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CRECIMIENTO E INDUSTRIALIZACIÓN PESE A LA CRISIS MUNDIAL

Cuando se habla de la economía en general, se habla de la economía en que vivimos, la del sistema capitalista. Por lo tanto, para anali­zarla sin riesgo de recibir las sorpresas que la crisis mundial le ha deparado a la mayoría de los economistas, hay que tomar en cuenta no la economía en general sino las leyes de funcionamiento del capitalismo y las formas cambiantes que éstas adoptan en el mundo y en los diferentes ámbitos nacionales, que están regidos por la conducta de los inversores nacionales e internacionales y la política de los gobiernos nacionales, que puede adaptarse pasivamente a la primera o tratar de regularla con mayor o menor intensidad.
El capitalismo mundial y el Antiguo Régimen
El sistema capitalista es mundial y está basado en la rentabilidad del ca­pital. El argumento más generalizado y proclamado todos los días por las
1-Este artículo constituye un una versión preliminar de un trabajo más amplio, en elaboración, porque sus temas requieren un tratamiento más extenso y minucioso. No obstante la dirección de la Revista nos ha solicitado el presente texto como un anticipo para la discusión.
instituciones del capital y los medios en manos de grandes inversores es que hay que sostener la confianza de estos últimos a cualquier precio porque de lo contrario no hay crecimiento ni posibilidad de progreso, pese que en el último tiempo la mayor parte del capital se ha concentrado en la esfera financiera internacional y ha ocasionado la mayor crisis global de que se pueda tener memoria. Los propietarios del capital tratan de disponer del giro más amplio posible de sus tenencias, lo que significa que las empresas y los inversores invierten en sus países de origen o fuera de ellos y, sobre todo, en colocaciones espe­culativas financieras internacionales continuas y cambiantes que involu­cran a las principales monedas del mundo -el dólar o el euro- pero también a las de otros países -el real brasileño y también en pesos argentinos y en bonos argentinos nominados en pesos-. Sin embargo, la burguesía –que son los poseedores del capital y los dueños de las más grandes empresas de cada país- es nacional, ya sea argentina, brasileña o estadounidense, aunque hay también una burguesía global en expansión, constituida por quienes tienen capitales productivos y en monedas y títulos públicos y acciones provenientes de una gran variedad de países. La existencia de los capitales es anterior al capitalismo moderno. Los capitales se formaron en el intercambio comercial y la intermediación financiera medievales, en el comercio lejano en procura de mercancías entonces consideradas exóticas que se desarrolló a partir de los viajes de Marco Polo a Asia, y las ganancias provenían ante todo de la intermedia­ción: comprar para vender más caro, lo que limitaba la acumulación y los negocios. Después se desarrolló la explotación de las riquezas naturales de las colonias y la compra de mano de obra esclava para usarla en las plantaciones –en gran parte fruto del descubrimiento de América y de la exploración de África-y el aprovechamiento del excedente obtenido de las manufacturas europeas nacidas del artesanado en disgregación. A
fines del siglo XVIII, cuando ya había un gran giro de capitales comer­ciales y bancarios de pocos países bajo el amparo político y militar de las grandes monarquías en las que se asentaron los primeros estados nacio­nales surgidos de la disolución del feudalismo, en Inglaterra tuvo lugar la Revolución Industrial. La industria moderna nació de la combinación de la manufactura con las máquinas. El capital organizaba la producción aportando las máquinas y los insumos que transferían su valor a los nuevos productos. Así se agrandó inconmensurablemente el tipo de excedente ya presente en las manufactu­ras, originado en el uso de la fuerza humana de trabajo, que generaba un valor superior al que insumía su utilización. Este excedente se expandió con tal rapidez con la Revolución Industrial que dio lugar a un nuevo estadio, el capitalismo moderno o industrial. Marx concibió la teoría de la explotación capitalista moderna, en la que el obrero, al vender su fuerza de trabajo al propietario de la fábrica, produce un plusvalor o un valor más alto que el del salario que percibe, aunque el salario se paga en su valor. Sucede que el capitalista paga al obrero el valor necesario para la reproducción de su fuerza de trabajo, que está constitui­da por la suma de los precios de los insumos imprescindibles para que el obrero subsista y sostenga a su familia¸ necesaria para expandir la fuerza de trabajo o para generar la que deberá estar disponible en el futuro. Lo más significativo de este razonamiento es que la fuerza de trabajo crea un valor superior al que necesita para reproducirse, por lo que ese mayor valor, plusvalor o plusvalía, surge del trabajo del obrero y se lo apropia el capitalista para hacer frente a su consumo y acumular nuevo capital, que agregará al ya existente. El capital es así plusvalía acumulada, una parte del valor creado por la fuerza de trabajo. La porción del valor no pagado al obrero origina la ganancia del capitalista y el capital acumulado no surge de otra cosa que de la fuerza de trabajo no pagada.
Otra cuestión importante es que el salario se paga en su valor y depende de las condiciones sociales imperantes: será más elevado cuando hay una gran demanda de mano de obra en la fase ascendente del ciclo –cuando las ganancias se acrecientan y hay más inversión-y menos elevado cuan­do la producción desciende. A medida que la producción crece, se de­mandarán más trabajadores y los salarios aumentarán, lo mismo que los otros gastos, pero llegará un momento en que la reducción de la tasa de ganancia retraerá la inversión, la producción y el empleo. Si la producti­vidad no aumenta y los salarios tienden a recuperarse, la mayor actividad no podrá durar mucho, porque las ganancias volverán a contraerse. En consecuencia, la salida más sólida de la fase de contracción de la activi­dad es cuando se logra un aumento de la productividad por medio de las innovaciones, en cuyo caso los salarios pueden recuperar su nivel de los períodos de alza siempre que aumente la demanda, porque la transforma­ción técnica tiende a reducir el empleo, y si baja el empleo posiblemente no habrá una mejora salarial neta. Cuando la inversión de nuevo capital se detiene y se inicia el ciclo des­cendente de la producción, se ingresa en la fase de la crisis, con aumento del desempleo y salarios en baja hasta que las posibilidades de obtener ganancias vuelven a ser atractivas; sólo entonces los capitalistas volverán a aplicar más capitales a la producción reiniciando el ciclo expansivo. El razonamiento permite entender que la crisis no es un accidente evitable sino la forma de desarrollo del sistema capitalista. Y el ajuste es el método de corrección de la crisis desde el punto de vista de los intereses del capital: para que la producción vuelva a crecer, el método capitalista de restituirlas es elevar las ganancias mediante la baja de salarios, la reducción de los gas­tos sociales y el desempleo. La mayor o menor inversión determina que el desarrollo capitalista tome una forma cíclica de alzas y de bajas en la producción y la crisis sería un fenómeno transitorio.
Con el desarrollo industrial, la plusvalía se transforma en la principal gene­radora de capital: ésta es la diferencia fundamental entre el pasado del capi­talismo no industrial y la sociedad capitalista moderna, en que la industria se convierte en el centro de la actividad económica y en el eje de la acumulación, acentuando las diferencias nacionales.
La industrialización comenzó en Inglaterra y se extendió luego a otros paí­ses europeos y a Estados Unidos. Pero Europa carecía de materias primas para su base industrial, por lo que sus inversiones externas se dirigían a los países que las producían y a aprovechar los negocios de intermediación de esos productos en el ámbito comercial o financiero, en la infraestructu­ra necesaria para afirmar las economías exportadoras complementarias y en algunas industrias de procesamiento. Los primeros países industriales acapararon los segmentos más avanzados de la industria y los países semi­coloniales o menos desarrollados se especializaron en producir materias primas, con una industria restringida a ramas vinculadas con el consumo masivo. Esta realidad bloqueó el crecimiento industrial de las nuevas naciones que habían alcanzado su independencia política. El pleno desarrollo in­dustrial de Estados Unidos, que también era un país líder en la produc­ción agraria, permitió extender la industria en la periferia. La división internacional del trabajo se modificó: persistía la especialización, que daba lugar a una diferenciación muy grande entre el centro y la periferia, pero la industria se extendía hacia esta última. Al contrario de lo que pudiera imaginarse, la mayor industrialización de las áreas menos desarrolladas agrandó las diferencias entre los países hasta hacerlas prácticamente in­salvables, y agregó otras, esta vez entre los países de la periferia, pues la dinámica del crecimiento industrial empezó a depender no sólo de la inver­sión extranjera sino de la posibilidad de reformar la estructura productiva de los grandes propietarios de la tierra y generar una burguesía industrial
más fuerte, es decir de la medida en que se modificara lo que aquí llamaremos el Antiguo Régimen.2 La crisis de los años treinta y la Segunda guerra mundial brindaron la gran oportunidad para el crecimiento industrial de los países exportadores de materias primas, pero el fortalecimiento de la industrialización seguía de­pendiendo del debilitamiento de las viejas estructuras agrarias. Por su parte, los resultados del conflicto bélico llevaron a Estados Unidos a la plenitud de su desarrollo y dividieron al mundo entre el bloque capitalista y el socialista, con un rápido progreso económico de este último. Para recomponer la for­taleza de Occidente, Estados Unidos propició la reconstrucción de Europa y de Japón e impuso al mundo los acuerdos monetarios de Bretton Woods. En Europa se organizó lo que llegó a ser un bloque regional liderado por Ale-mania, y Japón tuvo un acelerado crecimiento económico. Los acuerdos de Bretton Woods se basaron en la hegemonía del dólar y en su paridad fija con el oro. La prolongada expansión de los países centrales permitió organizar en ellos un inédito estado de bienestar –que se prolongaría por más de veinte años-encaminado a contrarrestar la creciente influencia política soviética. Unas condiciones de acumulación más estables pueden favorecer una inno­vación técnica más o menos continuada, como sucedió en el mundo en los llamados años de oro de la posguerra, que en la Argentina no pudieron ser aprovechados plenamente por la gravitación de muchas de las característi­
2-De una manera francamente poco rigurosa, como lo observa el historiador David Ogg, el tér­mino Antiguo Régimen, originariamente usado para Francia, “se ha aplicado a otras naciones en las que el antiguo orden de cosas fue dislocándose de forma gradual…”, David Ogg, La Europa del Antiguo Régimen 1715-1783, Madrid, Siglo XXI, pág. 3. Ese antiguo orden de cosas eran los residuos feudales de la Edad Media. En América no hubo feudalismo, pero el latifundio, el régimen señorial, las formas de trabajo en las minas y en las plantaciones constituían un capitalismo agrario y minero basado en la exportación y en la inversión extranjera. La gran propiedad de la tierra en la Argentina era capitalista, pero, en combinación con la inversión extranjera que la complementaba y el tem­prano desarrollo financiero, obturaba la industrialización, la formación de una burguesía y la tran­sición hacia el capitalismo moderno. La historia argentina a partir de la crisis mundial de 1929 gira alrededor de la lenta y contradictoria disolución de ese antiguo orden de cosas, que incluimos en la denominación de Antiguo Régimen, que es la no menos lenta superación del pasado oligárquico, sobre el que se desenvuelve la acción del peronismo.
cas de la sociedad tradicional. De ahí que en la Argentina la superación de la decadencia económica está asociada a la superación del pasado oligárquico. La producción, los salarios y la riqueza son mayores en los países desa­rrollados que en los menos desarrollados. En los primeros, una parte del excedente de capital se invierte en los países de menor desarrollo, donde los salarios son más bajos. En estos últimos la inversión extranjera, si bien moviliza las fuerzas productivas, extrae excedentes que se transfieren a los países de origen de la inversión. Como las ramas más avanzadas de la industria se sitúan en los países desarrollados, los otros no sólo exportan excedentes sino que, por su especialización en la producción de materias primas, disponen de menos industrias y –sobre todo- de industrias de avanzada, y su burguesía acumula menos capital, incluso porque las ramas más importantes están controladas por el capital extranjero. La carencia o insuficiencia de esas industrias los hace dependientes de las importaciones de mayor componente tecnológico y la falta de capital los obliga a recurrir a préstamos continuos que pagan con elevados intereses, estrechando aún más sus posibilidades de desarrollo y acrecentando las diferencias sociales y económicas3. Una política de desarrollo que revierta esa situación requiere más actividad industrial y una creciente presencia de las ramas más avanza­das y de la alta tecnología.
El capitalismo financiero y su crisis
El período excepcional del capitalismo de posguerra duró hasta principios
3-Sobre el capitalismo periférico, que integra un sistema mundial capitalista único conformado por dos tipos de capitalismos, el del centro y el de la periferia, el tratamiento pionero más completo es el de Samir Amín, La acumulación a escala mundial. Crítica de las teorías del subdesarrollo, México, 1979, especialmente capítulo II y IV, y El desarrollo desigual. Ensayo sobre las formaciones sociales del capitalismo periférico, Fontanella, Barcelona, 1975, especialmente capítulos III y IV.
de los años setenta: las mejoras salariales y sociales deterioraron la tasa de ganancia y los avances de Europa y Japón acotaron la primacía económi­ca estadounidense, que se compensaba con su poder militar, aunque la compensación estaba limitada por los progresos soviéticos. La economía de guerra dio lugar a un desarrollo tecnológico excepcional, pero el costo de los gastos militares y la competencia europea y japonesa pusieron en crisis al dólar4, que no pudo sostener su paridad fija con el oro, obligando al presidente Richard Nixon a derogarla en agosto de 1971. Se aceleró la expansión financiera y al final de los años setenta y en los ochenta la estra­tegia común de la primera ministra Margaret Thatcher en Gran Bretaña y del presidente Ronald Reagan en Estados Unidos precipitó cambios en la organización capitalista que afirmaron el predominio financiero mundial que al final del siglo daría lugar a las primeras manifestaciones de la gran crisis global del presente.5 La caída de la tasa de ganancia en las actividades productivas puede con­trarrestarse derivando capitales hacia la esfera financiera, aumentando la productividad con nuevas tecnologías ahorradoras de mano de obra y des­plazando parte de la producción a áreas con bajos salarios. En los últimos treinta años del siglo, junto con la expansión de las finanzas y los servicios,
4-A más de cincuenta años de su aparición, el libro de Robert Triffin, El caos monetario, (Fondo de Cultura Económica, México, 1961) fue pionero en el examen monetario de la posguerra, mucho antes de la apertura financiera que se desarrollaría veinte años más tarde. Si bien está centrado en los desequilibrios europeos, muestra las dificultades que se enfrentaron para reconstruir el sistema de pagos internacionales y las diferencias entre los países, que están reapareciendo en la actua­lidad, por lo que más bien habría que buscar las dificultades en las diferencias de desarrollo. Se complementa con los trabajos de Roy Harrod, El problema del dólar y la cuestión del oro; Gottfried Haberler, Las políticas económicas nacionales y la balanza de pagos de Estados Unidos; Walter Lederer, El equilibrio de los pagos de Estados Unidos: un planteamiento del problema, y Richard N.Cooper, La posición competitiva de Estados Unidos. Estos trabajos forman parte de la selección reunida en Se­ymour Harris y colaboradores, El dólar en crisis, Ediciones Deusto, Bilbao, 1964.
5-La desregulación financiera posterior se encuentra tratada en Itzhak Swary y Barry Topf, La desre­gulación financiera global, La banca comercial en la encrucijada, Fondo de Cultura Económica, Méxi­co, 1993. El Capítulo I ofrece una visión panorámica general, y en el Capítulo VIII, de pág. 298 a 378, de los Estados Unidos.
el mundo ingresó de lleno en la Tercera revolución industrial y una consi­derable masa de inversiones se radicó en países con mano de obra barata incentivando la mundialización del capital y el desarrollo industrial de la periferia. La parte exitosa de la nueva estrategia capitalista se vio en que la URSS recorrió en ese período un camino que fue desde su máximo es­plendor a su desintegración, y así desapareció lo que parecía ser la mayor amenaza al capitalismo. En la base productiva mundial se desarrollaba un cambio de similar tras­cendencia al que había dado lugar al capitalismo industrial o moderno -sólo en ese sentido podría hablarse de una sociedad postindustrial o post­moderna- ya que la industria se vuelve más importante que antes, pero aho­ra está guiada por un comando tecnológico, absorbe mucha menos mano de obra y sus productos son comparativamente más baratos y abundantes, pero el proceso de producción es más complejo y sofisticado, requiere mano de obra especializada y las innovaciones las suelen introducir los científicos o los tec­nólogos con capacidad de innovar que, al aplicarla solos o asociados con capitales de riesgo, se transforman en propietarios del nuevo capital. Los avances de la electrónica en los procesos industriales y los saltos tecnoló­gicos son continuos, las innovaciones incorporan nuevo valor y la menor mano de obra empleada genera un cambio social en el que gran cantidad de desocupados se vuelve permanente, en un ámbito en que la clase obrera tradicional ha perdido fuerza y los múltiples desempleados se convierten en una masa empobrecida en expansión, marginada de la fuerza de trabajo y del bienestar social. Las fugas hacia el capital financiero, que eran un recurso generalmente des­plegado para contrarrestar la caída de la tasa de ganancia6 en el momento de la crisis productiva, se fueron haciendo constantes y acumulativas y se
6-Giovanni Arrighi, El largo siglo XX. Dinero y poder en los orígenes de nuestra época, Akal, 1999, Ma­drid, y Robert Brenner, Turbulencias en la economía mundial, LOM, Santiago, Chile, 1999.
combinaron con la transformación tecnológica y la creación de nuevas áreas productivas. Pero, al reducirse las posibilidades del empleo asalariado tra­dicional, crecen los trabajos transitorios y disminuye la demanda solvente generalizada, pese al crecimiento de las fuerzas productivas en las ramas de vanguardia, en las tradicionales y en las nuevas de los países emergentes, lo que también genera las condiciones para el desarrollo de capitalismos na­cionales en rápida integración mundial. Todo esto acrecienta los capitales disponibles, pero como la acumulación financiera puede ser ficticia, una gran parte del capital acumulado queda expuesto a disolverse y la profundidad y duración de las crisis se vuelve mayor y más reiterada hasta que empieza a parecer permanente y destinada a convertirse en determinante de un nue­vo período. La rápida transformación tecnológica, sus consecuencias en el empleo y la incierta sobreacumulación financiera amenazada de licuación obligan a replantear la lógica del desenvolvimiento del capital. La actual crisis en el capitalismo avanzado tiene que ver con su subordina­ción al giro financiero del capital, y el desarrollo chino asiático responde a la necesidad de desplazar la industria hacia áreas con salarios más bajos. Presumiblemente, el objetivo del Partido Comunista Chino (PCCh) era la implantación del socialismo. Habría que preguntarse si, a juzgar por lo su­cedido, era una meta posible de lograr. Pero ése también era el problema implícito de la URSS. La respuesta simplista es que la burocracia política encargada de llevar adelante ese cometido no lo pudo alcanzar porque tro­có su objetivo socialista por su compromiso con el capitalismo mundial, pero es difícil concebir una lógica histórica frenada por una traición que se repite en todas partes. El análisis lógico trata de interpretar un fenómeno en función de leyes más generales. Pero si el desarrollo social no conduce a la secuencia esperada por el razonamiento lógico, es posible que algo haya cambiado demasiado a fondo, por lo que conviene profundizar el análisis real de lo sucedido; de
lo contrario, lo que tendría que ser un instrumento de comprensión corre el riesgo de utilizarse como si fuera una teología. La crisis derivada de la extraordinaria expansión del capital financiero que tuvo lugar a partir de los años setenta y especialmente en los noventa y en los primeros ocho años del siglo actual, difiere de las anteriores crisis finan­cieras, como las que tuvieron lugar a fines del siglo XIX,7 porque ahora la magnitud del capital financiero en juego sobrepasa con creces la base produc­tiva necesaria para sostenerlo y se ha esfumado la capacidad de pago, lo que termina depreciando el capital y derrumbando los títulos valores. En 2007 el PBI mundial era de alrededor de 52 billones de dólares frente a una expansión financiera de unos 900 billones, es decir, cerca de veinte veces superior a la riqueza real existente, aunque no se dispone de un registro universal unifor­me de estos valores.8 El capital difícilmente se limite a sí mismo. El único límite posible sólo podría surgir de las regulaciones de los gobiernos, pero como éstos no hicieron más que someterse a la lógica del capital, la salida que ahora se busca es imponer un ajuste descomunal que se vaya reproduciendo a lo largo del tiempo hasta reparar el daño que sufrieron los inversores por la naturaleza de su propia lógica, lo que no es más que seguir en la misma línea y profundizar la crisis productiva. Si la forma imperante del capital es la financiera, el límite a la crisis se en­cuentra en limitar al capital financiero manteniendo la dinámica productiva. El único país que puede contribuir en forma decisiva a hacerlo y conseguir una repercusión mundial es China.
7-Rudolf Hilferding, El capital financiero, Madrid, Tecnos, 1963. El presente desarrollo financiero pareciera encaminarse a una larga duración.
8-Un reciente libro de Ellen Hodgson (La telaraña de la deuda) señala, según un Informe Especial publicado por El Argentino, Buenos Aires, 16-11-11, que “en la actualidad unos 370 billones de dó­lares circulan como apuestas de alto riesgo (derivados financieros), es decir 28 veces los 13 billo­nes generados anualmente por la economía de Estados Unidos”. La proporción referida a Estados Unidos supera la mencionada en el texto pero la vuelve perfectamente compatible con este dato proveniente de una investigación.
China, los países emergentes y la transformación del capitalismo mun­dial en crisis
El fortalecimiento de la economía nacional china se encontró amenazada por el mismo destino que la URSS: el encierro. El encierro económico relati­vo sirve para despegar, pero no para permanecer siempre allí, porque a medida que crecen las fuerzas productivas no hay manera de eludir la influencia y el aporte de la economía mundial. Un país alcanza una organización económi­ca determinada dentro del sistema mundial, aunque lo eluda por un tiem­po para sostener su propia acumulación hasta que el conjunto nacional se fortalezca de tal manera que pueda salir a tallar más a fondo en el mercado mundial. La dirección del PCCh, al decidir incorporar al país más inten­samente al mercado mundial, pudo haber tenido en cuenta el crecimiento explosivo y exitoso de su entorno (Taiwán, Corea del Sur, Singapur y Hong Kong) y haber evaluado que se volvería peligroso para su futuro y que la URSS no podría resolver sus problemas al no contar con un aprovisiona­miento suficiente de bienes de capital y alta tecnología. Entonces eligió el acuerdo con Estados Unidos. Hacerlo implicaba desarrollar la nación. En medio del mercado mundial capitalista y del concierto de países enmarcados en estados capitalistas, no podía recurrir más que al desarrollo del capital regido por el Estado, en lo que sigue siendo hasta ahora un capitalismo de Estado convertido en sede importante del capitalismo global. En esas condiciones, el desarrollo del ca­pitalismo de Estado la podría llevar a restaurar el capitalismo privado o a mantener el capitalismo de Estado, que de esta manera aparece como una posible evolución del capitalismo tradicional en crisis. La peculiaridad de China consiste en que, por las características de este capitalismo, de requerir un límite financiero para su funcionamiento, se convierte en el único país que lo puede poner en práctica en su gran merca­
do influyendo indirectamente en promover la inversión productiva mundial, debido a que concentra una parte importante de la producción industrial global en condiciones de mayor rentabilidad. No se trata de una afirmación lógica de que podrá hacerlo: sólo la presente crisis mundial dirá si puede empezar a hacerlo y si este razonamiento es correcto. En el caso de que China pueda ofrecer una salida a la crisis diferente de la que están dando los otros países decisivos para la inversión global, que es la de practicar un ajuste de tal magnitud que -por salvar al capital financiero- retraiga la producción por un período considerable, el razonamiento habrá sido correcto. Esta función no la podría cumplir ningún otro país emergente. China podría imponer la vía productiva de salida de la crisis por su propio dinamismo9 y porque puede impulsar el crecimiento de los países emer­gentes. Sus salarios son más bajos que los del centro y concentra el mayor potencial de mano de obra porque es también el de mayor población y fuerza laboral. Si bien la iniciativa privada decide la magnitud de la inver­sión extranjera en China, su Estado no sólo puede regular esa inversión y sostener la inversión pública sino que la inversión productiva en las empre­sas estatales decide el rumbo de toda la inversión. Es un país decisivo para el capital y, a la vez, el único con un capitalismo de estado dominante. También la gran producción china le permite acumular capital líquido des­tinado a reservas, créditos e inversiones. La magnitud de su producción me­jora su nivel de vida promedio y genera una gran demanda de alimentos, energía y minerales e indirectamente de agua, para lo que está en condicio­nes de estimular el desarrollo de los demás países emergentes. Entre ellos, los de América del Sur son los grandes proveedores de estos productos y, también,
9-Giovanni Arrighi, en Adam Smith en Pekín, Orígenes y fundamentos del siglo XXI, Akal, Barcelona, 2008, considera que el crecimiento económico de Asia oriental es un resurgimiento, porque parece haber estado a la vanguardia mundial desde el siglo XVI al XVIII y las expectativas de recuperar ese papel respalda lo que para el autor habría sido un método de crecimiento más sólido y menos explosivo y agresivo que el de Occidente en la historia económica china. Vale decir que Arrighi no cree que el fenómeno chino sea exclusivamente un acontecimiento del presente.
los que demandan su industria y su tecnología. Para financiar su desarrollo e invertir en los emergentes China necesita que no se desvalorice excesiva­mente su capital líquido, lo que también requiere paz con Estados Unidos. China se convierte así, por ella misma y por el arrastre sobre un grupo de­cisivo de países emergentes, en la única manera de salir de la crisis mundial sin un retroceso productivo neto. Esta crisis tendrá efectos adversos muy pro­longados en el tiempo, pero esos efectos no necesariamente llegarán a impedir que se mantenga el crecimiento, siempre que en China prevalezca el capitalis­mo de Estado. De lo contrario, si China evolucionara hacia el capitalismo con dominio privado, el capital financiero seguirá marcando el rumbo y la crisis será aún de más larga duración.
La economía mundial, por consiguiente, combina su gran crisis con una enor­me transformación que presenta una gran posibilidad para América del Sur, y en particular para la Argentina y Brasil. En el corto plazo, la crisis es un gran escollo que tenderá a disminuir el ritmo de crecimiento y a acentuar la amenaza inflacionaria y otras dificultades en estos dos países y en el área sud­americana, pero antes, para entender el rumbo que parece estar tomando la historia social contemporánea, es imprescindible analizar cuestiones de más largo plazo.
El capitalismo argentino y el dislocamiento del Antiguo Régimen
El capitalismo internacional se organizó bloqueando el desarrollo de la Ar­gentina y Brasil y el de todos los países periféricos, pero lo hizo de mane­ra distinta para cada uno de ellos. El origen diferenciado de los dos países resultó de las características del modo de producción colonial y, luego, de las políticas marcadas por el imperio español y el portugués ajustadas por la Revolución industrial, la división internacional del trabajo y sus prime­
ros gobiernos independientes. En términos generales, el capitalismo mun­dial determinó los grandes rasgos de la evolución de la Argentina y Brasil en combinación con sus componentes sociales internos, en primer lugar la cuestión de la generación de una burguesía nacional una vez puesto en marcha en el mundo el proceso de industrialización. Como la Revolución Industrial y la industrialización que la siguió generaron una división inter­nacional desigual, con desarrollo industrial para los países centrales y una industria recortada para los demás, ambos países tuvieron un destino peri­férico que durante un largo período fue común. Lo diferente de ese destino se encuentra en la generación y evolución de las burguesías locales y de las industrias. Los límites de la burguesía y del desenvolvimiento industrial ar­gentinos están marcados por la herencia del Antiguo Régimen. La burguesía brasileña se liberó de ella y por eso puede reaccionar de manera diferente a la argentina cuando encuentra la oportunidad de desarrollar su industria, y ésta es una oportunidad para hacerlo. Por eso interesa entender cómo se va disgregando en la Argentina lo que hemos llamado el Antiguo Régimen. La Argentina se incorporó al mercado mundial capitalista en los años se­tenta y ochenta del siglo XIX, más de cincuenta años después de alcanzada la independencia política. Antes del desarrollo agrario, el capital obteni­do por la vía comercial y del contrabando se expandía gracias a la deuda pública y al fraude financiero contra el Estado. Cuando sobrevino el de­sarrollo agrario pampeano se estableció una alianza muy sólida entre los terratenientes y las finanzas, pues los primeros expandieron la producción agropecuaria hasta que llegó a los límites de la pampa húmeda y reciclaban financieramente una parte de la cuantiosa renta de la tierra y el desarrollo económico se completaba con los servicios (ferrocarriles e intermediación comercial) en los que predominaba la inversión extranjera, la industria sus­titutiva y las economías regionales con cultivos industriales, ganadería y explotación forestal.
El latifundio concluyó su ciclo ascendente bastante antes de la crisis de los años treinta. Lo que siguió después fue una dislocación gradual y escalonada del viejo orden que no permitía un mayor desarrollo capitalista por el retra­so industrial, determinado por exportaciones limitadas y desarrollo insu­ficiente. Este orden económico dio lugar a una Argentina aparentemente próspera, de un elevado promedio de PBI per cápita con una enorme des­igualdad social. El país proveía carne y cereales a Inglaterra y al resto de Eu­ropa, pero la limitación de la producción impedía contar con las divisas ne­cesarias para ampliar la monetización de la economía y el crédito, fomentar el desarrollo industrial y promover la transformación de los productores en una burguesía agraria y unos chacareros sólidos que incentivaran la pro­ducción del campo y elevaran el acopio de divisas, como empezó a suceder en los años ochenta del siglo XX. Todos los países latinoamericanos tienen un período de transición del capitalismo agrario latifundista o la explotación minera con exportación de materias primas sin procesar a un mayor desarro­llo del capitalismo propio, también obturado por el carácter periférico de su ubicación en el sistema mundial y en la división internacional del trabajo, por lo que el nuevo capitalismo tampoco es similar al del centro del sistema.
La crisis de los años treinta fomentó el proteccionismo e Inglaterra con­centró su demanda de materias primas agroalimentarias en sus colonias, perjudicando las exportaciones argentinas, con lo que la oligarquía estancó su producción agraria y refirmó su reciclaje financiero para incrementar la renta original. De ahí que, de 1930 a 1945 la crisis internacional presionó al capitalismo nacional centrado en la actividad agropecuaria y a su estructu­ra de poder a derivar parte del excedente a una mayor inversión industrial complementaria de la agropecuaria y -en otra gran parte- hacia una in­dustria sustitutiva de importaciones. Estos cambios en el modo de acumu­lación requirieron una política económica más reguladora pero el centro del poder seguía en manos de los propietarios de la tierra, el comercio de
exportación y la intermediación financiera, mientras que la política que fomentó la industria sustitutiva limitó la influencia de la burguesía indus­trial en el poder, para no afectar a la oligarquía dominante y no complicar el frente político, ya que los trabajadores habían demostrado ser fuertes defensores de sus intereses y el desarrollo industrial no haría más que for­talecer sus posiciones, como efectivamente ocurrió. En 1945-1946 la movilización de los trabajadores y el fortalecimiento de una fracción nacionalista en las fuerzas armadas más próxima a respaldar las conquistas sociales y laborales llevó al peronismo al gobierno. Hasta el golpe de 1955 la política económica se independizó en gran parte de las exigencias del modo de acumulación dominante y favoreció el crecimiento industrial, nacionalizó la comercialización interna y externa de la produc­ción agropecuaria y los depósitos bancarios, amplió el crédito industrial y elevó los salarios y los beneficios sociales, pero el mayor peso de la industria no competitiva y de la monetización dieron lugar a una mayor inflación. La mayor monetización en sí misma no dispara automáticamente la inflación sino que genera condiciones que la favorecen, siempre que haya sectores dispuestos a echar mano de ella. En 1955 la oligarquía dominante aprovechó la mayor vulnerabilidad polí­tica del peronismo –sobre todo el conflicto, con la iglesia-, recuperó el go­bierno a través del golpe de Estado y puso fuera de la ley al peronismo para recuperar una política económica afín al sistema oligárquico, al que refor­zó adoptando las reglas de austeridad del Fondo Monetario Internacional, pero la industria se siguió expandiendo por efecto de la dinámica del modo de acumulación existente, lo que siguió elevando la inflación. Esa expansión fue más intensa en el período desarrollista (1958-1962), en el que se destacó la mayor inversión extranjera directa.
La vuelta al poder de la oligarquía no pudo forzar el retroceso industrial, aun­que sí moderó su expansión y desarrollo. Las grandes entidades industriales
no deseaban perder las posiciones alcanzadas, por lo que a partir de en­tonces aceptaron mantener una industria limitada. La renta de la tierra no reciclada hacia la industria siguió tomando invariablemente el camino de la colocación financiera o el desarrollo inmobiliario, pero el exceso de riqueza acumulado en estos rubros para un capitalismo relativamente débil (por la limitación del desarrollo industrial) seguía siendo un obstáculo para el crecimiento económico y el progreso social. Aunque en los dieciocho años transcurridos entre el derrocamiento de Pe­rón y la vuelta del peronismo (1973) la Argentina se retrasó frente a Brasil y no pudo vencer su inflación crónica ni su conflictividad social nacida de la falta de crecimiento, la industria se expandió con moderación frente a un agro estancado y unas finanzas que empezaban a sobredimensionarse. Esto último fue impulsado por las políticas de ajuste del FMI, que en la Argentina se volvieron constantes.
La política oligárquica tuvo dos variantes reflejadas en los enfrentamientos militares: la liberal trató de forzar el retroceso industrial y la nacionalista o de­sarrollista bregó por conseguir un crecimiento industrial acotado a los límites impuestos por el orden existente. El estancamiento agropecuario obedeció a la limitación de los mercados debido al proteccionismo europeo, y el atraso industrial generaba inflación, pero se la combatía con la receta recesiva, que en el largo plazo sólo podía agravarla. Es así que si bien una de las jus­tificaciones del derrocamiento de Perón en 1955 había sido la inflación, en los años siguientes los precios aumentaron a una velocidad mucho mayor que durante el peronismo. La razón era que el agro mantenía sin usar plenamen­te su capacidad productiva y que la industria, como no podía encarar una estrategia de ampliación permanente, prefería aprovechar el estancamiento recurriendo a la remarcación de precios como un elemento inseparable de la acumulación y las subas se trasladaban a todas las demás actividades agra­vando la presión inflacionaria junto con una permanente presión para deva­

luar la moneda ajustando la paridad del dólar al aumento de los precios. En 1973 volvió el peronismo y puso en marcha una política económica que esta vez pretendió reformar el modo de acumulación existente impulsando la producción agropecuaria para asegurar el crecimiento industrial y la am­pliación de las exportaciones. Las reformas condujeron a la nacionalización de los depósitos bancarios y a tratar de que se aprobara la ley del impuesto a la renta normal potencial, que obligaba a emplear la renta de la tierra en in­crementar la productividad del agro mediante inversiones, gravando la ren­ta posible pero no efectivamente realizada, lo que enfrentaba al productor a la alternativa de pagar más impuestos o invertir. La nacionalización de los depósitos no era más que la disposición a convertir al Estado en regulador de los depósitos, ya que en la operativa bancaria el dinero del público es ad­ministrado por un conjunto privado que dispone del mismo como si se tra­tara de fondos propios. En el régimen de nacionalización de los depósitos, el Estado puede regular el empleo de los depósitos del público con criterios más acordes con el interés general, aunque no hubo tiempo de modificar sustancialmente esa práctica. Se trataba de dos medidas certeramente enca­minadas a modificar el retraso agrario y a dinamizar el uso de las finanzas, seguramente para expandir el crédito destinado a la producción, en que las carencias más notables se registraban en la industria. La nacionalización de los depósitos fue aprobada y el proyecto de aplicar un impuesto a la renta potencial revivió la oposición al peronismo en la que esta vez se incluye­ron los peronistas que desde el derrocamiento de 1955 se habían sumado a los partidos que trataban de representar el orden existente, del predominio agro financiero con una cierta cuota de poder para una industria que no cuestionaba la nueva combinación. La estructura del poder económico se modificaba por el mayor peso de la industria y las finanzas, pero en los años setenta la forma que tomaba la crítica al régimen atacaba el monopolio del poder militar por parte de
las Fuerzas Armadas, que eran el órgano de defensa del orden estableci­do -como lo muestran los golpes de Estado- y habían aparecido organi­zaciones armadas alternativas pertenecientes al peronismo popular y a la izquierda inspirada en la revolución cubana de 1959. En 1973 la sociedad estaba convulsionada y el régimen oligárquico peligraba, lo que desató una fenomenal crisis política. La batalla principal se entabló dentro del peronismo: por un lado, quie­nes cuestionaban el sistema con métodos y propósitos que excedían los del peronismo histórico de 1946, y por el otro quienes deseaban proponerse como posibles conducciones políticas del sistema. Con distintas variacio­nes, la propuesta peronista pro oligárquica iba desde la aceptación limitada del desarrollo industrial y una presencia gremial condicionada, hasta las más crudas expresiones de la derecha, que ya había puesto en marcha una represión que adelantó la que impondrían después los militares que, con la excusa de defender la democracia y luchar contra el comunismo, la co­rrupción y la inflación, se encaminaba a pulverizar cualquier resistencia y a impedir que el poder oligárquico pudiera ser cuestionado otra vez. La versión de izquierda del peronismo de 1973 (Cámpora) había sido aho­gada por el propio Perón, quien -obsesionado por quitarla del medio- ape­ló a la derecha partidaria, con lo que tampoco pudo consolidar el deno­minado Plan Gelbard, que tampoco era aceptado por la mayor parte de las fuerzas armadas, los partidos tradicionales y gran parte de la burocracia gremial y política del mismo peronismo. El Movimiento Peronista estaba tan vaciado de democracia que, en los meses que siguieron, el timón políti­co lo tomó el entorno personal de Perón, un grupo minoritario y derechista que se asimilaba a la conducta del golpe militar que se dibujaba en el ho­rizonte. Frente a esta posibilidad, los partidos tradicionales se silenciaron, alentándolo indirectamente, y una gran parte de la población lo aceptó con resignación para escapar de la angustiosa situación de violencia existente,
en que las organizaciones armadas no garantizaban ningún curso de acción que ofreciera una perspectiva de futuro. Pocos imaginaron el alcance que tendría lo que fue en realidad una dictadura terrorista que prácticamente unificó el frente patronal y cristalizó los límites de un contenido capitalista que sólo podía conducir al gran retroceso que se verificaría después en la sociedad argentina. El golpe de 1976 parece haber tenido en cuenta la perspectiva de una am­pliación de los mercados de materias primas agroalimentarias y del cre­ciente giro internacional del capital porque la reanimación del eje agrope­cuario vino acompañado por la reforma financiera que estimuló el giro al exterior de los excedentes, lo que incrementaría la toma de créditos y los compromisos con el FMI, como efectivamente sucedió. Para sostener esta política hubo ramas industriales que podían crecer junto a un límite a la expansión de la industria sustitutiva, pero la especulación local condujo en 1980 a la quiebra del BID y a la crisis financiera y de allí en más fue impo­sible recomponer cualquier política golpista común, al punto que el dete­rioro creciente llevó a los militares a la aventura de Malvinas, lo que por sí y por sus consecuencias condujo, con el aumento de la oposición civil, al final de la dictadura militar. Inmediatamente después de alcanzada la democracia política, el régimen oligárquico recuperó su poder mediante el Plan Austral (1985), en una es­trategia que tendría su máxima expresión en el Plan de Convertibilidad (1992), pero el aumento de la producción agropecuaria y de la demanda mundial de alimentos relativizó el peso de los terratenientes y estimuló el de los productores y de la burguesía agraria junto con el afianzamiento del poder financiero local y del capital financiero internacional en el bloque dominan­te. Cuando la convertibilidad no pudo salir de la fase recesiva inaugurada en 1998, Menem trató de continuarla mediante un intento de dolarización que fracasó y que sólo hubiera postergado el desenlace, pero el derrotero
hacia la crisis final que llegó en 2001, conducido inconscientemente por el ala conservadora de la UCR aliada con demócratas y reformistas, se hizo irreversible. La crisis de los países que adoptaron el euro con una estructu­ra económica que no es la de los países avanzados se encuentran hoy ante un dilema parecido al de la convertibilidad en vísperas de 2001 y conducirá a un desenlace similar si la asistencia de los países más avanzados se orienta a sostener el ajuste mediante nuevos créditos y no a potenciar la capacidad productiva de los menos avanzados. La particularidad del capitalismo argentino consiste en que su desenvol­vimiento histórico, que incluye la formación de la base industrial, estuvo dominado durante un largo período por la influencia de la clase terrate­niente, que estrechó el espacio para la industria, por lo que este crecimiento industrial fue permanentemente trabado por una elevada inflación. La com­binación fue inherente al capitalismo argentino, junto con una fuerte presen­cia de la clase obrera en el período de la industria sustitutiva que finalizó en 1976 y dio como resultado el populismo latinoamericano más fuerte y que más condicionó la evolución económica y las expectativas de los inversores. La burguesía industrial se sometió a esa situación y aunque batalló por obtener un lugar en el reparto de poder, renunció a ser la clase dirigente nacional. La experiencia demostró que cuando los industriales no pelean por la competitividad ni se comprometen a fondo con la inversión, el com­portamiento más común consiste en elevar sus ganancias de otra manera, recurriendo generalmente a la remarcación de los precios y restringiendo la inversión al mínimo necesario, situación que los lleva a trabajar siempre muy cerca de la plena capacidad productiva y a usar parte de sus excedentes en colocaciones financieras.
El desarrollo tecnológico y el predominio financiero del capitalismo mundial condujeron al final del siglo al debilitamiento del papel jugado por la clase obrera en el mundo y a opacar la perspectiva de cualquier transformación so­
cial. En el ámbito nacional se obtuvo un resultado similar debido al fracaso del peronismo de 1973, al vacío conformista que impuso el golpe de 1976 y a los sucesivos planes de ajuste de la segunda mitad de los años ochenta y de los noventa, que redujeron el papel protagónico que habían alcanzado los trabajadores junto con la reducción de su nivel de vida hasta aproximarlo paulatinamente al que imperaba antes de 1945.
Populismo y desarrollo industrial
En la Argentina el populismo está muy vinculado con las características del desarrollo industrial. Si bien este fenómeno social presenta similitudes en todas partes, que se refieren sobre todo a su pragmatismo antes que a sus fundamentos doctrinarios y a su escasa vocación institucional,10 en los perío­dos en que dominó la política, en América latina y en la Argentina aparece muy asociado al fenómeno de la industrialización y de la formación de la bur­guesía, muy diferente al de la matriz europea o de los países industrializados. Si bien las conquistas sociales estuvieron respaldadas en fuertes movimien­tos sociales y políticos, la clase trabajadora argentina no recibió estas con­quistas por la acción de los partidos obreros y de izquierda sino por el primer peronismo, y eso ha hecho que lo que se denomina populismo se encuentre tan profundamente arraigado en la sociedad. A juzgar por lo sucedido, el popu­lismo tiene lugar en los capitalismos débiles, provenientes de oligarquías dominantes y con fuerte incidencia de regímenes militares, que han sido posibles porque las clases dominantes de la economía primaria exporta­dora no aceptaron fácilmente el juego democrático, cuando lo aceptaron trataron de condicionar sus resultados y siempre buscaron el atajo para
10-La poca estima institucional del populismo argentino se debe seguramente a que se trata de instituciones que no se corresponden con las características políticas del país.
el golpe de estado. La historia argentina es un inmejorable ejemplo de esa conducta.
El peronismo consiguió conquistas laborales y sociales como nunca antes se ha­bían podido lograr, aunque hubieran sido proyectadas previamente por par­tidos reformistas que no tuvieron fuerza para imponerla, pero que, frente al peronismo, muchas veces colaboraron con los regímenes militares. En el frente conservador que enfrentó al primer peronismo participaron los comunistas, los socialistas y la mayor parte de los radicales, y frente a las conquistas so­ciales incorporadas por Perón, los progresistas cuestionaron el autoritaris­mo y la falta de democracia, lo cual no era del todo descaminado, pero sí lo era no adoptar la misma actitud frente al totalitarismo y falta de democracia del pasado, empleado especialmente contra los trabajadores y las conquistas sociales, ni contra los militares golpistas. Los demócratas y los progresistas –en este caso salvo el PC-apoyaron el golpe de 1955, cuando la aviación bombardeó el centro de la ciudad de Buenos Aires y en uno de los aviones viajaba un alto dirigente de la UCR de entonces, avalando el procedimien­to. Tampoco hubo reacciones cuando en 1956 fueron fusilados los militares que se rebelaron contra el golpe. Los partidos democráticos y progresistas también participaron de la Junta Consultiva que respaldaba las directivas militares y no cuestionaron los planes de ajuste que siguieron a los golpes. En la crítica democrática al peronismo aparecen multitud de cuestiones aisladas entre sí. Sin embargo, las críticas hay que incorporarlas al proceso social que se estaba desplegando. La crisis de los años treinta y el ordena­miento internacional que siguió a la Segunda guerra mundial aceleraron el crecimiento industrial y luego plantearon la necesidad de contar con ramas propias de la industria pesada. Las limitaciones resultantes del ex­tendido predominio del orden conservador, entre ellas la presencia de una burguesía nacional endeble, acentuaron las presiones inflacionarias junto con el freno a las exportaciones agropecuarias hasta fines del decenio de los
ochenta -que contuvo el aporte de divisas- y la presión continuada de los sectores exportadores para devaluar la moneda. Desde el derrocamiento de Perón hasta el golpe de 1976 la inflación se agravó porque a los factores que la impulsaban se agregó el costo de la disputa por la mayor o menor amplitud que el pasado predominio agropecuario podía conceder al creci­miento industrial, lo que abonó gran parte de las diferencias entre liberales y desarrollistas. Los desarrollistas no terminaban de dejar de lado el orden conservador porque no entendían que la economía agropecuaria era la llamada a pro­ducir los excedentes necesarios para financiar el desarrollo industrial, y terminaban condicionando el desarrollo exclusivamente a la presencia de la inversión extranjera. Arturo Frondizi encaró esa política, que al estar condicionada por los intereses agrofinancieros, debió colocar a Alvaro Al­sogaray como ministro de Economía, primer signo de que su presidencia también podía estar condenada al derrocamiento, como efectivamente su­cedió en 1962, y lo que prevaleció después no fue la industrialización sino el ajuste. La cuestión se mantuvo sin resolver porque las reformas puestas en marcha por el peronismo de 1973 no se pudieron mantener ante la división del partido, la crisis política y la ofensiva golpista.
El peronismo transformador de 1946,1973 y 2003 y el peronismo del sistema

Cuando una fracción del peronismo se impone durante un período y logra dinamizar el crecimiento económico y mejorar la situación social, se con­sagra como el peronismo de la época y aglutina a la mayoría peronista. El peronismo de 1946, que es el peronismo histórico, fue la primera experien­cia política nacional transformadora de las bases del orden conservador que promovió la industria y las reformas laborales y sociales que mejoraron la
distribución del ingreso y acercaron a la Argentina al Estado de Bienestar, que nunca podría ser igual al alcanzado por los países desarrollados debido al re­traso industrial, que mide mejor que ninguna otra consideración la debilidad competitiva nacional y su capacidad de integración a la economía mundial. Con el golpe de Estado de 1955 surgió un peronismo sin Perón, que trató de llegar a un acuerdo con los militares golpistas y, de hecho, a desvirtuarse como continuador del peronismo histórico, por lo que no puede menos que ser reconocido como el peronismo del sistema. En el período de exclu­sión electoral posterior a 1955 se expresó en el voto de apoyo a Frondizi, pero el acuerdo tuvo un rápido final ante la sumisión del desarrollismo al orden conservador y a la dictadura militar. Fue sustituido por el voto en blanco, que restó legitimidad a casi todos los comicios convocados bajo la ilegalidad del peronismo. En 1973, cuando los militares no tuvieron otra al­ternativa que habilitar al peronismo aunque no a Perón, éste eligió a Héctor Cámpora como candidato presidencial, no porque aprobara el programa de la izquierda peronista sino porque Cámpora garantizaba que no llegaría a un acuerdo con el régimen militar. El peronismo de 1973-1974 tuvo dos variantes: el peronismo de izquierda, más cercano a la guerrilla, y el peronismo del acuerdo Perón-Gelbard, que es el único que tuvo un programa. La confrontación entre ambas permitió la reaparición –tras la aparente defensa de Perón- del peronismo del siste­ma. Perón sustituyó a Cámpora a través de una elección en la que recogió una mayoría que fue más allá de los votos peronistas, porque el electorado y una parte de la oposición al peronismo tenían la frágil suposición (era la única fragilidad que podía utilizarse) de que Perón estaba en condiciones de enfrentar el desafío de la ingobernabilidad, pero su deterioro físico y su muerte llevaron al poder a la derecha peronista, anticipo del golpe de Esta­do de 1976 y de la restauración del orden conservador. El orden conservador era algo que no podría haber reformulado ninguna
conducción política partidaria, más allá de que tampoco había alguna con los votos necesarios para intentarlo. Sólo podría reformularlo un golpe de Estado terrorista que aglutinara al conjunto de la burguesía y que se subor­dinara al pleno dominio del capital financiero internacional, dos de las tres principales características del golpe de 1976. La otra, la que identifica como ninguna a este golpe, fue el terrorismo sistemático, que nunca hasta entonces había estado presente como programa, aunque no había dejado de insinuar­se, como sucedió en 1955 con los bombardeos a la Plaza de Mayo y el año siguiente con los fusilamientos en los basurales de José León Suarez. Los partidos democráticos y reformistas que adhirieron al golpe, a casi cuarenta años de aquellos trascendentales episodios, no efectuaron una autocrítica de sus prácticas antidemocráticas de complicidad aunque no dejan de pro­clamarse, frente al peronismo, como exponentes de la democracia. La versión tradicional del orden conservador estaba destinada a debilitarse por el previsible aumento de la demanda mundial agropecuaria y el desa­rrollo capitalista a que ésta daría lugar, que relativizaron el peso político y económico de los terratenientes pampeanos. Sin un desarrollo industrial, en su lugar sólo ganaría posiciones el capital financiero internacional. Se dirá que el dominio del capital financiero siempre estuvo implícito, pero hay una diferencia que es conveniente tomar en cuenta. Antes de 1976 regía la perma­nente desestabilización cambiaria y ésta alimentaba la persistente inflación. Después de 1976 lo que se trató de imponer fue la estabilización cambiaria, que se expresó en la tablita de Martínez de Hoz, el Plan Austral de los radica­les y el Plan de Convertibilidad de Carlos Menem y Domingo Cavallo. Cuando la dictadura militar se tuvo que retirar, después del desastre eco­nómico y de la guerra de Malvinas, el peronismo sin Perón quiso reiterar las bases de un acuerdo implícito con los militares que estaba a la derecha de las propuestas radicales, lo que decidió el triunfo de Raúl Alfonsín con el aporte del voto de una gran parte del peronismo. Empujado por la des­
estabilización del tipo de cambio y la inflación, Alfonsín tuvo que adoptar la política económica de los militares al mismo tiempo que debió limitar los procesos para juzgarlos. La reiteración de la política económica de la dictadura militar condujo a la hiperinflación de 1989 y en las elecciones de ese año reapareció la mayoría peronista apoyando la candidatura de Carlos Menem y ambos –presionados por la desestabilización inflacionaria- lle­garon a un acuerdo sobre una política económica común de preeminen­cia agraria, industrialización limitada y apertura financiera, un límite al juicio a los militares y las bases de lo que sería la reforma constitucional de 1994. Menem encaró la desestabilización inflacionaria y cambiaria con la convertibilidad del peso con el dólar en una paridad baja y fija, lo que atrajo inversiones pero limitó la exportación, el crecimiento industrial y el empleo, mientras se generalizaba la especulación financiera y se disparaba el endeudamiento.
La experiencia de la convertibilidad dejó en claro que la paridad estable con la moneda fuerte puede frenar transitoriamente la inflación, pero por sí misma no modifica ninguna cuestión de fondo por lo que, a la larga, la inflación reaparece. El centro de la cuestión se sitúa en la política econó­mica, cuyo alcance se oculta detrás del objetivo de alcanzar una moneda estable. Con una paridad baja, no habrá las exportaciones se restringirán a las commodities y se recortará la producción industrial, acrecentando las importaciones. La consecuencia previsible será un bajo desarrollo eco­nómico, alto desempleo, saldo comercial decreciente y ningún rubro de exportación sometido a la aplicación de retenciones. En ese marco el Es­tado tendrá un gasto muy limitado, reducido a la administración, lo que supone una política sistemática de desprendimiento de empresas estata­les. Así, la prioridad de alcanzar una moneda estable frente al dólar conduce a la especialización primaria, un bajo desarrollo industrial, la desaparición de la intervención del Estado, la colocación de los excedentes financieros en
la valorización financiera global y el estímulo al crédito externo público –fis­cal o comercial-para cubrir cualquier déficit con deuda. La menor actividad llevará a un menor nivel de empleo, bajarán los salarios y aumentará el trabajo en negro, que es, en síntesis, la política económica del orden con­servador, actualizada a través del enlace con el capital financiero global.
La ideología centrada en el combate a la inflación instaló en la opinión pública el concepto de que una política antiinflacionaria que conduzca a la estabilidad cambiaria es más importante que alcanzar un crecimiento que siempre sería erosionado por la suba de precios. La crítica opositora
al kirchnerismo se basa en esta política, que es la del orden conservador más el capital financiero. Una paridad cambiaria fija de largo plazo sólo se podría obtener con un de­sarrollo económico que permitiera alcanzar una productividad similar a la de los países industrializados. Pero, con paridad cambiaria fija y sin desarrollo, la moneda se deterioró aún más. Menem fue la encarnación de los años noventa, del paraíso financiero, la idealización de la moneda, pero como los problemas se agravaban, no pudo alcanzar una segunda reelección y nació la ilusión -que más tarde sostendría Elisa Carrió- de que las dificultades provenían de la co­rrupción, y el voto mayoritario fue para el radical conservador Fernando De la Rúa, que prometió mantener a rajatabla la convertibilidad con el apoyo de demócratas y reformistas, pero llegó el derrumbe de 2001 y el default, que era lo único que podía suceder.
Eduardo Duhalde, que encabezó la última transición hacia las elecciones de 2003, eligió a Néstor Kirchner para enfrentar a Menem, descontando que lograría subordinarlo. Duhalde difería de Menem en que se oponía a la paridad fija y al excesivo giro financiero para posibilitar un cierto desarrollo industrial que no afectara la preeminencia agraria, pero respetaba el eje del Pacto de Olivos: no modificar la paz militar conseguida por Alfonsín. Kirchner, en cambio, propició el juzgamiento a fondo de los militares para cortar con la
media impunidad de la pasada dictadura militar e incorporar definitivamen­te los derechos humanos a las prácticas políticas.
El modelo K y el crecimiento continuado
El peronismo transformador se caracteriza por avanzar en el desarrollo in­dustrial, en la distribución de los ingresos y las reformas laborales y sociales, que generalmente se pueden afirmar con un mayor resguardo de la influen­cia de la economía mundial. La concepción nacionalista del peronismo casi siempre lleva a profundizar el proteccionismo y a perder la perspectiva del significado del mercado mundial. Para afirmar el desarrollo nacional hay que defenderse de la crisis internacional y, a la vez, tratar de aprovechar la participación en el mercado mundial. Una concepción exclusivamente nacio­nalista, que ignore la influencia de la economía mundial, idealiza las posibili­dades del desarrollo nacional, minimiza la influencia de la crisis internacional y puede conducir a errores estratégicos.
Los partidos políticos tradicionales y aquella parte del peronismo que se ha mimetizado con ellos se niegan a modificar el pasado y esa pasividad renueva la crisis política, social y económica. La fracción del peronismo que rompe los moldes enquistados se transforma en el peronismo de la épo­ca, y si eso es percibido por la población en forma directa o a través de las mejoras sociales, alcanza un caudal de votos que ninguna otra fuerza puede superar. En la medida en que el modelo mejoró la situación económica y social, la crítica conservadora –aún en la versión de los demócratas y refor­mistas- lo impugna por populista, que en cierta medida significa que no se corresponde con la experiencia de los países desarrollados, que presunta­mente constituyen el ejemplo a imitar. En la experiencia argentina, aunque muchos partidos se pronuncian por
mejorar el empleo y la distribución del ingreso, la posibilidad de hacerlo y transformar la herencia del pasado orden conservador se ha visto dificultada pese a esa proclama de intenciones, y por la falta o debilidad de una burguesía que pueda sustituirlo y sólo ha sido posible a partir de las políticas de creci­miento rápido y de expansión industrial propias del peronismo renovador de cada época respaldadas por la lucha del movimiento obrero. En todo sentido, la experiencia argentina es distinta de la europea y la estadounidense a raíz de la persistencia hasta el fin de la Segunda guerra mundial del orden con­servador, y la preferencia por el populismo y el consiguiente apoyo electoral al mismo es una consecuencia que no se puede apreciar cuando se la exa­mina con los parámetros propios de otra realidad. La incomprensión suele dar lugar a una carga de odio que profundiza sus efectos. La razón por la que pareció que la oposición no tuvo ningún programa para enfrentar a Cristina Fernández de Kirchner en los comicios de reno­vación presidencial de octubre pasado fue que, en realidad, todo su proyecto consistía en terminar con el gobierno kirchnerista, es decir, volver al pasado o al 2001, siguiendo el mismo camino que la política económica inaugurada en 1976 por la dictadura militar. Por eso, las propuestas de los partidos políti­cos tradicionales no pasan de los conceptos generales que luego se someten a la presión de los mercados como antes se sometían a la presión de los militares. La continuación de la política impuesta en 1955 con el derrocamiento de Perón era la democracia oligárquica más una cierta industrialización nacida de la inevitable sustitución de importaciones, y la política económica de la dictadu­ra militar de 1976 era la de 1955 más la incorporación del dominio del capital financiero. De esa manera, la versión kirchnerista del peronismo se convirtió en el único peronismo con la intención de superar el pasado, en una versión actualizada del peronismo de 1946 y del de 1973, que reproduce la necesidad de alcanzar un crecimiento continuado y la industrialización, incluyendo esta vez la independencia de los criterios del FMI y la renegociación de la deuda
con quita. Los demócratas y los reformistas eluden una discusión a fondo de estas cuestiones en el marco de cómo evolucionó la situación económica y social del país a partir de 1976. En ese contexto, los Derechos Humanos debían constituir una política de Estado con una revelación de los crímenes continuada en el juzgamiento, que no era el propósito del Pacto de Olivos, o el de Duhalde y los otros partidos de la oposición.

La expansión continuada posterior a la crisis del 2001 fue, por lo tanto, una consecuencia del denominado viento de cola internacional y de la política económica del actual modelo. La creciente demanda mundial se ha originado en el rápido crecimiento chino asiático que, al estimular la producción na­cional, la brasileña y la de otros países de la región, ha creado condiciones de expansión continuada. Pero nada de esto sería posible sin el otro puntal esencial, que es la política del modelo. Hasta ahora los componentes del modelo eran: sostenimiento de un tipo de cambio adecuado para elevar las exportaciones hasta un nivel que incluya a una parte considerable de la actividad industrial; mayor presión tributaria directa; obtención de ingresos provenientes de las retenciones a la produc­ción primaria exportable más beneficiada con el tipo de cambio alto (mien­tras la oposición está concentrada en removerlos); reducción de los pasivos originados en el sobreendeudamiento externo heredado mediante la rene­gociación de la deuda y la cautela para adquirir nuevos créditos; crecimien­to industrial empujado por el tipo de cambio, los subsidios, el desarrollo de las pymes, la sustitución de importaciones, el Mercosur y la relación con Brasil; esfuerzo para evitar el déficit en el comercio exterior y en las cuentas públicas mediante el aumento de las exportaciones para mantener el saldo comercial favorable y procurar alcanzar un superávit presupuestario pese al incremento del gasto público; elevación del nivel de las reservas inter­nacionales; aumento de los ingresos a la porción menos favorecida de la sociedad para afirmar y difundir el crecimiento (subsidios al consumo y la
producción y discusión periódica de los salarios) acrecentando la demanda y atenuando el impacto del tipo de cambio alto (expansión monetaria y menores tasas de interés), y fuerte desarrollo de la infraestructura. Estos componentes acompañaron los ocho años de crecimiento continuado entre 2003 y 2011 (con la excepción de 2009, por la aparición de la crisis financiera internacional) que, en conjunto, provocaron un aumento del or-den del 7% al 8% en el PBI anual y fueron conseguidos mediante la orienta­ción de la política económica, la demanda asiática de materias primas y las exportaciones industriales a Brasil. Hay más industrias que se han vuelto competitivas, lo que se evidencia en que la expansión del sector persistió aunque la moneda se apreció durante un breve período frente al dólar y al real, y un aumento considerable en las inversiones. Ya no es la industria de los noventa pero tampoco se ha llegado a un desarrollo industrial con un avance de la competitividad comparable al de la industria brasileña: se trata, en realidad de una compleja transición hacia una mayor densidad industrial, con reanimación y reafirmación del desarrollo tecnológico en una perspectiva estratégica destinada a conformar una regionalización que facilite el crecimiento y la industrialización a través del Mercosur y de la Unasur. En 2008, poco después de iniciado el mandato de Cristina Fernández de Kirchner, dos situaciones limitaron el margen de acción de la política del mo­delo: la aparición de la crisis internacional y el conflicto por la Resolución 125. La crisis internacional interrumpiría el crecimiento en 2009 y el conflicto por la Resolución 125 derivó en la pérdida de votos de la elección legislativa de ese año, en la consiguiente reducción del apoyo parlamentario al gobier­no y obligó a buscar un cambio en la política agraria. El conflicto por la 125 fue una protesta contra las retenciones al agro. Las retenciones son esenciales para que el Estado capte una parte del ingreso prove­niente de un agro que se puede desenvolver con un tipo de cambio menor, y apo­yar con esos ingresos el desarrollo económico, el crecimiento industrial y el mayor
bienestar social. El frente que se opuso a la 125 podría haber sido menos rele­vante si se hubiera tenido en cuenta que la mayor demanda de alimentos iba a estimular el desarrollo de la burguesía agraria, que había estado contenida por el régimen terrateniente, por lo que hubiera sido necesario incorporar un tratamiento diferencial a esta burguesía renovadora, asegurar un mayor tras­lado de ingresos desde las grandes comercializadoras externas de las cosechas hacia los productores y haber puesto en marcha una más temprana e intensa acción sobre los chacareros de baja capacidad productiva, reconociendo que la construcción de la política agraria requería la discusión con esos sectores, una acción que después se puso en práctica y que, junto con la capacidad de gestión demostrada por el gobierno para afirmar el crecimiento frente a la carencia de una política opositora para el futuro, desarmaron y dividieron el frente agrario y el bloque opositor, modificaron la relación de fuerzas del 2008 y permitieron al gobierno ganar las elecciones de 2011 con más margen que en 2007. El inesperado impulso que había alcanzado la Sociedad Rural en las demandas empresarias se ha desvanecido, la Mesa de Enlace ya no es un bloque uniforme y el desarrollo del capitalismo en el campo posibilitó que el Gobierno diseñara un plan agroalimentario, que la próxima cosecha supere definitivamente las 100 millones de toneladas y que se puedan progra­mar las 150 millones de toneladas, mientras la mayor presencia industrial ha conformado una dirigencia empresaria adversa a los controles pero menos sometida a la ideología liberal conservadora. El desarrollo capitalista interno tiene una dinámica propia frente a la evo­lución de la economía mundial, pero está incluido en ella, de modo que ésta ejerce un condicionamiento o un límite cuando la crisis global estrecha el margen de acción local. La crisis internacional de 2009 se continúa en 2011 y conduce a la economía nacional a adaptarse a la presencia por más tiempo de la crisis mundial, componiendo la llamada sintonía fina.
El límite de la crisis mundial
Todo modo de acumulación y toda política económica nacionales se desen­vuelven dentro de límites impuestos por su evolución anterior y por el sistema mundial. El crecimiento actual ahora encontrará una nueva limitación en la crisis internacional. El kirchnerismo rompió los límites del Pacto de Olivos (que también resultó derrotado en las elecciones presidenciales de 2011) y los que provenían del sistema mundial, apoyándose en el crecimiento de los países emergentes, que seguirán encabezando la expansión en la economía mundial. El nuevo límite que se presenta es la crisis internacional que, al reducir la demanda de los países industrializados y el crecimiento chino asiático y de Brasil restringirá las posibilidades de la exportación industrial y reducirá los precios internacionales de los commodities agrarios (aunque seguirán en un nivel alto), estrechando el saldo comercial y los ingresos fiscales y obligando a reducir los subsidios, que, de cualquier manera, era una tarea que había que afrontar. La menor disponibilidad de divisas y las mayores restricciones fiscales obligarán a mantener la contención de las alzas del tipo de cambio, con lo que también se impondrá una política más encami­nada a contener los precios por la doble vía del control y de la contención de los estímulos inflacionarios, tratando de encauzar un acuerdo social que mitigue la disputa por los ingresos a favor de mayores consideraciones para con el crecimiento, el empleo y el logro de una industria más competitiva. Esto último llevará a intensificar la integración con Brasil y el Mercosur para encaminar también un proteccionismo regional. En la medida en que se consolide el Mercosur habrá mayores expectativas en conseguir inver­siones chinas para infraestructura y energía tratando de mejorar al mis­mo tiempo la relación con Estados Unidos para obtener mejor acceso a los mercados de crédito con el propósito de compensar por esa vía los posibles
restricciones al crecimiento del saldo comercial, el menor margen fiscal y el menor dinamismo en el crecimiento de las reservas internacionales.
El camino para sortear el período de crisis internacional que se inicia combi­nará otra vez la política económica nacional con las posibilidades del sistema mundial. La quita de la deuda se ha vuelto universal por la generalización de la crisis, lo que hasta cierto punto obliga a considerar de otra manera el procedimiento argentino de recortar la deuda y ampliar los plazos de pago, facilitando las próximas negociaciones sobre la deuda con el Club de París y las posibles búsquedas de financiación. Las posibilidades del sistema mundial se encuentran en que el desarrollo asiático no desaparecerá y que el flanco más dinámico de la economía mundial se seguirá situando en los países emergentes, que además de China y Asia del Pacífico encuentra tres escalas de posibilidades en el escenario regional: el Mercosur, la Unasur y la misma región latinoamericana. Pero el mayor esfuerzo por realizar se concentrará en la política económica nacional.

Alfredo Palacios

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