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GIRO CULTURAL y POLÍTICA EFECTIVA

Lo posmoderno como giro cultural
casi un cuarto de siglo de su surgimiento, diríamos hoy que sin dudas lo posmoderno no fue lo mismo que su promesa inicial: de la guerra al todo, proclamada como reivindicación del instante, no devinieron acontecimientos fulgurantes, sino abandono de la política; del esteticismo proclamado no recogimos intensidad de goce, sino nar­cisismo encerrado; de la tolerancia no surgió entusiasmo por compartir con la otredad, sino indiferencia hacia la misma y particularismo en los intereses. De tal manera, la caída de las grandes ideologías significó, más que una liberación respecto de cadenas racionalistas, la imposibilidad para asumir nuevas opciones proyectuales, el centramiento en la vida privada, además del ocio y el consumo como nortes principales de la ética en estado práctico realizada por los habitantes del capitalismo avanzado.
En cuanto a Latinoamérica, parecida era -hace veinticinco años- la cues­tión cultural (aunque sólo en clases medias y altas), incluso anclada en el
1-Se retoman por parte del autor algunos aspectos de su artículo Reflexiones sobre posmodernidad, multiculturalismo y movimientos sociales en la Latinoamérica actual, publicado en la revista Utopía y praxis latinoamericana hacia mediados del año 2010.
desaliento por el fracaso político de las luchas revolucionarias de los años
70. El peso de las grandes ciudades, el impacto de la TV satelital, los viajes y el fracaso de las utopías, hacía que el clima cultural posmoderno tam­bién tuviera razones para instalarse en el subcontinente. Desde ese punto de vista, siempre hemos rechazado que lo posmoderno fuera un fenómeno exclusivamente presente en el capitalismo avanzado2. Lo cierto es que la combinación de lo posmoderno con la ofensiva neolibe­ral, resultó desastrosa para Latinoamérica. Tal situación, dada con plenitud en los años 90 (Salinas de Gortari en México, Collor y luego Cardoso en Brasil, Menem en Argentina, Fujimori en Perú) implicó, como efectos de lo posmoderno en tanto fenómeno anclado en el espacio cultural, una dismi­nución de las posibilidades de sentido para la resistencia y un incremento de la tendencia al individualismo o –en el mejor de los casos-a situarse en la micropolítica. Consecuentemente, la posmodernización cultural constituyó un factor importante entre los varios que coadyuvaron a que la ofensiva libremercadista se impusiera ampliamente en el subcontinente3
Se ha confundido a menudo lo neoliberal con lo posmoderno, y ello mues­tra una falta de precisión notoria en el análisis. Lo posmoderno no fue producido a propósito por nadie, es una condición de época que nos atra­viesa a todos; lo neoliberal, en cambio, es una postura determinada desde el punto de vista ideológico, que tiene agentes personales e institucionales definidos, y que opera de manera intencional, consciente y estratégica en el plano de la política y la cultura.
2-Follari, R.: Modernidad y posmodernidad; una óptica desde América Latina, Aique/Rei/IDEAS, Bs.Aires, 1990, cap. 3; Follari, R. y Lanz, R. (comps.): Enfoques sobre posmodernidad en América Latina, ed. Sentido, Caracas, 1998.
3-Ver nuestro trabajo Inflexión posmoderna y calamidad neoliberal, en Martín Barbero, J. et al.: Cul­tura y globalización, Ces/Univ. Nacional de Colombia, Bogotá, 1998.
De manera tal que el hecho de que lo posmoderno, por su acento en lo nar­cisista y lo cool y su abandono de las grandes metas sociales, haya sido suelo cultural fértil para la ofensiva neoliberal de los 90, no debiera ser interpre­tado como que fue una condición que “estuvo al servicio de lo neoliberal”, ni tampoco que resulte indisociable de este último fenómeno.
Lo posmoderno, por cierto, se instaló con cierta anterioridad temporal entre nosotros, y es un fenómeno que no hace principal ni exclusivamente a la po­lítica. Ha modificado las modalidades de la moral y la convivencia cotidia­nas de manera que se trata de un horizonte de imaginario vital que se instaló con fuerza en aquella época, y que la política asumió de manera automática, habitualmente sin reflexión ni claridad alguna acerca del mismo.
Hay que agregar un aspecto importante: el peso de la nueva TV en el fe­nómeno cultural posmoderno, junto a la explosión de las NTIC más en general, en la cual se incluyen Internet y las múltiples funciones del teléfono celular. La TV actual, sólo de nombre es lo mismo que la de hace treinta años; la transmisión satelital, el zapping, el control remoto, han modifi­cado radicalmente lo que significa ver televisión. El ahora omnipresente aparato con su programación perenne4 promueve un universo predomi­nante de la imagen, con la concomitante caída de la letra y el pensamiento formulado lingüísticamente; a la vez que una especie de ficcionalización de la experiencia diaria, por la cual cuesta cada vez más diferenciar la realidad de la ficción e -incluso- se hace necesario admitir que la pseudo-realidad producida por la imagen supera en versatilidad, colorido, matices, brillo y aproximación, a la realidad en cuanto tal. De modo que el actual dicho
4-Según lo planteado por J. González Requena, en La televisión, espectáculo de la posmodernidad, Cátedra, Madrid, 1992.
cotidiano de que aquello que no está en la televisión no existe tiene base para formularse: quien no está donde está la auténtica realidad, no existe. La aproximación baudrillardiana, con tener mucho de ciencia ficción y de expresionismo, resulta sin dudas útil para comprender qué tipo de mun­do semivirtual es el que hoy habitamos, poblado más por el simulacro y la imagen externa, que por cualquier profundidad, subjetividad autocons­ciente o reflexión con toma de distancia.
Es eso lo que, desde una posición materialista, ha denominado Jameson el giro cultural5. Un tiempo de crecimiento desproporcionado de lo imagina­rio y lo simbólico en relación con los referentes reales de los mismos; un tiempo de proliferación de la significancia, aun cuando remita a asuntos insignificantes. Tiempo donde lo cultural tiende a aparecer como si fuese autónomo, en tanto se basa en una economía en la cual lo financiero pre-domina por sobre lo productivo, y donde el momento del consumo parece disociado del circuito general de la economía. Es por ello que ha sido el tiempo donde las reivindicaciones culturales han aparecido con más pre­sencia que las de clase o de origen económico, y han alcanzado visibilidad en un horizonte histórico que les es estructuralmente propicio.
Sobre el multiculturalismo
Lo hemos dicho ya en otra parte: frente a la habitual celebración del multicultura­lismo, hay que aprender también a descerebrarlo. Demasiado se ha hablado en su favor y se ha hecho su apología, generalmente a partir del universo cultural pos­moderno, diaspórico y centrípeto, al cual hemos referido brevemente más arriba.
5- Jameson, F.: El giro cultural, ed. Manantial, Bs.Aires, 1999.
Se ha insistido en la riqueza de albergar la diferencia, de tolerar al otro de manera activa, de comprenderlo y asumirlo. Las nuevas ciudades multicul­turales (París, Nueva York, Londres, Roma, como ejemplos más notorios) mezclan en los hechos etnias y lenguas, proponen un paisaje desconcertante de multiplicidad y diferencias, exponen la posibilidad de convivencia de lo múltiple, muestran que el multiculturalismo es algo más que un deseo o una pretensión, para exigir ciertamente su encarnación en los hechos concretos.
Mucho se ha dicho sobre el valor de esta mezcla, si se piensa en los exclu­sivismos étnicos de otras horas de la humanidad (algunos definitivamente nefastos), o en el centramiento en la propia Nación que ha caracterizado por mucho tiempo a las Repúblicas provenientes de los siglos XVIII y XIX. Es un avance importante la asunción de que estamos todos instalados en el mismo planeta, que las condiciones del mismo son hoy problemáticas a nivel ambiente, recursos, etc., y que por tanto, la asunción de márgenes crecientes de colaboración mutua (o al menos de tolerancia) son cada vez más convenientes y necesarios.
Lo cierto es que, de pronto, cuando publicidades como las muy conoci­das de la multinacional Benetton han apelado al multiculturalismo, uno ha podido preguntarse si el mismo constituye ahora una bandera en retirada, de esas que el sistema retoma cuando ya han perdido su filo crítico. Lo mismo sucede cuando políticas de UNESCO llaman permanentemente a promover lo multicultural; lo decimos no porque esa organización no sea positiva en muchos de los valores que propone, sino en cuanto a que los mismos –en tanto se trata de una típica organización internacional- tienen que conformar a la vez a las más diferentes proveniencias e ideologías polí­ticas, con lo cual operan siempre sobre aquello en lo cual ya hay una especie de consenso previo generalizado.
Y cuando el consenso es grande no puede dejar de desconfiarse. El multi­culturalismo se volvió pensamiento políticamente correcto, perfectamente adaptado a las condiciones del mundo posmoderno en el cual surgió. Y, consecuentemente, se ubica hoy como una especie de sentido común que sin dudas tiene aspectos centrales rescatables (de ninguna manera podría permitirse retornar a los particularismos étnicos anteriores), pero que a la vez sirve para tapar disfunciones y nuevos conflictos.
El principal de todos ellos es, por supuesto, la persistencia de la desigualdad. Esta ha tendido a ser identificada con la diferencia, y por cierto que no se trata de lo mismo. Sin dudas que es bienvenida la hoy asumida -y asumi­da gracias al talante posmoderno y la propuesta multicultural- tolerancia hacia los que son y piensan diferente, extendida a todas las etnias y a las múltiples creencias religiosas.
Pero la desigualdad en que estuvieron, están y seguramente seguirán es­tando los portadores de esas diferentes etnias y religiones, queda obturada por la cuestión de la diferencia. No somos iguales, al contrario de lo que se sugiere en el gráfico de Benetton. No lo somos ni en cuanto a clases sociales diferenciadas dentro de cada país, ni en cuanto a distribución territorial y de riqueza entre los distintos continentes y países que componen el mun­do. Las desigualdades son abrumadoras; se implican en ellas, por supuesto, enormes disimetrías mutuas respecto del poder y el acceso a los recursos. Y esto se ha hecho visible de manera frontal cuando, por ejemplo, en Suiza se ha rechazado a los minaretes islámicos con extrañas excusas localistas,
o cuando en el sur de la misma España alguna vez colonizada por los mu­sulmanes, los vecinos piden que las mezquitas sean instaladas lejos de sus sitios de residencia (aún cuando éstos fueran barriadas pobres).
En una Latinoamérica donde la mezcla de etnias nunca resultó ajena, sin dudas que las condiciones para el multiculturalismo -en algún sentido- es­taban mejor dadas que para los países del capitalismo central. De tal mane­ra, cuando ha llegado la ola multicultural a nuestros países, lo ha hecho con acentos propios: sobre todo ha supuesto la escucha de los pueblos llamados originarios, es decir, de los indios, y por cierto también -en medida menor, por diversas razones- de los negros.
Así, los indios han adquirido un cierto protagonismo cultural y político que por siglos les fuera negado, a partir de la Conquista; lo cual, por supuesto, no implica que milagrosamente y de un golpe hayan abandonado el lugar subordinado a que se los relegó desde aquella empresa brutal. Los negros, por su parte, han comenzado a ser reivindicados, aun cuando tengan me-nos presencia cuantitativa en el subcontinente, a la vez que menos recursos simbólicos para apoyarse (en tanto no fueron desplazados territorialmente por el poder colonizador, sino que fueron traídos por éste).
No está de más advertir esta importante paradoja; los movimientos sociales ligados a lo étnico y cultural, tal el de los indios, suelen ser considerable-mente particularistas, y es justamente en ese particularismo que residen su atractivo y su cohesión identitaria. Pero tal autocentramiento puede cuestionarse, ligando respecto a la cuestión de cómo se comunicaban los diferentes juegos lingüísticos de Lyotard, en los comienzos de la discusión sobre lo posmoderno: contra su idea de que los particularismos radicales pudieran configurar algún tipo de nexo social realizable, algunos pensába­mos que, bajo la noción de que hay grupos sociales diferentes, subyace la de que existe una especie de todo social que alberga dichas diferencias. Es decir, que las singularidades no implicarían la liquidación de la noción de lo social como un todo, sino solamente el abandono de la idea de un todo
homogéneo, es decir, de una especie de subordinación de los componentes diferenciados a algún principio común ordenatorio.
Si se acepta nuestro razonamiento, la afirmación de lo singular supone siempre el implícito reconocimiento del otro y de los otros. Pero aún exis­tiendo, dicho reconocimiento está lejos de resultar suficiente para que se tome las banderas del otro como propias. Por el contrario: es el particula­rismo de las etnias el que más frutos rinde a la hora de la lucha. Si los indios pretendieran hablar también en nombre de los negros, difícilmente se les haría caso y fácilmente serían desautorizados por los mismos negros. Por tanto, a los indios no les atrae -las más de las veces- extender sus reivindica­ciones a otras etnias; más aún si se piensa que las prestaciones con recursos limitados que pudiera obtenerse a través de la propias luchas, habría en ese caso que compartirlas con otros, si es que esos otros también resultaran visibilizados en dicho proceso.
De tal manera, el acento en la diferencia conlleva a menudo (sobre todo cuando se abandona horizontes políticos abarcativos del conjunto social) la asunción de las propias reivindicaciones sin atención a las de los otros o -por lo menos-la secundarización de estas últimas. Y, si se asume que las desigual­dades siguen existiendo, y que ellas abarcan diferenciadamente a distintos grupos sociales subalternos, queda claro que el multiculturalismo conlleva casi intrínsecamente la tendencia a la atomización de las luchas de las di­ferentes etnias, y promueve la segmentación horizontal de las demandas al Estado. Siendo así, es cierto que sirve a promover la movilización y la protesta en nombre de reivindicaciones específicas, pero también a dividir la posible conjunción de diversos sectores sociales para presionar al mismo Estado o a otros poderes fácticos (empresariales, eclesiales) a los cuales se requiere exi­gir, si es que se busca profundizar la democracia en nuestros países.
La inflexión posmoderna
En su momento, hemos planteado la noción de inflexión posmoderna para referirnos al hecho de que lo posmoderno, al comenzar a agotarse su impulso inicial, retomaba algunos de los valores modernos, pero en otro formato.
La cuestión es fácil de comprender: es bueno bajar el rigor de obligaciones éticas duras, pero la falta total de convicciones éticas lleva al vacío. Es bueno el disfrute más que la coherencia rígida del sentido, pero el sin-sentido per­manente lleva al aturdimiento y la perplejidad. Es bueno rescatar el cuerpo y la inmediatez, pero no sólo de ellos se vive a la hora de pensar en los com­promisos con lo social.
Por todo lo anterior -que esbozamos en mínima brevedad- es que lo pos­moderno fue promoviendo las condiciones de su modificación interna. No es que se haya cambiado nuevamente de época, o que el horizonte posmo­derno se haya eclipsado. De ninguna manera hemos dejado de vivir en el universo de la imagen perenne, en la fantasía del goce perpetuo, en el aban­dono de la promesa del futuro para centrarse en el presente.
Pero la absolutización de esas pautas, necesaria en el momento de abolición de las modalidades culturales de la modernidad, dejó de ser sostenible. Ya no había que pelearse contra la modernidad; al punto incluso de que sus defensores teóricos a la Habermas, dejaron de resultar visibles, pues no ha­bía más que debatir con ellos.
De tal manera vimos retornar, en el vacío de valores promovido por la ico­noclasia posmoderna y sobre todo por su total relativismo, algunas posi­ciones duras. Resultaba esperable: el terrorismo islámico es la respuesta de
quienes mantienen convicciones ancladas en sociedades tradicionales, ha-cia una sociedad sin principios éticos rectores. Lo cual fue respondido (en realidad, reasumido) desde el Occidente colonialista como guerra y acción militarizada de contenido fundamentalista premoderno, tal cual puede in­terpretarse la posición ultraderechista sostenida por Condoleeza Rice, por Rumsfeld y por el ex presidente Bush (h).
El vacío llama a ser llenado, se dice respecto de la Naturaleza; el vacío re­pugna. Y lo mismo sucede en el plano de los valores y las convicciones: el vacío posmoderno, el relativismo para el cual nada es verdad sino para el agente que cree formularla, conllevan un escepticismo y un sin-sentido que se ha transformado en el primer problema de la sociedad contemporánea dentro del capitalismo avanzado.
Ahora bien, ¿cómo se ha dibujado esta realidad en Latinoamérica? Por cierto que lo ha hecho de una manera singular. El primer período, diga­mos desde la mitad de los 90 hasta el comienzo del nuevo siglo, tuvimos continuidad del neoliberalismo rampante. De tal manera, lo posmoderno se acompañó con una formidable caída de los derechos colectivos y de la calidad de la democracia, asumiendo un talante en el cual el sin-sentido comenzó a asociarse más al fracaso de las posibilidades que al exceso de las mismas, al inverso de como se daba en la situación de los europeos.
Tenemos entonces un período en que la cultura posmoderna lleva a pensar en términos de movimientos sociales y de fragmentación, en contra de la idea de totalidad social y de las políticas que buscaran modificar la misma. De tal modo, el neoliberalismo se benefició altamente de esta situación: menos militantes, y menos decisión militante en quienes seguían siéndolo; menos fe en el futuro, y más decisión de arraigarse al presente; asunción de
reivindicaciones parciales y locales, de modo que la idea de lo social-general se evaporara y, por ello, también la defensa del Estado como representante del bien colectivo. Por el contrario, al Estado se lo comenzó a ver como ogro filantrópico al decir de Octavio Paz, como enemigo totalizante y totalitario, y en consecuencia la reivindicación de lo individual llevó hacia la asunción del mercado y su ley del sálvese quien pueda como una regla no sólo tolera­ble, sino incluso deseable.
Por entonces fue que en Argentina se usaba la noción de psicobolche para referirse a quien tuviera ideas de izquierda. Algo así como un enfermo de ideología que sólo puede pensar en cuestiones tales como la revolución y la política.
Por cierto que existen sujetos así, y que incluso lo posmoderno puso aire fresco en las formas más cerradas de entender la política como militancia, llevada a veces incluso como expiación y como autoflagelación. Sin dudas que las invectivas de Nietzsche contra las tarántulas no eran del todo in­motivadas, y cabía liberar mentes y cuerpos hacia prácticas más variadas y diáfanas6.
Sin embargo, la caricaturización de toda militancia como modo de ser ta­rántula o psicobolche, sin dudas que peca de exceso en lo descriptivo, y de reaccionarismo en lo ideológico. Para trabajar en lo político (al menos mientras exista la forma/Estado, y da la impresión de que sería muy difícil que la misma desaparezca), se requiere sistematicidad, organización, coor­dinación mutua de las acciones. Se requiere método y disciplina. Es decir, se requiere todo aquello que repugna al ethos lúdico posmoderno.
6- Nietzsche, F.: Así hablaba Zaratustra, Mexicanos Unidos, México D.F., 1981.
Por todo lo antedicho, parece indisputable que lo posmoderno configuró un suelo cultural del cual se pudo aprovechar la ofensiva neoliberal. El neo­narcisismo coincidía con el individualismo económico que se pregonaba, de modo que se iba con viento a favor en la prédica libremercadista, lo cual era una de las primeras veces que ocurría en Latinoamérica (habida cuenta del peso arraigado de la tradición religiosa, mayoritariamente nada progre­sista pero corporativa y antiliberal a nivel de la ética personal, lo cual dejaba poco espacio al ideario individualista).
Pero el neoliberalismo produjo su rechazo. Planteó las condiciones para una cierta antítesis, una especie de negación determinada de sí.Y es lo que surgió en el subcontinente (y sólo en Latinoamérica, nada parecido se constata hoy en otras latitudes del mundo) con las nuevas izquierdas; algu­nas de tipo liberal, otras de formato populista, algunas a caballo entre am-bas modalidades, lo cierto es que irrumpieron inesperadamente gobiernos post-liberales que –al margen de las críticas que reciben por parte de ciertas izquierdas que oponen a la realidad modelos ideales a veces tan irrealizables como irrealizados- puede afirmarse sin dudas que no son una prolonga­ción homogénea de las políticas de los años 90, ni de las promovidas por los Estados Unidos para la región.
Así surgieron los neopopulismos como las políticas más radicalizadas (Co­rrea, Chávez, Evo Morales, Néstor y Cristina Kirchner, Ortega), y las iz­quierdas republicanas como versiones más cercanas al libre mercado y a las formas de la democracia establecida (fue el caso de Tabaré Vázquez en Uruguay, y más claramente aún el de la Concertación chilena, ahora despla­zada del gobierno). Otros ejemplos son menos identificables con alguno de estos modelos ideales (el muy decisivo de Brasil, dado su peso estratégico mundial, o el del Paraguay bajo presidencia de Lugo).
Lo cierto es que como hongos aparecieron estos gobiernos con posiciones que tomaban distancia del capitalismo salvaje impuesto en la década de los 90, y como reacción contra las desastrosas consecuencias sociales del mismo. A los ya referidos pueden sumarse lo que fue la Honduras previa al golpe de Estado contra Zelaya, así como El Salvador, y una Guatemala con presidente socialdemócrata.
Esta pléyade de gobiernos que de maneras diversas y con radicalizaciones variadas toman distancia respecto de la directa política imperial, son hijos de su época. Deben trabajar con la dura realidad de no disponer de libre-to previo; es decir que, a diferencia de lo que se creía antes de la caída de la URSS, ha dejado de estar claro cuál es el modelo de sociedad al cual se propende. Por lo tanto, hay que hacer camino al andar ante enemigos po­líticos muy fuertes –tanto en lo interno como en lo internacional, niveles mutuamente ligados-, mezclando la táctica política pragmática acorde a relaciones de fuerza, con una estrategia cuyo modelo de llegada final no está diseñado.
Sin dudas, se trata de miseria de la teoría. Esta se avocó por demasiado tiem­po a lo microsocial, a la sociedad civil y los llamados nuevos movimientos sociales, y dejó desguarnecida la posibilidad de pensar las nuevas modali­dades del cambio social estructural. De tal manera hay que caminar con rumbo fijo pero sin final de viaje, con una brújula que marca hacia un norte desconocido. Por cierto que esto puede leerse en clave posmoderna (fluir sin teleología), pero de ningún modo podríamos creer que se trata de una asunción hecha a gusto y sabiendas por quienes conducen estos procesos. Más bien, se trata de asumir la realidad tal cual está, y hacer las luchas sin pretender la espera de otro momento histórico supuestamente más ade­cuado, pero que no se sabe si algún día se dará.
Las ciencias sociales están en notoria falta ante la necesidad de modelos de sociedad emancipada más definidos. Es cierto que los mismos no podrían nacer sólo de la cabeza privilegiada de algún gran productor de teoría, pero también lo es que –a esta altura de las prácticas alternativas desatadas desde hace años en el subcontinente- está faltando capacidad conceptual que esté a la altura de los logros prácticos habidos. No tenemos aún una teoría a la altura de nuestra propia praxis, y sin dudas que ello es un hueco importante para el éxito de esta última.
Por cierto, lo posmoderno está también presente de otra manera. Se tra­ta de la modificación de los métodos para la lucha anticapitalista, con la renuncia a la vía armada y la apertura de opciones dentro del marco de la legalidad establecida.
De tal manera, tres de los países más radicalizados en este rumbo han mos­trado cuál sería la vía alterna para obtener la fuerza necesaria desde el go­bierno, que pueda enfrentarse con la fuerte concentración de los poderes fácticos (empresarios, geopolítica imperial, iglesias, medios de comunica­ción). Dado que no se cuenta con la enorme legitimación otorgada por una revolución, se ha apelado ahora a las Asambleas Constituyentes. Ellas han abierto la posibilidad de una modificación aguda de las condiciones institucionales, de manera de establecer una ruptura con las condiciones políticas previas y permitir una nueva configuración del Estado y de su relación con la sociedad.
De modo que a falta de revoluciones, tenemos Constituyentes. Y sin dudas que estas últimas se adecuan mejor a las condiciones de la época. Desde la aceptación más o menos unánime de la legalidad democrático-capitalista como forma legitimada de representación a los estilos culturales, todo ello
es manejable dentro del rango no abiertamente antagonístico (o, al menos, no establecido en lucha a muerte) que se da en la pelea parlamentaria que permita llegar a la modificación estructural de la legalidad que se implica en una Constituyente.
Estamos ante los cambios sociales posibles, entonces. Limitados, pero mu­cho más profundos que cualesquiera otros que se estén ahora abriendo en otras partes del mundo, en las cuales la hegemonía neoliberal se mantiene en todo su apogeo.
De tal manera, hay muchos factores que participan de este enorme cambio de estrategia en relación a lo que se hacía hace cuarenta años (caída de la URSS, mejora de las tecnologías para detección de focos guerrilleros, pres­tigio de la democracia parlamentaria), entre los cuales hay que calibrar la fuerte importancia del suelo ofrecido por el giro cultural.
En tiempos como los actuales, ya no es común -al menos en Occidente- dar la vida por ideas. Ni morir por ellas, ni vivir por las mismas todo el tiempo e intensamente. Sin dudas que habría hoy mucho menor número de jóvenes dispuestos al martirologio que los que aparecían en los años 70, tras los fulgores iniciales de la revolución cubana. Caben ahora módicas luchas, entregas parciales, esfuerzos que pueden hacerse prolongados pero rara vez son la exclusiva ocupación de quienes los realizan. Ante esta caída del militantismo y de aquel ánimo que configuraba las denominadas van­guardias revolucionarias, es notorio que la apelación a la vía democrática se hace esperable, y las Constituyentes manifiestan un camino que ayuda a la construcción de poder, pero que no entra en frontal ruptura con la legali­dad del sistema, tal cual sucedía con la vía armada al gobierno proclamada hace cuatro décadas.
Habrá todavía que decodificar la mentalidad prevaleciente en estos tiem­pos, pues llega a estar tan dominada por el universo de la imagen y tan poco por el pensamiento, que el argumento político deja a menudo lugar a la más pura versión de la admiración rendida, o el insulto terminante. En el caso de la Argentina, se ha asistido desde el movimiento patronal agrope­cuario de 2008, a una especie de colapso del pensamiento. Las clases medias, con las mejores condiciones de vida que hayan tenido en mucho tiempo, se oponen, sin embargo, al gobierno por razones simbólicas: por considerarlo izquierdista, por estar ligado a los más pobres, por estar dirigido por una mujer. La decadencia de la discusión y su reemplazo por la simple impre­sión o el gusto -formados en automatismo por la televisión- resultan una evidente constatación de las tendencias culturales de los actuales tiempos, tan alejados, desde ese punto de vista, del método y la letra que fueran caros a la tradición de la modernidad.

Alfredo Palacios

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