufragios en Jujuy, 749 en Santiago del Estero, 274 en San Juan. El resultado es un estrepitoso fracaso, habida
cuenta de la ambición de ocupar, al menos, el espacio del viejo socialismo: a título de comparación, el PS había sacado en 1951, ya en plena crisis, casi
30.000 votos en la Capital Federal. Si los resultados enfrían el interés del go­bierno en sostener el proyecto no congelan, sin embargo, la vida del PS-RN.
Las tentativas de desarrollo
Casi se podría decir que los magros resultados electorales lo liberan de los condicionamientos más fuertes como fuerza satélite del gobierno. Un sín­toma de ello, la ausencia de los dirigentes que aseguraban el vínculo con el Ejecutivo, como Unamuno. Tras las urgencias organizativas y electorales, parece actualizarse ahora el viejo proyecto de dotar al socialismo de un anclaje más nacional, al mismo tiempo que se busca un acercamiento con la nueva clase obrera. La tarea es encabezada ahora por Carlos María Bravo, que pasa a ser el nuevo secretario general.
Así, en octubre de 1954, en momentos que inicia su campaña nacional de afiliación, da a conocer lo que tal vez pueda ser considerado como su prin­cipal manifiesto. El documento comienza afirmando que al cruzarse con el peronismo, –o mejor dicho el eufemismo empleado para hablar de él, «la Revolución Nacional»–, el viejo PS «se ha visto privado de toda función», generando el rechazo de los trabajadores, por ser considerado «contra­revolucionario, anti-popular y filo-imperialista». La dirección del nuevo socialismo juzga que los votos, escasos, obtenidos en la pasada elección probaban que el PS-RN había «logrado asentar un principio de compren­sión» para el nuevo socialismo. El texto se adentra entonces en la crisis del socialismo, que el documento asegura poder datar de antaño y no deja de subrayar el importante crecimiento alcanzado durante la década infame. Ataca también su política gremial, en particular la vieja prescindencia, que impidió dar a la clase obrera una organización en todas las ramas de la producción. Se critica incluso, de manera relativamente detallada, la vieja «declaración de principios», porque silenciaba el papel de la clase obrera en el proceso local, aunque tampoco le atribuía una función a la clase media; el proyecto justista importaba, en el mejor de los casos, los modelos parti­darios de la socialdemocracia alemana o del laborismo inglés. Tampoco se salva de la censura el tipo de oposición que ejerciera el PS contra el gobier­no de Yrigoyen, sin ahondar «en la entraña de ese movimiento para distin­guir y ponderar sus aspectos progresistas y alentar su evolución teniendo a la vista su proximidad de partido de la clase obrera».
El mayor interés se encuentra en su lectura del período que se abre en 1943. Tras puntualizar que «el fenómeno argentino no ha podido eludir las leyes de la dialéctica», el análisis afirma que a la política oligárquica e imperia­lista seguida hasta entonces iban a contraponerse la representación «de los intereses de las fuerzas desposeídas» y una política «anti-imperialista, de liberación, de arraigo popular y obrero necesario». Ante un proceso con­tradictorio, que encontraba al PS en el bando contrario, «la intervención de la masa popular» derrotó a la reacción el 17 de octubre de 1945. Las elecciones posteriores permitieron consolidar la victoria del planteo anti­imperialista, que se condensaba en la consigna «Braden o Perón».
Con el gobierno peronista se iniciaba, siempre según el relato, un proceso de industrialización acelerada, que llevaba al fortalecimiento del movimiento obrero, apuntalado por la nueva legislación social. La clase obrera, en parti­cular, actuaba activamente en los campos del trabajo y de la economía, aun­que, como se subrayaba elogiosamente en el manifiesto, «bajo la conducción y orientación del Presidente de la República», quien «imparte instrucciones tendientes al ordenamiento de los distintos grupos de intereses en conflicto».
En definitiva, para el PS-RN, el país «asiste a un pujante proceso de renova­ción [...] y al despertar de una nueva conciencia social», especialmente en la juventud y la clase obrera. El texto resalta asimismo el carácter social dado a la propiedad. Por eso la posición del PS-RN es de «coincidencia», como se imprime en letras mayúsculas, con «el plan anti-imperialista» del gobierno, del que se ven incluso como precursores, tras la experiencia del PS Obrero de los años ‘30, que el documento rescataba fuertemente (mientras acusaba a los comunistas de su fracaso). El nuevo socialismo se sitúa «en la línea de la Revolución Nacional en tanto [...] nos dé posibilidades o nos conduzca hacia el socialismo, por oposición de clase a todos los intereses que sirvan a la acción imperialista y que concurran al sometimiento de los trabajadores».
Justamente, «las conquistas sociales alcanzadas deben ser extendidas y pro­fundizadas». El ciclo debía ser completado por otras medidas, en particular, la nacionalización de las industrias fundamentales y los servicios públicos, y la participación de la clase obrera en su manejo. «No debe quedar una empre­sa en manos de extranjeros o privadas», lo que se asemeja a una socialización de los medios de producción. En un plan más coyuntural, el PS-RN se alarma de la acción de la CGE para retacear los derechos de los trabajadores, que coincide con una ofensiva del imperialismo yanqui. También denuncia el au­
mento del costo de vida. En ese sentido, aconseja «propender a la implanta­ción de una política que incremente la producción de bienes y servicios, para defender el nivel de vida logrado, la emancipación económica de la República y su soberanía». Sobre todo, insiste que la Revolución Nacional debe llegar al campo, a través de una reforma agraria y la nacionalización de la tierra.
En síntesis, el PS-RN promueve la profundización del «actual proceso econó­mico, político y social hasta la realización de los objetivos socialistas». En un llamado final a incorporarse a las filas del Partido, se define al socialismo como «el problema social apreciado con el punto de vista obrero». Y no es la falta de ambición lo que caracteriza al nuevo socialismo: «Queremos ser el Partido de la clase obrera argentina en su acción anti-imperialista en el país y en América Latina; y la herramienta de su emancipación como clase». El texto culmina con la consigna «Por una voluntad argentina en marcha hacia la liberación nacional y el socialismo», que recuerda las viejas consignas del PSO [Herrera 2006].
En el relato histórico se adivinan algunos de los análisis de las corrientes que desde un primigenio trotskismo realizaban un análisis del peronismo en términos de bonapartismo. En efecto, los viejos planteos del ala izquier­da socialista no agotaban el filón para vivificar el PS-RN. Si en el momento de su fundación, el movimiento estaba integrado básicamente por antiguos dirigentes de segundo nivel del PS, algunos ya incorporados a la galaxia justicialista, unos y otros sin verdadera estructura organizativa ni militan­cia real12, se habían ido sumando al partido, con el beneplácito del núcleo originario, o al menos de los Dickmann, diversos sectores trotskistas, de los cuales tres están particularmente integrados.
El primero en unirse había sido el grupo de Esteban Rey que, como ya hemos recordado, había organizado a mediados de los años ‘40 una ex­periencia entrista en el Noroeste argentino. Su corriente, particularmente vigorosa en el interior (sobre todo en las provincias de Salta, Jujuy y Tucu­mán, que van a constituir el llamado «Secretariado del Norte» del PS-RN), hacía también pie en la Capital Federal. Poco después, encontramos a la que era por entonces la fuerza trotskista mejor implantada en los barrios fabriles del Gran Buenos Aires, el POR,
12-Lo que llevaba a considerar como miembros del partido a hijos y familiares, como Miguel Una­muno, Ulises Bravo e incluso, si da fe a los periódicos de la época, a Armando Cavalieri, actual e inamovible secretario general del Sindicato de Empleados de Comercio.
dirigido por Nahuel Moreno, que luego de una primera y promisoria expe­riencia entrista iniciada a fines de 1953, decide la incorporación completa en el PS-RN en mayo del año siguiente. Ya en las elecciones de abril de 1954, algunos de sus militantes habían encabezado candidaturas, sobre todo en la Tercera sección electoral, en particular en Avellaneda, Lanús y San Martín [González 1995]. El sector pasa a reivindicarse como «Federación bonae­rense del PS-RN», editando como su órgano el periódico La Verdad.
Por último, otro sector animado por Aurelio Narvaja y S. Hecker, se asienta en la Capital Federal, donde ocupa el local partidario de la calle Austria al 2100, y en Rosario. En octubre de 1954, comienza a publicar Frente Obrero que se presenta como órgano de la Federación de la Capital del PS-RN. Por cierto, los lazos con el CEN parecen bastante laxos, y hasta cometen un ye­rro en alguna oportunidad con el nombre del partido –traicionando quizás deseos inconscientes un artículo lo llama «Partido Obrero de la Revolución Nacional»…–. En todo caso, se reivindican como «socialistas revoluciona­rios» y levantan la consigna «¡Por un Partido Obrero Independiente!», que se define como «la gran tarea política de la clase obrera». Por fuera de la rei­vindicación de Manuel Ugarte, del que saludan con entusiasmo la repatria­ción de sus restos, los vínculos con el «viejo y glorioso» son poco detectables. Uno de los raros artículos dedicados al «socialismo repettuno», da cuenta de su distancia con la tradición: justifican el atentado de abril de 1953, ya que «las llamas que barrieron la Casa del Pueblo, como reacción justiciera con­tra el terrorismo organizado de las bandas oligárquicas (que actuaron con el apoyo moral y no sabemos si material de la camarilla de Repetto) son las mismos que alumbran la pública aparición de la corriente renovadora». La génesis del PS-RN es reconstruida como reacción a una práctica deleznable. «Viejos y jóvenes socialistas revolucionarios ahogados ayer por un régimen interno al servicio del enemigo de clase, nos expresamos hoy con el ánimo de restablecer lo que nunca debió romperse: la indestructible hermandad entre las masas argentinas y la organización política que en la etapa actual de la lucha no es [ni] puede ser otro que el Partido Socialista de la Revolu­ción Nacional». Y concluye, «A grandes males, grande remedios. Tras medio siglo de violencia organizada, un solo acto de afirmación revolucionaria da a los socialistas auténticos el derecho indiscutible –que es histórico y jurí­dico– a dialogar con las masas». Cercano políticamente a este sector, entra también al PS-RN Jorge Abelardo Ramos, pero luego de un conjunto de di­sidencias, editará en agosto de 1955 su propio periódico llamado Izquierda, de corta vida [Coggiola, 1985, De Lucia-Mereles, 2006].
La alianza entre los antiguos militantes del PS y los diversos sectores trots­kistas terminan transformando al PS-RN en una suerte de confederación, ya que, como se puede apreciar, estos grupos cuentan con una amplia auto­nomía. Mucho menos dinámicos, con un periódico, La Vanguardia, que co­mienza a espaciar sus apariciones, el núcleo socialista originario parece con­formarse con una acción propagandística, en el mejor de los casos en la esfera pública, más conforme a su cultura política. En todo caso, son las corrientes trotskistas que se muestran más interesadas en dotar al PS-RN de una orga­nización más poderosa. No dudan incluso en visitar al viejo Dickmann en su retiro cordobés de Valle Hermoso para elaborar un documento, que será dado a conocer el 11 de enero de 1955. En sus párrafos, el histórico dirigente socialista afirmaba que «la tarea esencial es la creación de un gran partido nacional, abanderado natural e histórico de la clase trabajadora argentina». Y dicha tarea implicaba «la lucha por la unidad socialista en una sola organi­zación y con respeto para todas las tendencias, sobre las bases de granito de la Declaración de principios redactados por Juan B. Justo». Se trataba de una unión amplia, incluyendo incluso al viejo tronco, ya que Dickmann estimaba que «la coincidencia es posible, unión en ideales, en aspiraciones, aunque se discrepe en formas, métodos y procedimientos». En ese sentido, y de cara a la historia, sostenía que «la antigua intolerancia y los choques por cuestiones personales o de predominio deben ser relegados al pasado. Caigan sobre los viejos errores, no el olvido sino la rectificación adecuada y necesaria». Y con­cluía, eternamente esperanzado, «grandes tareas socialistas aguardan en un futuro cada vez más cercano a los trabajadores de la República, sector decisi­vo de la clase obrera y de las masas populares de Latinoamérica; para esta ta­rea se hace indispensable un grande, fuerte, disciplinado y combativo partido socialista. Los principios como base, la unidad y la coexistencia de tendencias socialistas como medios y el trabajo en defensa de los intereses inmediatos e históricos de la clase trabajadora como fin, son mi mensaje y mi consejo»13.
13-El llamado debía servir de base para la creación de un comité unificador. Aparte de las cabezas de los dos grupos trotskistas más importantes integrados en el PS-RN, E. Rey y N. Moreno (que firma aquí con su nombre real Hugo Bressano), que rubrican el documento en representación de Jujuy y Buenos Aires, encontramos también los nombres de Brinze (Jujuy), Raúl Barber y Francisco Yuluyac (Tucumán), Bernardini (Santiago del Estero), Cuenla (Salta) y Jorge Jaroslavsky (Capital). A excepción de este último, pariente de Dickmann, la mayoría de estos hombres no provienen del viejo PS. Por otro lado, según un testimonio de Ernesto González, eran los Dickmann que sostenían la presencia de la fracción morenista al interior del PS-RN.
Pese a la afirmación de la libertad de tendencias, se podía pensar que entre las diversas corrientes trotskistas y sectores provenientes del viejo tronco socialista, la situación del PS-RN no parecía demasiado promisoria. Los primeros no dudan a veces en acusar a los segundos de borlenghistas. Las tensiones recorren incluso al núcleo originario, enfrentando a los Dick­mann con los antiguos militantes socialistas. En febrero de 1955, Emilio Dickmann era suspendido de sus funciones partidarias por una investi­gación sobre posibles defraudaciones en la construcción de un barrio de viviendas obreras en el Gran Buenos Aires. El acusado se defiende diciendo que se busca politizar «con fines inconfesables», «malévolamente», «asun­tos de orden profesional». Sus acusadores, siempre según sus dichos, con­sideran que el PS-RN «no debe ser un partido de la clase obrera sino de la clase media». Los sectores que buscan dar vida a una prédica de izquierda nacional no se muestran menos divididos entre sí, y las separaciones y en­frentamientos se suceden [Galasso, 2007].
Pero las tensiones parecen reabsorberse ante la crisis que comienza a vivir el gobierno, agravada tras el fallido golpe militar de junio. La Primera Con­ferencia Nacional del Partido, realizada el 27 y el 28 de agosto de 1955, ha­bía confirmado la línea de «apoyo a la Revolución Nacional». Presidida por Enrique Dickmann, y en la vicepresidencia 1° el escritor Elías Castelnuovo, están presentes representantes de todos los sectores internos, como Carlos Bravo o Hugo L. Sylvester. Se proclama en esa ocasión «la necesidad de pro-mover la unidad de todas las fuerzas de izquierda». Los reclamos más preci­sos al gobierno se sitúan siempre del lado del campo: se propone así que se imponga la venta obligatoria de la tierra a los colonos que ocupan fundos de terratenientes, insistiéndose con el reclamo de una amplia reforma agra­ria, «única manera, en esas circunstancias, de solucionar el problema del campo, tanto desde el punto de vista económico como político». Enfermo, el viejo Dickmann aseguraba que «todavía tenía fuerzas para participar del renacimiento de un gran movimiento político». Abogaba una vez más por la convivencia democrática, y ya casi como una letanía, sostenía que había que «sobreponerse a la contingencia de la lucha y aceptar una convivencia democrática, que una a todos los argentinos en la empresa patriótica de consolidar el progreso y la civilización del país».
Será su hijo Emilio el encargado de dar a conocer la posición del PS-RN ante los anuncios de apertura del gobierno, en un discurso radiofónico en la tarde del 31 de agosto de 1955. La línea es abiertamente oficialista: «En
esta grave hora para el progreso de la República, los socialistas revolucio­narios están presentes para apoyar la obra de justicia social del gobierno del general Perón». En sus palabras, el PS-RN ve en el gobierno «por lo hecho y por lo que aún debe hacer, la única garantía en el momento actual para la clase trabajadora y para que sea realidad la justicia social, la soberanía política y la independencia económica». Aun así, dejaba lugar para reafir­mar une vez más la peculiaridad del Partido, que según él, «ha retomado la vieja, casi apagada, antorcha del socialismo del país, la ha revivido con las ideas socialistas, por eso está con la clase trabajadora y en la firme posición de mantener las conquistas sociales alcanzadas, amenazadas por los intere­ses más oscuros e inconfesables».
Después de las movilizaciones de ese día, y del duro discurso del general Perón, el PS-RN publica una declaración en la que afirma que «la concen­tración realizada en Plaza de Mayo demuestra la lucha activa e indepen­diente de la clase proletaria para aplastar a la reacción en todos los terre­nos». Pero estima también que «esta combatividad se refleja en el discurso del general Perón y su recibimiento apasionado por la masa del pueblo allí reunido». Las corrientes más izquierdistas insistirán con la organización de milicias obreras y otras medidas que ponían en el centro a la CGT.
Gloria y caída del PS-RN
Tras el ahora victorioso levantamiento militar de septiembre de 1955, el Partido no será ilegalizado inmediatamente. Encabezado por Carlos María Bravo, comienza a publicar, en noviembre de ese año, un nuevo periódico, Lucha Obrera, que se presenta como «órgano oficial del Comité Ejecutivo del Partido Socialista de la Revolución Nacional», lo que suponía aún el viejo funcionamiento confederal.
Sin embargo, este nuevo momento expresa una forma de fusión entre los antiguos socialistas y dos de los sectores trotskistas, un proceso alentado sin duda por la nueva situación política y cimentado por el gran suceso que alcanza el periódico ante el silenciamiento de las otras voces favorables al peronismo. Básicamente, son los grupos de Rey, que es el director del periódico, el de Narvaja y el más pequeño de Ramos, que participan de la experiencia, mientras que el sector de Moreno se mantiene aislado en su bastión bonaerense. En efecto, había entrado en conflicto abierto con la dirección central del PS-RN, cuando ésta decide no apoyar el llamado a la
huelga general para el 17 de octubre, convocada por los nuevos dirigentes sindicales peronistas, y que contaba con el apoyo entusiasta de la corriente morenista. El conflicto termina conduciendo al viejo POR a la ruptura con la conducción nacional dos meses más tarde, sin juzgar oportuno abando­nar la sigla partidaria –La Verdad se autotitula ahora «ala izquierda –mayo­ritaria– del nuevo Comité Ejecutivo del PS-RN» [González 1996] –, lo que da cuenta de cierta visibilidad alcanzada por el Partido.
Entre los colaboradores más activos de Lucha Obrera encontramos a Saúl Hecker, Ángel Perelman, Ernesto Ceballos, Alberto Converti y Jorge Enea Spilimbergo. El diario, que contabilizará ocho números solamente, aparece, con frecuencia semanal, los jueves, con una tirada que, según algunos de sus participantes, alcanzará los 150.000 ejemplares. Rápidamente comienza a sufrir clausuras y hostigamientos, e igual suerte corren los miembros del Partido –Bravo es cesanteado de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, tras 27 años de servicio–.
La mejor expresión de esta fusión política lo da la reivindicación, ahora común, a favor de la formación de un partido obrero. El derrocamiento sin mayores resistencias del peronismo alienta la ilusión, ya antigua en los sectores trotskistas, de organizar una expresión política de clase que lo «supere». En efecto, para Rey «esta nueva crisis replantea con caracteres de urgencia la necesidad de un partido obrero independiente de la clase trabajadora». En la experiencia del «tumultuoso y contradictorio proceso de liberación nacional y social», la clase obrera, siempre según Rey, «ha actuado sustentando a unos o a otro, apoyando a la burguesía industrial
o al gobierno bonapartista para defender, de esta manera, el curso revolu­cionario, pero no ha actuado independientemente nunca», aunque un do­cumento de la sección tucumana no deja de reconocer que «la Revolución de 1945 ha elevado a la clase trabajadora, jerarquizándola social, política y económicamente».
Los viejos dirigentes socialistas son cooptados para esta tarea, aunque el tono de su partición difiera en parte, sin duda menos clasista, más gene­ral. Así, en un texto que llama a «construir el partido obrero», Carlos Ma­ría Bravo concluye: «No vamos a estar solos. Creemos en la comprensión de nuestro pueblo. Sabemos hacia dónde vamos y nos preocupa menos la cárcel que el porvenir de la República»... El artículo del hijo de Mario Bra­vo ofrece una buena anatomía de la manera en que evolucionan los viejos
socialistas de izquierda. Comparte, al menos en parte, el juicio de sus ca­maradas trotskistas, y sostiene que «los hechos ocurridos en el país, en el curso de los últimos días, han corroborado la necesidad de un partido de los trabajadores de tendencia independiente –es decir emancipadora– en la lucha política de nuestro tiempo». Con una retórica que se desplaza hacia su propio eje, afirma que «el partido obrero es una necesidad nacional», ya que la clase obrera «es hija del esfuerzo llevado a cabo para la liberación de nuestra economía». Bravo intenta siempre hacer entroncar la consigna con la historia de oposiciones del PS, «hace mucho tiempo que venimos expre­sando la necesidad de la presencia política de la clase obrera en un partido nacional e independiente». E incluso, su propia historia personal: recuerda la entrevista con Perón a fines de 1948, donde asegura haberle planteado esta reivindicación; «no se admitió nuestro punto de vista y cada cual si­guió con el suyo». Ahora más que nunca «es imprescindible estructurar el gran partido político de trabajadores, para impedir [...] la acción de la oligarquía y de las corrientes imperialistas que la mueven, y para facilitar el proceso de liberación nacional». Para el dirigente socialista, «sin una fuerza obrera vigorosa peligra la estabilidad de toda la clase, peligra la estabilidad de la misma República, expuesta a caer en la red política del colonialismo so pretexto del enderezamiento de nuestra economía». En ese sentido, el PS-RN aparece como la vía para la concreción de ese anhelo, entremezclan­do consignas socialistas, nacionales y republicanas: «La clase obrera debe dar su gran lección incorporándose al movimiento que hemos promovido a favor de la liberación nacional; debe formar el cuadro básico para el gran despliegue de mañana». Al mismo tiempo, no olvida tampoco a la clase media que «tendrá también que cumplir su tarea en las luchas futuras», ya que «los movimientos de liberación nacional son siempre el concurso de las clases trabajadoras y medias industriales. Mientras la clase media industrial se ubica en el proceso social argentino, adelantaremos nuestro trabajo político».
Si José O. Cavalieri llama también a constituir «un fuerte y auténtico parti­do obrero», la consigna en su caso parece confundirse con el fortalecimien­to del movimiento obrero, «unificado en una central poderosa», visión que lo acerca más bien a la idea de un partido laborista. En ese sentido, los sin­dicatos aparecen como «organismos de poderosa acción». Cavalieri intenta de algún modo la fusión entre las tres culturas políticas en presencia en el PS-RN en ese momento, la socialista, la trotskista y la peronista, al sostener que «confiados en nuestra tradición hacemos un llamado a los trabajadores
a nuestras filas, para continuar la lucha por sus derechos y afianzar las gran­des conquistas logradas». Las declaraciones del secretario de organización del Partido dan cuenta también de la transformación que la organización está viviendo en esos mismos momentos. «Nuestro partido, integrado por luchadores consecuentes del socialismo revolucionario y los derechos obre­ros, muchos de los cuales hace más de treinta años que sostienen la bandera de las reivindicaciones proletarias, ha visto engrosadas sus filas por grupos de jóvenes intelectuales, estudiantes y obreros que vienen a unir sus fuerzas a los constructores de la Argentina socialista».
Pero el viejo encono contra el Partido Socialista no se abandona, y los ar­tículos del semanario lo califican siempre de socialismo oligárquico. Son «dirigentes sin dirigidos, cuya principal preocupación es provocar crisis ministeriales en cadena, para ver si en una de esas algún socialista ‘a la violeta’ puede filtrarse en el gobierno de ‘facto’». En la misma óptica, J. A. Ramos –que integraba el Comité central del PS-RN desde fines de septiem­bre de 1955, constituyéndose en la minoría [Spilimbergo, 1969]– califica al PS de «último de los partiditos municipales que quedaban». Incluso, la oposición se radicaliza de cara a la política de recuperación de sindicatos por parte de los viejos dirigentes socialistas, que piden «la dictadura en los gremios a punta de bayoneta». Perelman no duda en denunciar a «los pis­toleros de la COASI». En su artículo, ataca en particular a Francisco Pérez Leirós, «antiguo obrero municipal y actual terrateniente en Córdoba», a Alfredo Fidanza, del calzado, Julio Duró Ameghino, de ferroviarios, y «el siniestro» Stordeur, al que acusa de ser patrón de imprenta.
Tampoco se descuida el objetivo de fortalecer el PS-RN, bajo una forma que podemos llamar descentralizada. Así, el periódico publica un aviso donde se puede leer «Constituya ahora mismo un Centro del socialismo revolu­cionario. Reúna cinco o más amigos, organice un centro y comunique su constitución al Comité Ejecutivo del PS de la RN»… En esta postrera etapa, en cambio, ya no hay huellas de la presencia de los Dickmann. Enrique muere el 30 de diciembre de 1955. Un nuevo plenario, dos semanas antes, parece haber consolidado la línea de frente único y alianza con la burgue­sía, defendiendo –como Rivera lo escribirá posteriormente– la Revolución Nacional por razones estratégicas.
Sin embargo, el PS-RN no sobrevivirá al endurecimiento de la Revolución Libertadora tras la caída del general Eduardo Lonardi: el periódico es ce­
rrado definitivamente en enero de 1956 y Rey es encarcelado en la Peniten­ciaría Nacional. Finalmente, un decreto-ley del 1º de marzo disuelve al PS­RN, «que sirvió dócilmente a los designios execrables de quien suprimió la libertad y negó el derecho en la tierra de los argentinos». Se le reprocha, en particular, haber identificado «su acción con el régimen depuesto, pro­curando confundir a la opinión pública con el uso de la denominación y el usufructo de los locales y bienes de una organización tradicional de la vida política argentina». Siempre según sus considerandos, es acusado no sólo de haber formulado «expresas manifestaciones de adhesión al tirano o a su nefasta política que sumió al país en la más profunda crisis ética e institu­cional que conoce su historia», sino, además, de adoptar «precisas resolu­ciones de defender activamente el régimen dictatorial depuesto». El celo erradicador es tan excesivo que incluso se imputa al PS-RN haber llamado a votar por las listas de candidatos del partido oficialista en las elecciones de abril de 1954, cuando en realidad, como hemos visto, sólo se apoyaba la candidatura de Teisaire a la vicepresidencia14.
Con todo, las vicisitudes del PS-RN conocen aún postreros estertores. Lue­go de la elección de Arturo Frondizi a la presidencia de la República, un conjunto de dirigentes del Partido, donde se enlazan nombres provenientes del viejo PS (Bravo, Colevatti, Losada, Juliá) y del antiguo grupo de Nar­vaja (Sylvester, Carlos Etkin, Rivera), reclamarán la devolución de la per­sonería a la justicia [Rivera, 1971]. La nota que acompañaba el pedido, que se rebelará infructuoso, interesa como reconstrucción a posteriori de las vicisitudes del PS-RN según sus protagonistas de la última etapa. Comen­zaba historiando su génesis inmediata: «fue en una época difícil que distin­tas corrientes de honda raigambre nacional confluyeron para constituir el Partido Socialista-Revolución Nacional. En esas horas angustiosas, que sin distinción de banderías vivió la ciudadanía, enarbolamos nuestro progra­ma como un elemento de clarificación y como una salida política para el país». Aunque «las circunstancias han cambiado ahora» según Bravo y sus acólitos, «las necesidades que desembocaron en el surgimiento de nuestra fuerza política permanecen vigentes», entroncándolas con un pasado más lejano, ya que «desde los albores del crecimiento industrial y agropecuario de tipo capitalista» surgió «la necesidad de la creación de una fuerza par-
14-La norma dispone transferir sus bienes al patrimonio nacional, creando una comisión liquida­dora ad-hoc de tres miembros. Si se pueden enajenar, el producido sería destinado a la construc­ción de viviendas populares.
tidaria que nucleara a la clase obrera». La vertiente nacional del Partido se acentúa en el relato histórico: en un proceso que se califica de «doloroso y a veces sangriento», esas fuerzas «se fueron nacionalizando e integrando relativamente en la estructura política y social argentina». Pero, una vez más, es el estallido de la Segunda Guerra Mundial que acelera la trans­formación: «La industria reclamaba brazos, la inmigración europea estaba cerrada y fue la población criolla del interior que se volcó en las grandes ciudades, proletarizándose de manera acelerada». Toda la especificidad del nuevo partido puede desplegarse ahora. «Las viejas formaciones obreras se mantuvieron en retraso ideológico y organizativo para encuadrar ese alu­vión argentino y para dar expresión a sus intereses». Por cierto, existían ya «distintas corrientes que venían pugnando por abrir en la vida nacional un cauce argentino a la clase obrera», incluso con precursores como Manuel Ugarte; pero «por primera vez en el país aquellos luchadores que buscaban el camino de la liberación nacional y social de la clase obrera encontraron una fuerza política donde podía expresarse sin ser expulsados por desvia­ciones nacionalistas».
Se trataba luego de precisar las coordenadas del PS-RN tal como se había consolidado en el último tramo de su existencia, aunque finalmente son bastante generales: se trata de «un partido político compuesto por argenti­nos que se inspira en tradiciones argentinas, que se considera continuador de las luchas que desde la revolución de Mayo, ha impuesto [el] pueblo argentino [al] imperialismo y los opresores de adentro y de afuera. Una fuerza que continúa con la tradicional actitud neutralista frente a la guerra mundial, que busca la unidad con los hermanos de América Latina y que es socialista y unificadora porque es argentina y porque entiende a la patria como una comunión de suelo, tradiciones y pueblo» [Rivera 1971]. Como se puede observar en esta frase, el componente nacionalista pasa a ocupar un lugar cada vez más central; incluso, ante su interdicción, se indigna en conceptos que no dejan dudas: «Puede haber partidos europeizantes, ru­sófilos, yancófilos, chinófilos, afiliados a cualquier internacional, pero no puede existir un partido socialista argentino, que no tiene más símbolos que los de la patria, más ideologías e intereses que los del pueblo argenti­no». Sus objetivos, en efecto, «provienen del fondo de la tradición argenti­na, tienden a constituir una patria fuerte, libre y soberana, considerando a la clase obrera como el caudillo histórico de esta lucha en nuestros días».
El decreto es derogado finalmente en noviembre de 1964, restituyendo al
Partido su libertad y sus escasos bienes, pero su labor estaba terminada, y los principales dirigentes habían seguido otros derroteros políticos. Sólo el grupo socialista originario parece aferrarse a la identidad, y tal vez la última actuación pública de uno de esos dirigentes sea la candidatura a senador por la Capital Federal de José Oriente Cavalieri en las listas del Partido So­cialista Popular que encabezaba Guillermo Estévez Boero en las elecciones de octubre de 1983.
El PS-RN no llegó a ser el catalizador de una nueva identidad de izquierda. No tan sólo por su escaso desarrollo en el marco temporal sino más bien porque fue atravesado por un conjunto de nuevas corrientes que, con ob­jetivos diversos, estaban recorriendo la izquierda. Podemos identificar, por un lado, el viejo proyecto de la izquierda socialista, que buscaba renovar el legado justista mediante un acercamiento a las prácticas de los trabajadores y a la cultura popular en general, pero fluctuando por entonces entre la idea de un movimiento de liberación nacional y una identidad laborista. Encontramos, por otro lado, el proyecto de construir un partido obrero, que se declina de manera diferente en los distintos componentes trotskistas del PS-RN, en particular con respecto a la relación con la burguesía. No se trataba tan sólo de diferencias teóricas: las divisiones y conflictos, aún entre grupos afines, dificultaban su accionar público. Los proyectos tienen en común, aunque en grados diferentes, buscar radi­calizar las posiciones del gobierno peronista en materia de justicia social, «empujar al gobierno hacia la izquierda». En ese sentido, el PS-RN busca, también con objetivos variados, trabajar en la clase obrera, aunque, como el mismo Emilio Dickmann lo reconocerá más tarde, el Partido tendrá serias dificultades para su organización, y su rol, al menos para el núcleo origi­nario proveniente de las filas socialistas, era difundir algunas ideas en los círculos de decisión del poder. Enrique Dickmann, según el testimonio de su hijo, se entrevistará a menudo con el general Perón, por ejemplo luego de la detención masiva de dirigentes socialistas en mayo de 1953, tratando de actuar siempre como «consejero» –el último encuentro habría tenido lu­gar el 31 de julio de 1955–. Según varios testimonios, Perón sentía genuino aprecio por Dickmann.
Pero aquí cabe distinguir entre aquellos sectores que en el seno del PS­RN creían en las «buenas intenciones» sociales del general Perón, y los que apostaban meramente a las potencialidades del peronismo en la moviliza­ción de las masas. El núcleo fundador del nuevo socialismo pensaba, como
lo afirma Emilio Dickmann en su alocución radiofónica del 31 de agosto, que la obra gubernamental del peronismo representaba la realización del «programa mínimo» del viejo PS, al que se sumaba un antiimperialismo que creían imposible de hallar en el partido de Repetto. En definitiva, la propia evaluación del peronismo varía entre los distintos componentes del PS-RN.
Ni siquiera el proyecto de «nacionalizar a la izquierda» encontrará consen­so entre todos los sectores, salvo en el extremo temporal de su corta vida. En un primer momento, el PS-RN no absorberá a todos los sectores que ya operaban en ese horizonte –por ejemplo, Rodolfo Puiggrós y su pequeño grupo quedan fuera de la experiencia, y son de hecho acusados de estalinis­mo por Frente Obrero–.
Los límites estaban dados de antemano por la creación «artificial», desde arriba, del PS-RN. Que este último estaba alentado desde el poder, lo admi­tía sin mayores reservas Emilio Dickmann en una carta del 6 de diciembre de 1954 a Nahuel Moreno donde decía que era Perón quien insistía «en la ‘necesidad de un Partido Socialista fuerte, socialista, no peronista’, para contribuir al progreso social del país. Con esas ideas es que constituimos nuestro partido» [González, 1995].
Pese a su identidad inestable, o quizás justamente por ello, el PS-RN pudo aparecer como precursor a más de título de la Izquierda Nacional, en un plano específico, pero también en un plano más general de la Nueva Izquier­da. Como escribía Ramos, el socialismo revolucionario que el PS-RN busca encarnar «aparece como la gran bandera de la juventud argentina […] Esta es una invitación a la política. Una nueva generación entra en escena».
Las puertas se cerraban ya a la renovación del viejo proyecto justista, como las propias vicisitudes del PS lo mostrarán tras la ruptura de 1958 [Herrera 2007]. Pero las otras variantes de la izquierda que por entonces parecían más promisorias no lograron tampoco hacer pie de manera perdurable en el movimiento social, y vieron reducidas sus fuertes ambiciones de hege­monizar un proyecto de emancipación social. Más grave aún: muchos de los protagonistas trotskistas de la experiencia terminaron adhiriendo al peronismo en los años posteriores, abandonando definitivamente su viejo proyecto de construir un partido político de la clase obrera.
Fuentes bibliográficas
 Diarios: Clarín, Democracia, El Día, La Nación, La Prensa, La Razón.
Periódicos: Acción Socialista, Argentina de Hoy, El Socialista, Hechos e Ideas, La Van­guardia, Nuevas Bases, Frente Obrero, Lucha Obrera.
Archivos: Archivo General de la Nación, Archivo Ismael Iñigo Carrera, Fondo CEDINCI,

Archivo Carlos Herrera.
Entrevistas: Emilio Dickman (Archivo de Historia Oral, Universidad Di Tella), Dardo Cú­neo (agosto 2003), Roberto Gombert (abril 2004), Miguel Unamuno (julio 2005), Arnoldo Belmes (agosto 2010).
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 Belloni, A. [1960], Del anarquismo al peronismo, Peña Lillo.
 Coggiola, O. [1985], Historia del trotskismo argentino, CEAL.
De Lucia, D. -Mereles, E. [2006], «Relaciones curiosas: trotskismo y socialdemocracia

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 Dickman, Em. [1953], La conducción política del Partido Socialista, s/e.
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Galasso, N. [2007], Apuntes críticos a la historia de la izquierda argentina, Nuevos Tiem­pos.
 González, E. [1995], El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, Antídoto.
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• Herrera, C. M. [2003], «El Partido Socialista ante el peronismo, 1950. El debate González-
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• Herrera, C. M. [2005], «¿La hipótesis de Ghioldi ? El socialismo y la caracterización del
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• Herrera, C. M. [2006], «Corrientes de izquierda en el socialismo argentino (1932-1954)»,
Nuevo Topo. Revista de historia y pensamiento crítico, n° 2, abril.
Herrera, C. M. [2007], Las huellas del futuro. Breve historia del Partido Socialista de Ar­gentina, La Vanguardia.
Herrera, C. M. [2009], «Socialismo y revolución nacional en el primer peronismo. El Ins­tituto de Estudios Económicos y Sociales», Estudios Interdisciplinarios de América Latina y el Caribe, vol. 20 - 2.
 Luna, F. [1986], Perón y su tiempo, Sudamericana.
Rivera, E. [1971], El socialismo y la revolución nacional, Ediciones Patria Grande, Cór­doba.
 Spilimbergo, J. E. [1969], El socialismo en la Argentina, Mar Dulce (2 ed., 1974).

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