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ALBERDI COMO PROBLEMA

En el debate que estamos atravesando sobre estilos históricos, sobre cómo debatir y escribir la historia y cómo interpretar sus dilemas centrales –historia de largos ciclos colectivos o historia heroica de individuos, entre tantos otros problemas-, no está ausente el nombre de Juan Bautista Alberdi, aunque nunca es fácil saber donde ubicarlo. En realidad, Alberdi es un inubicable, porque toda su acción responde a un impulso de descentramiento –para decirlo con una palabra actual-, pero en el que predomina siempre un espíritu de orden. Un espíritu de orden, digamos, universalista, sostenido en fuerzas económico-sociales de cuño universal. Pero eso siempre desacomoda el ligamento con que ese orden aparece en su localización propia, la historia argentina, en la que sin dudas actúa. Es que la ve cerrada sobre sí, presa de sus propias leyendas. Pensar hoy su circunstancia existencial, un joven tucumano en la Buenos Aires de Rosas que aun sin recibirse de abogado escribe un libro funda­mental, el Fragmento preliminar a la filosofía del derecho, no es tarea fácil. No nos faltan las evidencias de ese mundo cultural, asfixiante, sin duda, pero donde funciona una universidad, el famoso Salón Literario, y puede leerse a Vico bajo la atención que reclama hacia él la presencia en la ciudad rosista del sabio napolitano Pedro de Ángelis, un reconocido conocedor
de aquella obra, además de archivista, numismático, periodista agudo y sugestivo panegirista a sueldo. ¿Cómo pudo Alberdi en un pacato mun­do intelectual escribir un texto de filosofía del derecho y partiendo de un historicismo radical, poner al pensamiento filosófico como forma vital de la nación? Siempre asombró la perenne actualidad que tiene este libro de Alberdi. No dejaba de postular aquí también un Orden. ¡El de Rosas! Pero lo subvierte con problemas que excedían la capacidad del rosismo de usu­fructuarlo, incluso de comprenderlo. También hizo allí explícitos intentos de enlazar la intuición a la razón: la primera representada por Rosas, la segunda por la Filosofía. ¿Pero quién era la “filosofía” en esa ciudad aldeana, con un gobernante que no es solamente un saladerista sin ideas, sino que tiene ideas federativas extraídas de ul­tramontanismos europeos? Alberdi se arriesga como se arriesgará siempre. Es un arriesgado, pero con una hipótesis de orden. Los ordenancistas, los constitucionalistas, los que ven a la sociedad como dando siempre lo que tienen, como posibilidad real -lo real es racional, lo racional es real-, suelen no ser arriesgados. Alberdi lo es. Lo es en absoluto cuando inventa el perió­dico La Moda, antes que Buenos Aires se le haga imposible y en la otra orilla le reprochen su expectativa declarada a favor de Rosas. Pero no es un ro­sista, sino alguien respetuoso de las fuerzas reales. El debate argentino aún no tiene nombre para su posición, que luego se conocerá como realismo crítico y también como un doloroso universalismo situado, que no dejaba de trasuntar toda clase de desvalorizaciones sobre el pueblo preexistente de la pampa. Pero aún así, con demasiados matices y contradicciones. Es cierto que este realista enjuto, que nunca dejó de ser un filósofo del de­recho y de las fuerzas productivas, tuvo sus momentos de efusión, de ilusos diagramas políticos que sin embargo inaugurarían el tratamiento de un perdurable problema, como lo muestra la décima palabra simbólica de la Asociación de Mayo, de la que es redactor: “Abdicación de las dos grandes
facciones que han disputado el poderío durante el período de la revolución”.

Sin embargo, su vocación de pensador de la realidad histórica concreta lo lleva a escribir un texto de enorme sutileza donde de manera inigualable se mencionan todos los antecedentes federales y unitarios que habían ope­rado efectivamente en la realidad argentina. Sus preocupaciones sobre la emancipación del idioma no llegaron a ser un elemento constante en su obra, menos que en su amigo Juan María Gutiérrez –eran un trío, Eche­verría, Alberdi, Gutiérrez-, cuestión que le recuerda a Sarmiento en su po­lémica feroz de 1852, para indicarle su ajenidad al grupo fundador de la Generación. El 1847, en Chile, vuelve a referirse a Rosas de manera casi amigable, y aun­que esa no fuera la palabra, lo comprende como parte de grandes procesos históricos, aunque repudie su estilo y comportamientos autocráticos. A la caída de Rosas, su grave polémica con Sarmiento es también a favor de las fuerzas reales –es decir, del ejército urquicista, compuesto por gauchos, campesinos, hombres de la tierra-, en contra del desmedido Sarmiento, que piensa la historia como efecto de símbolos, literaturas, ejercicios retóricos. No es que esta opinión de Sarmiento carezca de interés, al contrario, pero luce como un despropósito intelectualista y romántico frente a alguien, como Alberdi, que no quiere apartarse de las configuraciones sociales efec­tivas. Lo mostrará nuevamente en Las Bases, pero allí también de un modo viciado, lleno de rajaduras. En efecto, si la Argentina no tenía otra posibi­lidad de recrear su población entera trocada por otra de proveniencia in­migratoria, seguía atado a la necesidad –ahora constitucional- de forjar un mundo real basado en fuerzas económicas y libertades efectivas. Pero todo ello provenía, tanto de un fuerte impulso por lo real que dictaba la división de trabajo internacional, como por un error grave del que nunca se desdijo, cual era el de generar una mutación cultural que descaracterizaría incluso los mismos procesos de modernización que defendía. El héroe de Alberdi
es el ingeniero Wheelwright y no los soldados de la independencia –cuya fase militar había concluido-, pero que generaban un sistema simbólico basado en la gloria a los héroes de batallas y no a los trabajadores técnicos, los poseedores del saber industrial, los maquinistas de la libertad, según la metáfora, que traían otro conglomerado simbólico, otro juego de valora­ciones que hoy señalaríamos, con palabra desconocida por Alberdi, como un canto a la globalización sin atenuantes. Alberdi como promotor del Orden -había un sesgo realista y romántico en su primera visión del tema-, se transformará en el Alberdi del Orden liberal, que en algún momento, a pesar de las conclusiones a las que había llegado en Las Bases, volverá a coquetear con el régimen político de la monarquía, garantizado por una visión en la que aún en los años en que escribe sobre el Sistema Rentístico de la Confederación Argentina, dice retomar las enseñan­zas de Adam Smith, a las que ve paralelas y coetáneas a todos los sucesos de la independencia americana. Pero es en El crimen de la guerra donde todas estas ideas del libre juego de las fuerzas económicas y el poder mercantil, poco atentas al papel reducido en que quedan las naciones de economías primarias, cobran un vuelo inesperado, pues el que escribe es también el Alberdi que retoma temas de su juventud y saca de su memoria inquieta el concepto de pueblo-mundo, pivote de un nuevo derecho de gentes que se le ocurre que regularía la relación entre todos los pueblos y legislaría sobre el papel de la Argentina en el mundo. Viendo la guerra como un dispendio inútil, contrario a las libertades y al orden real natural, ataca todos sus simbolismos -casi es al Alberdi de La Moda el que leemos aquí-, como sus resultados destructivos, bajo un alien-to humanista, que sin duda mucho le debe a su convicción sobre el tejido productivo internacional, hecho de arados y cables submarinos –se acababa de tender el que unía Europa y América- y no de fusiles Rémington y caño­nes Krupp. Se habían librado las guerras franco-prusiana y la que destruye
al Paraguay. Alberdi tiene bien en cuenta esos efectos –cuya crítica enoja a la elite que había conducido y preparado la guerra- y escribe un libro perdurable, el máximo alegato pacifista escrito en la Argentina, fundador de un pensamiento social de la relación creadora entre naciones -el socia­lismo posterior no dejó de citarlo, así como lo hizo Carlos Astrada, en aquel momento filósofo asociado a la experiencia peronista en un discurso a los marinos dado en 1947-, aunque fundado en última instancia en una visión librecambista de la realidad económica internacional. Releer a Alberdi hoy presupone volver a tratar estos problemas, desplegar las potencialidades del concepto de pueblo-mundo sin el arduo peso de laissez faire, laissez passer, con que Alberdi lo constituye. Sobre los aciertos y errores de Alberdi -un espíritu turbado, pleno de independencia intelectual-podemos descubrir hoy un manojo de temas irresueltos para la historiografía argentina, en ple­no debate para encontrar su lenguaje renovado. Sus conmovedoras Pala­bras de un ausente, su crítica a los núcleos condensados del poder porteño, su autonomía reflexiva -más allá de su liberalismo historicista y sin duda economicista, pero con grandes implantaciones ético-políticas-, lo hacen un autor de escritos fundamentales que hoy nos convocan para un nuevo examen, un careo con los temas que deben seguir enriqueciendo nuestras perspectivas históricas e historiográficas.

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